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lunes, 27 de diciembre de 2021

Hace un año...

Hace un año, el progresismo conseguía su victoria soñada en el Congreso: la legalización del aborto. Y lo festejaba como un avance. Se tomaba revancha de la derrota de 2018. No le importó que no fuera prioritario, ni que la mayoría de la opinión pública estuviera en contra. Lo importante era imponer el dogma de que “el aborto es un derecho”; como si fuera justo decidir sobre la vida de los demás.

Hace un año, cada argentino que nace es un sobreviviente de un sistema que afirma que nadie es ser humano si su existencia no es deseada, o significa una carga, o puede ser interpretada como inconveniente, o alguien (no necesariamente la madre, también el entorno o la sociedad que la presiona) decide, por la razón que sea, que se trata de una vida que no debe o no merece ser vivida.

Hace un año, un presidente que nada tenía, ni tiene hasta ahora, para legar se asumía, con esa ambigüedad que lo caracteriza y que bascula entre la ignorancia y el cinismo, como un “católico que está a favor del aborto”.

Hace un año, el electorado que se auto considera provida y que había votado por las distintas opciones mayoritarias se dio cuenta de lo que había votado al votar “en contra de...”.

Hace un año, el Congreso decidió que la Constitución no defiende la vida sino en la medida en que le conviene a quien quiera abortar o hacer abortar. Que era más urgente, en un país que se hunde en una de sus peores crisis económicas y sanitarias, legalizar la eliminación sistemática de vidas humanas, para que a los diputados y sus hijas la obra social o la prepaga les cubran el aborto.

Hace un año, quedó claro que, para muchos, los derechos humanos son solo una consigna manipulable en función de las propias necesidades políticas, y que nada tienen que ver con derechos objetivos, ni siquiera con el primero de ellos: la vida humana.

Hace un año, vivimos en un país más inhumano y cruel. En el que ahora, los mismos que desprecian la vida naciente cuando la consideran descartable, van por la vida de los que se convierten en una carga, con el proyecto de legalización de la eutanasia. Siguen, así, el manual de procedimientos del progresismo en todos lados, sin importarles las consecuencias que ya son visibles en todos aquellos países donde se legalizaron estos crímenes; países donde ya es una realidad la revisión de todas esas prácticas. 

Hace un año empezó otra lucha: la de reponer el respeto irrestricto por la vida humana, el de devolverle humanidad a una Argentina que parece condenada a la decadencia.

Una lucha que vale la pena.