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lunes, 28 de enero de 2013

"El Cromagnon de Brasil"

El incendio de la discoteca Kiss en Brasil llama inmediatamente al recuerdo del incendio de Cromagnon, en Buenos Aires, aquél fatídico 30 de diciembre de 2004, que costó 194 vidas y cuyas repercusiones llegan hasta estos días, ya que hace poco recayó la condena definitiva sobre quienes fueron considerados penalmente responsables del desastre.
Los paralelos son inevitables: el incendio en una disco repleta, la gran cantidad de muertos por asfixia, la irresponsabilidad de la pirotecnia en un lugar cerrado, la precariedad en la habilitación del local...
Pero, quizás el más doloroso de los paralelos sea la reacción oficial de los respectivos gobiernos nacionales. Baste recordar, de acuerdo con un diario de tendencia oficialista, que el entonces Presidente Kirchner (junto con su mujer, la actual Presidenta) no abandonó sus vacaciones en El Calafate: así daba cuenta Página/12 de la cautela con que se mantuvo Kirchner lejos del horror.
Dilma Rousseff, en cambio, fue sorprendida por la noticia esta vez en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y la Unión Europea, en Santiago de Chile. "Es una tragedia para todos nosotros. No voy a continuar en la reunión por razones muy claras. Frente a lo ocurrido, quien necesita de mí hoy es el pueblo brasileño, y es ahí donde tengo que estar", dijo y abandonó inmediatamente la cumbre para ir a Santa María, una ciudad de menos de 300 mil habitantes en el estado de Rio Grande do Sul, para unirse al llanto de los familiares de las víctimas. No sabemos si calculó los costos políticos, tampoco si midió cuánto le sumaría electoralmente, menos podemos decir si sus lágrimas son sinceras o no. Pero es evidente que el gesto contrasta fuertemente con aquella mezquindad de que hicieran gala los Kirchner hace poco más de ocho años; mezquindad que, por cierto, les resultó efectiva para despegarse del entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad, que había sido oportunamente apadrinado por ellos, cuyos propios errores políticos lo condujeron, meses después, a la destitución a causa de la tragedia.
No es un secreto que no comulgo ideológicamente con Dilma Rousseff, ni mucho menos. Pero - honor a quien honor merece - su gesto resulta propio de una estadista compenetrada con los problemas de su pueblo, más allá del cálculo político y la preocupación por conservar el poder.