¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

martes, 3 de diciembre de 2024

Lo cortés y lo valiente


“Lo cortés no quita lo valiente”
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Así dicen. El buen trato hacia el oponente no va en desmedro de la propia posición. Del mismo modo que tratarlo con dureza no fortalece las propias razones.

Más aún: muchas veces, el buen trato al oponente será señal clara de cierta superioridad moral, sobre todo si se devuelve bien por mal.

Parece de sentido común. En una democracia madura, se puede discutir pacíficamente, se puede disentir sin descalificar, se pueden intercambiar argumentos completamente opuestos sin necesidad de agraviar al contrario. O debería poderse…

Siempre existieron sofistas que echaron mano de lo que conocemos como argumento ad hominem: uno dice “dos más dos son cuatro”, y el otro le contesta “eso no es cierto, porque vos sos un cretino”. Siempre hubo gente más dispuesta a la violencia verbal que a la discusión civilizada.

Pero en los tiempos que corren —y no es de ahora, ni es sólo de aquí— existe una verdadera endemia de agresión hacia el que piensa distinto. Agresión que no siempre cuaja en el insulto abierto, sino que suele recurrir a la descalificación más o menos disfrazada de condescendencia. Síntoma de pobreza intelectual: quien carece de argumentos para sostener sus posiciones, tiende a descalificar a su contradictor, haciéndose ilusión de que, si no lo puede vencer con razonamiento, por lo menos podrá amedrentarlo para que se retire de la discusión.

El progresismo es especialista en esta materia. Quien pretenda poner en cuestión o contestar cualquiera de sus axiomas, recibe inmediatamente no un argumento, sino una descalificación. Si digo que el feminismo militante hace suyos prejuicios machistas, soy un misógino. Si cuestiono por carente de fundamento científico la “perspectiva de género”, soy un homofóbico. Si me permito dudar de la solidez de los argumentos de quienes hablan del cambio climático, soy un negacionista. Si defiendo la vida humana y me opongo al aborto, soy un oscurantista. Y, así, siguiendo…

Hoy, esta tendencia “progre” llega a límites paroxísticos. La cultura woke, por ejemplo, no tiene empacho en proponer cancelaciones, censuras y hasta quemas de libros de todos aquellos que no tengan un pensamiento correcto —”correcto”, se entiende, según los cánones de la propia corriente woke—.

En nuestro país, y en la misma línea, el kirchnerismo ha hecho un uso profesional de la agresión como argumento. Al amparo de sus consignas, no solo se descalificó a todo opositor, sino que hasta se promovieron escraches más o menos oficiales a políticos, empresarios, periodistas, militares y varios etcéteras. Al punto de que no faltaron fanáticos que festejaran el hundimiento del ARA San Juan o lamentaran el triunfo de la selección argentina en Catar, siempre en función de la posición ideológica, real o presunta, de los involucrados.

Pero todo esto no es lo más grave. Lo verdaderamente grave es que quienes afirman combatir todo este sinsentido “progre-kirchnerista” no adviertan que, muchas veces —lamentablemente—, incurren en las mismas actitudes facciosas, aprovechando la indulgencia de quienes, hartos de 20 largos años de violencia kirchnerista y decepcionados de la tibieza del “cambiemismo” macrista, hacemos la vista gorda, como diciendo: “maltratan, pero hacen”.

Es cierto que hacía falta un cambio cultural. Es cierto que quienes nos gobernaron en las últimas décadas lo han hecho de manera deleznable. Es cierto que muchos de ellos no parecen merecer el más mínimo de los respetos.

Sin embargo, si hemos de cambiar las cosas, también hemos de hacer la diferencia en el modo de tratar a los demás. Si hemos de construir un nuevo país, no ha de ser sobre la humillación, los cadáveres o las cenizas de nuestros compatriotas, sino proponiéndoles un proyecto que ellos también puedan, libremente, acompañar y hacer propio. Si hemos de vencer definitivamente al latrocinio kirchnerista, también hemos de procurar ser mejores que ellos en la calidad humana.

Buscar lo que une, en lugar de lo que divide; devolver bien por mal; superar, definitivamente, la cultura del “bardeo” de las redes; nada de esto es debilidad o tibieza, sino verdadero cambio cultural. Usar la violencia de los violentos en su contra nada tiene de virtuoso; al contrario: nos rebaja a ser aquello mismo que decimos combatir.

