Acabo de tener el enésimo cruce con un abortista en las redes. Lo de siempre. A cada argumento a favor de la vida se contesta con una frase hecha que no contesta nada: si uno dice que abortar es eliminar una vida humana, te responden que no hables por los “millones de mujeres que quieren abortar” (¡?); si uno señala que abortar es quitarse de encima un ser humano (aunque digan que es “potencial”, con más voluntarismo que fundamentos), te contestan que van a seguir muriendo mujeres en abortos clandestinos.
No he encontrado un solo abortista, uno solo, que conteste con fundamento científico el hecho de que, a partir de la unión de óvulo y espermatozoide, estamos ante una vida humana distinta de la madre. Tratan de escapar por el lado de que no sería una persona; pero los dueños del “personómetro” no se hacen cargo de que tampoco quieren darle la oportunidad de que llegue a serlo, en su estrecha visión del problema.
Pero de todo esto ya hablamos hasta el cansancio en estas columnas.
Hoy me interesa resaltar que ocurrió lo que era previsible: el abortismo no quiere discutir razones. Porque no las tiene. Sólo le interesa imponer un paradigma. Pase lo que pase. No importa si hay vida o no. No importan los fundamentos científicos o jurídicos, ni la ética, ni la lógica. Para muestra, valga el tuit de la foto. Cualquiera que haya seguido el tema por las redes o los demás medios puede dar fe de actitudes similares por parte de periodistas, políticos, gente de la farándula y un largo etcétera. Tapan sus oídos y sus ojos; pero no tapan su boca y repiten los monólogos de siempre. Monólogos que quieren imponer, descalificando a cualquiera que se anime a cuestionarlos.
Hoy habrá una votación en el Congreso. Probablemente no sea la última. Se habla de un debate que se festeja. Es raro hablar de festejo cuando lo que se debate es la vida o la muerte de seres humanos inocentes.
El gobierno no tiene nada que festejar, salga como salga la votación en el Congreso. Ha instalado una discusión sorda que sólo ha servido para envalentonar a la facción del pañuelo verde, que no lo ha votado ni lo votará, y para desalentar a quienes pusimos nuestra confianza en Cambiemos para superar los enconos.
Evidentemente, nos queda mucho por trabajar.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
miércoles, 13 de junio de 2018
miércoles, 16 de mayo de 2018
Pirotecnia argumental
Cuando no se quiere aceptar la realidad, es muy común que se caiga en el vicio del sofisma. Los sofistas eran aquellos personajes a los que se enfrentó Sócrates en la antigua Atenas, más atentos al ingenio en la argumentación que a la búsqueda de la verdad. La perspectiva de los siglos nos hace ver que hoy la verdad sigue sin tener muchos buscadores ni defensores y que los sofistas siguen abundando.
En las discusiones sobre el aborto está quedando en evidencia la falta de sustento científico de la posición abortista. Ya resulta difícil para el abortismo -si no es recurriendo a un genérico e improbable “no es tan así”- demostrar que lo que se gesta en el vientre materno, desde la unión del espermatozoide con el óvulo, no es sino una vida humana, tan humana como la de la madre. También se les hace cuesta arriba, y por el mismo motivo, demostrar que esa vida humana de ADN distinto al de la madre pueda ser de algún modo parte disponible del propio cuerpo de ésta.
Los argumentos, entonces, deben apuntarse a otro lado. Ahí entramos a tallar los abogados, expertos como somos en sofismas. La justificación vendrá por el lado de negarle a dicha vida humana la personalidad: sí, puede que sea una vida humana, pero no es una persona, y consiguientemente carece de derechos y puede ser eliminada.
Ahora bien, como no se ha inventado aún el “personómetro” y la noción de persona es más filosófica y jurídica que biológica, la determinación de cuándo esa vida humana distinta de la madre se convierte en persona queda librada a los análisis más arbitrarios; algunos, tragicómicamente arbitrarios, como el de aquel periodista que dijo que, “para él”, había persona a partir de la semana 14 del embarazo.
