Los pedidos de Justicia son un "clásico" de la política. Desde la izquierda y la derecha, pedir justicia siempre fue (y es) un modo sencillo de convocar a la protesta, a ganar la calle.
Dos aclaraciones. Una: el análisis no pretende ser peyorativo; más allá de la buena fe o las intenciones últimas de toda reclamación, el solo hecho de poder reclamar justicia es, en sí mismo, justo, apropiado a nuestra condición de hombres libres, y más aún en un régimen republicano y democrático. Otra: cuando hablamos de "reclamar justicia", nos referimos no a la justicia en general (la vigencia del Estado de Derecho), sino a la justicia en particular, a que se haga justicia en tal o cual caso.
Justicia por los desaparecidos, justicia por los presos políticos, justicia por los atentados contra la Embajada de Israel y contra la AMIA, justicia por Cabezas, justicia por Kosteki y Santillán, justicia por Axel Blumberg, justicia por Cromagnon, justicia por la tragedia de Once, justicia por Nisman... Y puede seguirse hasta el infinito.
Sin embargo, siempre que pedimos "Justicia" tenemos que atenernos a los límites que el propio Estado de Derecho nos impone.
Por un lado, que la justicia es para todos. No puede confundirse justicia con venganza. Resulta trágico que, cuando los vientos políticos cambian, haya quienes hablen de justicia para justificar la retorsión: como si aquel cambio de tendencia fuera el aval para devolver mal por mal. "Ahora les toca a ustedes", se argumenta, sin hacerse cargo de que la justicia supone equilibrio; su balanza debe equilibrarse, y no inclinarse hacia un lado o hacia el otro. Reclamar justicia supone exigir ese equilibrio, no una mera satisfacción de la propia ofensa. "Que vayan todos presos", se dice; y debiera agregarse "si así corresponde legalmente y cumpliendo con las exigencias de la misma ley".
Por otro lado, también el sistema republicano impone el límite de la división de poderes. La pretensión de justicia con frecuencia se dirige al poder equivocado. No son nuestros gobernantes (entendiendo por tales a quienes integran el Poder Ejecutivo) ni nuestros legisladores quienes deben hacer justicia, sino los jueces; y siempre asumiendo que tal justicia puede no identificarse, ni total ni necesariamente, con nuestros personales deseos.
Por un lado, que la justicia es para todos. No puede confundirse justicia con venganza. Resulta trágico que, cuando los vientos políticos cambian, haya quienes hablen de justicia para justificar la retorsión: como si aquel cambio de tendencia fuera el aval para devolver mal por mal. "Ahora les toca a ustedes", se argumenta, sin hacerse cargo de que la justicia supone equilibrio; su balanza debe equilibrarse, y no inclinarse hacia un lado o hacia el otro. Reclamar justicia supone exigir ese equilibrio, no una mera satisfacción de la propia ofensa. "Que vayan todos presos", se dice; y debiera agregarse "si así corresponde legalmente y cumpliendo con las exigencias de la misma ley".
Por otro lado, también el sistema republicano impone el límite de la división de poderes. La pretensión de justicia con frecuencia se dirige al poder equivocado. No son nuestros gobernantes (entendiendo por tales a quienes integran el Poder Ejecutivo) ni nuestros legisladores quienes deben hacer justicia, sino los jueces; y siempre asumiendo que tal justicia puede no identificarse, ni total ni necesariamente, con nuestros personales deseos.
Es evidente que, vista con esta perspectiva, la justicia posible puede resultarle, a más de uno, una "pobre justicia". Pero es lo que los hombres, limitados como somos, podemos ofrecer. Quienes estén más abiertos a la trascendencia pueden esperar otra Justicia, definitiva. Pero ella no es de esta tierra, ni de este tiempo.