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lunes, 8 de septiembre de 2014

Hacen falta familias

Nos escandaliza la inseguridad. Ver cada vez más delincuentes, más jóvenes, más audaces (en el peor sentido de la palabra), como miembros de una generación que ha perdido la esperanza y nada más tiene que perder. Ser testigos de una degradación social que ni las tasas chinas de crecimiento de la "década ganada" consiguieron frenar.
Pero quizás no advertimos cuánto de esa degradación pasa por la falta de contención familiar, por la inexistencia de una familia bien constituida (mamá, papá, hermanos, abuelos, tíos...) que transmita valores positivos, que enseñe la empatía.
No nos hacemos cargo de que detrás de cada delincuente hubo una carencia de familia.

Nos horroriza la violencia intrafamiliar y la ahora llamada "violencia de género". Padres que golpean a sus hijos, o los abandonan, o los matan de hambre; padrastros que violan a sus hijastras ante la mirada cómplice de sus propias madres; mujeres golpeadas, abusadas o asesinadas por sus parejas; ancianos castigados por sus propios hijos. Y nos preguntamos por qué puede encerrarse tanta maldad en la propia casa.
Ahora bien, no estamos tan atentos a observar que esos "vínculos familiares" son cada vez más lábiles, fundados en relaciones de conveniencia o de egoísmo -no de amor-, en las que las personas no buscan donarse a los demás, sino la satisfacción del propio deseo; deseo que, justamente cuando es insatisfecho, genera la reacción violenta, el rechazo y la utilización (cuando no la eliminación) del otro.
Quizás no queremos ver que detrás de cada hecho de violencia doméstica hay falta de amores sólidos sobre los que construir la familia.

Nos preocupa la droga, el alcohol, el descontrol adolescente, en general. Nos sentimos impotentes ante la cada vez mayor cantidad de chicos que parecen, no sólo no tener, sino tampoco no querer aceptar ningún tipo de límite ni pauta de conducta, con sus consecuencias de embarazo adolescente, más violencia "de género", y alegre autodestrucción en aras de una mal entendida libertad.
Pero no aceptamos la inmensa responsabilidad que tenemos en todo ello, al aplaudir irresponsablemente el inicio precoz de la sexualidad, al impugnar cualquier proyecto educativo que proponga virtudes que contradigan la lógica del hedonismo, al renunciar a construir, a través de la familia, una educación en virtudes que dé a los adolescentes y los jóvenes un horizonte más rico, más fecundo, más trascendente, que el vivir para sí mismos y la satisfacción de los propios caprichos.
Nos resistimos a entender que detrás de cada adolescente desorientado faltó la conciencia clara y firme de unos padres que le dieran recursos para encarar las dificultades de la vida.

Podríamos seguir, ¿verdad?
Y el lector podría acusarme de retrógrado, cavernícola o medieval, haciendo propios los prejuicios marxistas contra la familia y su función esencial en la construcción de una sociedad sana. Y no le quito una letra: prejuicios; porque la experiencia del día a día nos muestra, de manera pura y dura, que sólo con familias bien constituidas pueden revertirse, si no reducirse a su mínima marginalidad, las lacras sociales que aquí enumeramos y muchas más.
Y familias bien constituidas significa fundadas en matrimonios estables, monogámicos, heterosexuales (¡cuánta falta hacen la figura bien definida de papá y mamá en la formación de la personalidad!), abiertos a la vida, generosos, abnegados.
Y el Estado tiene el deber, no sólo de proteger, también de alentar, de promover, este tipo de familias, sanas, que funden el cambio que el país necesita.

Hacen falta familias, y cualquier proyecto para reconstruir a la Argentina debe hacerse cargo de políticas para su fortalecimiento.

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