Arbitrarios, porque la personalidad no es un hecho físico comprobable empíricamente, sino una condición abstracta que se le reconoce al individuo humano. Sólo quienes quieren eliminar individuos humanos buscan separar esa condición, buscar motivos para no reconocerla, y así asmilar a los individuos humanos indeseados, desechables, a las cosas que pueden eliminarse sin mayor prurito moral. La historia esta llena de ejemplos, algunos de los cuales son trágicamente cercanos, de individuos humanos a los que se les negó el reconocimiento de su personalidad para poder eliminarlos.
Que si tienen desarrollado el cerebro, que si son autónomos, que si sienten, etc. Ni siquiera coinciden los promotores de la legalización del aborto en sus propias tesis, que terminan siendo nada más que pirotecnia argumental, como la de los sofistas: frases biensonantes que “cierren” y sirvan a su propósito, nada más. Lo cierto es que para ellos uno no es persona prácticamente hasta que asoma la cabeza por el canal de parto... y, para algunos, ni siquiera entonces.
Lo curioso es que ninguno se hace cargo de que, aunque fuera cierto (aunque no fuéramos personas por el solo hecho de ser humanos), es evidente que lo seremos si nos dan la oportunidad de vivir. Y ¿qué diferencia práctica hay entre matar a una persona y negarle siquiera la oportunidad de existir como tal? ¿O es que no quieren darle esa oportunidad?
En las discusiones sobre el aborto está quedando en evidencia la falta de sustento científico de la posición abortista. Ya resulta difícil para el abortismo -si no es recurriendo a un genérico e improbable “no es tan así”- demostrar que lo que se gesta en el vientre materno, desde la unión del espermatozoide con el óvulo, no es sino una vida humana, tan humana como la de la madre. También se les hace cuesta arriba, y por el mismo motivo, demostrar que esa vida humana de ADN distinto al de la madre pueda ser de algún modo parte disponible del propio cuerpo de ésta.
Los argumentos, entonces, deben apuntarse a otro lado. Ahí entramos a tallar los abogados, expertos como somos en sofismas. La justificación vendrá por el lado de negarle a dicha vida humana la personalidad: sí, puede que sea una vida humana, pero no es una persona, y consiguientemente carece de derechos y puede ser eliminada.
Ahora bien, como no se ha inventado aún el “personómetro” y la noción de persona es más filosófica y jurídica que biológica, la determinación de cuándo esa vida humana distinta de la madre se convierte en persona queda librada a los análisis más arbitrarios; algunos, tragicómicamente arbitrarios, como el de aquel periodista que dijo que, “para él”, había persona a partir de la semana 14 del embarazo.
Arbitrarios, porque la personalidad no es un hecho físico comprobable empíricamente, sino una condición abstracta que se le reconoce al individuo humano. Sólo quienes quieren eliminar individuos humanos buscan separar esa condición, buscar motivos para no reconocerla, y así asmilar a los individuos humanos indeseados, desechables, a las cosas que pueden eliminarse sin mayor prurito moral. La historia esta llena de ejemplos, algunos de los cuales son trágicamente cercanos, de individuos humanos a los que se les negó el reconocimiento de su personalidad para poder eliminarlos.
Que si tienen desarrollado el cerebro, que si son autónomos, que si sienten, etc. Ni siquiera coinciden los promotores de la legalización del aborto en sus propias tesis, que terminan siendo nada más que pirotecnia argumental, como la de los sofistas: frases biensonantes que “cierren” y sirvan a su propósito, nada más. Lo cierto es que para ellos uno no es persona prácticamente hasta que asoma la cabeza por el canal de parto... y, para algunos, ni siquiera entonces.
Lo curioso es que ninguno se hace cargo de que, aunque fuera cierto (aunque no fuéramos personas por el solo hecho de ser humanos), es evidente que lo seremos si nos dan la oportunidad de vivir. Y ¿qué diferencia práctica hay entre matar a una persona y negarle siquiera la oportunidad de existir como tal? ¿O es que no quieren darle esa oportunidad?
viernes, 23 de marzo de 2018
Jugar con fuego
Fulano: - Hay un debate pendiente sobre la superioridad de la raza aria.
Mengano: - ¡Mirá que hay que ser ignorante para proponer semejante brutalidad!
