¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Peligrosa concepción del poder

El fracaso del Gobierno nacional en el denominado "7D" es una buena ocasión para reflexionar acerca del modo en que concibe el poder y la democracia, y para señalar una peligrosa desviación que trasciende la anécdota de tal o cual "batalla" política que el cristinismo haya enfrentado o vaya a enfrentar en el futuro.

Es notable la reacción violenta que produce en el gobierno cualquier revés judicial. No es nuevo, pero sí notable. En cualquier democracia republicana resulta normal y esperable que, dada la división de poderes que está en su misma raíz, el Poder Judicial falle unas veces a favor y otras en contra del Poder Ejecutivo; es lo normal, así fueron pensadas las instituciones, de modo tal que aquel poder contrapese las facultades de éste. Lo mismo puede decirse del Poder Legislativo frente al Ejecutivo; aquél discute las leyes en un ámbito político donde el juego de mayorías y minorías, de oficialismo y oposición, de alianzas e intereses, va tejiendo normas que, a veces, son impulsadas o del gusto del Ejecutivo, y otras no; éste puede vetar las leyes que no le gustan, aquél puede insistir en ellas. Otro contrapeso es el que existe entre el Poder Legislativo y el Judicial, donde éste resulta el último intérprete de las leyes que aquél dicta, al tiempo que controla su constitucionalidad. Con matices, con la intervención de otras instituciones menores -formales o informales- que funcionan como contralor de los tres poderes del Estado, este sistema republicano es el que rige en todas las democracias de occidente, en particular en aquellas que garantizan actualmente los mejores estándares de vida (por lo menos, desde un punto de vista material y mensurable) para sus habitantes.

Pero el cristinismo (y, antes, el kirchnerismo) no cree en estas cosas. El único poder legítimo, en su concepción, resulta ser el Poder Ejecutivo, surgido de la voluntad popular que, de algún modo, encarna y personifica: el Poder Ejecutivo "es el pueblo". Consiguientemente, un Poder Legislativo que no siga el "dictado" del pueblo a través del Ejecutivo resulta un poder traidor de la voluntad popular y deslegitimado. Por eso, los legisladores del partido gobernante no pueden sino seguir instrucciones del Poder Ejecutivo (del pueblo, encarnado en la Presidenta) y sus proyectos no deben discutirse, por cuanto tal discusión pondría en tela de juicio la voluntad del pueblo. Otro tanto puede decirse del Poder Judicial, cuyas sentencias, si contrariaran las políticas del Poder Ejecutivo, resultarían antipopulares, inicuas, y quienes las dictaran serían pasibles del calificativo de traidores al pueblo, a cuyos intereses (encarnados en aquellas políticas del Poder Ejecutivo, siguiendo con la misma lógica) deben subordinarse.
No es exageración: debemos recordar cómo fue calificado de traidor el entonces Vicepresidente Cobos por frustrar la ratificación de la Resolución nº 125, cómo los proyectos de presupuesto llegan al Congreso Nacional con la advertencia de que no puede tocárseles ni una coma, cómo el Gobierno nacional gobernó por decreto cuando se le hizo difícil sacar leyes en el Congreso durante el bienio en que estuvo en minoría, cómo interpretó como un desafío a su autoridad la protección que el Poder Judicial hiciera del entonces Presidente del Banco Central, Martín Redrado. Finalmente, cómo ha hecho un despliegue impúdico de presiones para intentar forzar un fallo a su favor en la pendencia con Clarín, al punto de advertir que cualquier fallo en contra del Ejecutivo -por ser un fallo en contra del pueblo- debía interpretarse como un "alzamiento" y amenazar con el juicio político a los jueces que así fallen.
El relato, reitero, es lineal: el gobierno de Cristina Fernández, por haber ganado con el 54%, es el gobierno del pueblo; el que contradice a dicho gobierno, contradice al pueblo; el que contradice al pueblo es, en consecuencia, antidemocrático; y cualquier pensamiento o acción de quien es antidemocrático carece absolutamente de legitimidad, y si todavía no ha recibido la condigna sanción, es por los defectos propios de un sistema institucional liberal y burgués que, por tal motivo, deberá ser reformado para ajustarlo al verdadero espíritu de la democracia, esto es, del gobierno del pueblo.

