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viernes, 29 de enero de 2021

A prepararse...

Decir que la crisis de la pandemia se llevará puesto al gobierno nacional ya se está convirtiendo en un secreto a voces. En épocas en que está de moda hablar de sustentabilidad, cada vez es más evidente que no resulta sustentable un gobierno que parece empeñado en su autodestrucción.

Ya no es sólo el mal manejo de la crisis sanitaria del Covid, con un confinamiento que, anunciado como un modo de preparar mejor al sistema de salud para el pico de la pandemia, sólo consiguió retrasar el problema sanitario, sin siquiera disminuirlo; y, al contrario, agravando, de paso, el problema económico. A lo que debe agregarse ahora el uso político de la vacunación, en un contexto donde nadie en el mundo puede siquiera garantizar su efectividad, con la consiguiente incertidumbre acerca de cómo se enfrentará la segunda ola de contagios, que ya está causando estragos en países más preparados y serios que el nuestro.

A todo esto se suma la falta de un plan de salida: para cualquier observador independiente resulta claro que el gobierno no tiene idea de cuándo ni cómo salir del atolladero en el que ha metido al país: una recesión sin precedentes por la velocidad en que se produjo, al ritmo del aislamiento social obligatorio más largo del mundo y la degradación social que promete a las generaciones futuras la falta de escolaridad presencial durante un año. Pero también esta falta de ideas claras lleva al gobierno a moverse en forma espasmódica, emparchando, con la consiguiente generación de desconfianza y la huida de inversiones nacionales y extranjeras.

Estos manotazos se realizan, además, a costa de la palabra del propio Presidente, que hace ahora lo que prometió siempre que no haría. Como a nadie le gusta que le mientan, ni que lo manipulen, ni que lo traicionen, el gobierno se va quedando, no ya sin apoyos, sin la más mínima comprensión de los distintos sectores de la economía y de la oposición. Y este aislamiento lo perjudica aún más en su propio frente interno, en el que el kirchnerismo confirma, día a día, las presunciones más pesimistas de cuando asumieron los Fernández: el Presidente no gobierna, la agenda la impone la Vicepresidenta, y esta agenda nada tiene que ver con las necesidades del país, sino con las de Cristina Kirchner; contraste de agendas que se ve magnificado por la pandemia, al punto de parecernos que el kirchnerismo no es consciente de la gravedad del iceberg con el que chocó el Titanic en el que viajan.

No es la primera vez que el kirchnerismo genera desconcierto y desconfianza, tampoco la primera vez que se ufana de su aislamiento político, de su autoritarismo y de su anacrónica visión de la economía. El problema ahora es que, por primera vez en su historia, el kirchnerismo no tendrá fondos para disimular su impericia.

Por ello, mientras en el gobierno siguen buscando a quién echarle la culpa de sus males, los argentinos de bien tenemos que prepararnos para el día después...