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jueves, 23 de junio de 2016

Las lecciones del sistema

Corrupción política hubo siempre. Es cierto. Y, segura y lamentablemente, siempre habrá. Por lo menos, mientras los gobiernos sean ejercidos por seres humanos. Falibles y débiles, como regla.
Y la hubo siempre en la Argentina. También es cierto. Más o menos generalizada, en mayor o menor escala. Y desde que se fundó el puerto de Buenos Aires, puerto de mala muerte en un rincón ignoto del planeta, olvidado de Dios y del rey y condenado al contrabando en tiempos de la colonia, la corrupción local tuvo su peculiaridad cultural con la "avivada", en los porteños en particular y en los argentinos en general.
Ni los gobiernos civiles ni los militares, ni los peronistas ni los radicales de los últimos años dejaron de presentar más o menos casos de corrupción. Ni Alfonsín, ni Menem, ni De la Rúa, ni Duhalde pudieron mostrar gestiones impolutas. Sí, es cierto: algunos menos que otros.
Es probable que en el actual gobierno del Pro, con el tiempo, también haya casos de corrupción, más o menos importantes.

Pero lo que distingue a los últimos 12 años de gobierno kirchnerista es, quizás, el volumen, la intensidad, la escala y la institucionalización de la corrupción gubernamental, que día a día va apareciendo en las fojas de los expedientes judiciales que, "milagrosamente", encuentran impulso en estos meses, gracias a la presión de la opinión pública y a la mayor libertad de que parecen gozar los jueces desde el 10 de diciembre.
Nos vamos enterando, no ya de la clásica "coima" para conseguir el pago de tal o cual obra, o del sobreprecio puntual, o del negociado que favorece a tal o cual funcionario, o del juez venal, o de la relación mafiosa de políticos con el narcotráfico. No. Aquí aparece todo un sistema en el que el desvío del dinero del Estado a los bolsillos de quienes componían la clase dirigente se hacía en forma sistemática, al parecer, hasta el estrato más alto del gobierno; un sistema en el que la plata negra del narcotráfico financiaba campañas a cambio de impunidad y facilidades operativas en todo el territorio de la nación y en directa asociación con funcionarios del gobierno; un sistema en el que las fuerzas armadas y de seguridad, y los servicios de inteligencia del Estado, estaban infiltrados y manipulados en función, no de la protección de los ciudadanos, sino de los negocios turbios del poder; un sistema en el que el latrocinio no fue una excepción, sino la regla general.
Para colmo, este latrocinio fue, además, perpetrado en nombre de una supuesta revolución social que, al cabo de 12 años de un incomparable escenario económico internacional en términos relativos para la Argentina, no redujo la pobreza en el país. Antes, peor, se sirvió de ella para sus propios fines, a través del clientelismo que facilitó la conservación del poder por parte del "Frente para la Victoria".

Los jueces ya dirán quiénes fueron y en qué medida los responsables de semejante estado de cosas. Esto, si tienen un mínimo de coraje y decencia. Pero nos toca a todos los argentinos aprender las lecciones que nos deja este sistema. Y "todos" somos todos. Los que estuvieron a favor del gobierno anterior y quienes estuvimos siempre en contra. Los de arriba y los de abajo. Los de la izquierda y los de la derecha. Los que formaron parte de aquella administración y los que forman parte de la actual.
Porque quienes estuvieron a favor del kirchnerismo muchas veces hicieron -en homenaje a la "revolución", en el mejor de los casos- la vista gorda sobre hechos que desmentían eso que ellos decían defender. Porque quienes estuvimos en contra del kirchnerismo nos tomamos 12 largos años, como si a la Argentina le sobrara tiempo, para articular una alternativa política más o menos viable (y cuya eficacia aún está por verse), sumidos en peleas de cartel y mezquindades que, muchas veces, fueron complicidad con la corrupción gobernante. Porque no faltaron los de arriba que sólo se acordaron de la ética y el patriotismo cuando les tocó a ellos pagar la cuenta. Porque no faltaron los de abajo que se aprovecharan de la situación para enriquecerse a expensas de los impuestos de todos. Porque la izquierda medró ideológica y materialmente con el dinero del Estado. Porque la derecha es la autora de muchos de los argumentos que sirvieron de coartada al kirchnerismo. Porque quienes gobernaron durante esos 12 años no vieron o no quisieron ver lo que muchos de sus colegas hacían. Porque quienes gobiernan ahora no terminan de escarmentar y repiten vicios que, si no se corrigen a tiempo, pueden degenerar en lo mismo que, dijimos, vienen a cambiar.

Los argentinos tenemos lecciones que aprender. El mani pulite actual no debe ser sólo una especie de reality para satisfacer el morbo de quienes nos opusimos al régimen kirchnerista. Debe ser, en cambio, ocasión para una reflexión masiva acerca de qué cosas tenemos los argentinos que cambiar, cada uno, para que la historia no vuelva a repetirse y la corrupción vuelva a ser la excepción, no la regla.

miércoles, 8 de junio de 2016

#NiUnaMenos

Desafiar el "cánon progre" siempre representa el riesgo, en estos tiempos, de la etiqueta fácil y el prejuicio. Lo digo porque, en determinados actores sociales, la campaña #NiUnaMenos me parece un poco inconsecuente.

No voy a cuestionar -por lo menos, no ahora- la expresión "violencia de género", que parece referirse a la dirigida contra las mujeres. Y digo "parece", porque la ambigua expresión "género" remite a una perspectiva que nada tiene de científico o filosófico, y que viene imponiéndose como aquel traje del emperador del cuento de Andersen. Pero esta es una cuestión para tratar otro día.

La inconsecuencia a la que me refiero es esa actitud que un amigo de mi padre le reprochaba al autodenominado progresismo, señalando que levanta altares a los principios y cadalzos a las consecuencias.

¿Por qué -si no- en una sociedad con costumbres cada vez más pretendidamente progresistas, los casos de "violencia de género", en lugar de disminuir, aumentan?
Sí, ya sé: las feministas observantes y los repetidores de frases hechas me responderán que ahora se denuncia más, que quedan resabios de machismo irreductible, que hace falta más educación (sexual) y varios etcéteras más.

Pero lo cierto es que las estadísticas muestran que la violencia contra las mujeres (y en general) se da con muchísima más frecuencia en las uniones "libres" que en los matrimonios, en las familias "no tradicionales" que en las "tradicionales"; que los golpeadores son, en su inmensa mayoría, varones que han aprendido a copular pero que desconocen lo que es el amor; que las adicciones, la cultura del hedonismo, la falta de compromiso y el egoísmo infundido por una educación individualista abundan como antecedentes de las actitudes violentas.

Deberíamos reflexionar si no es hora de revisar muchos de los paradigmas de la cultura contemporánea, de madurar y hacernos cargo de las consecuencias, para que el reclamo de #NiUnaMenos no se quede en una catarsis para tercerizar culpas, sino que sea ocasión de asumir la parte que nos toca en el problema y en su solución.
Alguna vez habrá que dejar de podar las ramas de la "violencia de género", y atacar la raíz de todo género de violencia.