Y esta lección, que todavía tienen pendiente de aprender desde el Presidente hasta el último tuitero libertario, no podrá nunca obviarse con la excusa de los éxitos económicos o políticos. Más: me atrevo a decir que, si no se corrige esta cultura de la agresión, esos éxitos serán efímeros.

Lo cortés no quita lo valiente.

Si no lo entendemos, la experiencia de los últimos veinte años no nos habrá enseñado nada.

martes, 24 de octubre de 2023

El continuose

La Argentina lleva 80 años de decadencia. Inoculada con la mentalidad que lleva a la inmensa mayoría de la población a esperar del Estado la solución a los crecientes problemas del país, y con una cultura caudillística de la que nunca nos pudimos librar del todo y en la que recaemos una y otra vez, hemos ido confiándole a sucesivos gobiernos (peronistas, militares, radicales, sucesivos y alternados) la solución de esos problemas con una condición: que esa solución nos cueste lo menos posible. Es lógico que, entonces, esos sucesivos gobiernos (peronistas, militares, radicales, sucesivos y alternados), se hayan aprovechado de ese reclamo de una sociedad que parece no saber, o no querer, valerse por sí misma, hasta terminar convirtiéndolo en una dependencia estructural.

En aquella brillante viñeta, un señor mayor se escandalizaba de la facha de un hippie diciendo: “¡Esto es el acabose!”; y Mafalda contestaba: “No exagere; sólo es el continuose del empezose de ustedes”. Nuestra decadencia actual es el fruto de generaciones que llegan hasta nuestros abuelos, que por activa o por pasiva nos ha llevado a tener un índice de pobreza inédito, un sistema educativo que adoctrina pero no educa, un sistema de salud que no cura pero sí mata, un sistema de seguridad que no combate a la delincuencia pero protege al delincuente (cuando no se asocia con él), una economía que asfixia al que produce y premia al que vive de la prebenda; eso, entre otras infinitas falencias, que abarcan desde las Fuerzas Armadas hasta el Poder Judicial, desde el atraso en el interior de las provincias del norte hasta la infraestructura deficiente en los centros urbanos, desde la violencia urbana hasta la inflación. Agotar la lista es imposible, por el largo del etcétera. La inminencia de un estallido hiperinflacionario le puede agregar dramatismo, pero no sería más que otro etcétera, otro continuose.


Las elecciones del pasado 22 de octubre parecen mostrar a una minoría del 36% de los argentinos que, por resignación o convicción, considera que nada de eso es grave. Que quienes nos gobiernan desde hace 20 años y forman parte de ese continuose pueden seguir adelante cuatro años más administrando el país como lo vienen haciendo. Que a quien hace diez años decía que iba a meter presa a la que hoy es su aliada, debemos creerle hoy que conformará un gobierno de unidad nacional.

Pero la Argentina no saldrá de la decadencia sin reformas estructurales profundas, del Estado, del sistema impositivo, del régimen laboral y previsional, entre otras. Sin ellas, ningún plan de estabilización (ninguna dolarización) servirá para enderezar la economía. Y ningún plan ni reforma de los que necesita el país será fácil, breve ni indoloro para la población. El que prometa lo contrario miente; así: miente.

La Argentina tampoco saldrá de la decadencia sin un cambio cultural, de mentalidad, mucho más difícil de proponer y llevar adelante que las reformas antes mencionadas. Porque tenemos que abandonar la pretensión atávica de esperar las soluciones del Estado; tenemos que asumir la responsabilidad de impulsar las soluciones desde el sector privado, desde la propia iniciativa, sin esperar el surgimiento de un mesías, de un Napoleón que nos venga a ahorrar el esfuerzo y lo haga desde el Gobierno. Podemos estar seguros de que esto último nunca pasará, porque no nos han faltado líderes a los que otorgarles esos títulos, y siempre -¡siempre!- fuimos decepcionados.

Reformas, cambio cultural y, aun antes y sobre todo, la Argentina no saldrá de la decadencia sin grandeza. Nuestros próceres tenían virtudes y vicios. Los hubo enfermos, locos, genios, cínicos, y contradictorios; de un lado o del otro, conservadores, liberales, nacionalistas o progresistas. Pero estaban dispuestos a deponer su interés en beneficio del país que construyeron. Y eso hizo la diferencia.

Es cierto que, así como no se puede impedir que la lógica del mercado sea la del beneficio económico individual, tampoco puede impedirse que la lógica del electorado sea la de la solución de las necesidades personales del votante. Pero esto no impide hacer un llamado a la conciencia de cada votante.

