¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Justificar la violencia

Hace poco vi el primer análisis original en torno a la desaparición de Santiago Maldonado, hecho por C. Pagni en su programa Odisea Argentina. Digo original, porque no se agota en echarle la culpa al gobierno de la desaparición o en intentar exculparlo de ella, sino que aprecia con más perspectiva y más objetivamente lo que se sabe hasta ahora del episodio, los errores políticos que ha cometido el gobierno en el manejo del tema, y las consecuencias que, tras las elecciones, tendrá el caso Maldonado, sobre todo en la actitud que adoptará la oposición y, en particular, el kirchnerismo.

A esta altura de los acontecimientos, lo mejor que podría pasarle al gobierno es que Maldonado apareciera, aun si estuviera muerto, para evitar que la prolongación de la incertidumbre siga siendo pasto de la macabra especulación política que ha existido alrededor del caso hasta ahora. Más aún: si realmente fue responsabilidad de la Gendarmería, como afirma la oposición, le convendría al gobierno que ello se aclarara lo antes posible, para tener como deslindar responsabilidades y poder hacer “control de daños” políticos.
Sin embargo y aún mediando una patética falta de reflejos en los funcionarios a cargo del asunto, el caso Maldonado no mellará (salvo que su cuerpo aparezca en algún armario de la Casa Rosada) la muy probable victoria de la coalición gobernante en las elecciones de octubre, aún en la provincia de Buenos Aires. Mal que le pese a la militancia kirchnerista, su sobreactuación en el caso ha sido tan burda, que ha terminado de convertir la desaparición de Maldonado en una cuestión política partidaria más, que no resta votos al gobierno como no suma para la oposición. No faltan, incluso, los que se preguntan si seguirá habiendo el mismo ardor para reclamar si en octubre perdiera la ex Presidenta Cristina Fernández la elección para senadores. La mezquindad política a la hora de adoptar causas que, en principio, podrían ser nobles, termina por depreciarlas y convertirlas en pura campaña.

Pero no es esto lo preocupante del asunto.
Lo que más debiera encender las alarmas es la utilización del caso Maldonado como coartada para incitar a la violencia. Se llenó Twitter de fulanos llamando a responder al “gobierno represor” con las vías de hecho: ganar la calle, voltear al gobierno, ¡armarse para combatirlo! Tampoco faltaron los que, con una liviandad que asusta, afirman que “hay que matarlos a todos”, refiriéndose al grupo terrorista RAM, a los kirchneristas, a los mapuches, a los “zurdos”, o a quien fuera que esté atrás de todo esto.
La izquierda en general, y el kirchnerismo en particular (partiendo de su candidata más mentada), debieran saber mejor que nadie cómo terminan las incitaciones a la violencia: una espiral que se sabe cómo empieza, pero no cómo termina, y en la que todos terminan convencidos de que el fin justifica los medios. Quisiera pensar que no es eso, precisamente, lo que pretenden: volver a lo peor de los años '70. Aunque el desprecio que algunos manifiestan, en forma expresa, por las instituciones da para pensar que la impotencia frente a los resultados electorales adversos los lleva a querer hacer volar el país por los aires.
Por otro lado, quienes se sitúan en la vereda de enfrente del relato izquierdista debieran evitar caer en la provocación en la que cayeron nuestros abuelos, cuando hace 40 años pretendieron combatir la violencia con la misma violencia. No es ingenuo pensar que la mayoría del pueblo es pacífica, por lo que no cabe entrar en el juego del terror y sí apostar a que los argentinos podemos superar definitivamente el pasado con la ley en la mano. Aunque sea difícil. Aunque lleve tiempo.

Dios quiera que sea la prudencia termine por ganar la batalla política.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Cuitas (I)

Pasarán las elecciones de este año. Muy probablemente, veremos un triunfo del gobierno en los principales distritos del país, que significará un aval importantísimo para sus políticas de cara a los próximos dos años.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.

No. No me refiero a esto.

Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.

Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.

En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.

Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.

