Hace ya siete años, publicaba en este mismo blog un artículo señalando cómo la ignorancia y el oportunismo llevaban a manipular lo que el Papa dice o hace, ya sea para detractarlo o para “colgarse de su sotana”. Volví sobre ese tema cuando se generó el escándalo del rosario que le regaló Francisco a Milagro Sala, y también señalé en otra oportunidad que esas manipulaciones son la explicación de por qué el primer papa argentino aún no ha hecho una visita pastoral a su país de origen (y empiezo a creer que, probablemente, no la haga nunca).
Es notorio cómo con el tiempo, lejos corregirse, no ha hecho más que agravarse la tendencia. Y no me refiero sólo a los que “chapean” su amistad o relación con el papa como una garantía de sus propias opiniones políticas. Aunque esto último ya es bastante cuestionable: cualquiera tiene amigos que no piensan como uno, pero los verdaderos amigos no utilizan la amistad como peldaño para darse autoridad.
Peor que esto es que resulta que el oficialismo kirchnerista repetidamente echa mano de lo que el Papa dice (o creen que dice, o le hacen decir) para justificar su política económica estatista, pauperizante y generadora de clientelismo. No es novedad: el peronismo, desde su mismo inicio, buscó apropiarse de postulados de la doctrina social de la Iglesia. Doctrina social que no es de este o de aquel papa, sino de toda la Iglesia. Un magisterio que repetidamente ha señalado de sí mismo que no pretende dar soluciones concretas a los problemas políticos y sociales, sino señalar cuáles son para un cristiano las exigencias de coherencia con su fe a la hora de actuar libremente para resolver tales problemas. Es cierto que la jerarquía católica local creyó, en un principio, ver en el peronismo un movimiento que podía defender orgánicamente esos principios, en un mundo que debería salir de la sangrienta crisis que se cerraba con el fin de la segunda guerra mundial. Pero esto duró poco: el peronismo fue progresivamente revelando sus pulsiones totalitarias, al punto de enfrentarse con la misma Iglesia en 1954. Lo cual no impidió que, con el tiempo, volviese a haber clérigos peronistas, pero la “bandera” de la doctrina social de la Iglesia ya no sería la coartada del peronismo, que fue boyando del intervencionismo totalitario del “primer Perón”, a un liberalismo oportunista con Menem, para degenerar en un socialismo trucho con los Kirchner.
Haciendo un paréntesis, me viene a la memoria una anécdota en punto a esta manipulación peronista. Recuerdo el encuentro de san Juan Pablo II con los trabajadores argentinos en el Mercado Central de Buenos Aires el 10 de abril de 1987, en el marco de su viaje apostólico a la Argentina. Como es lógico, estaba repleto de sindicalistas y el discurso fue lógicamente referido a la cuestión social, reiterando conceptos que han sido comunes en el Magisterio desde León XIII hasta hoy. Para la mayoría de los asistentes, que no frecuenta la lectura de documentos magisteriales, esa música era inédita, y no faltó el grito de “¡viva el papa peronista!” con que alguno de la concurrencia saludó algún pasaje del discurso del Santo Padre.
Hoy se repite la historia, con la agravante de que al papa argentino se le conoce un pasado de simpatía con el peronismo. Además, la insistencia de su propio magisterio en la prioridad de la atención a los pobres ha despertado esos viejos cuestionamientos de cierta derecha liberal a la doctrina social de la Iglesia. Para muchos liberales, hablar de pobres produce el mismo efecto que hablar de ajuste para un kirchnerista: resulta una mala palabra que dispara el prejuicio obturando cualquier discusión posterior. Es lógico: sentirnos interpelados nos pone siempre a la defensiva; por lo menos si no tenemos un mínimo de humildad para cuestionar nuestras propias posturas a partir de esa interpelación.
Este fenómeno tuvo una manifestación reciente cuando medios de los que uno esperaría más seriedad relacionaron la glosa del Papa respecto de la parábola de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (Mt 20,1-16), y su acostumbrado tuit correspondiente, con la crítica a la meritocracia hecha por el presidente Fernández. Muchos periodistas y anticlericales varios quisieron ver una premeditada coincidencia entre la lectura del Evangelio prevista para el 25º domingo del tiempo ordinario y la impugnación presidencial. Esta interpretación forzada (uno hablaba de la meritocracia en la sociedad civil, el otro de la gratuidad de la salvación de Dios) solo habla de la ignorancia, cuando no de la mala fe, de quienes la realizan.
Algunos parecen seguir creyendo que al Papa, que tiene sobre sus hombros el peso del gobierno de la Iglesia universal (con problemas que exceden el ánimo y el entendimiento de los dirigentes y periodistas locales), le sobra el tiempo como para ocuparse de meter baza en la política nacional: proyectos, orientaciones políticas, candidatos, ideas y frases se le atribuyen al Sumo Pontífice sin mayor fundamento, sea para capitalizar un pretendido apoyo, sea para denostarlo. No importa que se trate de frases, en el mejor de los casos, sacadas de contexto. Tampoco importa que nunca tales afirmaciones vayan acompañadas de una confirmación del Vaticano.
Sería interesante saber si los que lo critican por sus supuestas posiciones políticas han leído alguno de sus documentos magisteriales, especialmente los referidos al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, o se ha puesto a compararlos con análogos documentos de los papas anteriores ¿Realmente creen que el Papa le “tira centros” a la política del kirchnerismo, o simplemente buscan chicanear a Francisco para justificar su propia oposición al magisterio de la Iglesia en temas en los que les pica la conciencia?
También resultaría interesante conocer de tanto dirigente que disfruta invocando la autoridad del Papa, su posición respecto a temas tan espinosos como el aborto o la ideología de género ¿Hasta dónde llegará su adhesión al Pontífice? ¿Alguno se hará cargo de su responsabilidad en el crecimiento de la pobreza y de la cultura del descarte que denuncia Francisco en todo el mundo? Por lo pronto, ya sabemos de un Presidente que le dio gracias al Papa cuando la reestructuración de la deuda (¿alguien explicó por qué?), para después afirmar que impulsará la legalización del aborto.
¡Son muchos los que siguen robando con Francisco!