¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

jueves, 8 de octubre de 2020

¡Dejen de robar con Francisco (otra vez)!

 Hace ya siete años, publicaba en este mismo blog un artículo señalando cómo la ignorancia y el oportunismo llevaban a manipular lo que el Papa dice o hace, ya sea para detractarlo o para “colgarse de su sotana”. Volví sobre ese tema cuando se generó el escándalo del rosario que le regaló Francisco a Milagro Sala, y también señalé en otra oportunidad que esas manipulaciones son la explicación de por qué el primer papa argentino aún no ha hecho una visita pastoral a su país de origen (y empiezo a creer que, probablemente, no la haga nunca).

Es notorio cómo con el tiempo, lejos corregirse, no ha hecho más que agravarse la tendencia. Y no me refiero sólo a los que “chapean” su amistad o relación con el papa como una garantía de sus propias opiniones políticas. Aunque esto último ya es bastante cuestionable: cualquiera tiene amigos que no piensan como uno, pero los verdaderos amigos no utilizan la amistad como peldaño para darse autoridad.

Peor que esto es que resulta que el oficialismo kirchnerista repetidamente echa mano de lo que el Papa dice (o creen que dice, o le hacen decir) para justificar su política económica estatista, pauperizante y generadora de clientelismo. No es novedad: el peronismo, desde su mismo inicio, buscó apropiarse de postulados de la doctrina social de la Iglesia. Doctrina social que no es de este o de aquel papa, sino de toda la Iglesia. Un magisterio que repetidamente ha señalado de sí mismo que no pretende dar soluciones concretas a los problemas políticos y sociales, sino señalar cuáles son para un cristiano las exigencias de coherencia con su fe a la hora de actuar libremente para resolver tales problemas. Es cierto que la jerarquía católica local creyó, en un principio, ver en el peronismo un movimiento que podía defender orgánicamente esos principios, en un mundo que debería salir de la sangrienta crisis que se cerraba con el fin de la segunda guerra mundial. Pero esto duró poco: el peronismo fue progresivamente revelando sus pulsiones totalitarias, al punto de enfrentarse con la misma Iglesia en 1954. Lo cual no impidió que, con el tiempo, volviese a haber clérigos peronistas, pero la “bandera” de la doctrina social de la Iglesia ya no sería la coartada del peronismo, que fue boyando del intervencionismo totalitario del “primer Perón”, a un liberalismo oportunista con Menem, para degenerar en un socialismo trucho con los Kirchner. 

Haciendo un paréntesis, me viene a la memoria una anécdota en punto a esta manipulación peronista. Recuerdo el encuentro de san Juan Pablo II con los trabajadores argentinos en el Mercado Central de Buenos Aires el 10 de abril de 1987, en el marco de su viaje apostólico a la Argentina. Como es lógico, estaba repleto de sindicalistas y el discurso fue lógicamente referido a la cuestión social, reiterando conceptos que han sido comunes en el Magisterio desde León XIII hasta hoy. Para la mayoría de los asistentes, que no frecuenta la lectura de documentos magisteriales, esa música era inédita, y no faltó el grito de “¡viva el papa peronista!” con que alguno de la concurrencia saludó algún pasaje del discurso del Santo Padre.

Hoy se repite la historia, con la agravante de que al papa argentino se le conoce un pasado de simpatía con el peronismo. Además, la insistencia de su propio magisterio en la prioridad de la atención a los pobres ha despertado esos viejos cuestionamientos de cierta derecha liberal a la doctrina social de la Iglesia. Para muchos liberales, hablar de pobres produce el mismo efecto que hablar de ajuste para un kirchnerista: resulta una mala palabra que dispara el prejuicio obturando cualquier discusión posterior. Es lógico: sentirnos interpelados nos pone siempre a la defensiva; por lo menos si no tenemos un mínimo de humildad para cuestionar nuestras propias posturas a partir de esa interpelación.

Este fenómeno tuvo una manifestación reciente cuando medios de los que uno esperaría más seriedad relacionaron la glosa del Papa respecto de la parábola de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (Mt 20,1-16), y su acostumbrado tuit correspondiente, con la crítica a la meritocracia hecha por el presidente Fernández. Muchos periodistas y anticlericales varios quisieron ver una premeditada coincidencia entre la lectura del Evangelio prevista para el 25º domingo del tiempo ordinario y la impugnación presidencial. Esta interpretación forzada (uno hablaba de la meritocracia en la sociedad civil, el otro de la gratuidad de la salvación de Dios) solo habla de la ignorancia, cuando no de la mala fe, de quienes la realizan.

