Alguno me pregunta: ¿Dónde está Dios?
El mundo se vuelve más cruel cuanto más se aleja de Dios.
Mejor sería preguntar a dónde fue que lo echamos.
No culpemos a Dios de la maldad.
Él nos hizo libres, y con nuestra libertad podemos hacer el bien, o el mal. Él prefiere dejarnos obrar las aberraciones más grandes antes que forzarnos a hacer el más mínimo bien. Quiere que lo amemos libremente, no nos obliga; aunque esto suponga correr el riesgo de que lo rechacemos. Por eso no podemos separar nuestra libertad de nuestra responsabilidad.
No culpemos a Dios de nuestras miserias. Somos nosotros los que, con el fanatismo, con la guerra, con el odio, con la indiferencia, matamos a Aylan. Somos nosotros los que nos olvidamos del mandamiento divino del amor.
Dios, en su Providencia, se sirve hasta de las mayores atrocidades para sacar bienes: quizás el sacrificio de Aylan sirva para remover las conciencias de Europa y de sus líderes para que no haya más refugiados muertos; quizás se conmuevan nuestros corazones para ayudar, cada uno en la medida de sus posibilidades, a quienes huyen de la miseria, la guerra y la persecución. El cielo de Aylan será seguramente más hermoso que el nuestro, si llegamos; y no llegaremos si no aprendemos la lección que su muerte encierra.
Dios, en su Misericordia, perdona al que se arrepiente de corazón, por grande que sea el mal que haya cometido. Por eso Francisco impulsa un jubileo de la misericordia, para convertirnos, para pedir perdón, para volver a Dios.
Porque también Dios nos juzgará... a todos.

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