¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Una lección de humildad

Los fieles de la Arquidiócesis de Buenos Aires perdimos un obispo, y ganamos un Papa. Francisco. Resulta, todavía, difícil de creer.

Alguna vez, un querido amigo, ya fallecido, hijo de una romana y que pasaba las fiestas y los inviernos junto a su nonna en Roma, me contaba que el romano medio católico se siente con derecho a criticar al Papa por cualquier cosa, como quien critica a un obispo cualquiera; al fin y al cabo, el Papa es el Obispo de Roma.
El comentario, en cierto modo, me escandalizó. Si un católico, por elemental deber de caridad, debería callar cuando no pueda alabar a su obispo (o a un obispo cualquiera y siguiendo el ejemplo de los buenos hijos de Noé), con mayor razón debería respetar y venerar a la persona del Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Así lo aprendí en mi casa y así es la enseñanza de veinte siglos en la Iglesia; veinte siglos en los que no han faltado papas con vidas personales cuestionables desde el punto de vista moral. Lo curioso es que ni siquiera esos papas "de mala vida" cambiaron una coma de la doctrina de Cristo para autojustificar sus conductas (al contrario de los políticos modernos, tan propensos a buscar que las leyes homologuen sus vicios); pero eso es para un análisis teológico en otro momento... en otro blog.

La anécdota viene al caso porque Francisco no es un papa más para nosotros. Fue el Arzobispo de Buenos Aires hasta ayer. Sujeto, como tal, a la mirada crítica de propios y ajenos. Conozco no pocos católicos que no se han privado de criticarlo por razones políticas o religiosas, generalmente con argumentos bastante injustos. No niego que personalmente he tenido mis reservas respecto de actitudes puntuales o de puntos de vista; pero jamás lo escuché enseñar algo que pudiera interpretarse como una herejía, ni mucho menos; y cualquiera puede dar fe de que, cuando se lo atacó en mi presencia, lo defendí, aún en cuestiones opinables, por justicia y por ser mi obispo. Y es público su compromiso por la defensa de la vida, la dignidad humana y la familia en momentos en que defenderlos era exponerse a la crítica despiadada de la "progresía", cuando no al escarnio.
Y ahora el Arzobispo se convirtió en el Papa. Y es de fe que no fue ocurrencia de un puñado de cardenales, sino del Espíritu Santo que los inspiró.
Y el Papa es, como decía santa Catalina de Siena (que no se privó de decirle al papa de su tiempo las cosas en la cara), el "dulce Cristo en la tierra".

Podríamos, como los vecinos de Nazareth dijeron del Señor: "¿no es este aquel que...?". O, la gran argentina: "¿qué va a ser importante, si fue vecino mío?".
Creo que para los argentinos, el papado de Francisco será una lección de humildad. Por un lado, porque muchos católicos que se animaron a hablar mal de él deberán ahora reconocer y venerar en él al Vicario de Cristo. Por otro lado, porque el papa argentino, como todos los papas, ya no pertencece a la patria que lo vio nacer, sino a la Iglesia Universal, a la que se entregó al aceptar el ministerio de Pedro.

Queda rezar por él, para que el Señor lo conserve, lo llene de vida, lo haga feliz en la tierra, y no lo entregue en manos de sus enemigos.

lunes, 4 de marzo de 2013

¿Hacia dónde vamos?

El discurso de apertura de la Presidenta Cristina Fernández ante la Asamblea Legislativa el pasado 1.º de marzo no puede menos que inquietar a todos aquellos a los que nos preocupa el país. Si consigue llevar adelante sus proyectos de "democratización" del Poder Judicial y éstos surten el efecto buscado (concretamente, si consiguen evitar que el Poder Judicial obstaculice en cualquier forma o medida las políticas del Poder Ejecutivo), estaremos yendo hacia una dictadura, como bien me comentaba un allegado esta mañana.

Una dictadura, porque el concepto mismo de república se asienta en la división de poderes que sirven de contrapeso, y la Presidenta apunta, justamente, a diluir tales contrapesos para concentrar el poder en sus propias manos.
Una dictadura, porque tal proceder parte del presupuesto de que tenemos una líder (una fuhrer, una duce, una caudilla), única garante de una revolución en marcha destinada a transformar a la Argentina, y cuyo designio no puede ser contradicho, justamente en nombre mismo de la revolución.
Una dictadura, porque toda disidecia, en tal esquema, es una traición a la revolución y, consecuentemente, a la Patria. Y las traiciones deben ser perseguidas y castigadas ejemplarmente.
Una dictadura que, en fin, no se autoasumirá jamás como tal (nunca lo hacen), sino que se ira imponiendo progresivamente, para que, como en el cuento de la rana en la olla caliente, nadie pueda reaccionar hasta que sea demasiado tarde. Basta con que la Presidenta encuentre o invente a "su Medvedev" para alternar el poder entre 2015 y 2019 y así garantizar (y garantizarse) el "modelo"

De esto ya hablamos en un artículo anterior.

Herramientas jurídicas para oponerse existen, y seguirán existiendo mientras, como le dijo el campesino a Federico el Grande, "haya jueces en Berlín". Pero, ¿cuánto tiempo resistirán los pocos jueces probos que van quedando?
Por otro lado, la propia torpeza del Gobierno, tantas veces probada (y, especialmente, a lo largo del año pasado) puede ser el origen de su propio fracaso en la iniciativa dictatorial; así lo demuestra, por ejemplo, la penosa y tragicómica secuela del tan mentado "7D", que terminara en la nada. Sin embargo, de nada sirve que los dictadores sean torpes, si no existe una oposición en condiciones de hacerles frente y ofrecer una iniciativa al electorado.

Un electorado que debe despertar del anestesiamiento en el que se encuentra. La política ya no puede ser cosa dejada al arbitrio de profesionales, cuando lo que está en juego es la institucionalidad misma de la nación, esto es, la vida, la libertad y la propiedad de cada uno de los habitantes de este bendito país.
No bastará con oponerse, con salir a manifestarse, con gritar, en cuanta oportunidad nos toque, que no vamos a entregar la patria de nuestros hijos a los tiranos. Hay que organizarse políticamente, hay que ofrecer una alternativa orgánica, hay que buscar o gestar al líder de una oposición dispuesto a hacer frente, en nombre de la república, a la dictadura. Hay que dejar de lado la política de "paladar negro" ("Fulano es nuestro límite", "no podemos acompañar a los de tal orientación política",...); es un lujo que sólo puede darse la extrema izquierda, que carece, en realidad, de relevancia electoral.

Los tiempos que siguen ya no distinguirán entre capital e interior, ni entre derecha e izquierda, ni entre clases, ni entre capital y trabajo. La única opción, cada vez más, es entre república y dictadura. Si no hacemos un esfuerzo para unirnos en la defensa de las banderas de la república, el final será de gestapos, gulags, comisarios políticos, delaciones y desaparecidos, por mucho que la palabra "democracia" sea repetida en boca de quienes llevan adelante esta "revolución".
No podemos permitirnos ser ingenuos.