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miércoles, 16 de mayo de 2018

Pirotecnia argumental

Cuando no se quiere aceptar la realidad, es muy común que se caiga en el vicio del sofisma. Los sofistas eran aquellos personajes a los que se enfrentó Sócrates en la antigua Atenas, más atentos al ingenio en la argumentación que a la búsqueda de la verdad. La perspectiva de los siglos nos hace ver que hoy la verdad sigue sin tener muchos buscadores ni defensores y que los sofistas siguen abundando.

En las discusiones sobre el aborto está quedando en evidencia la falta de sustento científico de la posición abortista. Ya resulta difícil para el abortismo -si no es recurriendo a un genérico e improbable “no es tan así”- demostrar que lo que se gesta en el vientre materno, desde la unión del espermatozoide con el óvulo, no es sino una vida humana, tan humana como la de la madre. También se les hace cuesta arriba, y por el mismo motivo, demostrar que esa vida humana de ADN distinto al de la madre pueda ser de algún modo parte disponible del propio cuerpo de ésta.

Los argumentos, entonces, deben apuntarse a otro lado. Ahí entramos a tallar los abogados, expertos como somos en sofismas. La justificación vendrá por el lado de negarle a dicha vida humana la personalidad: sí, puede que sea una vida humana, pero no es una persona, y consiguientemente carece de derechos y puede ser eliminada.

Ahora bien, como no se ha inventado aún el “personómetro” y la noción de persona es más filosófica y jurídica que biológica, la determinación de cuándo esa vida humana distinta de la madre se convierte en persona queda librada a los análisis más arbitrarios; algunos, tragicómicamente arbitrarios, como el de aquel periodista que dijo que, “para él”, había persona a partir de la semana 14 del embarazo.
Arbitrarios, porque la personalidad no es un hecho físico comprobable empíricamente, sino una condición abstracta que se le reconoce al individuo humano. Sólo quienes quieren eliminar individuos humanos buscan separar esa condición, buscar motivos para no reconocerla, y así asmilar a los individuos humanos indeseados, desechables, a las cosas que pueden eliminarse sin mayor prurito moral. La historia esta llena de ejemplos, algunos de los cuales son trágicamente cercanos, de individuos humanos a los que se les negó el reconocimiento de su personalidad para poder eliminarlos.
Que si tienen desarrollado el cerebro, que si son autónomos, que si sienten, etc. Ni siquiera coinciden los promotores de la legalización del aborto en sus propias tesis, que terminan siendo nada más que pirotecnia argumental, como la de los sofistas: frases biensonantes que “cierren” y sirvan a su propósito, nada más. Lo cierto es que para ellos uno no es persona prácticamente hasta que asoma la cabeza por el canal de parto... y, para algunos, ni siquiera entonces.
Lo curioso es que ninguno se hace cargo de que, aunque fuera cierto (aunque no fuéramos personas por el solo hecho de ser humanos), es evidente que lo seremos si nos dan la oportunidad de vivir. Y ¿qué diferencia práctica hay entre matar a una persona y negarle siquiera la oportunidad de existir como tal? ¿O es que no quieren darle esa oportunidad?