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viernes, 8 de junio de 2012

Cacerolas gastadas

Por varios lados me llegó la convocatoria al "cacerolazo" del 7 de junio. Varios amigos sé que iban a estar allí.
Lo seguí con cierto interés, por la televisión (por cierto, sólo los canales del grupo Clarín le dieron cobertura), pero, si bien al principio tuve ganas de ir, finalmente desistí de hacerlo.
No cabe duda de que el "cacerolazo" es una buena catarsis. También que sirve para hacerle notar al poder que el ciudadano medio, ese que, de acuerdo con Tocqueville, es reacio a las revoluciones y las movilizaciones populares, está, sin embargo, hartándose de la política oficial que busca llevarse a todos por delante con la extraña excusa del "derecho de las mayorías" y minimiza, cuando no ignora olímpicamente, aquellos aspectos oscuros de su gestión recurriendo al "relato": la realidad no es como es, sino como se cuenta.
Es cierto, las cacerolas sólo suenan cuando a ese ciudadano medio le tocan el bolsillo, hoy y ahora. Esto no quise creerlo en 2001; pero en 2012 tengo que rendirme a la evidencia: sólo cuando vimos amenazados nuestros ahorros con el "corralito" (2001), cuando nos manotearon el fruto del trabajo más allá de lo tolerable (2008), o sentimos carcomidos nuestros ingresos por la inflación y las arbitrariedades del gobierno (2012) salimos a batir cacerolas y a protestar. Sin embargo, nada dijimos cuando este mismo "proyecto" cobijó casos escandalosos de corrupción, ni cuando aprobó leyes aberrantes ("matrimonio igualitario", "identidad de género"...) que comprometen el futuro de nuestras familias y nuestra sociedad, ni cuando se alzó con empresas privatizadas con la excusa de su "recuperación", para poder usarlas como botín político y que todo siguiera igual (Correo Argentino, AySA, Aerolíneas, YPF...), ni cuando pisotearon la Constitución para mantener encarceladas a centenares de personas sin juzgarlas o para echar al Presidente del Banco Central porque no se alineaba, ni cuando prorrogaron ad infinitum las leyes de emergencia para poder seguir usando discrecionalmente del poder, ni cuando la desidia burocrática mató gente, y ni siquiera cuando se embolsaron los activos fideicomitidos de nuestras jubilaciones sin indemnizarnos (total, para jubilarse falta, ¿verdad?).
Volviendo a Tocqueville, es evidente que la clase media no está hecha para las revoluciones. Por eso la izquierda "progre" la odia, se burla de ella y de sus cacerolas. Pero, si bien a la crítica de esa "reacción burguesa" que representa el "cacerolazo" no le faltan argumentos válidos, también es cierto que trasluce cierto resentimiento contra movilizaciones que no necesitan armarse (como sí necesitan las de los partidos políticos) ni financiarse (como si les hace falta a las del Gobierno) y que demuestran palmariamente el agotamiento de nuestro sistema político, que no ofrece alternativas reales (en ideas y en poder) a la arbitrariedad actualmente gobernante.
Puede ser que las cacerolas ya estén gastadas. Pero si siguen sonando es porque un sector cada vez mayor de la sociedad no encuentra en la oposición política un intérprete válido de sus demandas.
Quienes nos dedicamos a la política, en lugar de hablar de las cacerolas, deberíamos reflexionar sobre qué representamos para sus portadores.