¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Cuitas (I)

Pasarán las elecciones de este año. Muy probablemente, veremos un triunfo del gobierno en los principales distritos del país, que significará un aval importantísimo para sus políticas de cara a los próximos dos años.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.

No. No me refiero a esto.

Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.

Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.

En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.

Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.