Cada pueblo tiene gobernantes a su imagen.
No estoy de acuerdo con esas frases demagógicas del estilo
de “este país no se merece estos gobernantes”. Muy por el contrario: tenemos,
siempre, los gobernantes que nos merecemos.
Nuestros gobernantes no vienen de otro planeta, surgen del
pueblo que los elige,… o que los tolera. Tan argentinos como cualquier
argentino, con las mismas virtudes y los mismos vicios. De algún modo son un
espejo en el que podemos mirarnos. Si no nos gusta la imagen que nos devuelve
ese espejo, esto debería ser para nosotros un llamado a la reflexión, un motivo
concreto para nuestra propia reforma personal.
Recuerdo a la vendedora de una mercería, que se quejaba de
cómo robaban en el gobierno (hace 15 años), al tiempo que no entregaba factura
por las ventas que hacía. Estamos acostumbrados a escuchar que los accidentes
automovilísticos ocurren porque no se hacen cumplir las normas; pero nos
quejamos cuando un gobierno municipal se pone duro con las multas: “lo hacen
para recaudar”, decimos. Somos rápidos y rigurosos para señalar los
incumplimientos ajenos, al tiempo que excesivamente indulgentes con nuestros
propios incumplimientos.
Este doble estándar, esta vara desigual, esta desatención
con la viga del propio ojo, se reflejan en gobernantes que manipulan la ley en
virtud de su propio proyecto de poder, que se consideran providenciales, que
persiguen a quienes disienten y abusan del poder para favorecer a los propios.
Gobernantes, podría decirse en definitiva, que hacen lo que haría el argentino
medio si estuviera en el poder.
No quiere decir esto que, como dijera el ex presidente
uruguayo Batlle, los argentinos seamos todos ladrones, “del primero al último”.
Pero sí que el argentino medio tiene un umbral de tolerancia a la anomia
superior al de los países desarrollados, e incluso por encima de la mayor parte
de los países vecinos. A veces, algunas quejas respecto de la corrupción y de
la política traslucen más la decepción y el resentimiento de quien no puede
participar en el negocio que la legítima indignación del hombre honrado.
¿A qué apunto? A que cualquier revolución que queramos que
empiece en nuestro país debe comenzar por una revolución en nuestra conducta
individual. En la medida en que cada argentino no procure ser irreprochablemente
honesto, cumplidor de la ley, generoso con quienes lo rodean, etc.; en la
medida, en síntesis, en que cada uno de nosotros no procure ser un buen
ciudadano, no puede esperar ni reclamar probidad en nuestros gobernantes.
Cualquiera sea la política que se impulse para sacar a la
Argentina de cualquiera de las distintas crisis por las que atraviesa, serán
necesarias políticas educativas, culturales y de concientización social
orientadas a fomentar la mejora personal de los argentinos y su responsabilidad
cívica. Y ello encabezado y acompañado por el ejemplo de quienes integran las
dirigencias (no solamente políticas, sino de todos los ámbitos del quehacer
civil), indispensable para el éxito de aquellas políticas.
Estamos hablando de un verdadero cambio cultural, que va por
delante de toda otra reforma necesaria. Un cambio en el que debemos
involucrarnos todos; si bien sólo podrá hacerse efectivo una vez que la
dirigencia lo haga propio y lo encabece, para que ese día llegue, cada uno de
nosotros debe asumir su parte en esa revolución, sin esperar a que vengan a
obligarlo. Resulta fácil decir: “¿para qué cambiar, si los de arriba siguen
siendo iguales?”. Pero el razonamiento debe ser el inverso: “si yo no cambio
primero, no puedo exigirle el cambio a los demás”.
Se trata de una “vuelta de tuerca” sobre la archiconocida
frase de John F. Kennedy: “no pregunten qué es lo que el país puede hacer por
ustedes, sino qué es lo que ustedes pueden hacer por su país”. Propuesta que,
no por repetida hasta el lugar común, deja de ser cierta.
Cambiar nosotros —cambiar yo—, para que cambien nuestros
gobernantes. Ese es el desafío.