Fulano: - Hay un debate pendiente sobre la superioridad de la raza aria.
Mengano: - ¡Mirá que hay que ser ignorante para proponer semejante brutalidad!
Fulano: - ¿Ves que sos un cerrado?
Mengano: - ¿Por qué?
Fulano: - Porque no querés abrir el debate.
Mengano: - ¡Mirá que hay que ser ignorante para proponer semejante brutalidad!
Fulano: - ¿Ves que sos un cerrado?
Mengano: - ¿Por qué?
Fulano: - Porque no querés abrir el debate.
Hay debates que es irracional abrir, porque su sola apertura supone aceptar la discusión sobre hechos que no son racionalmente discutibles.
En el debate sobre el aborto, el solo hecho de ser cada embrión humano diverso en su genética que cualquier célula de sus progenitores debería ser suficiente para cerrar la discusión: el embrión no es, entonces, parte del cuerpo de la mujer; disponer de él es disponer de una vida humana nueva y distinta; una vida humana cuyo valor no puede ser relativizado sin caer en la arbitrariedad (¿por qué valdría más una vida humana de 15 semanas que de una de 14? ¿O una de 18 años más que una de 8 meses?).
En fin, ya hablamos de los argumentos contra el aborto. Y podríamos seguir abundando, pero hoy me interesa apuntar otra cosa.
En el debate sobre el aborto, el solo hecho de ser cada embrión humano diverso en su genética que cualquier célula de sus progenitores debería ser suficiente para cerrar la discusión: el embrión no es, entonces, parte del cuerpo de la mujer; disponer de él es disponer de una vida humana nueva y distinta; una vida humana cuyo valor no puede ser relativizado sin caer en la arbitrariedad (¿por qué valdría más una vida humana de 15 semanas que de una de 14? ¿O una de 18 años más que una de 8 meses?).
En fin, ya hablamos de los argumentos contra el aborto. Y podríamos seguir abundando, pero hoy me interesa apuntar otra cosa.
Si el Gobierno pretende con esta discusión alejar la atención de otros temas, ganar tiempo hasta el Mundial de Rusia, “marcarle la cancha” al Papa, dividir a la oposición, o cualquier otro etcétera de los que se especulan por ahí, ha elegido jugar con fuego al plantear el debate sobre un tema en el que se juega la vida de seres humanos inocentes. Si el Presidente realmente está contra el aborto, debemos creer que es porque aprecia el valor superlativo de la vida humana. Si, aun así, abre la posibilidad de que se legalice el aborto, cabe pensar que le falta sinceridad, o convicción, o principios (como arriesgara un obispo), por decir lo menos.
Porque, además, abrir el debate con semejante ligereza supone que existe buena fe en todos quienes se manifiestan a favor del aborto.
Pero la experiencia en todos lados demuestra que, más allá de las posiciones personales, al activismo pro aborto no le interesa el debate sino la imposición de sus postulados a cualquier precio. Cualquier mujer que haya participado de los llamados encuentros nacionales de mujeres que cada octubre invade una ciudad distinta de nuestro país puede dar fe de que las organizadoras no sólo tienen como único objetivo la legalización del aborto, sino que excluyen expresa y deliberadamente cualquier discusión, y persiguen y escrachan a las voces disidentes por medios cada vez más violentos.
Si a esto se le suma el falseamiento de estadísticas, la manipulación del discurso feminista, la pretensión permanente de encapsular a la causa pro vida, contra toda evidencia, en una causa religiosa, el rechazo pertinaz de cualquier solución alternativa al aborto para los problemas que dicen querer solucionar, y la repetición hasta la náusea de consignas que no tienen el menor correlato científico, no cabe esperar, por lo menos del abortismo militante, ninguna discusión de buena fe.
La verdad no precisa del ocultamiento, de la manipulación, del agravio o de la violencia para imponerse.
Si a esto se le suma el falseamiento de estadísticas, la manipulación del discurso feminista, la pretensión permanente de encapsular a la causa pro vida, contra toda evidencia, en una causa religiosa, el rechazo pertinaz de cualquier solución alternativa al aborto para los problemas que dicen querer solucionar, y la repetición hasta la náusea de consignas que no tienen el menor correlato científico, no cabe esperar, por lo menos del abortismo militante, ninguna discusión de buena fe.
La verdad no precisa del ocultamiento, de la manipulación, del agravio o de la violencia para imponerse.
Pero hay algo más grave en este debate, que mueve a dudar de la buena fe del abortismo y de la integridad de principios de quienes, como el Presidente, están dispuestos a promulgar la legalización del aborto aun en contra de sus convicciones.
Los abogados, cuando aprendimos lo que era el dolo eventual, nos enteramos de que, si el cazador dudaba acerca de si lo que se movía en los arbustos era un jabalí o un ser humano y aun en la duda disparaba, se convertía en un homicida.
El solo hecho de que existan argumentos serios a favor de la defensa de la vida intrauterina, aunque no se compartieran, debería ser suficiente para que cualquier partidario del aborto de buena fe sopesara la hipótesis de estar equivocado y el costo inmenso en vidas humanas que tal hipótesis conllevaría si se legalizara el aborto; un costo incomparablemente superior al caso de que quienes estuviéramos equivocados fuéramos quienes defendemos la vida humana sin restricciones y se mantuviera la prohibición.
Los abogados, cuando aprendimos lo que era el dolo eventual, nos enteramos de que, si el cazador dudaba acerca de si lo que se movía en los arbustos era un jabalí o un ser humano y aun en la duda disparaba, se convertía en un homicida.
El solo hecho de que existan argumentos serios a favor de la defensa de la vida intrauterina, aunque no se compartieran, debería ser suficiente para que cualquier partidario del aborto de buena fe sopesara la hipótesis de estar equivocado y el costo inmenso en vidas humanas que tal hipótesis conllevaría si se legalizara el aborto; un costo incomparablemente superior al caso de que quienes estuviéramos equivocados fuéramos quienes defendemos la vida humana sin restricciones y se mantuviera la prohibición.
Es cierto, como algunos dicen, que el problema es más profundo. Que se trata de combatir las causas que llevan a una mujer a abortar (debiera incluirse, entre ellas, la presión social que lleva a muchas mujeres a sentirse culpables por ser madres). Pero no cabe ser ingenuos: a los militantes del abortismo no les importa solucionar ese problema. Solo quieren que se legalice el aborto, sí o sí, a cualquier precio. Para ellos no es una cuestión filosófica, científica, jurídica o social que deba resolverse; se trata simplemente de imponer un paradigma ideológico. Nada más.
Y si ese es el planteo -y basta ver el discurso, las posturas y las contestaciones del abortismo en televisión para darse cuenta de que ese es-, no cabe esperar ningún debate serio como el que dice el Gobierno, que juega con fuego.
