Recientemente, un profesor de uno de mis hijos les dio para leer Las venas abiertas de América Latina, del periodista uruguayo Eduardo Galeano.
El libro, una suerte de "biblia" del progresismo tercermundista, resulta ser un compendio de todos los lugares comunes de la "leyenda negra" de la conquista de América y toda la saga de interpretaciones históricas del "antiimperialismo". Según este relato, la culpa del atraso latinoamericano en el concierto de las naciones no la tienen los latinoamericanos en modo ni proporción alguna, sino pura y exclusivamente España, la Iglesia, los Estados Unidos, las potencias europeas, los grandes grupos económicos, y las dirigencias impuestas o infiltradas por aquellos "siniestros poderes" a lo largo de los últimos 500 años.
Debe reconocerse que, para el lector poco exigente, Las venas... cierra perfectamente. Como también cierra, lógicamente, para los marxistas en general, cuyo discurso dialéctico se ve perfectamente reflejado a lo largo del libro. Fue justamente en el auge del marxismo en Latinoamérica, entre los 60 y los 70, que se escribió el libro y su posterior adenda del propio autor (1971-1978).
Claro que, a poco que se hurgue con algo de rigor en la historia y se consulten otras fuentes, se empiezan a descubrir las inconsistencias de la visión de Galeano, la falta de respaldo suficiente de su investigación y la fuerte intencionalidad de sus interpretaciones. Galeano no parece haber ido a buscar la verdad de la historia, sino a relatar una historia que fuera funcional a los postulados ideológicos que sostiene. En una palabra: falta comprobación de hechos y sobra ideología.
Quizás el mayor mentís que puede recibir el libro es la situación actual de América Latina, en la que no son los países influidos por el marxismo los que aprovechan las oportunidades que ofrece la crisis económica en el mundo desarrollado, sino aquellos que han ido abriendo su propio camino en la economía de mercado, con Brasil y México a la cabeza.
Pero lo que me preocupa no es el libro, de lectura obligatoria en los círculos "progres" y que me obliga a una charla con mi hijo y una entrevista con sus profesores, sino la liviandad cultural con la que se lo acepta "universalmente". Me explico: no quise comprarlo -no tengo interés en pagar por una obra cuyas ideas no comparto y que, además, ni siquiera tiene el fuste filosófico que podría tener, por ejemplo, "El Capital" de Marx- y me puse a buscarlo publicado en algún lado en Internet. Me llamó la atención la cantidad de artículos y comentarios positivos hacia el libro, y la dificultad consiguiente de encontrar análisis críticos; pero más me llamó la atención que los comentarios positivos no vinieran de gente que ponderaba el libro entre otras obras similares, sino de quienes, no habiendo leído nada de historia latinoamericana, consumieron alegremente el libro de Galeano e hicieron propias, de manera acrítica, sus consideraciones y conclusiones. Más aún: esta reacción no sólo se da entre militantes "progres", sino también entre quienes, supuestamente, sostienen ideas diversas o incluso opuestas al marxismo, que asimilan así dogmas sin otro fundamento que la falta de lecturas mejores que la de Galeano.
Es esta ligereza y falta de análisis crítico imperante en todo el mundo la que le ha permitido al marxismo, pese a perder la batalla económica, ganar la batalla cultural. El autotitulado "progresismo" no es más que una versión light de los postulados marxistas, comenzando por la imposición del materialismo como única opción válida del pensamiento científico, pasando por la concepción dialéctica de la historia y terminando en la generalización de un individualismo existencialista más cercano a Sartre que a Kierkegaard. Los "progres" han dictado e impuesto el canon de lo "políticamente correcto" en nuestro tiempo; un canon que no puede contradecirse sin peligro de ser tildado de medieval, reaccionario, derechista o, incluso, nazi, por muy fundamentada que esté la opinión crítica.
Gramsci tenía razón. Hoy no hay político que, antes de emitir una opinión que siquiera se insinúe como contraria al "canon progre", no la preceda de un montón de salvedades, como pidiendo perdón por parecer políticamente incorrecto. Es patético ver que se critican algunos corolarios del "progresismo" pretendiendo que no son verdadera o suficientemente "progresistas". Pareciera ser que "progresistas somos todos" y que nadie quiere quedar al margen u opuesto al "canon".
Y casi nadie lo ve. Vivimos en una suerte de "matrix progre" -con frase genial del periodista español J. M. de Prada- de la que somos incapaces de escapar.
¿Por qué no nos animamos? ¿Por qué no decimos: "¡No! No acepto el canon progresista. Me resisto a ser cabra de ese rebaño"? Quizás nos falta más rigor en nuestro análisis. Quizás nos falta más -y verdadero- espíritu crítico frente a los postulados de la ideología.
Es curioso que en una época en la que se duda de los dogmas religiosos (que se creen porque se atribuyen a Dios), se acepte con tanta facilidad y sin más los dogmas ideológicos (que se creen porque... ¡lo dijo Fulano!).
Si no rompemos esa inercia, si no nos decidimos a despertar del sueño intelectual en el que nos tiene sumidos la "matrix progre", no podremos nunca ser realmente libres; porque para ser libres hace falta conocer la verdad o, por lo menos, poder buscarla sin cortapisas ni prejuicios. Y si no somos libres, no podemos ser humanos, no podemos realizarnos.
