El discurso de apertura de la Presidenta Cristina Fernández ante la Asamblea Legislativa el pasado 1.º de marzo no puede menos que inquietar a todos aquellos a los que nos preocupa el país. Si consigue llevar adelante sus proyectos de "democratización" del Poder Judicial y éstos surten el efecto buscado (concretamente, si consiguen evitar que el Poder Judicial obstaculice en cualquier forma o medida las políticas del Poder Ejecutivo), estaremos yendo hacia una dictadura, como bien me comentaba un allegado esta mañana.
Una dictadura, porque el concepto mismo de república se asienta en la división de poderes que sirven de contrapeso, y la Presidenta apunta, justamente, a diluir tales contrapesos para concentrar el poder en sus propias manos.
Una dictadura, porque tal proceder parte del presupuesto de que tenemos una líder (una fuhrer, una duce, una caudilla), única garante de una revolución en marcha destinada a transformar a la Argentina, y cuyo designio no puede ser contradicho, justamente en nombre mismo de la revolución.
Una dictadura, porque toda disidecia, en tal esquema, es una traición a la revolución y, consecuentemente, a la Patria. Y las traiciones deben ser perseguidas y castigadas ejemplarmente.
Una dictadura que, en fin, no se autoasumirá jamás como tal (nunca lo hacen), sino que se ira imponiendo progresivamente, para que, como en el cuento de la rana en la olla caliente, nadie pueda reaccionar hasta que sea demasiado tarde. Basta con que la Presidenta encuentre o invente a "su Medvedev" para alternar el poder entre 2015 y 2019 y así garantizar (y garantizarse) el "modelo"
De esto ya hablamos en un artículo anterior.
Herramientas jurídicas para oponerse existen, y seguirán existiendo mientras, como le dijo el campesino a Federico el Grande, "haya jueces en Berlín". Pero, ¿cuánto tiempo resistirán los pocos jueces probos que van quedando?
Por otro lado, la propia torpeza del Gobierno, tantas veces probada (y, especialmente, a lo largo del año pasado) puede ser el origen de su propio fracaso en la iniciativa dictatorial; así lo demuestra, por ejemplo, la penosa y tragicómica secuela del tan mentado "7D", que terminara en la nada. Sin embargo, de nada sirve que los dictadores sean torpes, si no existe una oposición en condiciones de hacerles frente y ofrecer una iniciativa al electorado.
Un electorado que debe despertar del anestesiamiento en el que se encuentra. La política ya no puede ser cosa dejada al arbitrio de profesionales, cuando lo que está en juego es la institucionalidad misma de la nación, esto es, la vida, la libertad y la propiedad de cada uno de los habitantes de este bendito país.
No bastará con oponerse, con salir a manifestarse, con gritar, en cuanta oportunidad nos toque, que no vamos a entregar la patria de nuestros hijos a los tiranos. Hay que organizarse políticamente, hay que ofrecer una alternativa orgánica, hay que buscar o gestar al líder de una oposición dispuesto a hacer frente, en nombre de la república, a la dictadura. Hay que dejar de lado la política de "paladar negro" ("Fulano es nuestro límite", "no podemos acompañar a los de tal orientación política",...); es un lujo que sólo puede darse la extrema izquierda, que carece, en realidad, de relevancia electoral.
Los tiempos que siguen ya no distinguirán entre capital e interior, ni entre derecha e izquierda, ni entre clases, ni entre capital y trabajo. La única opción, cada vez más, es entre república y dictadura. Si no hacemos un esfuerzo para unirnos en la defensa de las banderas de la república, el final será de gestapos, gulags, comisarios políticos, delaciones y desaparecidos, por mucho que la palabra "democracia" sea repetida en boca de quienes llevan adelante esta "revolución".
No podemos permitirnos ser ingenuos.
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