Esta lógica no es nueva. Está presente en todas las concepciones autoritarias y totalitarias desarrolladas en los últimos 300 años en todo el mundo. El pueblo se convierte, en tales ideologías, en la coartada de la tiranía; tiranía disfrazada de encarnación misma de la voluntad popular, que no le debe explicaciones ni tiene por qué rendir cuentas ante nadie.
Que el pueblo sea pasible de ser convertido en masa, maleable para el poder de turno; que su expresión sólo pueda efectuarse en elecciones periódicas; que éstas puedan ser manipuladas por un Estado estructurado al servicio del partido gobernante; que, en última instancia, las mayorías sean falibles y mudables en sus opiniones; todas estas son cuestiones que no interesan a la concepción del poder de que venimos hablando. Por el contrario, está dispuesta a mostrar tales reparos como producto de los intereses espurios de grupos de poder que permanentemente conspiran contra el pueblo.
Así han procedido el comunismo, el fascismo, el nazismo, los populismos de todos los colores y tendencias, las dictaduras de todos los orígenes. Siempre hay justificaciones, para ellos, que se enraízan en los supremos intereses del pueblo. Siempre hay enemigos más o menos visibles y peligrosos, entre quienes se les oponen.
Así concibió el poder el primer peronismo. Concepción que el propio Perón se encargó de revisar y que el justicialismo moderno había abandonado, pero que la izquierda del movimiento conservó y hoy, reconvertida en el Frente para la Victoria, reivindica.

Es por esto que no podemos darnos el lujo de ignorar, quienes militamos en la oposición y todos los ciudadanos, que el verdadero peligro no está, solamente, en tal o cual avasallamiento de la libertad de expresión o de la propiedad privada, ni siquiera en la desaprensión por la vida y la dignidad humana que rezuman tantas posturas del Gobierno nacional (como su desdén por el combate a la inseguridad, por ejemplo). El verdadero peligro del "kirchner-cristinismo" radica en una concepción del poder que excluye cualquier límite institucional, que interpreta que las mayorías son para "tirárselas por la cabeza" al contrario, que subordina la ley al interés político del poderoso, y que considera, en definitiva, que derechos como la vida, la libertad, la dignidad y la propiedad son excusas burguesas para oponerse al supremo interés del pueblo; interés que nadie como su líder puede interpretar.

martes, 13 de noviembre de 2012

8N

Me atrevería a decir que quienes marchamos en la manifestación del "8N" no fuimos movidos tanto por lo que el Gobierno nacional haya hecho o no, cuanto por la actitud de la Presidenta y del cristinismo-kirchnerismo, en general, manifestada en cierto "cinismo político", que los ha conducido a negar sistemáticamente problemas que resultan evidentes para cualquier persona que camine por la calle, a descalificar hasta extremos insólitos a quien ose enunciar, siquiera, tales problemas, y a pretender imponer una agenda que, en tales circunstancias, o no resulta pertinente o simplemente repugna al más elemental sentido común de buena parte de la opinión pública, si no la mayoría.

No necesitamos leer La Nación para enterarnos de que existe la inflación; nos basta con ir al supermercado y percibir que se acelera aquella desproporción entre precios que suben por el ascensor y salarios (nuestros propios salarios) que suben por la escalera. Sin embargo, los funcionarios del Gobierno se cuidan escrupulosamente de hablar de la inflación, y se persigue -literalmente- a quien publica índices que desmientan al Indec. Eso, sin entrar a analizar el hecho de que aún la "baja" inflación que publica el Indec, si fuera cierta, ya merecería en cualquier otro país medidas concretas para combatirla y sería un tema de primer orden en la agenda de cualquier gobierno.

No hace falta mirar TN para enterarse que aumenta el delito; basta con preguntarse uno mismo o compulsar entre amigos, parientes y conocidos: comparar entre quince años atrás y hoy día, ¿cuántas veces hemos sido víctimas o hemos sabido de un delito contra alguno de nuestro entorno? El Gobierno nacional lo sabe, pero la inseguridad es "un tema de la derecha", por lo que no debe hablarse, tampoco, de aquélla; a lo sumo, distinguir como lo hacía la periodista de "678": no hay inseguridad, sino índices de criminalidad (¡?). Aun a pesar de haberse tomado medidas espasmódicas, como la utilización de la Gendarmería y la Prefectura para tareas propias de la Policía Federal o las policías locales; medida esta última que terminó explotando del modo menos pensado para el Gobierno, como sabemos.