Algunos parecen seguir creyendo que al Papa, que tiene sobre sus hombros el peso del gobierno de la Iglesia universal (con problemas que exceden el ánimo y el entendimiento de los dirigentes y periodistas locales), le sobra el tiempo como para ocuparse de meter baza en la política nacional: proyectos, orientaciones políticas, candidatos, ideas y frases se le atribuyen al Sumo Pontífice sin mayor fundamento, sea para capitalizar un pretendido apoyo, sea para denostarlo. No importa que se trate de frases, en el mejor de los casos, sacadas de contexto. Tampoco importa que nunca tales afirmaciones vayan acompañadas de una confirmación del Vaticano.

Sería interesante saber si los que lo critican por sus supuestas posiciones políticas han leído alguno de sus documentos magisteriales, especialmente los referidos al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, o se ha puesto a compararlos con análogos documentos de los papas anteriores ¿Realmente creen que el Papa le “tira centros” a la política del kirchnerismo, o simplemente buscan chicanear a Francisco para justificar su propia oposición al magisterio de la Iglesia en temas en los que les pica la conciencia?

También resultaría interesante conocer de tanto dirigente que disfruta invocando la autoridad del Papa, su posición respecto a temas tan espinosos como el aborto o la ideología de género ¿Hasta dónde llegará su adhesión al Pontífice? ¿Alguno se hará cargo de su responsabilidad en el crecimiento de la pobreza y de la cultura del descarte que denuncia Francisco en todo el mundo? Por lo pronto, ya sabemos de un Presidente que le dio gracias al Papa cuando la reestructuración de la deuda (¿alguien explicó por qué?), para después afirmar que impulsará la legalización del aborto.

¡Son muchos los que siguen robando con Francisco!

miércoles, 29 de abril de 2020

Desde el encierro

Buenos Aires vacía por la cuarentena
La pandemia del covid-19 nos tiene a todos encerrados... ¿A todos...? No, en realidad, pero sí a muchos. Y nuestras sociedades se encuentran prácticamente paralizadas por la situación, independientemente de la situación de encierro que cada uno particularmente tenga que vivir.

Las razones para ser pesimistas se multiplican, y se potencian por la depresión que nos produce estar forzosamente inactivos por un tiempo que nadie es capaz de predecir cuánto durará exactamente. La sensación de que los gobernantes improvisan, de que se nos oculta información, y de que lo que viene, más allá de si nos contagiamos o no del virus, será un futuro ominoso por la crisis que para las distintas economías supone esta pandemia, fácilmente pueden conducir a cualquiera al desaliento.
El problema no sólo es local: en distintos países de ambos hemisferios existe la misma sensación. No se hicieron los manuales para gobernar en esta situación, por lo que nuestras dirigencias recurren al método de prueba y error, y es lógico. Lo que sí indigna es que muchas penurias e incertidumbres de hoy se hubieran ahorrado, por lo menos en nuestro país, de no haber existido décadas de mala praxis en los sucesivos gobiernos: errores no forzados que nos llevan a pensar que la crisis sanitaria y económica nos golpeará más duramente a causa, no ya de la improvisación, sino de la ineptitud y de la mala fe.

Efectivamente, sobran los motivos para quejarse, para protestar, para denunciar, para impugnar; y la responsabilidad cívica impondrá en muchos casos que así se haga, para evitar, especialmente, que la pandemia se convierta en la coartada del totalitarismo.
Pero también hay que tener presente que, precisamente por todas las razones enumeradas (y por muchas otras que cada uno podría sumar), el parón de la cuarentena debería ser ocasión para pensar, proyectar y prepararnos adecuadamente para el futuro: muchas familias padecerán, y ya padecen, los efectos económicos de esta pandemia como nunca antes; nuestro país necesitará, como nunca, de dirigentes que estén a la altura del desafío que supondrá reconstruirlo, como todo el mundo, en el orden social, institucional y económico después de un fenómeno sólo comparable a una guerra.
Quizás sea, por eso, muy importante no sólo batir las cacerolas cuando haga falta, sino aprovechar el ocio forzado para sentarse a organizar serenamente el futuro, que tendrá sus propias luchas y soluciones.

miércoles, 30 de octubre de 2019

El fracaso de una oportunidad

No.
No somos traidores.
No causamos la derrota de Cambiemos.
No somos responsables del regreso del pero-kirchnerismo.