Las elecciones también parecen mostrar que una minoría del 30% de la población considera que, pese a sus evidentes limitaciones personales y a contar con apenas un puñado de legisladores en el Congreso -sin gobernadores, sin intendentes-, Javier Milei puede llevar adelante el cambio que la Argentina necesita.

No sabemos si él es consciente de la magnitud y los desafíos que supone esa tarea. Tampoco sabemos si en su ánimo madurará el político de última hora o lo arruinará todo el Hulk que parece no saber controlar. Menos aún si entiende que las reformas y cambios de que venimos hablando requieren una flexibilidad ideológica que ni él ni muchos de los que lo rodean (viejos y jóvenes) han dado muestras de tener.

Sin embargo, ahí está, solo, frente a la maquinaria del continuose en una segunda vuelta electoral el próximo 19 de noviembre.

Y es que hay otra minoría, de un 24%, que apoyó a una coalición -Juntos por el Cambio- que sí tiene provincias y municipios, pero no tuvo votos para llegar a discutir el poder nacional. Muchos en esa coalición, me consta, quieren cambiar esta Argentina decadente.

Sus dirigentes, ahora, debaten cómo actuar en la segunda vuelta. La mayoría, sin embargo, lo hace especulando en función de su propio poder provincial o municipal. No es raro, entonces, que después se los acuse de ser una casta.

Difícilmente pueda gobernar sin ellos Milei, en la hipótesis de ganar el 19. Pero, probablemente, tampoco pueda sin ellos ganar.

Corre entonces el riesgo, esa dirigencia que dice aspirar al cambio, de terminar convirtiéndose, también, en parte del continuose. Preferirán, mezquinamente, negociar los beneficios para su facción o su parcela de poder con el próximo gobierno peronista, antes que desafiarlo y apostar a otra oportunidad de cambio.

Así, solo le quedará a Milei -humillando sus prejuicios- apelar realmente a “los argentinos de bien”, lo hayan votado o no en primera vuelta, para que le cuiden el comicio, visto que la dirigencia política (Barrionuevo incluido) no parece tener verdadera voluntad de cambio.

Si lograra la epopeya de ganar con esa gente de a pie, el cambio habrá empezado. Porque esa gente habrá empezado a poner sus intereses (y sus aprensiones) personales al servicio de quebrar el continuose. Tendrán un activo para exigirle el cambio al nuevo gobierno.

Sabemos qué pasará si gana Sergio Massa. Será el continuose de la decadencia argentina.

No sabemos qué pasará si gana Milei. Podría ser más de lo mismo. O podría ser el acabose del peronismo… y el empezose de otra oportunidad de cambio.

martes, 26 de septiembre de 2023

El único desafío

 Primero fue el golpe: antes de las elecciones primarias de agosto, nadie esperaba que Javier Milei se convirtiera en un serio candidato para la presidencia. Los resultados de esas elecciones lo mostraron encabezando las preferencias del electorado. Por pocos puntos, sí; pero pasó de ser el tercero en discordia, el candidato que le quitaba votos a Juntos por el Cambio, el “loco” sin estructura que se aventuraba a competir por la presidencia de la Nación, a ser el candidato más votado y con más perspectiva de crecimiento en los dos meses siguientes hasta las elecciones generales. El escenario de “Milei Presidente” ya no era una hipótesis improbable: se había convertido en una posibilidad seria.

Después vino la reacción histérica. El oficialismo comenzó a demonizar a Milei, eligiéndolo como el enemigo a vencer, con argumentos similares a los que usara con Mauricio Macri tras las primarias de 2015. Lo curioso es que Juntos por el Cambio no atinó más que a también demonizar a Milei, con la intención de asustar al electorado independiente. Los medios opositores, aun los que esperaríamos que fueran más serios, nos regalan todos los días dos o tres, por lo menos, titulares, artículos, notas o editoriales contra el candidato, además de mostrarse complacientes hasta límites inverosímiles con la candidata de Juntos por el Cambio, Patricia Bullrich; a quien le pasan por alto sus contradicciones, su evidente carencia de liderazgo dentro de la coalición que la tiene por candidata, y la falta de convicción con la que intenta hacer propias consignas y programas que le prepara su equipo de campaña. Las últimas semanas han sido de completo desconcierto para el arco opositor: todos tienen la certeza de que el kirchnerismo, salvo meteorito, va a perder las elecciones de octubre y, eventualmente, la segunda vuelta de noviembre; pero no están tan seguros de a manos de quién. O peor: la posibilidad más factible, hoy, es que sea a manos del candidato menos esperado y más resistido: Milei. No son pocos los opositores a los que les aterra tener que optar, en noviembre, entre Milei y Massa. De ahí la desesperación por apuntalar a Bullrich.