No tiene que venir un economista a decirme que subió la pobreza; el aumento de las villas, de la mendicidad, del cartonerismo en los últimos 10 años me consta, como le consta a cualquiera que camine por la calle, viaje en subte o en tren, o viva o transite seguido cerca de las villas de emergencia. Como también resulta evidente que es a los pobres a quienes más castiga la inflación (porque tienen ingresos más ajustados) y la inseguridad (porque no pueden suplir privadamente el déficit de la seguridad que debe proveer el Estado). Pero el Gobierno insiste en decir que nadie ha hecho nunca tanto como él en favor de los pobres, siendo que, en realidad y en última instancia, la pobreza es manipulada por un sistema político que necesita de los pobres como "combustible electoral" a través de la dependencia clientelar, por lo que no tiene ningún interés en reducir la pobreza, sino en multiplicarla.

La gente del 8N no está ni a favor ni en contra de tal o cual medida del Gobierno, simplemente quiere que reconozca que hay inflación y tome medidas; no le importan las cruzadas contra los "medios hegemónicos", si no ve una actitud decidida a combatir el delito en las calles; tampoco puede creer en ningún "relato" cuando lo ve desmentido en los ojos del enésimo pibe que pide una moneda en la calle.

Y eso no es tener una "visión distorsionada de la realidad"; es reventar de bronca porque se nos miente en la cara y se nos dice que debemos creer al relato antes que a nuestros propios ojos. Bronca que sale a la calle porque el Gobierno nacional ha terminado por anular la efectividad de cualquier límite institucional a su poder, manipulando el Congreso, extorsionando a la Justicia, desvirtuando a los organismos de control y, finalmente, persiguiendo a la prensa independiente. Desborde de poder de un Gobierno que se ha visto favorecido por una oposición demasiado preocupada por cuestiones de cartel o prejuicios ideológicos, como para apreciar el peligro que corre la democracia republicana en nuestro país.

Dios quiera que el 8N sea el punto de partida para revertir este estado de cosas.

martes, 28 de agosto de 2012

Una revolución pendiente

Recientemente, un profesor de uno de mis hijos les dio para leer Las venas abiertas de América Latina, del periodista uruguayo Eduardo Galeano.
El libro, una suerte de "biblia" del progresismo tercermundista, resulta ser un compendio de todos los lugares comunes de la "leyenda negra" de la conquista de América y toda la saga de interpretaciones históricas del "antiimperialismo". Según este relato, la culpa del atraso latinoamericano en el concierto de las naciones no la tienen los latinoamericanos en modo ni proporción alguna, sino pura y exclusivamente España, la Iglesia, los Estados Unidos, las potencias europeas, los grandes grupos económicos, y las dirigencias impuestas o infiltradas por aquellos "siniestros poderes" a lo largo de los últimos 500 años.
Debe reconocerse que, para el lector poco exigente, Las venas... cierra perfectamente. Como también cierra, lógicamente, para los marxistas en general, cuyo discurso dialéctico se ve perfectamente reflejado a lo largo del libro. Fue justamente en el auge del marxismo en Latinoamérica, entre los 60 y los 70, que se escribió el libro y su posterior adenda del propio autor (1971-1978).
Claro que, a poco que se hurgue con algo de rigor en la historia y se consulten otras fuentes, se empiezan a descubrir las inconsistencias de la visión de Galeano, la falta de respaldo suficiente de su investigación y la fuerte intencionalidad de sus interpretaciones. Galeano no parece haber ido a buscar la verdad de la historia, sino a relatar una historia que fuera funcional a los postulados ideológicos que sostiene. En una palabra: falta comprobación de hechos y sobra ideología.
Quizás el mayor mentís que puede recibir el libro es la situación actual de América Latina, en la que no son los países influidos por el marxismo los que aprovechan las oportunidades que ofrece la crisis económica en el mundo desarrollado, sino aquellos que han ido abriendo su propio camino en la economía de mercado, con Brasil y México a la cabeza.

