Primero fue el golpe: antes de las elecciones primarias de agosto, nadie esperaba que Javier Milei se convirtiera en un serio candidato para la presidencia. Los resultados de esas elecciones lo mostraron encabezando las preferencias del electorado. Por pocos puntos, sí; pero pasó de ser el tercero en discordia, el candidato que le quitaba votos a Juntos por el Cambio, el “loco” sin estructura que se aventuraba a competir por la presidencia de la Nación, a ser el candidato más votado y con más perspectiva de crecimiento en los dos meses siguientes hasta las elecciones generales. El escenario de “Milei Presidente” ya no era una hipótesis improbable: se había convertido en una posibilidad seria.
Después vino la reacción histérica. El oficialismo comenzó a demonizar a Milei, eligiéndolo como el enemigo a vencer, con argumentos similares a los que usara con Mauricio Macri tras las primarias de 2015. Lo curioso es que Juntos por el Cambio no atinó más que a también demonizar a Milei, con la intención de asustar al electorado independiente. Los medios opositores, aun los que esperaríamos que fueran más serios, nos regalan todos los días dos o tres, por lo menos, titulares, artículos, notas o editoriales contra el candidato, además de mostrarse complacientes hasta límites inverosímiles con la candidata de Juntos por el Cambio, Patricia Bullrich; a quien le pasan por alto sus contradicciones, su evidente carencia de liderazgo dentro de la coalición que la tiene por candidata, y la falta de convicción con la que intenta hacer propias consignas y programas que le prepara su equipo de campaña. Las últimas semanas han sido de completo desconcierto para el arco opositor: todos tienen la certeza de que el kirchnerismo, salvo meteorito, va a perder las elecciones de octubre y, eventualmente, la segunda vuelta de noviembre; pero no están tan seguros de a manos de quién. O peor: la posibilidad más factible, hoy, es que sea a manos del candidato menos esperado y más resistido: Milei. No son pocos los opositores a los que les aterra tener que optar, en noviembre, entre Milei y Massa. De ahí la desesperación por apuntalar a Bullrich.
Sin embargo, ahora parece que estamos lentamente entrando en una nueva etapa, de aceptación. Para algunos, de resignación. Pasado un mes de las primarias y a pesar de los triunfos de su coalición en Santa Fe, Chaco y Mendoza, Bullrich no repunta. A Sergio Massa se le agotan, cada vez más rápido, las martingalas con las que intenta sostener sus chances hasta el 22 de octubre. Y Milei aparece como favorito en todas las encuestas; no sabemos si por virtud propia o por contraste con las carencias de sus oponentes.
La única inconfesa razón por la cual en los medios todos hablan de Milei (a favor o en contra, pero de él) es porque ya lo dan como ganador, y descuentan que, en adelante, la política tiene que ordenarse en función de las propuestas de ese candidato. Es significativo, en ese sentido, que el debate de vicepresidentes en TN se resumiera en una confrontación con la candidata de Milei (Victoria Villarruel); y más significativo aún que la encuesta entre los televidentes la diera como ganadora del debate por amplio margen.
En este escenario, llega para Milei la hora de la verdad.
Hasta ahora y aún siendo Diputado nacional, el papel de personaje mediático, desaforado, excéntrico y provocador, le había resultado útil y suficiente. En el fondo, solo se jugaba su futuro personal. Pero ahora el poder, la Presidencia de la Nación, es para él una posibilidad cierta, tangible… y muy probable. Y allí lo que se juega ya no es su imagen, sino los destinos de toda la Argentina.
Es conocido entre los políticos el “teorema de Baglini”, según el cual la proximidad al poder es inversamente proporcional al extremismo de las posturas ideológicas. Algunos de sus corolarios ya se verifican en el discurso de Milei, quien ya no habla de venta de órganos o libre portación de armas, y cuyos asesores económicos se cuidan de aclarar que la tan mentada dolarización, como es lógico, no se hará de un día para otro.
Pero lo más importante, lo más relevante, es que la cercanía al poder va imponiéndole la necesidad de hacer política. Que no es lo mismo que ser parte de “la casta”. Si en algún momento no tuvo clara esa distinción, tendrá que ponerse al día: hacer política, dialogar con todos los sectores, acordar lo que haga falta, siempre dentro de la ley y del respeto a los demás actores políticos, “ser político”, es algo muy distinto de vivir del Estado, ni a espaldas del público, ni enriquecerse a sus expensas, hacer de la política una “casta”.
Algo de esta comprensión ya puede verse insinuada en las conversaciones que se le atribuyen con sectores del sindicalismo. Por otro lado, los gremialistas siempre tuvieron un fino olfato para percibir cuáles son los vientos que vienen y adaptarse. Son tiburones ¿Sabrá Milei pescar entre ellos?
Aún mejorando los números obtenidos en las primarias, Milei iniciará un gobierno sin mayorías en el Congreso. Deberá, necesariamente, negociar con otras fuerzas para conseguir las reformas estructurales que promete, muchas de ellas ineludibles para otros partidos de la actual oposición ¿Podrá conseguir esos consensos necesarios? ¿Tendrá flexibilidad para ceder, cuando haga falta? ¿Habrá, de parte de quienes serán sus opositores, suficiente responsabilidad para no paralizar la gestión? Es fácil decir que se pueden imponer leyes mediante plebiscito, pero organizar plebiscitos puede terminar siendo ineficiente (y hasta irritante para una sociedad que no tiene ganas de ir a votar todos los meses) si se pretende utilizarlos como una herramienta ordinaria ¿Lo tendrá en cuenta?
También el empresariado, el sector financiero, los gobernadores (lo más probable es que no tenga ni uno propio), los movimientos sociales, la Iglesia, y un largo etcétera, le harán saber que la Escuela Austríaca puede servir para explicar los fenómenos económicos, pero que la política es mucho más compleja, y sus desafíos rara vez se resuelven con recetas de los libros. Ya no podrá Milei despachar con una descalificación a sus interlocutores cuando éstos le digan lo que no quiere oír: si llega a ser Jefe de Estado lo será para servicio de todos los argentinos, los que coinciden con él y los que no ¿O piensa en esto seguir los pasos del peor peronismo?
Quiero pensar que todas estas cosas pasan por la cabeza del candidato.
Corría un cuento hace casi cincuenta años, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón, que decía que sus ministros fueron a darle una buena y una mala noticia:
—¿Cuál es la buena?
—Que todos los argentinos sólo podremos comer caca en los próximos años.
—¿Esa es la buena? ¿Y la mala…?
—
… Que no va a alcanzar para todos.
La situación económica de la Argentina no deja margen para soluciones sencillas o indoloras: al próximo gobierno, sea quien sea, le tocará hacer anuncios tan graves -o peores- que los del cuento. El mayor desafío para un eventual gobierno de Milei (o de cualquiera) será, en ese escenario, la gobernabilidad.
El único desafío.