Sin embargo, ahora parece que estamos lentamente entrando en una nueva etapa, de aceptación. Para algunos, de resignación. Pasado un mes de las primarias y a pesar de los triunfos de su coalición en Santa Fe, Chaco y Mendoza, Bullrich no repunta. A Sergio Massa se le agotan, cada vez más rápido, las martingalas con las que intenta sostener sus chances hasta el 22 de octubre. Y Milei aparece como favorito en todas las encuestas; no sabemos si por virtud propia o por contraste con las carencias de sus oponentes.

La única inconfesa razón por la cual en los medios todos hablan de Milei (a favor o en contra, pero de él) es porque ya lo dan como ganador, y descuentan que, en adelante, la política tiene que ordenarse en función de las propuestas de ese candidato. Es significativo, en ese sentido, que el debate de vicepresidentes en TN se resumiera en una confrontación con la candidata de Milei (Victoria Villarruel); y más significativo aún que la encuesta entre los televidentes la diera como ganadora del debate por amplio margen.

En este escenario, llega para Milei la hora de la verdad.

Hasta ahora y aún siendo Diputado nacional, el papel de personaje mediático, desaforado, excéntrico y provocador, le había resultado útil y suficiente. En el fondo, solo se jugaba su futuro personal. Pero ahora el poder, la Presidencia de la Nación, es para él una posibilidad cierta, tangible… y muy probable. Y allí lo que se juega ya no es su imagen, sino los destinos de toda la Argentina.

Es conocido entre los políticos el “teorema de Baglini”, según el cual la proximidad al poder es inversamente proporcional al extremismo de las posturas ideológicas. Algunos de sus corolarios ya se verifican en el discurso de Milei, quien ya no habla de venta de órganos o libre portación de armas, y cuyos asesores económicos se cuidan de aclarar que la tan mentada dolarización, como es lógico, no se hará de un día para otro.

Pero lo más importante, lo más relevante, es que la cercanía al poder va imponiéndole la necesidad de hacer política. Que no es lo mismo que ser parte de “la casta”. Si en algún momento no tuvo clara esa distinción, tendrá que ponerse al día: hacer política, dialogar con todos los sectores, acordar lo que haga falta, siempre dentro de la ley y del respeto a los demás actores políticos, “ser político”, es algo muy distinto de vivir del Estado, ni a espaldas del público, ni enriquecerse a sus expensas, hacer de la política una “casta”.

Algo de esta comprensión ya puede verse insinuada en las conversaciones que se le atribuyen con sectores del sindicalismo. Por otro lado, los gremialistas siempre tuvieron un fino olfato para percibir cuáles son los vientos que vienen y adaptarse. Son tiburones ¿Sabrá Milei pescar entre ellos?

Aún mejorando los números obtenidos en las primarias, Milei iniciará un gobierno sin mayorías en el Congreso. Deberá, necesariamente, negociar con otras fuerzas para conseguir las reformas estructurales que promete, muchas de ellas ineludibles para otros partidos de la actual oposición ¿Podrá conseguir esos consensos necesarios? ¿Tendrá flexibilidad para ceder, cuando haga falta? ¿Habrá, de parte de quienes serán sus opositores, suficiente responsabilidad para no paralizar la gestión? Es fácil decir que se pueden imponer leyes mediante plebiscito, pero organizar plebiscitos puede terminar siendo ineficiente (y hasta irritante para una sociedad que no tiene ganas de ir a votar todos los meses) si se pretende utilizarlos como una herramienta ordinaria ¿Lo tendrá en cuenta?

También el empresariado, el sector financiero, los gobernadores (lo más probable es que no tenga ni uno propio), los movimientos sociales, la Iglesia, y un largo etcétera, le harán saber que la Escuela Austríaca puede servir para explicar los fenómenos económicos, pero que la política es mucho más compleja, y sus desafíos rara vez se resuelven con recetas de los libros. Ya no podrá Milei despachar con una descalificación a sus interlocutores cuando éstos le digan lo que no quiere oír: si llega a ser Jefe de Estado lo será para servicio de todos los argentinos, los que coinciden con él y los que no ¿O piensa en esto seguir los pasos del peor peronismo?

Quiero pensar que todas estas cosas pasan por la cabeza del candidato.

