Hace poco vi el primer análisis original en torno a la desaparición de Santiago Maldonado, hecho por C. Pagni en su programa Odisea Argentina. Digo original, porque no se agota en echarle la culpa al gobierno de la desaparición o en intentar exculparlo de ella, sino que aprecia con más perspectiva y más objetivamente lo que se sabe hasta ahora del episodio, los errores políticos que ha cometido el gobierno en el manejo del tema, y las consecuencias que, tras las elecciones, tendrá el caso Maldonado, sobre todo en la actitud que adoptará la oposición y, en particular, el kirchnerismo.A esta altura de los acontecimientos, lo mejor que podría pasarle al gobierno es que Maldonado apareciera, aun si estuviera muerto, para evitar que la prolongación de la incertidumbre siga siendo pasto de la macabra especulación política que ha existido alrededor del caso hasta ahora. Más aún: si realmente fue responsabilidad de la Gendarmería, como afirma la oposición, le convendría al gobierno que ello se aclarara lo antes posible, para tener como deslindar responsabilidades y poder hacer “control de daños” políticos.
Sin embargo y aún mediando una patética falta de reflejos en los funcionarios a cargo del asunto, el caso Maldonado no mellará (salvo que su cuerpo aparezca en algún armario de la Casa Rosada) la muy probable victoria de la coalición gobernante en las elecciones de octubre, aún en la provincia de Buenos Aires. Mal que le pese a la militancia kirchnerista, su sobreactuación en el caso ha sido tan burda, que ha terminado de convertir la desaparición de Maldonado en una cuestión política partidaria más, que no resta votos al gobierno como no suma para la oposición. No faltan, incluso, los que se preguntan si seguirá habiendo el mismo ardor para reclamar si en octubre perdiera la ex Presidenta Cristina Fernández la elección para senadores. La mezquindad política a la hora de adoptar causas que, en principio, podrían ser nobles, termina por depreciarlas y convertirlas en pura campaña.
Pero no es esto lo preocupante del asunto.
Lo que más debiera encender las alarmas es la utilización del caso Maldonado como coartada para incitar a la violencia. Se llenó Twitter de fulanos llamando a responder al “gobierno represor” con las vías de hecho: ganar la calle, voltear al gobierno, ¡armarse para combatirlo! Tampoco faltaron los que, con una liviandad que asusta, afirman que “hay que matarlos a todos”, refiriéndose al grupo terrorista RAM, a los kirchneristas, a los mapuches, a los “zurdos”, o a quien fuera que esté atrás de todo esto.
La izquierda en general, y el kirchnerismo en particular (partiendo de su candidata más mentada), debieran saber mejor que nadie cómo terminan las incitaciones a la violencia: una espiral que se sabe cómo empieza, pero no cómo termina, y en la que todos terminan convencidos de que el fin justifica los medios. Quisiera pensar que no es eso, precisamente, lo que pretenden: volver a lo peor de los años '70. Aunque el desprecio que algunos manifiestan, en forma expresa, por las instituciones da para pensar que la impotencia frente a los resultados electorales adversos los lleva a querer hacer volar el país por los aires.
Por otro lado, quienes se sitúan en la vereda de enfrente del relato izquierdista debieran evitar caer en la provocación en la que cayeron nuestros abuelos, cuando hace 40 años pretendieron combatir la violencia con la misma violencia. No es ingenuo pensar que la mayoría del pueblo es pacífica, por lo que no cabe entrar en el juego del terror y sí apostar a que los argentinos podemos superar definitivamente el pasado con la ley en la mano. Aunque sea difícil. Aunque lleve tiempo.
Dios quiera que sea la prudencia termine por ganar la batalla política.