viernes, 7 de abril de 2017

Sembradores de odio

Hay "simientes" peligrosas en el ánimo de cualquier sociedad: sentimientos, tendencias, paradigmas, que, lejos de ayudar a su cohesión y progreso, contribuyen a su disolución. Quienes tienen la responsabilidad de dirigir a la sociedad deberían saber detectar estas simientes y atacarlas en la primera oportunidad; toda mala hierba es más difícil de erradicar cuanto más se la deja crecer.
El odio es, quizás, la más peligrosa de estas simientes. Sus efectos disolventes son portentosos: no ha habido guerra civil en la historia que no estuviera precedida de la proliferación de esta mala hierba: el odio cultural, de clase, religioso, racial... Siempre contradiciendo a sus propios cultores: quienes se dejan ganar por el odio, no sólo se rebajan a sí mismos; también deprecian los valores que dicen defender.
También el odio ha estado en el origen de todas las tiranías y totalitarismos. De todos los colores y sentidos. El siglo XX fue prolífico en odios de clase o de raza que terminaron en sangrientos regímenes políticos, muchos de los cuales se resisten a morir. El siglo actual asiste a un revivir del "odio religioso" (por contradictoria que resulte su sola enunciación) por parte de grupos fundamentalistas que asuelan el Medio Oriente y África.
Pero el odio no es unidireccional, y sus propiedades disolventes derivan justamente de su capacidad de generar odio en sus destinatarios. Es difícil para quien es odiado no terminar odiando a quien le odia. Instintivamente, el hombre considera que es de justicia devolver odio por odio; y esta "justificación del odio" potencia la hostilidad en forma ilimitada. La historia es también testigo de esta tendencia secular.
La Ley del Talión (bíblica, pero también propia de otras legislaciones del oriente semita) significó en su momento un avance jurídico importantísimo: reemplazó con la fórmula "ojo por ojo, diente por diente" la lógica de la retorsión infinita ("ojo por ojo por ojo por ojo..."). Fórmula que fue superada por otra lógica aún superior, la de poner la otra mejilla y hacer el bien a quien nos hace mal, sintetizada en el amor al prójimo como a uno mismo o, mejor, como nos ama el mismo Dios.
La historia del cristianismo demuestra, también, que esta lógica del amor al prójimo, diametralmente opuesta a la del odio, aun siendo la única viable para la realización del hombre, resulta sumamente ardua, y no solo en las situaciones límites, sino también en el día a día. El odio sigue siendo una amenaza latente detrás de cada debilidad humana.
Nuestra sensibilidad occidental moderna, tributaria (quiéralo o no) de un cristianismo subconsciente, se escandaliza de la lógica de la venganza impulsada por el odio. Pero esa debilidad de la que venimos hablando sume a nuestra sociedad en la contradicción de hacer, muchas veces, lo contrario de lo que predica: odiar y fomentar el odio, quizás de formas que no son siempre del todo explícitas. Así, hay ideologías que, modernamente, han "canonizado" al odio: no solo lo consideran necesario, sino hasta bueno. El odio de clase ha sido expresamente ponderado por no pocos "revolucionarios", razón por la cual sus revoluciones terminando dividiendo a sus sociedades más de lo que las beneficiaron. También las hay que, en su mesianismo, consideran al disenso como una señal de odio que debe ser contestada con más odio, generando esa espiral perniciosa de la que venimos hablando.

Fruto de este odio ideológico son ciertas manifestaciones recientes de algunos referentes opositores, dirigidas expresamente a instalar que la cohesión social, el diálogo, la colaboración dentro de las instituciones democráticas y otras prácticas que a nuestra civilización aún le cuesta terminar de hacer propias, son vistos como signo de debilidad, de engaño, de "buenismo" que sólo favorece la dominación de aquellos a quienes se debe odiar por atribuírseles un odio primero: los ricos, los oligarcas, las corporaciones, los patrones, las potencias extranjeras, los varones,...
Lo peor es que esos odios generan otros, al sentirse sus destinatarios justificados a devolver mal por mal. Así, el ánimo de exterminio se vuelve contra los odiadores, que ven autocumplida su propia profecía: de tanto anunciar cuánto los odian, terminan siendo efectivamente odiados.

Será un desafío para la construcción de nuestra Argentina la superación de esta lógica del odio. Y no basta con proclamar la buena voluntad del diálogo sincero y de buena fe. Hace falta un ejercicio constante de ponerse por encima de la agresión del otro; por entender la justicia no como el devolver mal por mal, sino como el modo de repartir bienes entre todos.
Es una tarea de alta política, que nos compete a todos, cada uno desde su lugar. No buscar el exterminio de los sembradores del odio, sino el borrar el rastro inmundo de su mala siembra con acciones positivas que, como decía aquel santo, ahoguen el mal en abundancia de bien.
¿Estaremos a la altura?

martes, 21 de marzo de 2017

¿#1A?

