¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

jueves, 12 de marzo de 2009

Esperando al líder

Los argentinos vivimos esperando que venga “el macho” que arregle todos los problemas que tenemos y nos saque, por fin, de la decadencia en que vivimos. Y, cuando digo “los argentinos”, me refiero a todos.

Hace muchos años, cuando iniciaba mi adolescencia (sería 1983), recuerdo haber escuchado al padre de un compañero mío del colegio, indignado por la realidad nacional del momento, afirmar con convicción: “¡Acá, lo que hace falta es un Pinochet!”. Afirmación que, en otras personas, he escuchado referida a cualquier autócrata que fuera de su admiración: César, Napoleón, Perón, Fidel Castro, De Gaulle, o quien se quiera (gracias a Dios, aún no escucho gente que espere a un Hitler o un Stalin).

Para el caso, la idea subyacente, más allá del personaje invocado, es siempre la misma: para sacar al país adelante hace falta un mesías que acabe con todo lo malo que odiamos e imponga todo lo bueno que esperamos. Las diferencias vendrán, en todo caso, a la hora de determinar qué es eso bueno, qué lo malo y quién el “mesías”.

En cambio, nadie parece esperar nada de las instituciones. Y eso que nuestra Constitución prevé un sistema presidencialista para el Gobierno Federal (donde el Presidente es una suerte de “rey en la república”) aún más marcado que el norteamericano, que fue su modelo. Pero nadie espera nada bueno del funcionamiento normal y habitual de las instituciones de la República. Un ministro actual defendía hace un par de años los superpoderes acordados por la ley de emergencia diciendo algo así como que no se puede gobernar si, para cada ley, hay que esperar a que el Congreso delibere y vote. Y si bien estas pretensiones de excepcionalidad, tan propias del autoritarismo, serían condenadas públicamente por cualquier político democrático (especialmente si es de la oposición), lo cierto es que, en el fondo y en los hechos, toda nuestra clase política y el ciudadano medio actúan como si tuvieran esa misma aspiración: gobernar o ser gobernados de acuerdo con el “dictat” de un líder, a quien se le debe lealtad y con quien no se disiente; por el contrario, el que disiente es “traidor” y como tal debe ser tratado.

El personalismo sería una consecuencia más de aquello que señalábamos en una nota anterior, cuando nos preguntábamos si no seríamos todos movimientistas y delegativos.

Los liberales suelen atribuir este personalismo atávico, cuándo no, a nuestra ascendencia institucional española. La verdad es que, viendo la historia reciente de España, algo de cierto parece haber. Pero las instituciones españolas de la época colonial, por ejemplo, no parecen abonar esa teoría: de los cabildos se puede decir que eran cerradamente aristocráticos, pero no personalistas.

Creo que el personalismo, en realidad, no es sino una manifestación de nuestra propia inmadurez cívica. Digamos la verdad: no nos gusta participar en política; no nos gusta perder el tiempo (eso pensamos) yendo a una asamblea, ya se trate de una reunión de consorcio, de una audiencia pública, o de un consejo vecinal; nos enferma tener que ir a votar y, cuando podemos, procuramos evitarlo. No somos del todo conscientes de nuestra responsabilidad: de que, si hay chicos que en la Argentina se mueren de hambre, es porque hay una clase gobernante inepta y corrupta, que es consecuencia, a su vez, de una clase política de iguales características, que maneja las cosas a espaldas de los ciudadanos porque éstos prefieren abstenerse de participar. Es más fácil quejarse en el café y esperar a que llegue, algún día, “el macho” que ponga orden.

Y esto no es patrimonio exclusivo de los peronistas, como podría algún lector pensar. Los radicales añoran a Yrigoyen, quien gobernaba el país y el partido de manera personalista. En el siglo pasado, los liberales no pocas veces recurrieron al personalismo para imponer sus políticas, tanto con gobiernos civiles como militares. Ni hablar de los socialismos de todo grado y especie, que reclaman democracia cuando están en la oposición y aplauden a los personalismos de su signo sin ningún pudor. El fenómeno actual de actuación política en torno a dirigentes políticos resulta, en la inmensa mayoría de los casos, una manifestación más del personalismo; al punto que las alianzas o coaliciones terminan siendo entre dirigentes y no entre partidos. Se habla de “espacios” políticos, pero ya casi no se encuentran principios, programas, plataformas; y cuando éstos existen, se sacrifican alegremente en el altar de las necesidades políticas del líder.

Todos alguna vez hemos, de un modo u otro, esperado al “mesías” que nos saque de la decadencia en que se hunde la Argentina.