Pero lo que me preocupa no es el libro, de lectura obligatoria en los círculos "progres" y que me obliga a una charla con mi hijo y una entrevista con sus profesores, sino la liviandad cultural con la que se lo acepta "universalmente". Me explico: no quise comprarlo -no tengo interés en pagar por una obra cuyas ideas no comparto y que, además, ni siquiera tiene el fuste filosófico que podría tener, por ejemplo, "El Capital" de Marx- y me puse a buscarlo publicado en algún lado en Internet. Me llamó la atención la cantidad de artículos y comentarios positivos hacia el libro, y la dificultad consiguiente de encontrar análisis críticos; pero más me llamó la atención que los comentarios positivos no vinieran de gente que ponderaba el libro entre otras obras similares, sino de quienes, no habiendo leído nada de historia latinoamericana, consumieron alegremente el libro de Galeano e hicieron propias, de manera acrítica, sus consideraciones y conclusiones. Más aún: esta reacción no sólo se da entre militantes "progres", sino también entre quienes, supuestamente, sostienen ideas diversas o incluso opuestas al marxismo, que asimilan así dogmas sin otro fundamento que la falta de lecturas mejores que la de Galeano.
Es esta ligereza y falta de análisis crítico imperante en todo el mundo la que le ha permitido al marxismo, pese a perder la batalla económica, ganar la batalla cultural. El autotitulado "progresismo" no es más que una versión light de los postulados marxistas, comenzando por la imposición del materialismo como única opción válida del pensamiento científico, pasando por la concepción dialéctica de la historia y terminando en la generalización de un individualismo existencialista más cercano a Sartre que a Kierkegaard. Los "progres" han dictado e impuesto el canon de lo "políticamente correcto" en nuestro tiempo; un canon que no puede contradecirse sin peligro de ser tildado de medieval, reaccionario, derechista o, incluso, nazi, por muy fundamentada que esté la opinión crítica.
Gramsci tenía razón. Hoy no hay político que, antes de emitir una opinión que siquiera se insinúe como contraria al "canon progre", no la preceda de un montón de salvedades, como pidiendo perdón por parecer políticamente incorrecto. Es patético ver que se critican algunos corolarios del "progresismo" pretendiendo que no son verdadera o suficientemente "progresistas". Pareciera ser que "progresistas somos todos" y que nadie quiere quedar al margen u opuesto al "canon".
Y casi nadie lo ve. Vivimos en una suerte de "matrix progre" -con frase genial del periodista español J. M. de Prada- de la que somos incapaces de escapar.

¿Por qué no nos animamos? ¿Por qué no decimos: "¡No! No acepto el canon progresista. Me resisto a ser cabra de ese rebaño"? Quizás nos falta más rigor en nuestro análisis. Quizás nos falta más -y verdadero- espíritu crítico frente a los postulados de la ideología.
Es curioso que en una época en la que se duda de los dogmas religiosos (que se creen porque se atribuyen a Dios), se acepte con tanta facilidad y sin más los dogmas ideológicos (que se creen porque... ¡lo dijo Fulano!).
Si no rompemos esa inercia, si no nos decidimos a despertar del sueño intelectual en el que nos tiene sumidos la "matrix progre", no podremos nunca ser realmente libres; porque para ser libres hace falta conocer la verdad o, por lo menos, poder buscarla sin cortapisas ni prejuicios. Y si no somos libres, no podemos ser humanos, no podemos realizarnos.
Hasta entonces, hasta que sometamos al "canon progresista" al duro banco de pruebas de una rigurosa crítica científica y filosófica (la recta razón, dirían los clásicos), aunque pasen las modas, las ideologías, los gobiernos y los dirigentes, una revolución... la verdadera revolución estará pendiente.

miércoles, 8 de agosto de 2012

¡Qué fácil es criticar a Roca!

Recuerdo siempre esta anécdota.
Un mayordomo del campo de Roca en Córdoba, de origen indígena, descendiente de un noble clan comechingón, tenía una gran lealtad por su patrón. Lealtad que llegaba a la devoción, y que hoy contradiría los clisés del discurso “progre”, pero que en aquella época era normal en un trabajador que se sentía reconocido y apreciado por su trabajo.
Devoción que supo transmitir a su hijo, quien se casó con una cocinera catalana, según entiendo también criada en la hacienda de Roca.
Fue justamente esta cocinera quien, al nacer uno de sus nietos (el primero hijo de su hijo mayor) sentenció, con el asentimiento de su marido: “Tiene que llamarse Julio, por don Julio Argentino Roca”.
Era el 10 de julio de 1941, fecha en que nació Julio Alberto Tulián, mi padre.

