Recuerdo siempre esta anécdota.
Un mayordomo del campo de Roca en Córdoba, de origen indígena, descendiente de un noble clan comechingón, tenía una gran lealtad por su patrón. Lealtad que llegaba a la devoción, y que hoy contradiría los clisés del discurso “progre”, pero que en aquella época era normal en un trabajador que se sentía reconocido y apreciado por su trabajo.
Devoción que supo transmitir a su hijo, quien se casó con una cocinera catalana, según entiendo también criada en la hacienda de Roca.
Fue justamente esta cocinera quien, al nacer uno de sus nietos (el primero hijo de su hijo mayor) sentenció, con el asentimiento de su marido: “Tiene que llamarse Julio, por don Julio Argentino Roca”.
Era el 10 de julio de 1941, fecha en que nació Julio Alberto Tulián, mi padre.
Quienes critican a Roca lo hacen desde el prisma ideológico de quien no ve —o no quiere ver, porque no le conviene— el legado de un presidente que, con sus virtudes y defectos, terminó de organizar la Nación y la condujo en la culminación del mayor ciclo ascendente de desarrollo que conociera la República. Alguien que tuvo suficiente valor para encabezar la incorporación a la Argentina de vastos territorios de los que hoy nos enorgullecemos y que (oh, paradoja) llegaron a dar al país presidentes que hoy repudian a aquel prócer. Alguien que tuvo la suficiente astucia para mantener el orden político hasta su maduración con la Ley Sáenz Peña (quien fuera su sucesor). Alguien que tuvo la suficiente lucidez para impulsar reformas que fundaron el Estado argentino moderno, que hoy está depredado. Alguien que pudo ver, al terminar su mandato, a la Argentina convertida en la séptima potencia mundial, en un país de oportunidades para millones de criollos e inmigrantes.
Lo pintan como un genocida quienes no saben historia, quienes gustan de repetir consignas en lugar de estudiar realidades, quienes no piensan en construir la Argentina, sino en conservar el odio.
Ellos no conocieron a los Tulián que trabajaron en el campo de Roca, no conocieron al tatarabuelo Gregorio, ni a los bisabuelos Vicente y Manuela, ni supieron de la gratitud de esa gente sencilla, que no veía al monstruo que nos quieren fabular, sino al patrón que conocieron en persona.
Vaya para don Julio Argentin Roca mi desagravio; para aquéllos, mis ancestros, mi homenaje; y para los odiadores de turno, mi consejo de que estudien sin prejuicios. Solo así se puede encontrar la verdad.
Y solo la verdad nos hace libres.
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