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miércoles, 16 de octubre de 2013

¡Todos somos progresistas!

A veces cabe preguntarse qué es ser "progresista" en política. Esto es: ¿qué es lo que hace que un político, un partido o una ideología puedan ser calificados como "progresistas"?

Si vamos al Diccionario de la Real Academia Española, el progresista es aquel que, en materia política, sostiene "ideas avanzadas, y con la actitud que esto entraña". La definición parece no aportar mucho, aunque sí una punta para descifrar lo que, en el habla política de todos los días, denominamos "progresista". Los que se autodenominan "progresistas" lo hacen por considerar que sus ideas son avanzadas, y actúan en consecuencia. En política, suele relacionarse el concepto de "progresismo" con el de "revolución": aquél sería una versión atenuada o moderada de ésta. Tiene lógica: "revolucionario" suele ser un superlativo de "avanzado". En ambos casos, se habla de lo nuevo, lo que viene, lo próximo, lo que está adelante, el progreso, el avance; por contraposición a lo reaccionario, lo viejo, lo que que hay, lo pasado, lo que está superado, lo retrógrado, el statu quo. Lo contrario del "progresismo" es, desde esta perspectiva, el "conservadurismo".
Con esta dialéctica "progresismo - conservadurismo", paralela a la de "revolución - reacción" se asocia, por lo general y simétricamente, la de "izquierda - derecha". Con estas simplificaciones, se llegó a decir, por ejemplo en 1991, que el régimen de la Unión Soviética (comunista) era conservador y de derecha, mientras que quienes lo enfrentaban pidiendo una apertura al capitalismo occidental (sinónimo, para muchos, del "sistema" o estado de cosas imperante) eran revolucionarios. O también que ahí, como en China, la revolución socialista se había "derechizado", al burocratizarse.
De cualquier modo, el recurso excesivo a estas dicotomías no pasa de ser, insisto, una simplificación, un reduccionismo que pretende explicar fenómenos más complejos que un partido de fútbol con dos equipos enfrentados. Un ejemplo de este simplismo es el artículo que escribió Roberto Gargarella el pasado 19 de agosto en La Nación, titulado "De la izquierda posible a la derecha real", contestado por el menos difundido artículo de Agustín Laje en La Prensa Popular: "En torno a la derecha y la izquierda (respuesta a Gargarella)".

No obstante, parece instalado un paradigma, que se trasluce en el citado artículo de Gargarella: el progresismo representa lo políticamente correcto. Esto es, ser "progresista" significa estar "del lado de los buenos" en política. De ahí la necesidad de apropiarse del calificativo, de mostrarse más "progresista" que los demás, verdaderamente "progresista". El paradigma así impuesto, y esto es un fenómeno universal, ha llevado al pensador español Juan Manuel de Prada a hablar de una verdadera "Matrix progre": un sistema en el que estamos inmersos y del que difícilmente podemos salir y tomar distancia para criticarlo sin peligro de ser estigmatizados y perseguidos como réprobos. Otra vez la dicotomía simplificadora de razonamientos, combinando las categorías a que antes aludíamos, sale en auxilio de quienes no quieren quedar intelectualmente off side: el que no es "progresista", es "de derecha"; y, como ser "progresista" es ser "bueno", ser "de derecha" es ser malo.
Y punto. No hace falta más discusión. No es necesaria otra reflexión. Cualquiera que "saque los pies del plato" de la "matrix progre", siquiera para ser original, es descalificado, perseguido, escrachado o, en el mejor de los casos, condenado al ostracismo.
De esta descalificación simplista de la derecha se ha burlado Rolando Hanglin en sus artículos en La Nación, recopilados en el libro "Un hombre de derecha", subtitulado, justamente, "Pensamientos incorrectos".

Ahora bien, lo peor no es que se haya instalado el paradigma, sino que nadie sepa o se anime a escaparse de la "matrix progre".
Uno de los fines de este blog, justamente, es ese: cuestionar lo establecido como políticamente correcto, reflexionar acerca de las inconsistencias y contradicciones del "progresismo", patear el tablero y animarse a decir "No, yo no soy progre, ni encuentro por qué debiera serlo".

Este conformismo, esta imposibilidad de salir de la "matrix progre" hace que algunos candidatos de partidos (o "espacios", como gusta decirse) que son sindicados como "de derecha" por los autotitulados "progresistas", se esfuerzan en ponerse también ellos este último título, a decir que ellos son los verdaderos progresistas, y que son los otros los reaccionarios. Reivindican la etiqueta para sí, no cuestionan el paradigma. Sienten vergüenza de que se pueda considerar que son "de derecha", parecen la encarnación de aquel chiste de Groucho Marx: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros".
Claro que se enfrentan a un problema: los votantes, muy probablemente, estén esperando de ellos otra cosa, una diferenciación y no una mimetización, una propuesta distinta y no sólo un discurso diferenciado, alguien que les ofrezca salir de la "matrix" y no una forma de permanecer más cómodos en ella.

Pero, para eso, para dejar de discutir por los adjetivos y hacerlo por los sustantivos, hace falta algo que anda escaseando en la política actual: ideas.

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