“Lo cortés no quita lo valiente”.
Así dicen. El buen trato hacia el oponente no va en desmedro de la propia posición. Del mismo modo que tratarlo con dureza no fortalece las propias razones.
Más aún: muchas veces, el buen trato al oponente será señal clara de cierta superioridad moral, sobre todo si se devuelve bien por mal.
Parece de sentido común. En una democracia madura, se puede discutir pacíficamente, se puede disentir sin descalificar, se pueden intercambiar argumentos completamente opuestos sin necesidad de agraviar al contrario. O debería poderse…
Siempre existieron sofistas que echaron mano de lo que conocemos como argumento ad hominem: uno dice “dos más dos son cuatro”, y el otro le contesta “eso no es cierto, porque vos sos un cretino”. Siempre hubo gente más dispuesta a la violencia verbal que a la discusión civilizada.
Pero en los tiempos que corren —y no es de ahora, ni es sólo de aquí— existe una verdadera endemia de agresión hacia el que piensa distinto. Agresión que no siempre cuaja en el insulto abierto, sino que suele recurrir a la descalificación más o menos disfrazada de condescendencia. Síntoma de pobreza intelectual: quien carece de argumentos para sostener sus posiciones, tiende a descalificar a su contradictor, haciéndose ilusión de que, si no lo puede vencer con razonamiento, por lo menos podrá amedrentarlo para que se retire de la discusión.
El progresismo es especialista en esta materia. Quien pretenda poner en cuestión o contestar cualquiera de sus axiomas, recibe inmediatamente no un argumento, sino una descalificación. Si digo que el feminismo militante hace suyos prejuicios machistas, soy un misógino. Si cuestiono por carente de fundamento científico la “perspectiva de género”, soy un homofóbico. Si me permito dudar de la solidez de los argumentos de quienes hablan del cambio climático, soy un negacionista. Si defiendo la vida humana y me opongo al aborto, soy un oscurantista. Y, así, siguiendo…
Hoy, esta tendencia “progre” llega a límites paroxísticos. La cultura woke, por ejemplo, no tiene empacho en proponer cancelaciones, censuras y hasta quemas de libros de todos aquellos que no tengan un pensamiento correcto —”correcto”, se entiende, según los cánones de la propia corriente woke—.
En nuestro país, y en la misma línea, el kirchnerismo ha hecho un uso profesional de la agresión como argumento. Al amparo de sus consignas, no solo se descalificó a todo opositor, sino que hasta se promovieron escraches más o menos oficiales a políticos, empresarios, periodistas, militares y varios etcéteras. Al punto de que no faltaron fanáticos que festejaran el hundimiento del ARA San Juan o lamentaran el triunfo de la selección argentina en Catar, siempre en función de la posición ideológica, real o presunta, de los involucrados.
Pero todo esto no es lo más grave. Lo verdaderamente grave es que quienes afirman combatir todo este sinsentido “progre-kirchnerista” no adviertan que, muchas veces —lamentablemente—, incurren en las mismas actitudes facciosas, aprovechando la indulgencia de quienes, hartos de 20 largos años de violencia kirchnerista y decepcionados de la tibieza del “cambiemismo” macrista, hacemos la vista gorda, como diciendo: “maltratan, pero hacen”.
Es cierto que hacía falta un cambio cultural. Es cierto que quienes nos gobernaron en las últimas décadas lo han hecho de manera deleznable. Es cierto que muchos de ellos no parecen merecer el más mínimo de los respetos.
Sin embargo, si hemos de cambiar las cosas, también hemos de hacer la diferencia en el modo de tratar a los demás. Si hemos de construir un nuevo país, no ha de ser sobre la humillación, los cadáveres o las cenizas de nuestros compatriotas, sino proponiéndoles un proyecto que ellos también puedan, libremente, acompañar y hacer propio. Si hemos de vencer definitivamente al latrocinio kirchnerista, también hemos de procurar ser mejores que ellos en la calidad humana.
Buscar lo que une, en lugar de lo que divide; devolver bien por mal; superar, definitivamente, la cultura del “bardeo” de las redes; nada de esto es debilidad o tibieza, sino verdadero cambio cultural. Usar la violencia de los violentos en su contra nada tiene de virtuoso; al contrario: nos rebaja a ser aquello mismo que decimos combatir.
Y esta lección, que todavía tienen pendiente de aprender desde el Presidente hasta el último tuitero libertario, no podrá nunca obviarse con la excusa de los éxitos económicos o políticos. Más: me atrevo a decir que, si no se corrige esta cultura de la agresión, esos éxitos serán efímeros.
Lo cortés no quita lo valiente.
Si no lo entendemos, la experiencia de los últimos veinte años no nos habrá enseñado nada.




La irrupción de Javier Milei en la política tiene aspectos positivos y no tanto.