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miércoles, 21 de marzo de 2012

Aborto: oscurantismo vs. razón

El "tema" del aborto es uno de los parámetros más importantes para medir la madurez de nuestra cultura.
¿Por qué?
La madurez consiste en la capacidad de juzgar rectamente la realidad y obrar responsablemente en consecuencia. Supone la humildad de aceptar la realidad como es y no como nos gustaría y el rechazo de la pretensión soberbia de disfrazar tal realidad para acomodarla a la propia conveniencia; soberbia esta que se relaciona con la búsqueda de eludir las consecuencias de aquella realidad, esto es, con la irresponsabilidad.
En la cuestión del aborto provocado, como en pocas, se enfrentan las conveniencias personales con la realidad de manera tan radical que el juicio ético exige una honestidad intelectual y vital completas, que nos lleven a aceptar la realidad como es y a obrar en consecuencia, aún a costa de los personales -y, a veces, mezquinos- intereses.

Los argumentos a favor de la defensa de la vida humana contra cualquier forma de aborto voluntario son, cada vez más, confirmados por la ciencia. No son, como podía pensarse hace siglos, una cuestión de fe, de pura moral religiosa, sino una "cuestión de microscopio".
Desde que se descubrió el ADN, sabemos que el embrión tiene un ser y una vida distintos de los de su madre desde el momento mismo de la unión del espermatozoide con el óvulo. Tan distintos, que su ADN es diverso del de su madre; su carga genética es completamente distinta y, además, suficiente para desarrollarse como "otro" individuo respecto de aquélla. Esta evidencia científica desmiente el mito de que disponer del embrión (o del feto) sea disponer del propio cuerpo de la madre, y que abortarlo sea equivalente a extirpar las amígdalas o el apéndice: podía creerse semejante cosa antes de saber del ADN; hoy no puede seriamente sostenerse. Argumentos pro-aborto como el de que las mujeres deben tener derecho a "decidir sobre su propio cuerpo" quedan convertidos en muletillas vacías frente a esta evidencia. El embrión es "otro" respecto de la madre; decidir sobre él es decidir sobre el cuerpo (y sobre la vida) de otro, bien distinto de ella.

Ahora bien, los argumentos abortistas han apuntado, entonces, a elucubraciones tales como la de evitar, mediante la legalización, que una cantidad de mujeres (siempre aludida como grande, obviamente, aunque carezca de suficiente respaldo estadístico) muera en abortos clandestinos.
Pero tales argumentos son sofismas, porque parten de la premisa, improbable, de que el aborto es un recurso absolutamente necesario y único para esas mujeres que terminan muriendo en la clandestinidad. ¿No hay alternativa al aborto para ellas? En efecto, quienes así razonan omiten la posibilidad de que, para no recurrir a la clandestinidad, tales mujeres no aborten. Con el mismo criterio, podría proponerse que, para que no mueran tal cantidad de personas en asaltos, en lugar de evitarlos habría que legalizar el robo.
Y esto dicho al margen de la mala fe que, en la denuncia de esas supuestas cantidades de mujeres que mueren en abortos clandestinos, han reconocido varios ex abortistas arrepentidos, como el Dr. Nathanson o la misma Norma L. McCorvey, protagonista del leading case de la legalización del aborto en Estados Unidos (el caso "Roe v. Wade").
Este pseudoargumento, casi pueril, pretende revertir la visión negativa respecto del aborto provocado, mostrándolo como una respuesta "humanista" orientada a "salvar vidas". Pero si la vida que hay en la embarazada es distinta que la de ella, y esto es -repito- evidencia científica, en cada aborto siempre es eliminada una vida humana; si la madre también muere, serán dos. Ahora bien, si a la madre se la convence de no abortar, se salvarán las dos vidas. ¿Cómo puede proponerse racionalmente como solución la eliminación de una vida humana?

