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martes, 19 de mayo de 2015

Cada vez menos, y más viejos

Recientemente leía un artículo sobre el envejecimiento poblacional de la Argentina. El artículo apunta a las consecuencias económicas, dando por hecho que algo habrá que hacer para prepararse para un futuro no muy lejano en términos de país (20-50 años), en el que seremos menos, más "viejos" y con más dificultades para sostener nuestro sistema previsional. Nada muy diferente de lo que ha ocurrido en Europa occidental en los últimos 50 años, salvo porque a nuestro país esta situación lo agarra "a contrapierna" (en términos futbolísticos): sin cultura del ahorro, sin políticas de largo plazo, sin siquiera la preocupación por el tema de parte de una dirigencia política que vive y gobierna pensando, únicamente, en las próximas elecciones.

Lo que el artículo no cuestiona es la raíz del problema: ¿por qué somos cada vez menos, y más viejos, en un país en el que todavía está todo por hacerse? La respuesta es incómoda, porque nos interpela a todos de manera muy íntima: tenemos miedo de tener más hijos.
Tenemos miedo porque cada hijo es una responsabilidad, y vivimos en una cultura que nos enseña que la libertad consiste en no asumir responsabilidades, al punto que la educación sexual se orienta a enseñar a evitar los hijos.
Tenemos miedo porque vemos a cada hijo como un recorte a nuestro bienestar, sumidos además en una economía cuyas inestabilidades desalientan la generosidad.
Tenemos miedo porque no tenemos el más mínimo interés de salir de nuestro statu quo, de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, de nuestra cobardía; y cada hijo es una aventura nueva.
Una sociedad que le tiene miedo a los hijos está condenada a la extinción. Los europeos están reaccionando lentamente, al ver que los lugares que dejan los nativos son ocupados por inmigrantes (muchísimos de religión y cultura islámica) que no tienen miedo a tener hijos, y que todavía asumen la paternidad y la maternidad como el fenómeno natural, lógico y deseable que es para la subsistencia del género humano. En muchos países de la Unión Europea se toman medidas que buscan alentar el crecimiento demográfico; a tal punto que el difunto ex presidente socialista de Francia, François Mitterrand, fue también un reconocido natalista.

Que los chinos se hagan problema por el crecimiento poblacional puede ser entendible (1200 millones de habitantes), aunque sus políticas totalitarias en la materia sean repudiables. Pero que en la Argentina, con 14,4 hab/km², tengamos "reparos demográficos" resulta casi ridículo.
Hacen falta, por el contrario, políticas que alienten la natalidad, así como la estabilidad de las familias para favorecer el desarrollo de los chicos, que garanticen la nutrición básica y el acceso al agua potable y a los servicios más elementales para generar ambientes propicios para el crecimiento, que garanticen una educación de calidad que permita capacitar nuevas generaciones que estén en mejor forma para sacar adelante a la Argentina.

Si seguimos pensando que todo es cuestión de repartir dinero (sobre todo si es ajeno), que la responsabilidad del país que viene siempre es del otro, vamos mal. Terminaremos pensando -hay muchos que así lo hacen- que la mejor forma de acabar con la pobreza es evitar que nazcan pobres, y que éstos lo son porque tienen muchos hijos. Seguiremos siendo cada vez menos, estaremos cada vez más viejos, y las generaciones que nos sucedan nos mirarán con recelo, porque, así como ahora vemos a los hijos como un lastre indeseable, como un límite a nuestra realización personal, ellos nos mirarán a los viejos (y a los enfermos) como una carga cada vez más insoportable. En Europa también se ve; no por nada prolifera igualmente la eutanasia.

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