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jueves, 11 de octubre de 2018

El desafío de ir más allá de lo urgente


En este año, quienes apoyamos activamente el acceso de Cambiemos al poder en 2015 hemos tenido sentimientos encontrados.
Por un lado, la convicción de que este gobierno al que apoyamos tiene la oportunidad histórica de marcar la diferencia y producir el cambio republicano que la Argentina necesita.
Por el otro, la sensación de que falta en nuestros gobernantes la conciencia cabal de los problemas sociales y culturales que afectan al país, o la convicción necesaria para enfrentarlos definitivamente.

Sin duda, es muy positivo que, con aciertos y errores, la administración económica y política haya encarado con mayor realismo y rigor técnico problemas estructurales del Estado que hasta 2015 sólo habían recibido respuestas políticas, oportunistas o demagógicas que, lejos de solucionarlos, los fueron profundizando. Así, son elogiables los avances en transparencia, apertura al mundo, eficiencia estatal, etc. También es positivo que se procure respetar la división de poderes, abandonar los discursos de confrontación, reemplazar el clientelismo político por una acción estatal decidida a solucionar los problemas que lo generan, y encarar sin miedo ni prejuicios los desafíos que supone una mejora en la seguridad de los ciudadanos.
Sin embargo y quizás por estas mismas expectativas, resulta desconcertante ver cómo el gobierno, después de casi tres años, mantiene estructuras que nos han llevado a una nueva crisis económica; lo que puede resumirse en la insistencia en exprimir al sector privado activo para subsidiar a amplios sectores improductivos, sin planes concretos para revertir la situación. Y si estos problemas, que son de origen fundamentalmente económico, son graves, más trágico resulta, a largo plazo, el mantenimiento de políticas sociales y educativas que atentan directa o indirectamente contra la vida humana y la integridad de las familias argentinas: entre ellas, la insólita e innecesaria apertura del debate en torno a la legalización del aborto, y la promoción de prejuicios ideológicos a través de planes educativos totalitarios, como resulta de un detenido análisis de los proyectos de reforma de la “educación sexual integral” que se plantean tanto a nivel nacional como local.

No resulta coherente que un gobierno que aspira a la reconciliación de los argentinos le haya dado cabida a una causa, como la del aborto, que no sólo surgió de un electorado distinto del que le dio el voto a Cambiemos, sino que, además, desde un inicio se planteó en términos divisivos: basta consultar en Internet noticias anteriores a febrero de este año para darse cuenta de que la minoría que entonces militaba con el pañuelo verde procedía del feminismo más radical e intolerante; basta comparar en los discursos de los legisladores la cantidad de descalificaciones de uno y otro lado para darse cuenta de que el abortismo no sólo no quiso dialogar, sino que tampoco respetó la legitimidad de la posición contraria, lo que ha llevado a generar una nueva y lamentable grieta entre los argentinos.
Tampoco es coherente que un gobierno que se propone expresamente hablar con la verdad, y que quiere hacer de la calidad educativa una bandera, haga suyas causas de minorías que buscan imponer su forma de pensar en forma totalitaria a través de los planes de estudio. La denominada “perspectiva de género”, que hoy se quiere imponer en el ámbito educativo, recibe en todo el mundo cuestionamientos intelectuales y científicos serios, que lamentablemente no son tenidos en cuenta por la mayoría de nuestros legisladores, sin importar el partido al que pertenezcan, comprometiendo seriamente la formación humana de nuestras generaciones futuras.

No quiero con esto parecer pesimista, pero sí tomar una distancia que dé perspectiva para observar la realidad del país sin prejuicios ideológicos y sin ingenuidades. No estamos mal solamente por haber sido gobernados durante 12 años por lo que ahora, escándalo de los cuadernos mediante, se demuestra que fue una asociación ilícita que vació al país. Tampoco estamos mal solamente porque desde mediados del siglo pasado estamos más enfocados en dilapidar nuestros recursos económicos y humanos que en progresar como nación. Estamos mal porque no asumimos, cada uno, nuestra propia responsabilidad en todo el problema; estamos mal porque, preocupados por nuestro bienestar del hoy y ahora, nos hemos desinteresado de los grandes temas que afectan no solo nuestro presente, sino también nuestro futuro.
Sin embargo, tenemos un país que lo tiene todo. Sólo nos hace falta un poco de humildad para comprender que los argentinos somos parte del problema, y la determinación necesaria como para convertirnos en la solución.
Existe un campo enorme de trabajo por delante, para hacer de la Argentina una potencia. Y aunque parezca que los problemas de cuenta corriente del país y la discusión del presupuesto de 2019 son lo más importante, esos son solo la punta del iceberg del desafío. Por debajo de la superficie existen cuestiones que requieren una atención más estratégica.

Creo que hace falta defender la vida como el primer derecho del ser humano, sin concesiones: no sólo la vida naciente, también la niñez vulnerable, también la vejez digna, también la salud y la seguridad de todos los ciudadanos.
Creo que hace falta defender la libertad como el fundamento de la república, en todos los ámbitos de la vida ciudadana, para evitar el regreso del autoritarismo y toda pretensión totalitaria.
Creo que la familia es la célula básica de la sociedad, y promover su fortalecimiento es contribuir a la fortaleza de la patria. Las familias fuertes nos ayudarán a vencer el individualismo, a superar los resentimientos, y a fortalecer los vínculos sociales de nuestra Argentina.
Creo que la iniciativa privada es el primer motor de la economía, y de su dinamismo depende el progreso de nuestro país. Toda política económica tiene que apuntar a fomentar esa iniciativa, que es la que ha hecho grandes a los países más poderosos de la tierra.

Entre los avances políticos del cambio iniciado en 2015 debe estar el del disenso constructivo, abandonar definitivamente el fanatismo oficialista, para aprender a aportar y a aceptar miradas distintas de la oficial, sin dejar de apoyar un cambio que, para la Argentina, sigue siendo positivo.
Hacen falta espacios, dentro y fuera del oficialismo, para organizar y brindar recursos de conocimiento para la participación ciudadana de todos los argentinos, y así movilizar iniciativas que cristalicen en proyectos concretos que defiendan la vida, la libertad, la familia y la iniciativa privada.
El desafío es grande, pero será posible enfrentarlo con el compromiso de todos.