Recuerdo que, al empezar el ingreso a la facultad (hace 28 años), nos pidieron que leyéramos "Farenheit 451" de R. Bradbury. En esta novela se plantea lo que hoy llamaríamos una "distopía": la sociedad mediatizada, abocada al entretenimiento, y los libros como una especie en extinción; más: como una especie perseguida, porque los bomberos, no pudiendo apagar el fuego de los edificios (todos ignífugos), están dedicados a quemar libros, porque éstos hacen sufrir a la gente. Precisamente la historia gira en torno a un bombero, Guy Montag, que, a partir de ciertas experiencias, empieza a reflexionar acerca del sentido de lo que hace.
Nos hicieron leer este libro, decía, por ser una interesante mirada de atención sobre el proceso de "superficialización" de las masas. Hoy hablaríamos, en la Argentina, de "tinellización". En aquel entonces devoré el libro, que me pareció en cierto modo profético.
Hoy leía un brillante artículo de E. Valiente Noailles en La Nación, en el que el autor plantea que la mayoría de la sociedad argentina parece no tolerar la verdad. Se refería, concretamente, a la aparición de los principales precandidatos presidenciales en el programa de Tinelli, y de como el discurso político ha sido reemplazado, modernamente, por la apariencia mediática; no tanto como una estrategia de marketing de los candidatos, cuanto por una real demanda del público, que parecería preferir tener anestesiado su intelecto antes que enfrentar la realidad.
Inmediatamente me evocó el libro de Bradbury, en el que Montag tenía tres paredes de su sala de estar cubiertas por la televisión, y la mayor aspiración de su mujer, Mildred, era completarla en la cuarta pared. Obsesionadas por el circo televisivo, que trivializa hasta lo más sagrado, Mildred y sus amigas charlan acerca de cuál sería el mejor candidato para las próximas elecciones, de acuerdo a si es más o menos buen mozo, sin importar lo que tenga para decir o aportar. Los hombres del tiempo de Montag viven sumergidos en una liviandad intelectual de tal magnitud, que les impide ver la amenaza real e inminente de una ominosa guerra que arrasará con todo.
Si hace casi treinta años este libro me pareció profético, ahora me resulta pavorosamente actual: candidatos más pendientes de la imagen que de las propuestas, opinión pública incapaz de sostener reclamaciones más allá de la emoción del momento, medios masivos aprovechando sin escrúpulos la sed de circo de la audiencia, y una inconfesable necesidad general de evadirnos de la realidad.
¿Vivimos, también nosotros, mediatizados hasta la estupidez?
No hay comentarios:
Publicar un comentario