Andar estos días por las calles de Buenos Aires resulta una experiencia interesante: hay más cascos en las cabezas de los motociclistas, es raro ver automóviles lanzados a gran velocidad en las avenidas y, si a uno se le ocurre respetar la velocidad máxima permitida en ellas (60 Km/h), no te tiran el auto encima para que los dejes pasar.
Evidentemente, la posibilidad de que nos quiten, a la larga, la licencia de conducir o, en lo inmediato, la moto, opera como un factor que puede modificar comportamientos "atávicos" en los argentinos en general y los porteños en particular. En una palabra: somos hijos del rigor.
No sé si este es un fenómeno porteño, o argentino, o universal. Lo cierto es que cuando la ley se aplica en serio y, con ella, las sanciones que conlleva, nos acordamos de que ella existe, de que nos alcanza y de que debemos respetarla.
Esperemos que nos dure el respeto por la ley (por lo menos, por la de tránsito, que es un buen comienzo), que no encontremos “la trampa” de la que habla el dicho, que no se afloje con los controles -y con las sanciones-, y que terminemos por entender que la ley no está hecha -no debería estarlo- para amargarnos la existencia sino para el bien de todos. Así pasaríamos, de temer a la ley, a respetar la ley, y a promover su respeto; que en eso consiste el patriotismo que la Argentina nos reclama a cada uno.
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