Corría un cuento hace casi cincuenta años, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón, que decía que sus ministros fueron a darle una buena y una mala noticia:

—¿Cuál es la buena?

—Que todos los argentinos sólo podremos comer caca en los próximos años.

—¿Esa es la buena? ¿Y la mala…?


… Que no va a alcanzar para todos.

La situación económica de la Argentina no deja margen para soluciones sencillas o indoloras: al próximo gobierno, sea quien sea, le tocará hacer anuncios tan graves -o peores- que los del cuento. El mayor desafío para un eventual gobierno de Milei (o de cualquiera) será, en ese escenario, la gobernabilidad.

El único desafío.

viernes, 1 de septiembre de 2023

El ganador inesperado


Reconozcámoslo: no es imposible, pero sí muy difícil que Javier Milei pierda las elecciones presidenciales. Más aún: dentro de un mes quizás estemos discutiendo si gana o no en primera vuelta ¿No es eso lo que tiene tan nerviosos a todos?

Ya he sabido de muchas personas que votaron el 13 de agosto a Patricia Bulrich solo para que Horacio Rodríguez Larreta perdiera la interna, pero que van a votar por Milei el 22 de octubre. También están los que deciden su voto en función de su utilidad para derrotar al kirchnerismo; ¿cuántos votantes de Juntos por el Cambio en las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) estarán considerando por estas horas que, si Milei tiene más posibilidades, convendría votarlo a él en las generales?

En medio de la maratón de especulaciones largada a partir de la victoria de Milei en las primarias, hay una que dice que, no habiendo votado un 30% por ciento del padrón, esos votos (unos diez millones de votos) estarían disponibles y podrían dar vuelta la elección en las generales. Pero esta hipótesis prescinde del hecho de que normalmente en una elección hay un 20% del padrón que no vota (muertos, enfermos, ancianos, viajeros y un largo etc.). Por lo que los votos ausentes de las PASO que realmente podrían ir a votar en las generales no llega a los tres millones y medio ¿Y cuántos de esos son gente que “vota a ganador” (siempre los hay)? ¿Cuántos que, partidarios de Milei, dieron por descontado que entraba a la general y se abstuvieron de votar en las PASO? ¿Cuántos desencantados de la política, que no votaron en las primarias, serán seducidos por Milei en los próximos dos meses?

No hace falta tener una gran imaginación conspirativa para pensar que en el cuarto oscuro se hicieron desaparecer boletas de La Libertad Avanza. En las redes hay centenares de denuncias al respecto, y todos los que alguna vez estuvimos en el control de un comicio sabemos que eso existe y es muy difícil de combatir si no se tiene una estructura de fiscalización suficiente. Estructura que, además, sirve para cuidar los votos en el escrutinio, momento en el que la desesperación remueve las convicciones republicanas del más demócrata de los fiscales, que termina mirando para otro lado si los votos que se pierden son los del contrario ¿Cuántos votos le costó a Milei la falta de fiscales? ¿Cuántos sumará para cuidar mejor las elecciones del 22 de octubre?

Es cierto que todo es posible y que la elección ha sido casi de tercios. Pero nadie puede llamarse a engaño: ese “casi” significa que hubo un candidato que sacó más votos individualmente que los demás, sin hacer interna, que era “punto” y se convirtió en “banca”, al que las primeras encuestas post PASO ya le están dando un 37%, y al que le va a resultar, en el curso de las próximas siete semanas, más fácil sumar votos y retener electorado que a sus contrincantes. Milei sólo depende de sí mismo. Sus adversarios, que en las primeras semanas parecieron haberse quedado atontados y sin discurso, necesitan crecer a expensas de él ¿Cómo podrían hacerlo?

El periodismo tiene su propio papel en el éxito de Milei. Es habitual y lógico que los periodistas (y los medios, en general) tengan sus preferencias políticas: que haya oficialistas y opositores. Estas preferencias siempre se transparentan en el nivel de complacencia / hostilidad con que cada periodista (o cada medio, reitero) trata a tal o cual candidato. Pero pocas veces como en esta campaña para las primarias recuerdo haber visto a periodistas opositores, incluso de los más serios, cuestionarle a Milei con vehemencia lo que pasaban por alto a los candidatos de Juntos por el Cambio (en particular a Rodríguez Larreta). Pero este punto da para un artículo por separado.

