Cuando HIJOS llamaba a escrachar a tal o cual persona, considerada "genocida" por haber participado de la represión ilegal en los '70 (o por haber servido un café en alguna oficina pública durante la época del "Proceso", lo mismo da), quienes se escandalizaron eran "sectores de la derecha solidarizados con Videla".
Cuando las abortistas escrachan templos católicos con pintadas inusualmente agresivas contra la Iglesia y su postura pro vida, los que repudian tales actos son descalificados como "partidarios de la censura y contrarios a la libertad de expresión".
Cuando Hebe de Bonafini realizó un "juicio público" (escrache) a periodistas considerados opositores por criticar las políticas del Gobierno nacional, los que cuestionaron tal proceder eran "esbirros de Magnetto".
Cuando la señora Presidenta escrachó denunciando públicamente datos impositivos de un particular que había osado cuestionar las políticas públicas que lo afectaban, aquellos que criticaron el proceder presidencial fueron catalogados como "gorilas representantes de las corporaciones afectadas por las políticas nacionales y populares".
Ahora los escrachados son el Vicepresidente Boudou y el Viceministro de Economía Kicillof. Ahora sí, se trata de prácticas deleznables para el Gobierno nacional (con la Presidenta a la cabeza) y todos sus defensores. Ahora queda en evidencia, al parecer, el "doble estándar" moral del kirchnerismo.
El escrache es una práctica nazi-fascista (literalmente), demostración de prejuicio y cobardía de parte de quienes lo practican. Prejuicio, por cuanto descalifica de manera inapelable y a priori a quien se encuentra "en la vereda de enfrente". Cobardía, porque siempre requiere del anonimato de la masa para practicarse.
El escrache es injustificable tanto contra Videla como contra Kicillof, tanto contra la Iglesia como contra el Vicepresidente.
Si no lo entendemos así, entonces carecemos de autoridad moral para exigir justicia, rectitud y buena fe de parte de los demás.
Cabe preguntarse cuánto de esta ideología del escrache tiene su origen en la crispación promovida desde el propio Gobierno que ahora se escandaliza del monstruo que él mismo alimentó cuando le fue funcional.