Quienes critican a Roca lo hacen desde el prisma ideológico de quien no ve —o no quiere ver, porque no le conviene— el legado de un presidente que, con sus virtudes y defectos, terminó de organizar la Nación y la condujo en la culminación del mayor ciclo ascendente de desarrollo que conociera la República. Alguien que tuvo suficiente valor para encabezar la incorporación a la Argentina de vastos territorios de los que hoy nos enorgullecemos y que (oh, paradoja) llegaron a dar al país presidentes que hoy repudian a aquel prócer. Alguien que tuvo la suficiente astucia para mantener el orden político hasta su maduración con la Ley Sáenz Peña (quien fuera su sucesor). Alguien que tuvo la suficiente lucidez para impulsar reformas que fundaron el Estado argentino moderno, que hoy está depredado. Alguien que pudo ver, al terminar su mandato, a la Argentina convertida en la séptima potencia mundial, en un país de oportunidades para millones de criollos e inmigrantes.
Lo pintan como un genocida quienes no saben historia, quienes gustan de repetir consignas en lugar de estudiar realidades, quienes no piensan en construir la Argentina, sino en conservar el odio.
Ellos no conocieron a los Tulián que trabajaron en el campo de Roca, no conocieron al tatarabuelo Gregorio, ni a los bisabuelos Vicente y Manuela, ni supieron de la gratitud de esa gente sencilla, que no veía al monstruo que nos quieren fabular, sino al patrón que conocieron en persona.
Vaya para don Julio Argentin Roca mi desagravio; para aquéllos, mis ancestros, mi homenaje; y para los odiadores de turno, mi consejo de que estudien sin prejuicios. Solo así se puede encontrar la verdad.
Y solo la verdad nos hace libres.

viernes, 8 de junio de 2012

Cacerolas gastadas

Por varios lados me llegó la convocatoria al "cacerolazo" del 7 de junio. Varios amigos sé que iban a estar allí.
Lo seguí con cierto interés, por la televisión (por cierto, sólo los canales del grupo Clarín le dieron cobertura), pero, si bien al principio tuve ganas de ir, finalmente desistí de hacerlo.
No cabe duda de que el "cacerolazo" es una buena catarsis. También que sirve para hacerle notar al poder que el ciudadano medio, ese que, de acuerdo con Tocqueville, es reacio a las revoluciones y las movilizaciones populares, está, sin embargo, hartándose de la política oficial que busca llevarse a todos por delante con la extraña excusa del "derecho de las mayorías" y minimiza, cuando no ignora olímpicamente, aquellos aspectos oscuros de su gestión recurriendo al "relato": la realidad no es como es, sino como se cuenta.
Es cierto, las cacerolas sólo suenan cuando a ese ciudadano medio le tocan el bolsillo, hoy y ahora. Esto no quise creerlo en 2001; pero en 2012 tengo que rendirme a la evidencia: sólo cuando vimos amenazados nuestros ahorros con el "corralito" (2001), cuando nos manotearon el fruto del trabajo más allá de lo tolerable (2008), o sentimos carcomidos nuestros ingresos por la inflación y las arbitrariedades del gobierno (2012) salimos a batir cacerolas y a protestar. Sin embargo, nada dijimos cuando este mismo "proyecto" cobijó casos escandalosos de corrupción, ni cuando aprobó leyes aberrantes ("matrimonio igualitario", "identidad de género"...) que comprometen el futuro de nuestras familias y nuestra sociedad, ni cuando se alzó con empresas privatizadas con la excusa de su "recuperación", para poder usarlas como botín político y que todo siguiera igual (Correo Argentino, AySA, Aerolíneas, YPF...), ni cuando pisotearon la Constitución para mantener encarceladas a centenares de personas sin juzgarlas o para echar al Presidente del Banco Central porque no se alineaba, ni cuando prorrogaron ad infinitum las leyes de emergencia para poder seguir usando discrecionalmente del poder, ni cuando la desidia burocrática mató gente, y ni siquiera cuando se embolsaron los activos fideicomitidos de nuestras jubilaciones sin indemnizarnos (total, para jubilarse falta, ¿verdad?).
Volviendo a Tocqueville, es evidente que la clase media no está hecha para las revoluciones. Por eso la izquierda "progre" la odia, se burla de ella y de sus cacerolas. Pero, si bien a la crítica de esa "reacción burguesa" que representa el "cacerolazo" no le faltan argumentos válidos, también es cierto que trasluce cierto resentimiento contra movilizaciones que no necesitan armarse (como sí necesitan las de los partidos políticos) ni financiarse (como si les hace falta a las del Gobierno) y que demuestran palmariamente el agotamiento de nuestro sistema político, que no ofrece alternativas reales (en ideas y en poder) a la arbitrariedad actualmente gobernante.
Puede ser que las cacerolas ya estén gastadas. Pero si siguen sonando es porque un sector cada vez mayor de la sociedad no encuentra en la oposición política un intérprete válido de sus demandas.
Quienes nos dedicamos a la política, en lugar de hablar de las cacerolas, deberíamos reflexionar sobre qué representamos para sus portadores.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Aborto: oscurantismo vs. razón

