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martes, 21 de marzo de 2017

¿#1A?

Recientemente viene circulando una convocatoria en las redes para el próximo 1 de abril, a las 18, en defensa de la democracia y del gobierno nacional, frente a lo que se entiende como un intento desestabilizador por parte de cierto sector del sindicalismo, la izquierda y, particularmente, el kirchnerismo, manifestado en la huelga docente que se prolonga en la provincia de Buenos Aires, el paro nacional convocado para el 6 de abril y las maniobras permanentemente "esmerilantes" de un sector de la oposición que se expresa decidido a impedir que el presidente Macri termine su mandato.
Si bien desde el gobierno y desde la coalición oficialista han aclarado que ellos no impulsna la convocatoria, algunos periodistas se han hecho eco de ella, y el propio Presidente ha manifestado que le parece bien que la gente se exprese. A esto se agrega la insistencia por parte de algunos periodistas, a veces con no muy claras intenciones, acerca de la generación de un "clima destituyente" contra el gobierno nacional.
No faltan tampoco, sin embargo, los que ven en esta convocatoria para el 1 de abril una maniobra orquestada en alguna oficina del kirchnerismo con el objeto de dejar en off side al oficialismo, jugando el juego que más le gusta a aquél: la lucha por "controlar la calle". Juego este propio de quienes han sido privados de espacio para manifestar sus razones en forma civilizada, o de quienes, teniendo ese espacio, carecen de razones para manifestar allí y prefieren recurrir al "apriete" de las multitudes. Estas suspicacias se ven avaladas por un detalle no menor: la convocatoria sería para un sábado a la tarde; un día y horario poco conveniente si lo que se pretende es reunir a una gran multitud.

Este tipo de convocatorias siempre son muy riesgosas en términos políticos, a menos que uno tenga la certeza de que va a ser masiva: sacando las convocatorias kirchneristas (con choripán, colectivos y punteros movilizando), las espontáneas solo fueron importantes cuando fue grave la situación. En efecto, la crisis del campo por la malograda Resolución Nro. 125, fue la respuesta de un sector a una pretensión gubernamental de matar a la gallina de los huevos de oro; no solo se trataba de un grave riesgo para el sector más productivo de la economía nacional, también fue el catalizador de una oposición que, hasta entonces, parecía acallada por la bonanza económica que el kirchnerismo explotaba, hoy vemos, pura y exclusivamente en función de sus necesidades electorales y sin preocuparse por las consecuencias a futuro. Cuando, tras su triunfo en 2011, la entonces Presidenta se dejó llevar por la fantasía del "vamos por todo", el kirchnerismo se sintió con carta blanca para promover todo tipo de atropellos institucionales, considerando que los excelentes resultados obtenidos en las elecciones presidenciales de aquel año justificaba que el gobierno nacional intentara articular un proyecto abiertamente hegemónico; era lógico que quienes no aceptaban dicho avasallamiento se expresaran como lo hicieron el 23 de septiembre y el 8 de noviembre de 2012, entre otras fechas memorables. Por último, la sorpresiva y dudosa muerte del fiscal Nisman, tan conveniente para la entonces Presidenta, hizo aparecer el fantasma monstruoso de la muerte política, que ya creíamos desterrada desde el restablecimiento de la democracia hace 33 años; la marcha del "18F" fue, entonces, imponente, y estuvo entre los antecedentes de lo que, finalmente, se tradujo en la derrota oficialista en las elecciones de 2015.

Puede gustarnos o no; podemos estar a favor o en contra del gobierno nacional.
Pero lo que resulta claro es que no tiene hoy un nivel de amenaza real, ni el gobierno ni el sistema democrático, que justifique salir a la calle. Los enfrentamientos con los sindicatos, lógicos frente a cualquier cuestionamiento del statu quo, aún están lejos de tener características "desestabilizantes"; a lo que debe agregarse -y esto es evidente en el caso de los gremios docentes- que se inscriben en el marco, por un lado, de la interna peronista (dentro de la cual, el kirchnerismo no es más que una facción), y, por otro lado, de la pugna de la izquierda por arrebatar el poder sindical a "los Gordos", en la que los gestos valen más que los hechos (como siempre para la izquierda). Tampoco existe un ambiente de conspiración como contra De la Rua en 2001, en la que una liga de gobernadores peronistas entró en alianza con sectores disconformes de la propia coalición entonces gobernante, en un clima económico sumido en la depresión; Macri ha sabido llevarse bien con los gobernadores, en términos generales, y las disidencias en Cambiemos no son extremas y cuentan, en el peor de los casos, con la válvula de escape de las elecciones de medio término previstas para agosto y octubre.

Nadie dice que las cosas marchen de maravilla. Nadie niega que el gobierno ha incurrido en errores no forzados en materia política. Nadie desconoce que la salida de la crisis económica originada en el modelo kirchnerista resulta más lenta de lo que se esperaba o pueda soportarse.
No obstante, resulta peligroso dejarse ganar por la psicosis. No peligra la democracia, ni el gobierno, ni nada. Y si bien es cierto, como afirma el Presidente, que es bueno que la gente se exprese, también lo es que la dialéctica de la manifestación callejera resulta desgastante no sólo para los gobiernos, sino también para los que participan de ella, razón por la cual siempre conviene reservarla para circunstancias cuya gravedad la justifique.

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