Pero, entonces, el abortismo contraataca y pone en tela de duda que "eso" que la mujer lleva en su seno sea una persona "sujeto de derechos", un "alguien" que merezca ser protegido. El argumento está reforzado por la panoplia de eufemismos que utilizan sus propulsores: ya no hablamos de "aborto" (porque eso supondría abortar a "alguien"), sino de "interrupción del embarazo" (el único "alguien" sería la madre); y ni siquiera hablamos de "embrión" o "feto" (que hacen referencia a una vida humana), sino de "producto" (una cosa, de la que puede prescindirse).
Claro que no hay abortista en la tierra que tenga un "personómetro" con el cual determinar que un ser humano en gestación no es persona sino a partir de tal o cual mes de gestación, o que justifique por qué si es producto de una violación no es persona y sí lo sería si fuese querido por sus padres.
Emparentado con este argumento está el de la dependencia de ese "otro" gestado en el útero respecto de la madre: si depende absolutamente de la madre no puede ser persona, se afirma. Pero, entonces, el recién nacido tampoco lo es, en tanto depende absolutamente del cuidado de sus mayores para sobrevivir. Como tampoco lo sería, extremando tal argumento, un astronauta haciendo una caminata espacial, en cuanto depende absolutamente de su nave.
La pretensión de separar a la "persona" de la "vida humana" individual resulta siempre arbitraria. Tan arbitraria que no faltan ejemplos en la historia reciente en los que mayorías circunstanciales decidieron que los seres humanos de tal raza o condición no eran personas o no merecían ser tratadas como tales. Los abortistas se escandalizan de que se los incluya en estas comparaciones, pero su actitud no puede desmentirlas.
No hay embrión humano que llegue a ser, si ninguna circunstancia exterior se lo impide, un ser humano adulto: nunca será un pato, ni un perro, ni una ballena, ni una cucaracha, ni un árbol. Podrá ser mujer o varón, más lindo o más feo, más inteligente o más retrasado, más sano o más enfermo; pero no hay razones ni evidencia científica alguna que demuestre que ese ser distinto de la madre que se gesta en su útero sea otra cosa que un ser humano. Y no hay ser humano que no merezca, por su sola condición de ser humano, el respeto de sus derechos básicos. Y de estos derechos, resulta ovbio, la vida es el primero, por cuanto le permite el ejercicio de la libertad y de todos los demás. ¿Quién puede, en justicia, privar a un ser humano en cualquier estadio de su desarrollo, dentro o fuera del útero, del primero de sus derechos? Si hoy en día la condena a muerte para los más abyectos criminales está en retroceso en las sociedades consideradas "civilizadas", ¿cómo es que se encuentran siempre nuevas excusas para segar la vida humana inocente?
 A estas objeciones al discurso abortista se le agrega la que resulta del progreso de la medicina neonatal, que hace que cada vez se salven chicos en meses más tempranos de gestación. ¿Qué es lo que hace que un bebe prematuro de cinco meses sea "persona" y un feto de cinco meses no lo sea? ¿Qué diferencia esencial existe entre uno y otro? ¡Tan peligroso es estar adentro del útero materno!

Los partidarios del aborto que perciben estas limitaciones argumentales apuntan entonces a la emoción del caso extremo: las pobres chicas violadas, las madres de familia numerosa que no pueden mantener a sus hijos, los embarazos adolescentes...
Resulta curioso que muchos de esos "argumentadores emocionales" se escandalicen cuando alguien muestra las horrendas imágenes de los abortos provocados y señalen a los defensores de la vida acusándolos de querer asustar con "golpes bajos" -dicho sea al pasar: también serían, con ese criterio, "golpes bajos" la difusión de imágenes de la Shoah, tan necesaria para evitar que en el mundo se repita la barbarie-. Pero, mientras la ilustración de lo que implica el aborto refuerza el argumento central en favor de la defensa de la vida humana, el recurso emocional abortista distrae la discusión con temas que pueden ser importantes en su individualidad, pero que, en perspectiva, son secundarios respecto del aborto.
En efecto, la violación se combate persiguiendo a los violadores, las familias numerosas necesitan asistencia para progresar, los embarazos adolescentes se previenen con educación en la responsabilidad y en el amor; y así, siguiendo. Pero condenar al exterminio a una vida humana por haber sido originada en una violación, o pretendiendo solucionar los problemas de las madres pobres o adolescentes, sólo agrega -y esto es experiencia común- un problema más a las madres abortantes, un trauma del que jamás se recuperan y del que nunca las previenen los promotores del aborto, que por lo general se muestran más preocupados por imponer esta "solución" que por solucionar verdaderamente el problema de nadie.
Por otro lado, extremando estos argumentos "humanitarios" de los abortistas se llegaría a algunas conclusiones curiosas -por usar un eufemismo-: por ejemplo, que la pobreza se solucionaría, desde su perspectiva, evitando que nazcan más pobres.
Sólo perdiendo de vista la cuestión central (si estamos o no abortando a un ser humano) puede perderse el tiempo discutiendo acerca de la relación entre pobreza y maternidad, o de la ahora llamada "violencia de género", o del problema del embarazo adolescente, y sobre sus causas, dimensiones, consecuencias y proyecciones varias. Y digo perder el tiempo porque resulta evidente, a poco que se reflexione, que ninguno de los problemas que pueda padecer una mujer en tales circunstancias equivale o es comparable a la aniquilación de una vida humana. Más aún: la experiencia indica que, por el contrario, es la vida humana naciente la que ayuda, junto con la contención apropiada, a cualquier mujer a superar semejantes traumas.