El "tema" del aborto es uno de los parámetros más importantes para medir la madurez de nuestra cultura.
¿Por qué?
La madurez consiste en la capacidad de juzgar rectamente la realidad y obrar responsablemente en consecuencia. Supone la humildad de aceptar la realidad como es y no como nos gustaría y el rechazo de la pretensión soberbia de disfrazar tal realidad para acomodarla a la propia conveniencia; soberbia esta que se relaciona con la búsqueda de eludir las consecuencias de aquella realidad, esto es, con la irresponsabilidad.
En la cuestión del aborto provocado, como en pocas, se enfrentan las conveniencias personales con la realidad de manera tan radical que el juicio ético exige una honestidad intelectual y vital completas, que nos lleven a aceptar la realidad como es y a obrar en consecuencia, aún a costa de los personales -y, a veces, mezquinos- intereses.

Los argumentos a favor de la defensa de la vida humana contra cualquier forma de aborto voluntario son, cada vez más, confirmados por la ciencia. No son, como podía pensarse hace siglos, una cuestión de fe, de pura moral religiosa, sino una "cuestión de microscopio".
Desde que se descubrió el ADN, sabemos que el embrión tiene un ser y una vida distintos de los de su madre desde el momento mismo de la unión del espermatozoide con el óvulo. Tan distintos, que su ADN es diverso del de su madre; su carga genética es completamente distinta y, además, suficiente para desarrollarse como "otro" individuo respecto de aquélla. Esta evidencia científica desmiente el mito de que disponer del embrión (o del feto) sea disponer del propio cuerpo de la madre, y que abortarlo sea equivalente a extirpar las amígdalas o el apéndice: podía creerse semejante cosa antes de saber del ADN; hoy no puede seriamente sostenerse. Argumentos pro-aborto como el de que las mujeres deben tener derecho a "decidir sobre su propio cuerpo" quedan convertidos en muletillas vacías frente a esta evidencia. El embrión es "otro" respecto de la madre; decidir sobre él es decidir sobre el cuerpo (y sobre la vida) de otro, bien distinto de ella.

Ahora bien, los argumentos abortistas han apuntado, entonces, a elucubraciones tales como la de evitar, mediante la legalización, que una cantidad de mujeres (siempre aludida como grande, obviamente, aunque carezca de suficiente respaldo estadístico) muera en abortos clandestinos.
Pero tales argumentos son sofismas, porque parten de la premisa, improbable, de que el aborto es un recurso absolutamente necesario y único para esas mujeres que terminan muriendo en la clandestinidad. ¿No hay alternativa al aborto para ellas? En efecto, quienes así razonan omiten la posibilidad de que, para no recurrir a la clandestinidad, tales mujeres no aborten. Con el mismo criterio, podría proponerse que, para que no mueran tal cantidad de personas en asaltos, en lugar de evitarlos habría que legalizar el robo.
Y esto dicho al margen de la mala fe que, en la denuncia de esas supuestas cantidades de mujeres que mueren en abortos clandestinos, han reconocido varios ex abortistas arrepentidos, como el Dr. Nathanson o la misma Norma L. McCorvey, protagonista del leading case de la legalización del aborto en Estados Unidos (el caso "Roe v. Wade").
Este pseudoargumento, casi pueril, pretende revertir la visión negativa respecto del aborto provocado, mostrándolo como una respuesta "humanista" orientada a "salvar vidas". Pero si la vida que hay en la embarazada es distinta que la de ella, y esto es -repito- evidencia científica, en cada aborto siempre es eliminada una vida humana; si la madre también muere, serán dos. Ahora bien, si a la madre se la convence de no abortar, se salvarán las dos vidas. ¿Cómo puede proponerse racionalmente como solución la eliminación de una vida humana?

