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viernes, 7 de abril de 2017

Sembradores de odio

Hay "simientes" peligrosas en el ánimo de cualquier sociedad: sentimientos, tendencias, paradigmas, que, lejos de ayudar a su cohesión y progreso, contribuyen a su disolución. Quienes tienen la responsabilidad de dirigir a la sociedad deberían saber detectar estas simientes y atacarlas en la primera oportunidad; toda mala hierba es más difícil de erradicar cuanto más se la deja crecer.
El odio es, quizás, la más peligrosa de estas simientes. Sus efectos disolventes son portentosos: no ha habido guerra civil en la historia que no estuviera precedida de la proliferación de esta mala hierba: el odio cultural, de clase, religioso, racial... Siempre contradiciendo a sus propios cultores: quienes se dejan ganar por el odio, no sólo se rebajan a sí mismos; también deprecian los valores que dicen defender.
También el odio ha estado en el origen de todas las tiranías y totalitarismos. De todos los colores y sentidos. El siglo XX fue prolífico en odios de clase o de raza que terminaron en sangrientos regímenes políticos, muchos de los cuales se resisten a morir. El siglo actual asiste a un revivir del "odio religioso" (por contradictoria que resulte su sola enunciación) por parte de grupos fundamentalistas que asuelan el Medio Oriente y África.
Pero el odio no es unidireccional, y sus propiedades disolventes derivan justamente de su capacidad de generar odio en sus destinatarios. Es difícil para quien es odiado no terminar odiando a quien le odia. Instintivamente, el hombre considera que es de justicia devolver odio por odio; y esta "justificación del odio" potencia la hostilidad en forma ilimitada. La historia es también testigo de esta tendencia secular.
La Ley del Talión (bíblica, pero también propia de otras legislaciones del oriente semita) significó en su momento un avance jurídico importantísimo: reemplazó con la fórmula "ojo por ojo, diente por diente" la lógica de la retorsión infinita ("ojo por ojo por ojo por ojo..."). Fórmula que fue superada por otra lógica aún superior, la de poner la otra mejilla y hacer el bien a quien nos hace mal, sintetizada en el amor al prójimo como a uno mismo o, mejor, como nos ama el mismo Dios.
La historia del cristianismo demuestra, también, que esta lógica del amor al prójimo, diametralmente opuesta a la del odio, aun siendo la única viable para la realización del hombre, resulta sumamente ardua, y no solo en las situaciones límites, sino también en el día a día. El odio sigue siendo una amenaza latente detrás de cada debilidad humana.
Nuestra sensibilidad occidental moderna, tributaria (quiéralo o no) de un cristianismo subconsciente, se escandaliza de la lógica de la venganza impulsada por el odio. Pero esa debilidad de la que venimos hablando sume a nuestra sociedad en la contradicción de hacer, muchas veces, lo contrario de lo que predica: odiar y fomentar el odio, quizás de formas que no son siempre del todo explícitas. Así, hay ideologías que, modernamente, han "canonizado" al odio: no solo lo consideran necesario, sino hasta bueno. El odio de clase ha sido expresamente ponderado por no pocos "revolucionarios", razón por la cual sus revoluciones terminando dividiendo a sus sociedades más de lo que las beneficiaron. También las hay que, en su mesianismo, consideran al disenso como una señal de odio que debe ser contestada con más odio, generando esa espiral perniciosa de la que venimos hablando.

Fruto de este odio ideológico son ciertas manifestaciones recientes de algunos referentes opositores, dirigidas expresamente a instalar que la cohesión social, el diálogo, la colaboración dentro de las instituciones democráticas y otras prácticas que a nuestra civilización aún le cuesta terminar de hacer propias, son vistos como signo de debilidad, de engaño, de "buenismo" que sólo favorece la dominación de aquellos a quienes se debe odiar por atribuírseles un odio primero: los ricos, los oligarcas, las corporaciones, los patrones, las potencias extranjeras, los varones,...
Lo peor es que esos odios generan otros, al sentirse sus destinatarios justificados a devolver mal por mal. Así, el ánimo de exterminio se vuelve contra los odiadores, que ven autocumplida su propia profecía: de tanto anunciar cuánto los odian, terminan siendo efectivamente odiados.

Será un desafío para la construcción de nuestra Argentina la superación de esta lógica del odio. Y no basta con proclamar la buena voluntad del diálogo sincero y de buena fe. Hace falta un ejercicio constante de ponerse por encima de la agresión del otro; por entender la justicia no como el devolver mal por mal, sino como el modo de repartir bienes entre todos.
Es una tarea de alta política, que nos compete a todos, cada uno desde su lugar. No buscar el exterminio de los sembradores del odio, sino el borrar el rastro inmundo de su mala siembra con acciones positivas que, como decía aquel santo, ahoguen el mal en abundancia de bien.
¿Estaremos a la altura?

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