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viernes, 16 de febrero de 2018

Francisco en su laberinto

¡Ay, Francisco! ¿Por qué no viene el Papa a la Argentina?

Es una buena pregunta.
Y quizás la respuesta debiéramos darla nosotros, los argentinos; no el Papa.

Es cierto que Francisco tiene 500 asuntos más importantes y urgentes que resolver en Roma, antes de pensar en un viaje a su país de origen. También lo es que san Juan Pablo II, en el mismo tiempo de pontificado, ya había ido dos veces a su Polonia natal (junio de 1979 y junio de 1983); mientras que el bastante menos viajado papa emérito Benedicto XVI también visitó en el mismo periodo dos veces Alemania (en agosto de 2005, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, y en septiembre de 2006). Claro que no es lo mismo viajar de Roma a Varsovia o a Berlín, que de Roma a Buenos Aires.
Pero Francisco ha ido a casi todos los países vecinos en sus casi cinco años de pontificado, esquivando prolijamente a la Argentina.

La explicación oficial dice que es porque el Papa espera que se tranquilicen las aguas en la Argentina. Pero, ¿no fue a lugares políticamente más convulsionados en todo el mundo, como Tierra Santa, Myanmar (la antigua Birmania) o Egipto?
Otra explicación, que viene como anillo al dedo para la manipulación política de cualquier bando y especie, es que el Papa no viene porque está enojado con el Presidente. Entonces, ¿antes de 2016 no venía por estar enojado con la Presidenta? ¿Y por qué, entonces, no se negó a recibirlos en Roma cuando cada uno de ellos fue?

Quizás la respuesta esté en un punto intermedio, más creíble. Argentina no es la Polonia comunista de los años `80, en el que cada visita papal significó un mazazo que terminó derribando a la dictadura (a esa y a las de todo el oriente europeo). Tampoco es la Alemania agnóstica actual, para la cual la visita de un papa, por muy alemán que éste sea, no tiene más significado que el de cualquier otro jefe de estado. No.
La Argentina es un país lleno de ególatras que secretamente albergamos la vanidosa presunción de que el Papa es papa porque es argentino. La Argentina es un país en el que la politización y la “grieta” impuestas a la sociedad durante 12 años de kirchnerismo aún no han sido desmontadas, y la visita del Papa sólo serviría para mezclar su figura en la ensalada política que cada uno quisiera: si se saca la foto con este o con aquel, si sonríe o si no, si recibe o no recibe a tal o cual; en este sentido es muy relevante la reacción contradictoria de los diferentes sectores políticos y sociales chilenos en su última visita, un verdadero banco de pruebas para lo que podría ocurrir en nuestro país.
Los argentinos, por último y en nuestra mezquindad, esperaremos del Papa un pronunciamiento que convalide nuestros propios prejuicios. No son pocos los católicos que consideran que el Papa no puede sino estar alineado con Cambiemos y en contra del kirchnerismo; cualquier insinuación de neutralidad, de crítica hacia el gobierno o de simpatía con la oposición es tomada, automáticamente como traición. Tampoco son pocos, lamentablemente, quienes utilizan su cercanía (real, exagerada o ficticia) con el Pontífice para -en una versión renovada de clericalismo- valerse de ella con fines políticos, cuando no para hacerle decir a Francisco cosas que resultan imposibles de verificar. Por último, no faltan quienes critican al Papa desde la “derecha”, cuestionando su defensa de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia como si fueran postulados marxistas, o su talante pastoral de apertura como si fuera una herejía.

En cualquier caso, el clima creado acerca de un papa que, pese a ser argentino, no resulta de nuestro paladar, resulta contrario a su propuesta de la “cultura del encuentro”: en un país donde el disenso se convirtió en descalificación personal, el Papa no puede visitarlo sin generar un clima político de división en temas completamente opinables. Porque no se trata ya de que Francisco esté en contra del aborto o de la ideología de género y que esto genere rechazo en determinados sectores; eso ocurrió y ocurrirá siempre. Estamos hablando de que se mide si el Santo Padre está más cerca o más lejos de un político, si se saca fotos con un personaje cuestionado, si considera o no salvaje el ajuste de un gobierno... Juicios todos ellos que, pese a emitirse sobre cuestiones opinables, pueden llevar en la agrietada Argentina de hoy a la descalificación personal y moral del Papa.

Ese es el laberinto del que tendría que salir Francisco para poder visitar su patria sin comprometer la misión de la Iglesia local. Es sintomático, en ese sentido, que los cuestionamientos, cuando no los ataques, al Papa en los medios (incluidas las redes sociales) arrecien en tiempos en que se empieza a discutir, en voz cada vez más alta, la legalización del aborto en un futuro Código Penal.

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