Fulano: - ¿Ves que sos un cerrado?
Mengano: - ¿Por qué?
Fulano: - Porque no querés abrir el debate.
Mengano: - ¡Mirá que hay que ser ignorante para proponer semejante brutalidad!
Fulano: - ¿Ves que sos un cerrado?
Mengano: - ¿Por qué?
Fulano: - Porque no querés abrir el debate.
Hay debates que es irracional abrir, porque su sola apertura supone aceptar la discusión sobre hechos que no son racionalmente discutibles.
En el debate sobre el aborto, el solo hecho de ser cada embrión humano diverso en su genética que cualquier célula de sus progenitores debería ser suficiente para cerrar la discusión: el embrión no es, entonces, parte del cuerpo de la mujer; disponer de él es disponer de una vida humana nueva y distinta; una vida humana cuyo valor no puede ser relativizado sin caer en la arbitrariedad (¿por qué valdría más una vida humana de 15 semanas que de una de 14? ¿O una de 18 años más que una de 8 meses?).
En fin, ya hablamos de los argumentos contra el aborto. Y podríamos seguir abundando, pero hoy me interesa apuntar otra cosa.
En el debate sobre el aborto, el solo hecho de ser cada embrión humano diverso en su genética que cualquier célula de sus progenitores debería ser suficiente para cerrar la discusión: el embrión no es, entonces, parte del cuerpo de la mujer; disponer de él es disponer de una vida humana nueva y distinta; una vida humana cuyo valor no puede ser relativizado sin caer en la arbitrariedad (¿por qué valdría más una vida humana de 15 semanas que de una de 14? ¿O una de 18 años más que una de 8 meses?).
En fin, ya hablamos de los argumentos contra el aborto. Y podríamos seguir abundando, pero hoy me interesa apuntar otra cosa.
Si el Gobierno pretende con esta discusión alejar la atención de otros temas, ganar tiempo hasta el Mundial de Rusia, “marcarle la cancha” al Papa, dividir a la oposición, o cualquier otro etcétera de los que se especulan por ahí, ha elegido jugar con fuego al plantear el debate sobre un tema en el que se juega la vida de seres humanos inocentes. Si el Presidente realmente está contra el aborto, debemos creer que es porque aprecia el valor superlativo de la vida humana. Si, aun así, abre la posibilidad de que se legalice el aborto, cabe pensar que le falta sinceridad, o convicción, o principios (como arriesgara un obispo), por decir lo menos.
Porque, además, abrir el debate con semejante ligereza supone que existe buena fe en todos quienes se manifiestan a favor del aborto.
Pero la experiencia en todos lados demuestra que, más allá de las posiciones personales, al activismo pro aborto no le interesa el debate sino la imposición de sus postulados a cualquier precio. Cualquier mujer que haya participado de los llamados encuentros nacionales de mujeres que cada octubre invade una ciudad distinta de nuestro país puede dar fe de que las organizadoras no sólo tienen como único objetivo la legalización del aborto, sino que excluyen expresa y deliberadamente cualquier discusión, y persiguen y escrachan a las voces disidentes por medios cada vez más violentos.
Si a esto se le suma el falseamiento de estadísticas, la manipulación del discurso feminista, la pretensión permanente de encapsular a la causa pro vida, contra toda evidencia, en una causa religiosa, el rechazo pertinaz de cualquier solución alternativa al aborto para los problemas que dicen querer solucionar, y la repetición hasta la náusea de consignas que no tienen el menor correlato científico, no cabe esperar, por lo menos del abortismo militante, ninguna discusión de buena fe.
La verdad no precisa del ocultamiento, de la manipulación, del agravio o de la violencia para imponerse.
Si a esto se le suma el falseamiento de estadísticas, la manipulación del discurso feminista, la pretensión permanente de encapsular a la causa pro vida, contra toda evidencia, en una causa religiosa, el rechazo pertinaz de cualquier solución alternativa al aborto para los problemas que dicen querer solucionar, y la repetición hasta la náusea de consignas que no tienen el menor correlato científico, no cabe esperar, por lo menos del abortismo militante, ninguna discusión de buena fe.
