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lunes, 15 de septiembre de 2014

Concordia

Es cierto que las divisiones son parte de la historia de un país. Que lo son, también, de nuestra historia. Que es lógico que existan, porque somos hombres, no ángeles. Que muchas veces la Providencia se encarga de sacar de ellas bienes inimaginables. Que, entre estos bienes y aún sin adherir a Hegel, muchas otras veces actúan como motor del progreso y de la historia.
Pero nada de ello las justifica. Nada de ello las convierte en algo bueno, positivo o aun deseable.
Resulta mezquina la visión de ciertos políticos según la cual la división aparece como la más formidable herramienta de construcción del poder.
No. La división trae más males que bienes. La división genera rencores, resentimientos, desprecios, injusticias. Si acaso resulta accidentalmente de ella algún bien, el precio suele resultar excesivo.

Una mirada a nuestra historia reciente nos bastaría para comprobar esta afirmación. Quizás uno de los obstáculos más desgraciados que tiene que sortear la Argentina para salir a flote y convertirse en potencia sea la vocación caníbal de sus ciudadanos, la aparente imposibilidad de convivir sin recelar del otro, de construir sin destruir al contrario, de generar bienestar para unos sin hundir a otros. Tenemos muy metido en nuestra idiosincrasia esa suerte de prejuicio dialéctico según el cual, si unos están bien (económica, cultural o socialmente), es a expensas de los otros; pareciera que no se puede construir la Argentina que queremos porque, para eso, hay que terminar con estos o aquellos. "Este país se va a arreglar el día que se muera el último..."; y ahí ponemos el sustantivo que queramos: el último peronista, el último oligarca, el último delincuente, el último corrupto, el último gorila, el último banquero, el último abogado, el último cura, el último negro, el último "milico", el último extranjero, el último facho, el último trosko... ¿Seguimos?

Si es señal de inmadurez el echarle permanentemente la culpa de los propios males al otro, lo es más el pensar que sólo en la exclusión de éste hallan solución aquéllos. Inmadurez y soberbia; de las que casi nadie puede considerarse ajeno en la Argentina.

Si vamos a construir un país nuevo, tenemos que asumir que lo construiremos con todos los argentinos. Si queremos revitalizar el tejido social, no sólo habrá que repetir, como lo hace la Presidenta, que "la patria somos todos"; habrá que actuar en consecuencia, habrá que asumir que el patriotismo, esa virtud tan necesaria para superar las crisis nacionales, supone identificarse con el compatriota aunque este no piense como uno ni compartamos con él las mismas aspiraciones respecto del país.

Nada se puede construir sobre la base de considerar que la sociedad argentina se divide en capitalistas y proletarios, populares y gorilas, nacionales y cipayos. Hemos de asumir que todos los argentinos queremos el bien de la Argentina, aún cuando nos conste que ello no es así. Sonará ingenuo, pero es preferible equivocarnos en aceptar la buena fe del otro que vivir recelando injustificadamente unos de otros.

La reconstrucción argentina pasará necesariamente por una búsqueda heroica -no le quito una letra al adjetivo- de la concordia. Heroica, porque nos exigirá a todos saber renunciar a nuestras personales listas de agravios, a nuestros preconceptos (por justificados que nos parezcan), para aceptar al argentino que tenemos al lado como es, sin más, y construir con él -no contra él- un país mejor.

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