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viernes, 17 de agosto de 2018

El día después

Terminó una batalla, de una guerra que será larga.
Reconozco que, como muchos, por momentos dudé del éxito de la causa pro vida frente al proyecto de ley denominado de “Interrupción Voluntaria del Embarazo”.
Enfrentar a los dogmas progresistas nunca es fácil: su principal fortaleza es la debilidad humana. Sus postulados siempre son complacientes con nuestro egoísmo más profundo y con las perturbaciones de nuestra conciencia. Eso explica su éxito y el fenómeno moderno de la “Matrix progre”.
Pero, además, y quizás justamente por lo anterior, teníamos enfrente a los medios masivos de comunicación. Se cuentan con los dedos de las manos los periodistas pro vida que se animaron a dar la cara; y algunos, como Amalia Granata, pagaron con sus empleos semejante atrevimiento. Será cuestión de ver qué consecuencias futuras tendrá para ellos haber levantado la voz a favor de la vida y en contra del aborto. La mayoría de los periodistas adhirió sin la menor crítica a la legalización del aborto, cuando no a la abierta militancia; los más serios, en el mejor de los casos, bajaron el perfil; y no pocos periodistas críticos del aborto prefirieron mostrar equidistancia.
A ellos hubo que agregar a la farándula, cuya frivolidad hacía previsible la adhesión masiva a la causa abortista, aunque también con sus honrosas y valientes excepciones. En ese sentido, la entrega de los premios Martín Fierro fue un muestrario de la militancia artística.
También habría que computar en el haber del abortismo los intereses en juego y las presiones internacionales, de las que la solicitada de Amnesty en el NYT fue solo la manifestación más gruesa.

Ahora queda mucho por hacer, en adelante.
Se acusó al sector pro vida de no tener propuestas. Lo cual no sólo es falso ahora, sino que siempre lo fue. Son innumerables las iniciativas, laicas o confesionales, que promueven desde hace tiempo la contención de las embarazadas en situación vulnerable (léase: madres en situación de abortar). Puede nombrarse a Grávida, por ejemplo, o a muchas de las agrupaciones que forman Unidad Provida, ya que ninguna de ellas es un “sello de goma” creado para la ocasión.
Pero también lo han sido los proyectos legislativos en orden a prevenir abortos, lamentablemente relegados, cuando no condicionados por los propios legisladores impulsores del aborto. Esta es la ocasión, y así lo adelantaron algunos legisladores, de impulsar con más vigor esas iniciativas, cuya implementación (por mucho que le pese al progresismo) vaciaría de contenido muchos de los alegatos “verdes”.
En efecto, proteger y contener a las chicas violadas, a las adolescentes presionadas a abortar por sus familiares (o por sus mismos abusadores), a las jóvenes que por distintas razones se sienten desbordadas por la realidad de un embarazo no deseado, siempre y en todos lados ha demostrado ser más positivo que promover la eliminación de vidas humanas en gestación; esto, por decir de una manera elegante que optar por la vida siempre es mejor que por la muerte. También es lógico que una educación sexual que se enfoque en ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a fortalecer su autoestima y madurar en su afectividad, ayudaría más a evitar embarazos no deseados que el puro fomento de la anticoncepción.
También es cierto que, alejando un poco el ángulo de visión para tomar perspectiva, procurar una sociedad menos individualista y egoísta llevará a una mayor sensibilidad por la vida ajena, dentro o fuera del útero materno: no sólo importa la vida del niño por nacer, sino también la del ya nacido, la del ya crecido, la del adulto y la del anciano, en cualquier situación de necesidad.
Son desafíos que deben espolearnos para seguir adelante en la lucha por defender la vida.

También quedan muchas lecciones por aprender. Quienes defendemos la vida hemos sido ingenuos al dar por descontado que determinadas cosas son, o deberían ser, evidentes. La desinformación, cuando no la lisa y llana manipulación ideológica, ha sido el arma para confundir en todo momento el debate, aún por parte de personas de las que, por su formación académica, cabía esperar algo más. Resulta patético, por poner sólo un ejemplo de mi propia profesión, ver a una jurista como Aída Kemelmajer de Carlucci afirmar dogmáticamente que “mientras que el feto va creciendo van aumentando sus derechos y se van reduciendo los derechos de la mujer”, y que “el embrión no tiene un derecho absoluto a la superviviencia”; y esto contradiciendo -sin más explicación y solo porque no van con su postura- pronunciamientos de sendas academias nacionales de derecho y de medicina.
En adelante y aunque sea más engorroso, habrá que explicar no sólo que 2 + 2 son 4, también habrá que tomarse el trabajo de demostrar por qué. La pirotecnia conceptual que se ha desplegado para defender el aborto en las exposiciones realizadas tanto en las audiencias públicas como en las sesiones del Congreso de la Nación durante los últimos meses nos muestra que, cuando se quiere, se encuentran argumentos, aunque sean aparentes, para fundar cualquier cosa, por aberrante que sea.
También tenemos que aprender la cruda lección que da la política: el interés es más fuerte que las convicciones. Entre los legisladores, tanto los cambios repentinos de voto a último momento, como el vuelco de indecisos para uno u otro lado, no se explican tanto porque repentinamente hayan tenido una clarificación de ideas que los decidieran, como por el movimiento de prebendas, favores y dinero, o por la especulación electoral frente a sus gobiernos o a sus electorados. Es lamentable, pero, para un diputado o senador, una movilización de micros resulta más persuasiva que un discurso académico.
Finalmente, la lección que hemos de tener bien aprendida es que los intereses en juego detrás de la legalización del aborto no sólo no han desaparecido, sino que garantizan una guerra continuada, sin reglas ni cuartel.

De que no bajemos los brazos, de que sigamos empeñados en impulsar las causas que nadie impulsa, de que hayamos aprendido el día después lo que esta batalla nos deja, dependerán muchas vidas.