Recientemente viene circulando una convocatoria en las redes para el próximo 1 de abril, a las 18, en defensa de la democracia y del gobierno nacional, frente a lo que se entiende como un intento desestabilizador por parte de cierto sector del sindicalismo, la izquierda y, particularmente, el kirchnerismo, manifestado en la huelga docente que se prolonga en la provincia de Buenos Aires, el paro nacional convocado para el 6 de abril y las maniobras permanentemente "esmerilantes" de un sector de la oposición que se expresa decidido a impedir que el presidente Macri termine su mandato.
Si bien desde el gobierno y desde la coalición oficialista han aclarado que ellos no impulsna la convocatoria, algunos periodistas se han hecho eco de ella, y el propio Presidente ha manifestado que le parece bien que la gente se exprese. A esto se agrega la insistencia por parte de algunos periodistas, a veces con no muy claras intenciones, acerca de la generación de un "clima destituyente" contra el gobierno nacional.
No faltan tampoco, sin embargo, los que ven en esta convocatoria para el 1 de abril una maniobra orquestada en alguna oficina del kirchnerismo con el objeto de dejar en off side al oficialismo, jugando el juego que más le gusta a aquél: la lucha por "controlar la calle". Juego este propio de quienes han sido privados de espacio para manifestar sus razones en forma civilizada, o de quienes, teniendo ese espacio, carecen de razones para manifestar allí y prefieren recurrir al "apriete" de las multitudes. Estas suspicacias se ven avaladas por un detalle no menor: la convocatoria sería para un sábado a la tarde; un día y horario poco conveniente si lo que se pretende es reunir a una gran multitud.

Este tipo de convocatorias siempre son muy riesgosas en términos políticos, a menos que uno tenga la certeza de que va a ser masiva: sacando las convocatorias kirchneristas (con choripán, colectivos y punteros movilizando), las espontáneas solo fueron importantes cuando fue grave la situación. En efecto, la crisis del campo por la malograda Resolución Nro. 125, fue la respuesta de un sector a una pretensión gubernamental de matar a la gallina de los huevos de oro; no solo se trataba de un grave riesgo para el sector más productivo de la economía nacional, también fue el catalizador de una oposición que, hasta entonces, parecía acallada por la bonanza económica que el kirchnerismo explotaba, hoy vemos, pura y exclusivamente en función de sus necesidades electorales y sin preocuparse por las consecuencias a futuro. Cuando, tras su triunfo en 2011, la entonces Presidenta se dejó llevar por la fantasía del "vamos por todo", el kirchnerismo se sintió con carta blanca para promover todo tipo de atropellos institucionales, considerando que los excelentes resultados obtenidos en las elecciones presidenciales de aquel año justificaba que el gobierno nacional intentara articular un proyecto abiertamente hegemónico; era lógico que quienes no aceptaban dicho avasallamiento se expresaran como lo hicieron el 23 de septiembre y el 8 de noviembre de 2012, entre otras fechas memorables. Por último, la sorpresiva y dudosa muerte del fiscal Nisman, tan conveniente para la entonces Presidenta, hizo aparecer el fantasma monstruoso de la muerte política, que ya creíamos desterrada desde el restablecimiento de la democracia hace 33 años; la marcha del "18F" fue, entonces, imponente, y estuvo entre los antecedentes de lo que, finalmente, se tradujo en la derrota oficialista en las elecciones de 2015.

Puede gustarnos o no; podemos estar a favor o en contra del gobierno nacional.
Pero lo que resulta claro es que no tiene hoy un nivel de amenaza real, ni el gobierno ni el sistema democrático, que justifique salir a la calle. Los enfrentamientos con los sindicatos, lógicos frente a cualquier cuestionamiento del statu quo, aún están lejos de tener características "desestabilizantes"; a lo que debe agregarse -y esto es evidente en el caso de los gremios docentes- que se inscriben en el marco, por un lado, de la interna peronista (dentro de la cual, el kirchnerismo no es más que una facción), y, por otro lado, de la pugna de la izquierda por arrebatar el poder sindical a "los Gordos", en la que los gestos valen más que los hechos (como siempre para la izquierda). Tampoco existe un ambiente de conspiración como contra De la Rua en 2001, en la que una liga de gobernadores peronistas entró en alianza con sectores disconformes de la propia coalición entonces gobernante, en un clima económico sumido en la depresión; Macri ha sabido llevarse bien con los gobernadores, en términos generales, y las disidencias en Cambiemos no son extremas y cuentan, en el peor de los casos, con la válvula de escape de las elecciones de medio término previstas para agosto y octubre.

Nadie dice que las cosas marchen de maravilla. Nadie niega que el gobierno ha incurrido en errores no forzados en materia política. Nadie desconoce que la salida de la crisis económica originada en el modelo kirchnerista resulta más lenta de lo que se esperaba o pueda soportarse.
No obstante, resulta peligroso dejarse ganar por la psicosis. No peligra la democracia, ni el gobierno, ni nada. Y si bien es cierto, como afirma el Presidente, que es bueno que la gente se exprese, también lo es que la dialéctica de la manifestación callejera resulta desgastante no sólo para los gobiernos, sino también para los que participan de ella, razón por la cual siempre conviene reservarla para circunstancias cuya gravedad la justifique.