Cuando haya pasado la pandemia. Cuando haya pasado el kirchnerismo. Cuando todo esto haya pasado, la Argentina se encontrará nuevamente ante la gran oportunidad de un recomienzo. Como en tantas otras oportunidades a lo largo de su historia. Y también, como entonces, cabrá el peligro de volver a malograr una oportunidad.
¿Sabremos aprovecharla? Depende.
En primer lugar y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, los argentinos tendremos que disponernos a cambiar paradigmas e idiosincrasias que nos han hecho decaer a lo largo de los últimos 90 años. No es fácil, pero tampoco imposible. Habrá que reconocer que somos ciegos y sordos, y luego querer salir de la situación en la que nos encontramos por ello.
Tomar conciencia de que estamos como estamos no por una conjura internacional o una conspiración de poderes, sino por nuestros propios vicios como sociedad: el ventajismo, que nos lleva a buscar el provecho propio a cualquier precio; la anomia, que nos hace pensar que las leyes son siempre para que las cumplan los otros; el cortoplacismo, que ha hipotecado a las generaciones futuras con los costos que conlleva buscar resultados inmediatos sin medir sus sustentabilidad; el prebendarismo, que nos hace incapaces de prosperar si no es a expensas del Estado (y, por lo tanto, a expensas del pueblo contribuyente); el complejo de superioridad, que nos lleva a exaltar como presente a una Argentina que ya no existe. Porque la Argentina educada, rica, genial, con valores, potente, líder en Latinoamérica, ya no es ni la de nuestros padres ni la de nuestros abuelos, sino que quedó empantanada hace casi un siglo, hundiéndose en un charcal de autocomplacencia.
Si queremos que el país cambie, deberemos cambiar nosotros. La fraternidad debe dejar de ser una palabra hueca, un eslogan, una coartada para intenciones inconfesables, y convertirse en una realidad entre los argentinos; el argentino que tenemos al lado, con sus virtudes y defectos, no es un enemigo, ni es alguien de quien debemos sacar provecho: es nuestro hermano y nuestro socio en la construcción de un futuro común. El respeto por el Estado de Derecho nos debe igualar a todos, en el entendimiento de que nadie, por bueno que sea, puede ponerse por encima de la ley; que ésta no debe ser la herramienta de los poderosos, sino el límite a su poder; que nuestra libertad, su ejercicio y su respeto, depende de un orden justo que la garantice. La Argentina debe retomar un proyecto común, un “sueño argentino” que inspire al más alto dirigente y hasta al último de los habitantes de este país, que aliente políticas de Estado, que sea la falsilla de largo plazo de todos proyecto particular. En ese marco, los argentinos debemos hacernos cargo, cada uno, de nuestro propio destino, de nuestro propio progreso, de la realización de nuestro propio proyecto, sin esperar que el gobierno de turno nos ayude, sin creernos con derecho a usar lo que es de todos para nuestro provecho particular, sino sintiéndonos responsables por hacer nuestro propio aporte al desarrollo del país que queremos. Solo así la Argentina podrá recomenzar; solo así, cuando haya pasado todo, podremos construir un futuro mejor.
Se suele decir que los pueblos tienen los gobernantes que merecen. Para tener mejores gobernantes, hemos de empezar por merecerlos. Esa será la verdadera revolución: la que empieza por cada uno.
¿Estamos dispuestos a iniciarla?

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