Quienes criticamos primero, nos fuimos después y apoyamos otras alternativas no fuimos “funcionales a los K”. Aunque Lavagna, Gómez Centurión y Espert no se hubieran presentado, el actual presidente electo, Fernández, igual hubiera ganado en primera vuelta. Y es que, en un escenario de polarización como la que se dio y con una campaña paroxística como la que tuvimos, en la que se llamó desesperadamente a evitar que “el mal” triunfe, es evidente que quienes siguieron apostando por terceras opciones lo hicieron porque, de otro modo, hubieran votado mayoritariamente en blanco.

Quizás haga falta, para quienes estarán en la oposición del próximo gobierno y cuando se haya terminado de asimilar el mal trago (llevamos dos meses y medio preparándonos para esto, después del resultado de las PASO), hacer un poco de examen de conciencia y aprender a ejercitar la humildad, que, como decía santa Teresa, es la verdad.
Para algunos parece más grave el reemplazo del #NoVuelvenMás por el #Volvimos, que los peligros institucionales que ello representa para la república. Les duele como si tuvieran que contemplar de locales la vuelta olímpica del contrario ¿Duele la patria o duele el orgullo?
Pensamos, ingenuos, que el kirchnerismo se había terminado en 2015. Que el peronismo tardaría en recuperarse, hasta encontrar otro líder a quien seguir. Creímos que al electorado le importan más los buenos modales que las penurias económicas, que prioriza la lucha contra el narcotráfico sobre el desempleo, que la obra pública es más valorada que la dádiva clientelista, que la corrupción del anterior gobierno era tan incontestable que opacaría todo otro cuestionamiento al gobierno actual.
Nada de eso fue así. Y aceptar la verdad puede ser, a veces, muy duro. Porque nos falta humildad, como decíamos, nos duele comprobarlo. Y, lo que es peor, muchos sangran por la herida, prefiriendo creer en cualquier teoría conspirativa o buscando responsables que expliquen por qué una reelección que estaba firmada hace un año naufragó en los últimos meses.

Pero, al final del día, el presidente Macri es el principal y único responsable de la vuelta del pero-kirchnerismo al poder. El país ha retrocedido un escalón en la escalera de la normalidad gracias a su falta de visión política y su impericia (por decir lo menos) en materia económica; y esto sin entrar a considerar la frivolidad y tibieza (también por decir lo menos) con que su gobierno manejó temas sensibles en materia de educación y de salud referentes a la vida y a la familia, que no hicieron más que continuar las políticas del anterior gobierno de Cristina Fernández, que seguirá seguramente el ahora futuro gobierno de Alberto Fernández.
Se ha malogrado la oportunidad de llevar a la Argentina al sendero que la convirtió en potencia hace 100 años.

Nos queda ver cómo se acomodan las piezas de la política que viene, que no será necesariamente como la última experiencia kirchnerista: basta apreciar como queda conformado el Congreso de la Nación, para darse cuenta de que el nuevo Fernández deberá negociar más que la antigua.
Nos queda aprender la lección: gobernar no es solo ganar elecciones y cortar cintas.
Nos queda seguir luchando, por nosotros y por nuestros hijos.

viernes, 5 de julio de 2019

Volver a empezar

Han pasado 16 años largos desde que me afilié a Recrear, el entonces partido fundado por Ricardo López Murphy. Experiencia malograda por egos e impericias políticas, y finalmente absorbida por la alianza con el entonces partido de Mauricio Macri (Compromiso para el Cambio); alianza (Propuesta Republicana) que más tarde se convirtió en partido (Pro).
A pesar de las discusiones internas, muchos ex Recrear seguimos en el Pro convencidos de que el camino al poder era el único que nos permitiría producir los cambios que el país necesitaba, en esos años de hegemonía “K” que cada vez nos interpelaban más respecto de nuestro papel en la política. Y nos bancamos las críticas de los que se fueron porque pensaron que quedarse sería traicionar sus principios, o porque no tenían lugar con los nuevos socios políticos, o porque simplemente se cansaron. Y postergamos proyectos personales que podrían ser exitosos en pos de la Argentina que soñábamos. Y perseveramos, y pusimos la cara con parientes, amigos y conocidos cuando oponerse al kirchnerismo del 54% no estaba bien visto, e hicimos campaña por gente que cada vez nos representaba menos -haciendo, a veces, cosas tan insólitas como inflar globos para regalar a los pibes-, y perdimos domingos enteros y extenuantes fiscalizando -a veces, como en el invierno de 2009 a expensas de nuestra salud-, y “tragamos sapos” con aliados que no nos convencían, y gastamos el tiempo y el dinero que no nos sobraba, y confiamos en que todo valdría la pena cuando se alcanzara el poder.
Queríamos cambiar la república, queríamos que se dejara de perseguir al que piensa distinto, queríamos que se dejara de castigar al que trabaja y produce, queríamos recuperar los valores que hicieron grande a la Argentina. Muchos sabíamos que Macri no era el candidato ideal, que le faltaba carisma, que carecía de convicciones profundas, que era un tecnócrata que despreciaba la política, pero apostábamos a que sus limitaciones no serían suficiente obstáculo para el cambio que el país necesitaba, a que con buenos cuadros (que no faltaban) en puestos de responsabilidad se suplirían esas falencias.
Y lo apoyamos.
Y lo votamos.