Hasta entonces, hasta que sometamos al "canon progresista" al duro banco de pruebas de una rigurosa crítica científica y filosófica (la recta razón, dirían los clásicos), aunque pasen las modas, las ideologías, los gobiernos y los dirigentes, una revolución... la verdadera revolución estará pendiente.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
martes, 28 de agosto de 2012
miércoles, 8 de agosto de 2012
¡Qué fácil es criticar a Roca!
Recuerdo siempre esta anécdota.
Un mayordomo del campo de Roca en Córdoba, de origen indígena, descendiente de un noble clan comechingón, tenía una gran lealtad por su patrón. Lealtad que llegaba a la devoción, y que hoy contradiría los clisés del discurso “progre”, pero que en aquella época era normal en un trabajador que se sentía reconocido y apreciado por su trabajo.
Devoción que supo transmitir a su hijo, quien se casó con una cocinera catalana, según entiendo también criada en la hacienda de Roca.
Fue justamente esta cocinera quien, al nacer uno de sus nietos (el primero hijo de su hijo mayor) sentenció, con el asentimiento de su marido: “Tiene que llamarse Julio, por don Julio Argentino Roca”.
Era el 10 de julio de 1941, fecha en que nació Julio Alberto Tulián, mi padre.
Quienes critican a Roca lo hacen desde el prisma ideológico de quien no ve —o no quiere ver, porque no le conviene— el legado de un presidente que, con sus virtudes y defectos, terminó de organizar la Nación y la condujo en la culminación del mayor ciclo ascendente de desarrollo que conociera la República. Alguien que tuvo suficiente valor para encabezar la incorporación a la Argentina de vastos territorios de los que hoy nos enorgullecemos y que (oh, paradoja) llegaron a dar al país presidentes que hoy repudian a aquel prócer. Alguien que tuvo la suficiente astucia para mantener el orden político hasta su maduración con la Ley Sáenz Peña (quien fuera su sucesor). Alguien que tuvo la suficiente lucidez para impulsar reformas que fundaron el Estado argentino moderno, que hoy está depredado. Alguien que pudo ver, al terminar su mandato, a la Argentina convertida en la séptima potencia mundial, en un país de oportunidades para millones de criollos e inmigrantes.
Lo pintan como un genocida quienes no saben historia, quienes gustan de repetir consignas en lugar de estudiar realidades, quienes no piensan en construir la Argentina, sino en conservar el odio.
Ellos no conocieron a los Tulián que trabajaron en el campo de Roca, no conocieron al tatarabuelo Gregorio, ni a los bisabuelos Vicente y Manuela, ni supieron de la gratitud de esa gente sencilla, que no veía al monstruo que nos quieren fabular, sino al patrón que conocieron en persona.
Vaya para don Julio Argentin Roca mi desagravio; para aquéllos, mis ancestros, mi homenaje; y para los odiadores de turno, mi consejo de que estudien sin prejuicios. Solo así se puede encontrar la verdad.
Y solo la verdad nos hace libres.
Un mayordomo del campo de Roca en Córdoba, de origen indígena, descendiente de un noble clan comechingón, tenía una gran lealtad por su patrón. Lealtad que llegaba a la devoción, y que hoy contradiría los clisés del discurso “progre”, pero que en aquella época era normal en un trabajador que se sentía reconocido y apreciado por su trabajo.
Devoción que supo transmitir a su hijo, quien se casó con una cocinera catalana, según entiendo también criada en la hacienda de Roca.
Fue justamente esta cocinera quien, al nacer uno de sus nietos (el primero hijo de su hijo mayor) sentenció, con el asentimiento de su marido: “Tiene que llamarse Julio, por don Julio Argentino Roca”.
Era el 10 de julio de 1941, fecha en que nació Julio Alberto Tulián, mi padre.
Quienes critican a Roca lo hacen desde el prisma ideológico de quien no ve —o no quiere ver, porque no le conviene— el legado de un presidente que, con sus virtudes y defectos, terminó de organizar la Nación y la condujo en la culminación del mayor ciclo ascendente de desarrollo que conociera la República. Alguien que tuvo suficiente valor para encabezar la incorporación a la Argentina de vastos territorios de los que hoy nos enorgullecemos y que (oh, paradoja) llegaron a dar al país presidentes que hoy repudian a aquel prócer. Alguien que tuvo la suficiente astucia para mantener el orden político hasta su maduración con la Ley Sáenz Peña (quien fuera su sucesor). Alguien que tuvo la suficiente lucidez para impulsar reformas que fundaron el Estado argentino moderno, que hoy está depredado. Alguien que pudo ver, al terminar su mandato, a la Argentina convertida en la séptima potencia mundial, en un país de oportunidades para millones de criollos e inmigrantes.
Lo pintan como un genocida quienes no saben historia, quienes gustan de repetir consignas en lugar de estudiar realidades, quienes no piensan en construir la Argentina, sino en conservar el odio.
Ellos no conocieron a los Tulián que trabajaron en el campo de Roca, no conocieron al tatarabuelo Gregorio, ni a los bisabuelos Vicente y Manuela, ni supieron de la gratitud de esa gente sencilla, que no veía al monstruo que nos quieren fabular, sino al patrón que conocieron en persona.
Vaya para don Julio Argentin Roca mi desagravio; para aquéllos, mis ancestros, mi homenaje; y para los odiadores de turno, mi consejo de que estudien sin prejuicios. Solo así se puede encontrar la verdad.
Y solo la verdad nos hace libres.
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