Sin embargo, es hora de que nos demos cuenta de que ese “salvador”, ese líder, no llegará. No habrá Napoleón. Ni César. La decadencia no se revertirá si no cambia la clase política, y ésta no cambiará si no cambiamos nosotros. Y no cambiaremos si no tomamos conciencia de que serán nuestras actitudes, nuestras manos, las que saquen al país adelante.

Tenemos por delante una revolución para hacer: la revolución silenciosa de quien cumple la ley todas las horas de todos los días, sin buscar eximirse; la revolución pacífica de quien trabaja todas las horas de todos los días y procura dar el ejemplo; la revolución política de quien participa responsablemente en cada foro, en cada asamblea, en cada consejo, para decir lo que piensa y para controlar a quienes gobiernan, de quien se involucra, si tiene la capacidad, para servir, y no para servirse, desde la función pública; la revolución patriótica de quien posterga sus propias comodidades y ambiciones para poner su granito de arena, cada hora de cada día, para construir una Argentina mejor para nuestros hijos.

La Argentina no depende de que un día llegue “alguien”: la Argentina está en nuestras manos.

miércoles, 28 de enero de 2009

Somos hijos del rigor

Andar estos días por las calles de Buenos Aires resulta una experiencia interesante: hay más cascos en las cabezas de los motociclistas, es raro ver automóviles lanzados a gran velocidad en las avenidas y, si a uno se le ocurre respetar la velocidad máxima permitida en ellas (60 Km/h), no te tiran el auto encima para que los dejes pasar.
Evidentemente, la posibilidad de que nos quiten, a la larga, la licencia de conducir o, en lo inmediato, la moto, opera como un factor que puede modificar comportamientos "atávicos" en los argentinos en general y los porteños en particular. En una palabra: somos hijos del rigor.
No sé si este es un fenómeno porteño, o argentino, o universal. Lo cierto es que cuando la ley se aplica en serio y, con ella, las sanciones que conlleva, nos acordamos de que ella existe, de que nos alcanza y de que debemos respetarla.
Esperemos que nos dure el respeto por la ley (por lo menos, por la de tránsito, que es un buen comienzo), que no encontremos “la trampa” de la que habla el dicho, que no se afloje con los controles -y con las sanciones-, y que terminemos por entender que la ley no está hecha -no debería estarlo- para amargarnos la existencia sino para el bien de todos. Así pasaríamos, de temer a la ley, a respetar la ley, y a promover su respeto; que en eso consiste el patriotismo que la Argentina nos reclama a cada uno.

miércoles, 21 de enero de 2009

Del archivo: Otro país

Artículo del 21 de enero de 2009

Vi muy poco de la asunción del nuevo Presidente de los EE.UU., B. Obama, en la televisión.
Esto, por dos razones.
La segunda, porque tenía que trabajar a esa hora; mis vacaciones terminaron.
La primera, porque no lo voté. Y no sólo porque no soy ciudadano norteamericano y porque el país que me desvela es otro, sino porque tampoco lo hubiera votado de haber tenido la oportunidad. La posición de Obama y su partido respecto de temas tan sensibles como el aborto y las uniones homosexuales son diametralmente opuestas a las mías, y con eso yo no transo. Más allá de la expectativa que razonablemente despierta todo nuevo ciclo, especialmente después de la desastrosa Administración Bush Jr., y del beneficio de la duda, que a todos nos cabe, me permito no ser optimista respecto de los beneficios que pueda representar para la humanidad la presidencia de Obama. Y no: no soy “políticamente correcto”, ni me interesa subirme al tren de la “Obamanía”.

No obstante, creo que la asunción de Obama deja muchas lecciones que los argentinos debemos aprender.
Entre las más importantes, el ejemplo de madurez política. Si hay alguien en la tierra al que le cabían silbidos y tomatazos en la despedida, ese era G. W. Bush. Pero no solo no los hubo, sino que el nuevo Presidente le agradeció la cooperación prestada durante la transición. Más: no hubo un solo reproche a la administración saliente en el discurso de Obama, quien, además, despidió a Bush con una calidez que iba más allá de la pura amabilidad.
También, y es quizás el aspecto más destacable del discurso del nuevo Presidente, la apelación a las mejores virtudes norteamericanas (la libertad, el trabajo y el sacrificio como base del progreso de la nación) como las claves para superar la grave crisis que tienen por delante los EE. UU.; apelación que contrasta con la diatriba de los políticos criollos, especialmente los actuales gobernantes, tan afectos a la demagogia y la búsqueda de culpables -entre los ajenos, obviamente-, y tan poco proclives a buscar y proponer soluciones, sobre todo si éstas implican “sangre, sudor y lágrimas”.
Lecciones que da la nación -todavía- más potente de la tierra.