Lo cierto es que el favoritismo de los medios opositores por Bullrich, y la consecuente impugnación a Milei, es cada vez más evidente ¿Por qué reaccionan así los medios no oficialistas? ¿Porque no lo vieron venir? ¿Porque la agenda del electorado resultó no ser la misma que la del “círculo rojo”? ¿Porque hay influencers que demostraron ser más influyentes que los formadores de opinión? ¿Porque, al final, los simulacros de votación de Crónica fueron más precisos que las encuestadoras?

Sería bueno que quienes, desde los partidos o los medios, impulsan o se suman a la campaña del miedo (del miedo a Milei) recordaran que ese tipo de estrategias nunca funcionó. Por el contrario, siempre resultaron contraproducentes: desde aquella patética campaña de Angeloz en la que se pretendía equiparar al entonces casi desconocido Menem con lo peor del peronismo, hasta la de Scioli en la segunda vuelta de 2015, en la que todo el argumento era: “ese cambio, no”. Las campañas del miedo son demostración de la falta de mejores argumentos. Y los resultados de Milei, mal que les pese a quienes insisten en hablar de un “voto bronca”, demuestran que el electorado está empezando a buscar, no simplemente un cambio de caras, sino un cambio de argumentos ¿El miedo puede ser un buen argumento?

Porque lo que todos parecen pasar por alto es que, desde que La Libertad Avanza presentó su plataforma, oficialistas y opositores se dedicaron a hablar de por qué esa plataforma era mala o, en el mejor de los casos, inviable. Pero nadie presentó alternativas concretas. Entonces, todos hablaron de la plataforma de Milei, sin hablar de la propia plataforma. Sin proponérselo y con su vacío de propuestas, le hicieron la campaña a Milei.

El problema no son las ideas, ni la cordura, ni los candidatos de Milei. El problema es convencer al electorado de que se tienen mejores ideas, mayor racionalidad o candidatos mejores. La decadencia actual de nuestra dirigencia política hace dudar seriamente de que alguien pueda, a esta altura, dar respuesta cabal a esas necesidades y mejorar la oferta.

En definitiva y si la gente se convence de que debe votar al mal menor, ¿habrá algo menos malo que Milei?

miércoles, 26 de julio de 2023

¿Renovación o más de lo mismo?

MileiLa irrupción de Javier Milei en la política tiene aspectos positivos y no tanto.

Es positivo, si su discurso contra la “casta” política es la impugnación de la enorme mayoría de políticos que administran y gobiernan en función de su propio beneficio y de la conservación del poder. Habría que ver si la “casta” toma nota.

No sería el caso, en cambio, si todo terminara en un nuevo “que se vayan todos”, para que los nuevos que vengan sigan medrando con el poder como lo hacían los anteriores.

Es positivo que ser liberal deje de ser un insulto, y que el liberalismo se ha vuelto popular entre las franjas etarias más jóvenes. Reivindicar la iniciativa privada como motor de la economía, revalorizar la economía de mercado, o proponer una reforma del Estado, dejan de ser patrimonio del Coloquio de Idea, y se convierten en consignas que vociferan chicos de edad universitaria en Tik Tok.

Pero, ojo: como toda ideología, el liberalismo tiene su “lado oscuro”. Si fuera la coartada para promover un individualismo egoísta y despersonalizado, la de los libertarios se convertiría en una cruzada tan inhumana y perniciosa como la del trotskismo, solo distinguible por el signo.

Es positivo que haya quien reivindique una agenda verdaderamente contracultural, que cuestione la legalización del aborto, la ideología de género, la reingeniería social, o la ingerencia del Estado como comisario de la moral “progre” en la vida privada de las personas. Estos cuestionamientos dejan a muchos políticos y comunicadores en evidencia como defensores de una agenda que es ajena y lejana para el electorado peatón: la inflación o la inseguridad resultan más urgentes que las “nuevas masculinidades” o la “invisibilización de minorías”.

La pregunta es saber hasta dónde Milei está dispuesto a ser inflexible y qué es lo que está dispuesto a negociar, llegado el caso.

Los dogmatismos (de izquierda o derecha) se pagan caro en política: el rival también juega. Descalificar hasta la cancelación al adversario siempre ha sido una especialidad de la izquierda y, en su propia frecuencia, del peronismo. Así estamos.

Pero el fundamentalismo ideológico no es patrimonio de nadie, y nadie está vacunado contra él.

¿Se habrá dado cuenta Milei, en su recorrido político, que con la sola teoría no se va a ningún lado, que hace falta entender qué es lo importante y qué lo que se puede ceder; que tener principios no nos habilita a tirárselos por la cabeza al adversario, que “lo cortés no quita lo valiente”?