La verdad no precisa del ocultamiento, de la manipulación, del agravio o de la violencia para imponerse.
Pero hay algo más grave en este debate, que mueve a dudar de la buena fe del abortismo y de la integridad de principios de quienes, como el Presidente, están dispuestos a promulgar la legalización del aborto aun en contra de sus convicciones.
Los abogados, cuando aprendimos lo que era el dolo eventual, nos enteramos de que, si el cazador dudaba acerca de si lo que se movía en los arbustos era un jabalí o un ser humano y aun en la duda disparaba, se convertía en un homicida.
El solo hecho de que existan argumentos serios a favor de la defensa de la vida intrauterina, aunque no se compartieran, debería ser suficiente para que cualquier partidario del aborto de buena fe sopesara la hipótesis de estar equivocado y el costo inmenso en vidas humanas que tal hipótesis conllevaría si se legalizara el aborto; un costo incomparablemente superior al caso de que quienes estuviéramos equivocados fuéramos quienes defendemos la vida humana sin restricciones y se mantuviera la prohibición.
Los abogados, cuando aprendimos lo que era el dolo eventual, nos enteramos de que, si el cazador dudaba acerca de si lo que se movía en los arbustos era un jabalí o un ser humano y aun en la duda disparaba, se convertía en un homicida.
El solo hecho de que existan argumentos serios a favor de la defensa de la vida intrauterina, aunque no se compartieran, debería ser suficiente para que cualquier partidario del aborto de buena fe sopesara la hipótesis de estar equivocado y el costo inmenso en vidas humanas que tal hipótesis conllevaría si se legalizara el aborto; un costo incomparablemente superior al caso de que quienes estuviéramos equivocados fuéramos quienes defendemos la vida humana sin restricciones y se mantuviera la prohibición.
Es cierto, como algunos dicen, que el problema es más profundo. Que se trata de combatir las causas que llevan a una mujer a abortar (debiera incluirse, entre ellas, la presión social que lleva a muchas mujeres a sentirse culpables por ser madres). Pero no cabe ser ingenuos: a los militantes del abortismo no les importa solucionar ese problema. Solo quieren que se legalice el aborto, sí o sí, a cualquier precio. Para ellos no es una cuestión filosófica, científica, jurídica o social que deba resolverse; se trata simplemente de imponer un paradigma ideológico. Nada más.
Y si ese es el planteo -y basta ver el discurso, las posturas y las contestaciones del abortismo en televisión para darse cuenta de que ese es-, no cabe esperar ningún debate serio como el que dice el Gobierno, que juega con fuego.
viernes, 16 de febrero de 2018
Francisco en su laberinto
¡Ay, Francisco! ¿Por qué no viene el Papa a la Argentina?
Es una buena pregunta.
Y quizás la respuesta debiéramos darla nosotros, los argentinos; no el Papa.
Es cierto que Francisco tiene 500 asuntos más importantes y urgentes que resolver en Roma, antes de pensar en un viaje a su país de origen. También lo es que san Juan Pablo II, en el mismo tiempo de pontificado, ya había ido dos veces a su Polonia natal (junio de 1979 y junio de 1983); mientras que el bastante menos viajado papa emérito Benedicto XVI también visitó en el mismo periodo dos veces Alemania (en agosto de 2005, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, y en septiembre de 2006). Claro que no es lo mismo viajar de Roma a Varsovia o a Berlín, que de Roma a Buenos Aires.
Pero Francisco ha ido a casi todos los países vecinos en sus casi cinco años de pontificado, esquivando prolijamente a la Argentina.
La explicación oficial dice que es porque el Papa espera que se tranquilicen las aguas en la Argentina. Pero, ¿no fue a lugares políticamente más convulsionados en todo el mundo, como Tierra Santa, Myanmar (la antigua Birmania) o Egipto?
Otra explicación, que viene como anillo al dedo para la manipulación política de cualquier bando y especie, es que el Papa no viene porque está enojado con el Presidente. Entonces, ¿antes de 2016 no venía por estar enojado con la Presidenta? ¿Y por qué, entonces, no se negó a recibirlos en Roma cuando cada uno de ellos fue?