Sin embargo, la ofensiva abortista continúa. A pesar de contradecir la creciente evidencia científica. A pesar de no haber representado nunca una solución, en ninguno de los países que legalizaron el aborto, sino generando nuevos problemas. A pesar de repugnar el más elemental instinto natural. A pesar de contarse por miríadas los arrepentidos ex abortistas pasados al "bando" pro vida. A pesar de contradecir el más elemental sentido común.

Es especialmente contradictoria la pretensión supuestamente feminista de que la prohibición del aborto es una imposición machista. Aparte de que los abortados pueden ser tanto varones como mujeres, el aborto resulta, en realidad, una conquista más del machismo, que puede utilizar e instrumentalizar aún más a la mujer, ahora sin el riego de las consecuencias de dicho abuso (aniquilables mediante el aborto) y sin tener siquiera que soportar el trauma de tal aniquilación, que es y será siempre un problema de la mujer.

Pero la más trillada de las acusaciones abortistas hacia los pro vida es que se trata de una posición religiosa, que no puede ser impuesta a los demás. Es la más trillada y la más fácil: si se trata de una cuestión religiosa, ésta no puede ser impuesta en forma universal, y se terminó la discusión. Se autoeximen así los abortistas de tener que razonar en profundidad acerca de la justificación de su postura.
Es cierto que las religiones en general -especialmente los cristianos, con la Iglesia Católica al frente- defienden la vida humana naciente (sería preocupante que no lo hicieran). También es cierto que no todas lo hacen con la misma radicalidad que la Iglesia, y que ésta ha ido "depurando" los motivos de su condena con el correr de los siglos. Pero cuando alguien me dice que Santo Tomás de Aquino no condenaba el aborto, le recuerdo que él no supo de la existencia del ADN; argumentó racionalmente según el estado de la ciencia de su época. La Iglesia, a diferencia de los abortistas, ha ido recibiendo y aplicando el progreso de la investigación científica para dar a sus posiciones un fundamento cada vez más sólido desde el punto de vista puramente natural y universal; quien afirme lo contrario -lo desafío- no ha leído los documentos pontificios al respecto.
A la luz de lo que venimos diciendo, por el contrario, el oscurantismo está del lado de los abortistas, no de los pro vida. Son éstos, y no aquéllos quienes tienen argumentos más sólidos y racionales desde el punto de vista de la ciencia pura y dura. Es el abortismo el que, careciendo de racionalidad, recurre al dogma ideológico, a la consigna vacía ("aborto legal para no morir"), a la confrontación política y la imposición de mayorías circunstanciales que tapen, distraigan o minimicen la pobreza argumental de su posición.

Es cierto que la buena fe se presume y que la mala fe debe ser probada. Pero no deja de resultar sospechoso que, existiendo soluciones verdaderas -múltiples, menos traumáticas e incruentas- a los problemas que se publicitan como "solucionables" con el aborto, sus partidarios se empecinen en imponerlo a toda costa. Resulta llamativo que, en cuanto se argumenta racional y científicamente a favor de la vida humana naciente, se busque imponer un discurso ideológico. De varias fuentes distintas he podido saber que en un foro armado para imponer la agenda abortista, el llamado Encuentro Nacional de Mujeres, se recurre no sólo a la vociferación ideológica ("acá no queremos argumentos filosóficos ni científicos, queremos votar el aborto", sic), sino también a toda clase de abusos y violencias (hasta físicas) para evitar que las "infiltradas" pro vida (que cada vez son más) "arruinen" el discurso que se quiere imponer. Es sugestivo que se bata el parche en los medios con casos aberrantes de embarazos producto de violaciones y, en lugar de reclamar el castigo de los violadores, lo primero que se reclama es la eliminación del hijo.
La experiencia demuestra que hay quien está a favor del aborto por interés, hay quien lo está para acallar su propia conciencia, hay quien lo está por seguir la consigna ideológica que no acepta razones en contrario, hay quien lo está, también, por ignorancia. Pero siempre y en todos los casos, quien está a favor del aborto es porque no se ha puesto a pensar y a reflexionar lo suficiente en el tema.
A la vista de esto, ¿quién es el oscurantista? ¿quién es el que apela a la razón?
No sé si somos la única especie que aniquila a sus crías. Sí sé que somos, en cualquier caso, la especie que menos excusas tiene para hacerlo.