Pero, entonces, el abortismo contraataca y pone en tela de duda que "eso" que la mujer lleva en su seno sea una persona "sujeto de derechos", un "alguien" que merezca ser protegido. El argumento está reforzado por la panoplia de eufemismos que utilizan sus propulsores: ya no hablamos de "aborto" (porque eso supondría abortar a "alguien"), sino de "interrupción del embarazo" (el único "alguien" sería la madre); y ni siquiera hablamos de "embrión" o "feto" (que hacen referencia a una vida humana), sino de "producto" (una cosa, de la que puede prescindirse).
Claro que no hay abortista en la tierra que tenga un "personómetro" con el cual determinar que un ser humano en gestación no es persona sino a partir de tal o cual mes de gestación, o que justifique por qué si es producto de una violación no es persona y sí lo sería si fuese querido por sus padres.
Emparentado con este argumento está el de la dependencia de ese "otro" gestado en el útero respecto de la madre: si depende absolutamente de la madre no puede ser persona, se afirma. Pero, entonces, el recién nacido tampoco lo es, en tanto depende absolutamente del cuidado de sus mayores para sobrevivir. Como tampoco lo sería, extremando tal argumento, un astronauta haciendo una caminata espacial, en cuanto depende absolutamente de su nave.
La pretensión de separar a la "persona" de la "vida humana" individual resulta siempre arbitraria. Tan arbitraria que no faltan ejemplos en la historia reciente en los que mayorías circunstanciales decidieron que los seres humanos de tal raza o condición no eran personas o no merecían ser tratadas como tales. Los abortistas se escandalizan de que se los incluya en estas comparaciones, pero su actitud no puede desmentirlas.
No hay embrión humano que llegue a ser, si ninguna circunstancia exterior se lo impide, un ser humano adulto: nunca será un pato, ni un perro, ni una ballena, ni una cucaracha, ni un árbol. Podrá ser mujer o varón, más lindo o más feo, más inteligente o más retrasado, más sano o más enfermo; pero no hay razones ni evidencia científica alguna que demuestre que ese ser distinto de la madre que se gesta en su útero sea otra cosa que un ser humano. Y no hay ser humano que no merezca, por su sola condición de ser humano, el respeto de sus derechos básicos. Y de estos derechos, resulta ovbio, la vida es el primero, por cuanto le permite el ejercicio de la libertad y de todos los demás. ¿Quién puede, en justicia, privar a un ser humano en cualquier estadio de su desarrollo, dentro o fuera del útero, del primero de sus derechos? Si hoy en día la condena a muerte para los más abyectos criminales está en retroceso en las sociedades consideradas "civilizadas", ¿cómo es que se encuentran siempre nuevas excusas para segar la vida humana inocente?
 A estas objeciones al discurso abortista se le agrega la que resulta del progreso de la medicina neonatal, que hace que cada vez se salven chicos en meses más tempranos de gestación. ¿Qué es lo que hace que un bebe prematuro de cinco meses sea "persona" y un feto de cinco meses no lo sea? ¿Qué diferencia esencial existe entre uno y otro? ¡Tan peligroso es estar adentro del útero materno!

Los partidarios del aborto que perciben estas limitaciones argumentales apuntan entonces a la emoción del caso extremo: las pobres chicas violadas, las madres de familia numerosa que no pueden mantener a sus hijos, los embarazos adolescentes...
Resulta curioso que muchos de esos "argumentadores emocionales" se escandalicen cuando alguien muestra las horrendas imágenes de los abortos provocados y señalen a los defensores de la vida acusándolos de querer asustar con "golpes bajos" -dicho sea al pasar: también serían, con ese criterio, "golpes bajos" la difusión de imágenes de la Shoah, tan necesaria para evitar que en el mundo se repita la barbarie-. Pero, mientras la ilustración de lo que implica el aborto refuerza el argumento central en favor de la defensa de la vida humana, el recurso emocional abortista distrae la discusión con temas que pueden ser importantes en su individualidad, pero que, en perspectiva, son secundarios respecto del aborto.
En efecto, la violación se combate persiguiendo a los violadores, las familias numerosas necesitan asistencia para progresar, los embarazos adolescentes se previenen con educación en la responsabilidad y en el amor; y así, siguiendo. Pero condenar al exterminio a una vida humana por haber sido originada en una violación, o pretendiendo solucionar los problemas de las madres pobres o adolescentes, sólo agrega -y esto es experiencia común- un problema más a las madres abortantes, un trauma del que jamás se recuperan y del que nunca las previenen los promotores del aborto, que por lo general se muestran más preocupados por imponer esta "solución" que por solucionar verdaderamente el problema de nadie.
Por otro lado, extremando estos argumentos "humanitarios" de los abortistas se llegaría a algunas conclusiones curiosas -por usar un eufemismo-: por ejemplo, que la pobreza se solucionaría, desde su perspectiva, evitando que nazcan más pobres.
Sólo perdiendo de vista la cuestión central (si estamos o no abortando a un ser humano) puede perderse el tiempo discutiendo acerca de la relación entre pobreza y maternidad, o de la ahora llamada "violencia de género", o del problema del embarazo adolescente, y sobre sus causas, dimensiones, consecuencias y proyecciones varias. Y digo perder el tiempo porque resulta evidente, a poco que se reflexione, que ninguno de los problemas que pueda padecer una mujer en tales circunstancias equivale o es comparable a la aniquilación de una vida humana. Más aún: la experiencia indica que, por el contrario, es la vida humana naciente la que ayuda, junto con la contención apropiada, a cualquier mujer a superar semejantes traumas.