No sea que, en lugar de una renovación, termine siendo más de lo mismo. No sea que se convierta en una oportunidad de cambio perdida. Otra más.




 

lunes, 27 de diciembre de 2021

Hace un año...

Hace un año, el progresismo conseguía su victoria soñada en el Congreso: la legalización del aborto. Y lo festejaba como un avance. Se tomaba revancha de la derrota de 2018. No le importó que no fuera prioritario, ni que la mayoría de la opinión pública estuviera en contra. Lo importante era imponer el dogma de que “el aborto es un derecho”; como si fuera justo decidir sobre la vida de los demás.

Hace un año, cada argentino que nace es un sobreviviente de un sistema que afirma que nadie es ser humano si su existencia no es deseada, o significa una carga, o puede ser interpretada como inconveniente, o alguien (no necesariamente la madre, también el entorno o la sociedad que la presiona) decide, por la razón que sea, que se trata de una vida que no debe o no merece ser vivida.

Hace un año, un presidente que nada tenía, ni tiene hasta ahora, para legar se asumía, con esa ambigüedad que lo caracteriza y que bascula entre la ignorancia y el cinismo, como un “católico que está a favor del aborto”.

Hace un año, el electorado que se auto considera provida y que había votado por las distintas opciones mayoritarias se dio cuenta de lo que había votado al votar “en contra de...”.

Hace un año, el Congreso decidió que la Constitución no defiende la vida sino en la medida en que le conviene a quien quiera abortar o hacer abortar. Que era más urgente, en un país que se hunde en una de sus peores crisis económicas y sanitarias, legalizar la eliminación sistemática de vidas humanas, para que a los diputados y sus hijas la obra social o la prepaga les cubran el aborto.

Hace un año, quedó claro que, para muchos, los derechos humanos son solo una consigna manipulable en función de las propias necesidades políticas, y que nada tienen que ver con derechos objetivos, ni siquiera con el primero de ellos: la vida humana.

Hace un año, vivimos en un país más inhumano y cruel. En el que ahora, los mismos que desprecian la vida naciente cuando la consideran descartable, van por la vida de los que se convierten en una carga, con el proyecto de legalización de la eutanasia. Siguen, así, el manual de procedimientos del progresismo en todos lados, sin importarles las consecuencias que ya son visibles en todos aquellos países donde se legalizaron estos crímenes; países donde ya es una realidad la revisión de todas esas prácticas. 

Hace un año empezó otra lucha: la de reponer el respeto irrestricto por la vida humana, el de devolverle humanidad a una Argentina que parece condenada a la decadencia.

Una lucha que vale la pena.



lunes, 13 de septiembre de 2021

La justicia social, esa coartada...

“Libertad, igualdad, fraternidad”. Es el lema de la Revolución Francesa. Pero, además, es el resumen de los valores fundantes de la democracia moderna, tal y como la entendemos desde hace 250 años. No quiere decir que hayan nacido esos valores entonces; por el contrario, son valores incomprensibles sin los veinte siglos anteriores de cultura grecorromana y judeocristiana. Podría decirse que son el fruto, cuajado en tiempos de las “nuevas ideas”, de siglos de evolución. No podemos decir que sean la última palabra, porque la historia humana demuestra que siempre estaremos lejos de la perfección a la que aspiramos, pero sí se puede afirmar que representan un escalón del que no podemos bajarnos sin riesgo de retroceder, de involucionar.

Después de referirnos a la fraternidad y la libertad, queda hacer una reflexión acerca de la igualdad. Pocos valores tienen tanta prensa como este en los últimos años: la promoción de la igualdad se ha esgrimido como justificación de innumerables movimientos sociales que aspiran, o dicen aspirar, en última instancia a una mayor justicia. Porque la relación entre igualdad y justicia es esencial: no puede entenderse una sin la otra. Por aquello que los griegos enseñaban, y los romanos procuraban poner en práctica, de que lo justo es lo igual, según determinado tipo de igualdad. Quizás en la dificultad para entender este último punto, la distinción de los tipos de igualdad, residan muchas de las confusiones modernas en materia política: al olvidar que existe una igualdad aritmética, que supone dar a cada uno lo mismo, distinta de otra igualdad geomética, que implica dar a cada uno según su mérito, terminamos queriendo igualar cosas que no pueden ser iguales y, paradójicamente, discriminando allí donde no debe haber distinciones.