Quizás la respuesta esté en un punto intermedio, más creíble. Argentina no es la Polonia comunista de los años `80, en el que cada visita papal significó un mazazo que terminó derribando a la dictadura (a esa y a las de todo el oriente europeo). Tampoco es la Alemania agnóstica actual, para la cual la visita de un papa, por muy alemán que éste sea, no tiene más significado que el de cualquier otro jefe de estado. No.
La Argentina es un país lleno de ególatras que secretamente albergamos la vanidosa presunción de que el Papa es papa porque es argentino. La Argentina es un país en el que la politización y la “grieta” impuestas a la sociedad durante 12 años de kirchnerismo aún no han sido desmontadas, y la visita del Papa sólo serviría para mezclar su figura en la ensalada política que cada uno quisiera: si se saca la foto con este o con aquel, si sonríe o si no, si recibe o no recibe a tal o cual; en este sentido es muy relevante la reacción contradictoria de los diferentes sectores políticos y sociales chilenos en su última visita, un verdadero banco de pruebas para lo que podría ocurrir en nuestro país.
Los argentinos, por último y en nuestra mezquindad, esperaremos del Papa un pronunciamiento que convalide nuestros propios prejuicios. No son pocos los católicos que consideran que el Papa no puede sino estar alineado con Cambiemos y en contra del kirchnerismo; cualquier insinuación de neutralidad, de crítica hacia el gobierno o de simpatía con la oposición es tomada, automáticamente como traición. Tampoco son pocos, lamentablemente, quienes utilizan su cercanía (real, exagerada o ficticia) con el Pontífice para -en una versión renovada de clericalismo- valerse de ella con fines políticos, cuando no para hacerle decir a Francisco cosas que resultan imposibles de verificar. Por último, no faltan quienes critican al Papa desde la “derecha”, cuestionando su defensa de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia como si fueran postulados marxistas, o su talante pastoral de apertura como si fuera una herejía.
En cualquier caso, el clima creado acerca de un papa que, pese a ser argentino, no resulta de nuestro paladar, resulta contrario a su propuesta de la “cultura del encuentro”: en un país donde el disenso se convirtió en descalificación personal, el Papa no puede visitarlo sin generar un clima político de división en temas completamente opinables. Porque no se trata ya de que Francisco esté en contra del aborto o de la ideología de género y que esto genere rechazo en determinados sectores; eso ocurrió y ocurrirá siempre. Estamos hablando de que se mide si el Santo Padre está más cerca o más lejos de un político, si se saca fotos con un personaje cuestionado, si considera o no salvaje el ajuste de un gobierno... Juicios todos ellos que, pese a emitirse sobre cuestiones opinables, pueden llevar en la agrietada Argentina de hoy a la descalificación personal y moral del Papa.
Ese es el laberinto del que tendría que salir Francisco para poder visitar su patria sin comprometer la misión de la Iglesia local. Es sintomático, en ese sentido, que los cuestionamientos, cuando no los ataques, al Papa en los medios (incluidas las redes sociales) arrecien en tiempos en que se empieza a discutir, en voz cada vez más alta, la legalización del aborto en un futuro Código Penal.
Es una buena pregunta.
Y quizás la respuesta debiéramos darla nosotros, los argentinos; no el Papa.
Es cierto que Francisco tiene 500 asuntos más importantes y urgentes que resolver en Roma, antes de pensar en un viaje a su país de origen. También lo es que san Juan Pablo II, en el mismo tiempo de pontificado, ya había ido dos veces a su Polonia natal (junio de 1979 y junio de 1983); mientras que el bastante menos viajado papa emérito Benedicto XVI también visitó en el mismo periodo dos veces Alemania (en agosto de 2005, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, y en septiembre de 2006). Claro que no es lo mismo viajar de Roma a Varsovia o a Berlín, que de Roma a Buenos Aires.
Pero Francisco ha ido a casi todos los países vecinos en sus casi cinco años de pontificado, esquivando prolijamente a la Argentina.
La explicación oficial dice que es porque el Papa espera que se tranquilicen las aguas en la Argentina. Pero, ¿no fue a lugares políticamente más convulsionados en todo el mundo, como Tierra Santa, Myanmar (la antigua Birmania) o Egipto?
