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martes, 13 de noviembre de 2012

8N

Me atrevería a decir que quienes marchamos en la manifestación del "8N" no fuimos movidos tanto por lo que el Gobierno nacional haya hecho o no, cuanto por la actitud de la Presidenta y del cristinismo-kirchnerismo, en general, manifestada en cierto "cinismo político", que los ha conducido a negar sistemáticamente problemas que resultan evidentes para cualquier persona que camine por la calle, a descalificar hasta extremos insólitos a quien ose enunciar, siquiera, tales problemas, y a pretender imponer una agenda que, en tales circunstancias, o no resulta pertinente o simplemente repugna al más elemental sentido común de buena parte de la opinión pública, si no la mayoría.

No necesitamos leer La Nación para enterarnos de que existe la inflación; nos basta con ir al supermercado y percibir que se acelera aquella desproporción entre precios que suben por el ascensor y salarios (nuestros propios salarios) que suben por la escalera. Sin embargo, los funcionarios del Gobierno se cuidan escrupulosamente de hablar de la inflación, y se persigue -literalmente- a quien publica índices que desmientan al Indec. Eso, sin entrar a analizar el hecho de que aún la "baja" inflación que publica el Indec, si fuera cierta, ya merecería en cualquier otro país medidas concretas para combatirla y sería un tema de primer orden en la agenda de cualquier gobierno.

No hace falta mirar TN para enterarse que aumenta el delito; basta con preguntarse uno mismo o compulsar entre amigos, parientes y conocidos: comparar entre quince años atrás y hoy día, ¿cuántas veces hemos sido víctimas o hemos sabido de un delito contra alguno de nuestro entorno? El Gobierno nacional lo sabe, pero la inseguridad es "un tema de la derecha", por lo que no debe hablarse, tampoco, de aquélla; a lo sumo, distinguir como lo hacía la periodista de "678": no hay inseguridad, sino índices de criminalidad (¡?). Aun a pesar de haberse tomado medidas espasmódicas, como la utilización de la Gendarmería y la Prefectura para tareas propias de la Policía Federal o las policías locales; medida esta última que terminó explotando del modo menos pensado para el Gobierno, como sabemos.

No tiene que venir un economista a decirme que subió la pobreza; el aumento de las villas, de la mendicidad, del cartonerismo en los últimos 10 años me consta, como le consta a cualquiera que camine por la calle, viaje en subte o en tren, o viva o transite seguido cerca de las villas de emergencia. Como también resulta evidente que es a los pobres a quienes más castiga la inflación (porque tienen ingresos más ajustados) y la inseguridad (porque no pueden suplir privadamente el déficit de la seguridad que debe proveer el Estado). Pero el Gobierno insiste en decir que nadie ha hecho nunca tanto como él en favor de los pobres, siendo que, en realidad y en última instancia, la pobreza es manipulada por un sistema político que necesita de los pobres como "combustible electoral" a través de la dependencia clientelar, por lo que no tiene ningún interés en reducir la pobreza, sino en multiplicarla.

La gente del 8N no está ni a favor ni en contra de tal o cual medida del Gobierno, simplemente quiere que reconozca que hay inflación y tome medidas; no le importan las cruzadas contra los "medios hegemónicos", si no ve una actitud decidida a combatir el delito en las calles; tampoco puede creer en ningún "relato" cuando lo ve desmentido en los ojos del enésimo pibe que pide una moneda en la calle.

Y eso no es tener una "visión distorsionada de la realidad"; es reventar de bronca porque se nos miente en la cara y se nos dice que debemos creer al relato antes que a nuestros propios ojos. Bronca que sale a la calle porque el Gobierno nacional ha terminado por anular la efectividad de cualquier límite institucional a su poder, manipulando el Congreso, extorsionando a la Justicia, desvirtuando a los organismos de control y, finalmente, persiguiendo a la prensa independiente. Desborde de poder de un Gobierno que se ha visto favorecido por una oposición demasiado preocupada por cuestiones de cartel o prejuicios ideológicos, como para apreciar el peligro que corre la democracia republicana en nuestro país.

Dios quiera que el 8N sea el punto de partida para revertir este estado de cosas.

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