Pero hoy detengámonos en una confusión muy actual en nuestro país: la referida a la justicia social, que es aquella que busca la igualdad en orden al bien común. Ambos conceptos, inasibles para el liberalismo político y económico cuando se lo convierte en una ideología atada al individualismo, también resultan confusos hoy por hoy al haber sido manipulados por el socialismo y la izquierda en general, y aquí, en la Argentina, especialmente por el peronismo (que no por nada adoptó institucionalmente el nombre de “justicialismo”).

El peronismo se ha caracterizado, a lo largo de sus casi 80 años de historia, por afirmar que promueve la justicia social. Digo afirmar que promueve, porque los hechos distan, con demasiada frecuencia, de tales afirmaciones: la corrupción en los sucesivos gobiernos peronistas ha sido proverbial en nuestro país, superando con creces la de los restantes gobiernos civiles y militares (que también existió). Y pocas cosas pueden ser tan injustas como que los gobernantes se enriquezcan ilícitamente en el poder, porque siempre será a expensas de los impuestos que paga todo el pueblo, ricos y pobres, fuertes y débiles, siendo estos últimos los que suelen sufrir las peores consecuencias. Pero aún más injusto es que esa corrupción se haya dado en un marco de políticas económicas que, lejos de promover la prosperidad material de la Argentina, han conducido a una cada vez más marcada decadencia, justamente durante las mismas décadas en que la “justicia social” se convirtió en una verdadera política de Estado.

En efecto y desde que, de la mano de Perón, se convirtiera en la razón legitimadora del golpe del '43, la justicia social fue caballito de batalla de todos los gobiernos que le sucedieron, democráticos o no, de un signo u otro. En las últimas ocho décadas, casi nadie se atrevió, por ignorancia o por conveniencia, a cuestionarle al peronismo su noción de justicia social, tal y como se la apropió esa facción.

La justicia social tiene que ver, sí, con las exigencias éticas que impone, para los particulares, las organizaciones intermedias y el Estado, la realización del bien común, entendido como el conjunto de condiciones que permita a cada uno de los miembros de una sociedad determinada alcanzar su realización personal.

La justicia social tiene que ver con generar condiciones económicas que permitan el progreso material de todos; y no con quitarle a unos para darle a otros. La justicia social supone combatir los impedimentos para el acceso a bienes elementales como la salud, la educación, el empleo; pero no puede ser la coartada para que esos bienes sean monopolizados y administrados discrecionalmente por el Estado. Así como no hay justicia social si impera el puro individualismo, origen de tantas desigualdades, tampoco hay justicia social si no se respetan los bienes individuales indispensables para la realización de cada persona: la vida, la libertad, la propiedad privada.

Abel Albino tiene una observación genial, que generalmente se pasa por alto: creemos que “los pobres” son gente igual a la de clase media o alta, pero “sin plata”; por eso, nuestros gobiernos se esfuerzan en repartirla como si con eso se combatiera la pobreza y se hiciera “justicia social”. Pero como la pobreza es más que la falta de dinero, los recursos que estos gobiernos “justicieros” de distinto signo utilizan para combatirla no resultan eficientes: a la parte que se lleva la corrupción de los intermediarios, debe agregarse que la falta de una correcta nutrición, de educación, de cultura del trabajo, de una familia estable, de un ambiente social favorable y de una cantidad de bienes intangibles cuya carencia constituye una pobreza mayor que la falta de dinero, hace que muchos de los beneficiarios, cada vez más, no sepan cómo utilizar provechosamente lo que se les da y, en lugar de ser palanca que los saque de la pobreza, se convierte en medio para hundirlos más en ella, con el agravante de las adicciones, la violencia y el crimen.

Justamente por tratarse de una exigencia ética, la justicia social puede vivirse y promoverse, proponerse como una meta, pero no imponerse coactivamente, porque en ese mismo momento se estará faltando a la justicia. Por eso resulta urgente una suerte de cambio de paradigma: la justicia social nada tiene que ver con repartir dinero (o cosas). La justicia social supone, primero, un compromiso ético personal, individual, de cada miembro de la sociedad; la justicia social supone también el respeto de la libertad, porque solo las personas libres pueden realizarse practicando la justicia con sus semejantes; la justicia social constituye una meta que nunca podrá ser definitivamente alcanzada, en la que siempre podremos mejorar y que, como tal, exige un constante ejercicio de promoción que la convierta en objetivo de cada agente personal, corporativo o estatal de la sociedad.

Parafraseando al proverbio chino, la justicia social consiste en enseñar a pescar para dejar de tener hambre, en facilitar las condiciones para que todos, no solo estos o solo aquellos, progresen de verdad como personas.