Otra explicación, que viene como anillo al dedo para la manipulación política de cualquier bando y especie, es que el Papa no viene porque está enojado con el Presidente. Entonces, ¿antes de 2016 no venía por estar enojado con la Presidenta? ¿Y por qué, entonces, no se negó a recibirlos en Roma cuando cada uno de ellos fue?
Quizás la respuesta esté en un punto intermedio, más creíble. Argentina no es la Polonia comunista de los años `80, en el que cada visita papal significó un mazazo que terminó derribando a la dictadura (a esa y a las de todo el oriente europeo). Tampoco es la Alemania agnóstica actual, para la cual la visita de un papa, por muy alemán que éste sea, no tiene más significado que el de cualquier otro jefe de estado. No.
La Argentina es un país lleno de ególatras que secretamente albergamos la vanidosa presunción de que el Papa es papa porque es argentino. La Argentina es un país en el que la politización y la “grieta” impuestas a la sociedad durante 12 años de kirchnerismo aún no han sido desmontadas, y la visita del Papa sólo serviría para mezclar su figura en la ensalada política que cada uno quisiera: si se saca la foto con este o con aquel, si sonríe o si no, si recibe o no recibe a tal o cual; en este sentido es muy relevante la reacción contradictoria de los diferentes sectores políticos y sociales chilenos en su última visita, un verdadero banco de pruebas para lo que podría ocurrir en nuestro país.
Los argentinos, por último y en nuestra mezquindad, esperaremos del Papa un pronunciamiento que convalide nuestros propios prejuicios. No son pocos los católicos que consideran que el Papa no puede sino estar alineado con Cambiemos y en contra del kirchnerismo; cualquier insinuación de neutralidad, de crítica hacia el gobierno o de simpatía con la oposición es tomada, automáticamente como traición. Tampoco son pocos, lamentablemente, quienes utilizan su cercanía (real, exagerada o ficticia) con el Pontífice para -en una versión renovada de clericalismo- valerse de ella con fines políticos, cuando no para hacerle decir a Francisco cosas que resultan imposibles de verificar. Por último, no faltan quienes critican al Papa desde la “derecha”, cuestionando su defensa de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia como si fueran postulados marxistas, o su talante pastoral de apertura como si fuera una herejía.
En cualquier caso, el clima creado acerca de un papa que, pese a ser argentino, no resulta de nuestro paladar, resulta contrario a su propuesta de la “cultura del encuentro”: en un país donde el disenso se convirtió en descalificación personal, el Papa no puede visitarlo sin generar un clima político de división en temas completamente opinables. Porque no se trata ya de que Francisco esté en contra del aborto o de la ideología de género y que esto genere rechazo en determinados sectores; eso ocurrió y ocurrirá siempre. Estamos hablando de que se mide si el Santo Padre está más cerca o más lejos de un político, si se saca fotos con un personaje cuestionado, si considera o no salvaje el ajuste de un gobierno... Juicios todos ellos que, pese a emitirse sobre cuestiones opinables, pueden llevar en la agrietada Argentina de hoy a la descalificación personal y moral del Papa.
Ese es el laberinto del que tendría que salir Francisco para poder visitar su patria sin comprometer la misión de la Iglesia local. Es sintomático, en ese sentido, que los cuestionamientos, cuando no los ataques, al Papa en los medios (incluidas las redes sociales) arrecien en tiempos en que se empieza a discutir, en voz cada vez más alta, la legalización del aborto en un futuro Código Penal.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Justificar la violencia
Hace poco vi el primer análisis original en torno a la desaparición de Santiago Maldonado, hecho por C. Pagni en su programa Odisea Argentina. Digo original, porque no se agota en echarle la culpa al gobierno de la desaparición o en intentar exculparlo de ella, sino que aprecia con más perspectiva y más objetivamente lo que se sabe hasta ahora del episodio, los errores políticos que ha cometido el gobierno en el manejo del tema, y las consecuencias que, tras las elecciones, tendrá el caso Maldonado, sobre todo en la actitud que adoptará la oposición y, en particular, el kirchnerismo.A esta altura de los acontecimientos, lo mejor que podría pasarle al gobierno es que Maldonado apareciera, aun si estuviera muerto, para evitar que la prolongación de la incertidumbre siga siendo pasto de la macabra especulación política que ha existido alrededor del caso hasta ahora. Más aún: si realmente fue responsabilidad de la Gendarmería, como afirma la oposición, le convendría al gobierno que ello se aclarara lo antes posible, para tener como deslindar responsabilidades y poder hacer “control de daños” políticos.
