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miércoles, 29 de abril de 2020

Desde el encierro

Buenos Aires vacía por la cuarentena
La pandemia del covid-19 nos tiene a todos encerrados... ¿A todos...? No, en realidad, pero sí a muchos. Y nuestras sociedades se encuentran prácticamente paralizadas por la situación, independientemente de la situación de encierro que cada uno particularmente tenga que vivir.

Las razones para ser pesimistas se multiplican, y se potencian por la depresión que nos produce estar forzosamente inactivos por un tiempo que nadie es capaz de predecir cuánto durará exactamente. La sensación de que los gobernantes improvisan, de que se nos oculta información, y de que lo que viene, más allá de si nos contagiamos o no del virus, será un futuro ominoso por la crisis que para las distintas economías supone esta pandemia, fácilmente pueden conducir a cualquiera al desaliento.
El problema no sólo es local: en distintos países de ambos hemisferios existe la misma sensación. No se hicieron los manuales para gobernar en esta situación, por lo que nuestras dirigencias recurren al método de prueba y error, y es lógico. Lo que sí indigna es que muchas penurias e incertidumbres de hoy se hubieran ahorrado, por lo menos en nuestro país, de no haber existido décadas de mala praxis en los sucesivos gobiernos: errores no forzados que nos llevan a pensar que la crisis sanitaria y económica nos golpeará más duramente a causa, no ya de la improvisación, sino de la ineptitud y de la mala fe.

Efectivamente, sobran los motivos para quejarse, para protestar, para denunciar, para impugnar; y la responsabilidad cívica impondrá en muchos casos que así se haga, para evitar, especialmente, que la pandemia se convierta en la coartada del totalitarismo.
Pero también hay que tener presente que, precisamente por todas las razones enumeradas (y por muchas otras que cada uno podría sumar), el parón de la cuarentena debería ser ocasión para pensar, proyectar y prepararnos adecuadamente para el futuro: muchas familias padecerán, y ya padecen, los efectos económicos de esta pandemia como nunca antes; nuestro país necesitará, como nunca, de dirigentes que estén a la altura del desafío que supondrá reconstruirlo, como todo el mundo, en el orden social, institucional y económico después de un fenómeno sólo comparable a una guerra.
Quizás sea, por eso, muy importante no sólo batir las cacerolas cuando haga falta, sino aprovechar el ocio forzado para sentarse a organizar serenamente el futuro, que tendrá sus propias luchas y soluciones.