...Y nos decepcionó.

Al principio fueron “chambonadas”, cosas fáciles de pasar, más útiles para la chicana fácil que para una crítica de fondo. Luego vinieron los ajustes, que sabíamos necesarios, pero que se hicieron mal. Y un Estado que no se reformó en ningún momento, y que siguió alimentando, con los impuestos de quienes trabajan y producen, a multitudes que ni siquiera responden políticamente al gobierno. Y un discurso que empezó a volverse monótono: la promesa del cambio que se volvió cada día más hueca y sospechosa.
Pero en 2018 la cosa fue peor. No solo porque la gestión económica se quedó sin respuestas frente a la crisis. Fundamentalmente, porque el gobierno abrió frentes que no debía, en cuestiones que no eran prioritarias y contrariando sin razón promesas de campaña.

Me refiero, obviamente, al debate sobre la legalización del aborto, abierto por un presidente que se había declarado pro vida, fogoneado por lo más radicalizado de la oposición, y en contra de lo que la mayoría de los votantes del Pro pensábamos.
Pero no habría sido más que un error -aunque peor que un crimen, parafraseando a Fouché-, si la actitud del gobierno se hubiera quedado en una simple pasividad neutral frente a la campaña que entonces se desató. Lamentablemente, fueron muchos los funcionarios y legisladores oficialistas, votados por nosotros, los que se sumaron activamente a la cruzada a favor del aborto; al punto que vimos al entonces Ministro de Salud repetir consignas “verdes” abiertamente contradictorias con las estadísticas oficiales de su propio ministerio. A ello se le agrega la insistencia del Presidente en afirmar que no vetaría una eventual ley que sería contraria a sus convicciones; cuando cualquier lector del Boletín Oficial sabe que se ha empecinado en vetar normas muchísimo menos graves ya cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Y también se le agregan los vehementes rumores acerca de presiones oficiales para dar vuelta la votación, que venía siendo contraria al aborto, en Diputados la madrugada del 14 de junio de 2018, cuando la iniciativa consiguió media sanción gracias al repentino cambio de postura de algunos legisladores.

Luego de esta campaña, en la que nos jugamos por defender la vida humana frente a quienes consideran que tienen derecho a decidir quién debe nacer y quién no, vino la ofensiva de la llamada “educación sexual integral”, que no es más que el adoctrinamiento compulsivo en ideología de género en las escuelas. Para que se entienda: como el aborto encontró una inesperada resistencia en la sociedad, sus impulsores pretenden que se lo enseñe como verdad de fe a las generaciones futuras. En un país donde el progresismo oficial se escandaliza de la educación religiosa en las escuelas, ese mismo progresismo rompe lanzas para imponer la enseñanza obligatoria de una superstición acientífica, la “perspectiva de género” que viene imponiéndose en el hemisferio norte a fuerza de prohibiciones legales, violaciones a la libertad de conciencias y cárcel para quienes se resistan. Y todo esto en un país, la Argentina, donde el déficit en comprensión de textos entre los egresados de la escuela secundaria es mayor y más alarmante, por sus consecuencias, que la tasa de embarazo adolescente.
A todo ello debe agregarse que el gobierno ni siquiera ha sido imparcial en todas estas cuestiones, a pesar de querer aparentar lo contrario. La candidatura del doctor Alfredo Vítolo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue bajada por presión de los grupos abortistas; pero la candidatura de una partirdaria del aborto y el adoctrinamiento en ideología de género de alto perfil, como la doctora Marisa Graham, para ser Defensora de Niños, Niñas y Adolescentes de la Nación fue sostenida y votada a mano alzada a pesar de la oposición de los grupos pro vida y de la protesta de legisladores propios y de la oposición.