Sin embargo y aún mediando una patética falta de reflejos en los funcionarios a cargo del asunto, el caso Maldonado no mellará (salvo que su cuerpo aparezca en algún armario de la Casa Rosada) la muy probable victoria de la coalición gobernante en las elecciones de octubre, aún en la provincia de Buenos Aires. Mal que le pese a la militancia kirchnerista, su sobreactuación en el caso ha sido tan burda, que ha terminado de convertir la desaparición de Maldonado en una cuestión política partidaria más, que no resta votos al gobierno como no suma para la oposición. No faltan, incluso, los que se preguntan si seguirá habiendo el mismo ardor para reclamar si en octubre perdiera la ex Presidenta Cristina Fernández la elección para senadores. La mezquindad política a la hora de adoptar causas que, en principio, podrían ser nobles, termina por depreciarlas y convertirlas en pura campaña.
Pero no es esto lo preocupante del asunto.
Lo que más debiera encender las alarmas es la utilización del caso Maldonado como coartada para incitar a la violencia. Se llenó Twitter de fulanos llamando a responder al “gobierno represor” con las vías de hecho: ganar la calle, voltear al gobierno, ¡armarse para combatirlo! Tampoco faltaron los que, con una liviandad que asusta, afirman que “hay que matarlos a todos”, refiriéndose al grupo terrorista RAM, a los kirchneristas, a los mapuches, a los “zurdos”, o a quien fuera que esté atrás de todo esto.
La izquierda en general, y el kirchnerismo en particular (partiendo de su candidata más mentada), debieran saber mejor que nadie cómo terminan las incitaciones a la violencia: una espiral que se sabe cómo empieza, pero no cómo termina, y en la que todos terminan convencidos de que el fin justifica los medios. Quisiera pensar que no es eso, precisamente, lo que pretenden: volver a lo peor de los años '70. Aunque el desprecio que algunos manifiestan, en forma expresa, por las instituciones da para pensar que la impotencia frente a los resultados electorales adversos los lleva a querer hacer volar el país por los aires.
Por otro lado, quienes se sitúan en la vereda de enfrente del relato izquierdista debieran evitar caer en la provocación en la que cayeron nuestros abuelos, cuando hace 40 años pretendieron combatir la violencia con la misma violencia. No es ingenuo pensar que la mayoría del pueblo es pacífica, por lo que no cabe entrar en el juego del terror y sí apostar a que los argentinos podemos superar definitivamente el pasado con la ley en la mano. Aunque sea difícil. Aunque lleve tiempo.
Dios quiera que sea la prudencia termine por ganar la batalla política.
miércoles, 30 de agosto de 2017
Cuitas (I)
Pasarán las elecciones de este año. Muy probablemente, veremos un triunfo del gobierno en los principales distritos del país, que significará un aval importantísimo para sus políticas de cara a los próximos dos años.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.
No. No me refiero a esto.
Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.
Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.
En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.
Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.
No. No me refiero a esto.
Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.
Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.
En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.
Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.
viernes, 7 de abril de 2017
Sembradores de odio
Hay "simientes" peligrosas en el ánimo de cualquier sociedad: sentimientos, tendencias, paradigmas, que, lejos de ayudar a su cohesión y progreso, contribuyen a su disolución. Quienes tienen la responsabilidad de dirigir a la sociedad deberían saber detectar estas simientes y atacarlas en la primera oportunidad; toda mala hierba es más difícil de erradicar cuanto más se la deja crecer.
El odio es, quizás, la más peligrosa de estas simientes. Sus efectos disolventes son portentosos: no ha habido guerra civil en la historia que no estuviera precedida de la proliferación de esta mala hierba: el odio cultural, de clase, religioso, racial... Siempre contradiciendo a sus propios cultores: quienes se dejan ganar por el odio, no sólo se rebajan a sí mismos; también deprecian los valores que dicen defender.
