La irrupción de Javier Milei en la política tiene aspectos positivos y no tanto.
Es positivo, si su discurso contra la “casta” política es la impugnación de la enorme mayoría de políticos que administran y gobiernan en función de su propio beneficio y de la conservación del poder. Habría que ver si la “casta” toma nota.
No sería el caso, en cambio, si todo terminara en un nuevo “que se vayan todos”, para que los nuevos que vengan sigan medrando con el poder como lo hacían los anteriores.
Es positivo que ser liberal deje de ser un insulto, y que el liberalismo se ha vuelto popular entre las franjas etarias más jóvenes. Reivindicar la iniciativa privada como motor de la economía, revalorizar la economía de mercado, o proponer una reforma del Estado, dejan de ser patrimonio del Coloquio de Idea, y se convierten en consignas que vociferan chicos de edad universitaria en Tik Tok.
Pero, ojo: como toda ideología, el liberalismo tiene su “lado oscuro”. Si fuera la coartada para promover un individualismo egoísta y despersonalizado, la de los libertarios se convertiría en una cruzada tan inhumana y perniciosa como la del trotskismo, solo distinguible por el signo.
Es positivo que haya quien reivindique una agenda verdaderamente contracultural, que cuestione la legalización del aborto, la ideología de género, la reingeniería social, o la ingerencia del Estado como comisario de la moral “progre” en la vida privada de las personas. Estos cuestionamientos dejan a muchos políticos y comunicadores en evidencia como defensores de una agenda que es ajena y lejana para el electorado peatón: la inflación o la inseguridad resultan más urgentes que las “nuevas masculinidades” o la “invisibilización de minorías”.
La pregunta es saber hasta dónde Milei está dispuesto a ser inflexible y qué es lo que está dispuesto a negociar, llegado el caso.
Los dogmatismos (de izquierda o derecha) se pagan caro en política: el rival también juega. Descalificar hasta la cancelación al adversario siempre ha sido una especialidad de la izquierda y, en su propia frecuencia, del peronismo. Así estamos.
Pero el fundamentalismo ideológico no es patrimonio de nadie, y nadie está vacunado contra él.
¿Se habrá dado cuenta Milei, en su recorrido político, que con la sola teoría no se va a ningún lado, que hace falta entender qué es lo importante y qué lo que se puede ceder; que tener principios no nos habilita a tirárselos por la cabeza al adversario, que “lo cortés no quita lo valiente”?