Sin embargo, la ofensiva abortista continúa. A pesar de contradecir la creciente evidencia científica. A pesar de no haber representado nunca una solución, en ninguno de los países que legalizaron el aborto, sino generando nuevos problemas. A pesar de repugnar el más elemental instinto natural. A pesar de contarse por miríadas los arrepentidos ex abortistas pasados al "bando" pro vida. A pesar de contradecir el más elemental sentido común.

Es especialmente contradictoria la pretensión supuestamente feminista de que la prohibición del aborto es una imposición machista. Aparte de que los abortados pueden ser tanto varones como mujeres, el aborto resulta, en realidad, una conquista más del machismo, que puede utilizar e instrumentalizar aún más a la mujer, ahora sin el riego de las consecuencias de dicho abuso (aniquilables mediante el aborto) y sin tener siquiera que soportar el trauma de tal aniquilación, que es y será siempre un problema de la mujer.

Pero la más trillada de las acusaciones abortistas hacia los pro vida es que se trata de una posición religiosa, que no puede ser impuesta a los demás. Es la más trillada y la más fácil: si se trata de una cuestión religiosa, ésta no puede ser impuesta en forma universal, y se terminó la discusión. Se autoeximen así los abortistas de tener que razonar en profundidad acerca de la justificación de su postura.
Es cierto que las religiones en general -especialmente los cristianos, con la Iglesia Católica al frente- defienden la vida humana naciente (sería preocupante que no lo hicieran). También es cierto que no todas lo hacen con la misma radicalidad que la Iglesia, y que ésta ha ido "depurando" los motivos de su condena con el correr de los siglos. Pero cuando alguien me dice que Santo Tomás de Aquino no condenaba el aborto, le recuerdo que él no supo de la existencia del ADN; argumentó racionalmente según el estado de la ciencia de su época. La Iglesia, a diferencia de los abortistas, ha ido recibiendo y aplicando el progreso de la investigación científica para dar a sus posiciones un fundamento cada vez más sólido desde el punto de vista puramente natural y universal; quien afirme lo contrario -lo desafío- no ha leído los documentos pontificios al respecto.
A la luz de lo que venimos diciendo, por el contrario, el oscurantismo está del lado de los abortistas, no de los pro vida. Son éstos, y no aquéllos quienes tienen argumentos más sólidos y racionales desde el punto de vista de la ciencia pura y dura. Es el abortismo el que, careciendo de racionalidad, recurre al dogma ideológico, a la consigna vacía ("aborto legal para no morir"), a la confrontación política y la imposición de mayorías circunstanciales que tapen, distraigan o minimicen la pobreza argumental de su posición.

Es cierto que la buena fe se presume y que la mala fe debe ser probada. Pero no deja de resultar sospechoso que, existiendo soluciones verdaderas -múltiples, menos traumáticas e incruentas- a los problemas que se publicitan como "solucionables" con el aborto, sus partidarios se empecinen en imponerlo a toda costa. Resulta llamativo que, en cuanto se argumenta racional y científicamente a favor de la vida humana naciente, se busque imponer un discurso ideológico. De varias fuentes distintas he podido saber que en un foro armado para imponer la agenda abortista, el llamado Encuentro Nacional de Mujeres, se recurre no sólo a la vociferación ideológica ("acá no queremos argumentos filosóficos ni científicos, queremos votar el aborto", sic), sino también a toda clase de abusos y violencias (hasta físicas) para evitar que las "infiltradas" pro vida (que cada vez son más) "arruinen" el discurso que se quiere imponer. Es sugestivo que se bata el parche en los medios con casos aberrantes de embarazos producto de violaciones y, en lugar de reclamar el castigo de los violadores, lo primero que se reclama es la eliminación del hijo.
La experiencia demuestra que hay quien está a favor del aborto por interés, hay quien lo está para acallar su propia conciencia, hay quien lo está por seguir la consigna ideológica que no acepta razones en contrario, hay quien lo está, también, por ignorancia. Pero siempre y en todos los casos, quien está a favor del aborto es porque no se ha puesto a pensar y a reflexionar lo suficiente en el tema.
A la vista de esto, ¿quién es el oscurantista? ¿quién es el que apela a la razón?
No sé si somos la única especie que aniquila a sus crías. Sí sé que somos, en cualquier caso, la especie que menos excusas tiene para hacerlo.