También el odio ha estado en el origen de todas las tiranías y totalitarismos. De todos los colores y sentidos. El siglo XX fue prolífico en odios de clase o de raza que terminaron en sangrientos regímenes políticos, muchos de los cuales se resisten a morir. El siglo actual asiste a un revivir del "odio religioso" (por contradictoria que resulte su sola enunciación) por parte de grupos fundamentalistas que asuelan el Medio Oriente y África.
Pero el odio no es unidireccional, y sus propiedades disolventes derivan justamente de su capacidad de generar odio en sus destinatarios. Es difícil para quien es odiado no terminar odiando a quien le odia. Instintivamente, el hombre considera que es de justicia devolver odio por odio; y esta "justificación del odio" potencia la hostilidad en forma ilimitada. La historia es también testigo de esta tendencia secular.
La Ley del Talión (bíblica, pero también propia de otras legislaciones del oriente semita) significó en su momento un avance jurídico importantísimo: reemplazó con la fórmula "ojo por ojo, diente por diente" la lógica de la retorsión infinita ("ojo por ojo por ojo por ojo..."). Fórmula que fue superada por otra lógica aún superior, la de poner la otra mejilla y hacer el bien a quien nos hace mal, sintetizada en el amor al prójimo como a uno mismo o, mejor, como nos ama el mismo Dios.
La historia del cristianismo demuestra, también, que esta lógica del amor al prójimo, diametralmente opuesta a la del odio, aun siendo la única viable para la realización del hombre, resulta sumamente ardua, y no solo en las situaciones límites, sino también en el día a día. El odio sigue siendo una amenaza latente detrás de cada debilidad humana.
Nuestra sensibilidad occidental moderna, tributaria (quiéralo o no) de un cristianismo subconsciente, se escandaliza de la lógica de la venganza impulsada por el odio. Pero esa debilidad de la que venimos hablando sume a nuestra sociedad en la contradicción de hacer, muchas veces, lo contrario de lo que predica: odiar y fomentar el odio, quizás de formas que no son siempre del todo explícitas. Así, hay ideologías que, modernamente, han "canonizado" al odio: no solo lo consideran necesario, sino hasta bueno. El odio de clase ha sido expresamente ponderado por no pocos "revolucionarios", razón por la cual sus revoluciones terminando dividiendo a sus sociedades más de lo que las beneficiaron. También las hay que, en su mesianismo, consideran al disenso como una señal de odio que debe ser contestada con más odio, generando esa espiral perniciosa de la que venimos hablando.
Fruto de este odio ideológico son ciertas manifestaciones recientes de algunos referentes opositores, dirigidas expresamente a instalar que la cohesión social, el diálogo, la colaboración dentro de las instituciones democráticas y otras prácticas que a nuestra civilización aún le cuesta terminar de hacer propias, son vistos como signo de debilidad, de engaño, de "buenismo" que sólo favorece la dominación de aquellos a quienes se debe odiar por atribuírseles un odio primero: los ricos, los oligarcas, las corporaciones, los patrones, las potencias extranjeras, los varones,...
Lo peor es que esos odios generan otros, al sentirse sus destinatarios justificados a devolver mal por mal. Así, el ánimo de exterminio se vuelve contra los odiadores, que ven autocumplida su propia profecía: de tanto anunciar cuánto los odian, terminan siendo efectivamente odiados.
Será un desafío para la construcción de nuestra Argentina la superación de esta lógica del odio. Y no basta con proclamar la buena voluntad del diálogo sincero y de buena fe. Hace falta un ejercicio constante de ponerse por encima de la agresión del otro; por entender la justicia no como el devolver mal por mal, sino como el modo de repartir bienes entre todos.
Es una tarea de alta política, que nos compete a todos, cada uno desde su lugar. No buscar el exterminio de los sembradores del odio, sino el borrar el rastro inmundo de su mala siembra con acciones positivas que, como decía aquel santo, ahoguen el mal en abundancia de bien.
¿Estaremos a la altura?
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