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viernes, 19 de diciembre de 2008

Del archivo: ¿Somos todos “movimientistas y delegativos”?

Artículo del 19 de diciembre de 2008

La semana pasada leí un interesante reportaje en La Nación a Guillermo O'Donnell.
Las opiniones del reporteado pueden compartirse o no, pero lo que me resultó interesante son un par de párrafos, referidos a qué es lo que ha fallado en la democracia argentina de los últimos 25 años, que transcribo:

“La base de todo esto está en una fuerte tradición argentina movimientista y delegativa. No sólo el peronismo; en su tradición histórica, también el radicalismo. Esta concepción movimientista totalizante lleva a patrones de democracia delegativa, democrática porque las autoridades resultan de elecciones razonablemente limpias. Pero la idea es que una vez elegido, el presidente o la presidenta sienten el derecho, si no también la obligación, de gobernar según les parece mejor, sin restricciones institucionales, que serían simplemente molestias impuestas por el régimen democrático a las que hay que tratar de eludir, cooptar, anular, hacerlas lo más inefectivas posible, para que el Ejecutivo elegido decida frente a sí lo que mejor le parece para el país, bien o mal, en mala o buena fe. Esa forma de concebir el poder es intrínsecamente antiinstitucionalista... está esa idea de que «yo gané, entonces tengo derecho a dirigir el país de acuerdo con lo que a mí me parece, y vos que perdiste lo único que podés hacer es esperar hasta las próximas elecciones a ver si ganás, y tal vez tengas derecho de hacer las cosas inconsultas que yo hago hoy». El enorme desafío de la política argentina es superar esta visión.”
Lamentablemente, el sayo nos cabe a todos. Quien lea los diarios se entera de cómo este mismo talante “movimientista y delegativo”, bien que con sus matices, se reproduce en los partidos no peronistas. Lo que resulta más chocante cuando se trata de partidos o dirigentes que expresamente dicen abominar de tales prácticas.
En efecto, nos cuesta mucho admitir la sujeción a las normas cuando éstas no son de nuestro gusto y conveniencia. Tendemos a buscar siempre “la vuelta” para poder pasar por alto la regla que, consideramos, restrinje nuestra siempre “necesaria” capacidad de maniobra. Es lo mismo que cuando nos justificamos (a veces, en voz alta) por pasar el semáforo en rojo o no respetar la velocidad máxima: ¡estamos apurados!; como si el que puso el semáforo o estableció la velocidad máxima solamente los hubiera pensado para conductores sin apuro.
También nos cuesta admitir las opiniones contrarias, el diálogo político, la misma democracia, tanto en la relación entre partidos políticos como dentro de ellos mismos. Prueba de ello es esa especie de “síndrome de la fractura infinita” que afecta a todos los movimientos políticos y que resulta especialmente notable entre quienes actualmente militamos en la oposición: no sabemos ganar y no nos bancamos perder; el que gana busca neutralizar al que pierde, y éste prefiere irse, no tanto por no ser escuchado, cuanto por no haber sido él quien neutralizara a su oponente. Pero también es prueba de ello la inveterada tendencia al “dedazo” para la elección de candidatos y al manejo de las decisiones por parte de la “mesa chica”, sin intervención de los afiliados, a quienes sólo se acude o invoca para refrendar la propia posición (nunca para discutirla, oír iniciativas, pedir opinión o consejo). Como no aceptamos que la ley ni el disenso nos pongan límites, procuramos —consciente o inconscientemente— acotar el ámbito de la discusión lo más posible, dentro de márgenes que nos resulten fácilmente manejables.
Creo que todos deberíamos echar una mirada a nuestra propia conducta, también los que nos llenamos la boca hablando de la democracia, la libertad, la república y las instituciones, para ver cuánto tenemos de “movimientistas y delegativos”. No vaya a ser que la democracia la entendamos en términos de rebaño, que sólo nos importe nuestra libertad para aplastar al otro, que la república sólo sea un botín, y las instituciones sólo una invocación hueca, como lo es en boca de aquellos que creen que la realidad es un “relato que se construye”.