Íbamos a cambiar el país...
Lo único que tenemos para ofrecer, después de cuatro años de gobierno, es “nosotros o Cristina”.
A pesar de todo, la falta de alternativas y la obstinación del kirchnerismo en recordarnos su peor legado llevarán a la reelección del gobierno nacional.
Pero las decisiones equivocadas tienen consecuencias, y es probable que esto se refleje en la próxima composición del Congreso.

Valió la pena luchar para rescatar a la Argentina del kirchnerismo.
Pero la República es para el hombre, y no al revés. Tenemos un gobierno que actúa como si la defensa de la vida humana y de la familia fuesen una moneda de cambio, que patrocina el adoctrinamiento en ideología de género a los chicos en las escuelas, promueve la agenda del feminismo radical sin dar la cara, y permite que se estigmatice (cuando no se persiga) a los que levantamos la voz para disentir: homofóbicos, chupacirios, antiderechos, medievales, machistas, heteropatriarcales, y un largo etcétera.
Son cosas con las que no se juega, y en esto Cambiemos no ha sido diferente del kirchnerismo. Se está hipotecando humanamente a las futuras generaciones con políticas que harán más infelices a nuestros hijos y nietos: tendremos República para un pueblo al que se le habrá enseñado a ser un hato de egoístas al que se pueda manejar con pan y circo, porque habremos destruido la familia, que es el principio de su cohesión.

La lucha, hoy, pasa por otro lado.
Por eso me desafilié del Pro.
A veces hay que volver a empezar.

domingo, 17 de marzo de 2019

¿Habla el silencio?

El siguiente es el texto de una carta de lectores que acabo de remitir al diario La Nación.

Leí con suma atención el artículo titulado “Habla el silencio” de F. Sández en la columna “Manuscrito” de la edición de ayer de La Nación.
Me llamó la atención que la autora (quizás por falta de espacio) se haya referido a “la figura femenina de yeso expuesta en la biblioteca del Centro Cultural Conti, con la boca tapada al estilo de quienes reclaman la legalización del aborto” sin aclarar, como puede comprobar cualquiera que haya seguido la historia en las redes, que se trataba de una imagen de la Virgen María, más exactamente una imagen popular de la Virgen de la Medalla Milagrosa, de esas que se consiguen en cualquier santería, “intervenida artísticamente” para permitirnos -en palabras de Picasso, citadas por la autora del artículo- comprender la verdad.
Imagino, después de leerla, que la autora celebraría del mismo modo el arte y condenaría a sus cuestionadores comparándolos con el nazismo (como lo hace en el artículo) si la “figura femenina” fuera, por ejemplo, la de la propia autora o la de alguien querido por ella (su madre o su abuela, digamos) o, por lo menos, respetada (¿Simone de Beauvoir estaría bien?), intervenida artísticamente con un pañuelo celeste que diga: “Salvemos las dos vidas”. También imagino que estaría absolutamente de acuerdo con que tal expresión artística estuviera expuesta en un local financiado con sus impuestos, aunque ella no coincidiera con la posición política de la autora o autor de la obra.
Supongo, también, que la autora no es de la clase de personas que impugna la indignación ajena por las obras artísticas provocativas, al tiempo que se escandaliza de quienes, en nuestro afán de permitir comprender la verdad, mostramos las imágenes reales (y crudas, por supuesto) de abortos provocados. Allí también habla el silencio.

lunes, 26 de noviembre de 2018

La trampa del totalitarismo

Con motivo del debate acerca de la ideología de género, el pasado 12 de octubre la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación se sintió en la obligación de publicar el siguiente...


Es interesante analizar el discurso del posteo oficial, porque es botón de muestra de la prosa “progre” con la que se busca confundir y manipular a las personas.
Y es que nadie niega los compromisos que el Estado pueda haber contraído o la legitimidad de que quienes gobiernan impulsen las políticas que consideren mejores para la población; esto, aun cuando tales políticas pudieran estar equivocadas, por más que respondan a buenas intenciones y serios compromisos internacionales.
El problema viene cuando se le niega al público legitimación para oponerse a tales políticas, cuando se descalifica mediante la minusvaloración (“grupos religiosos y organizaciones de la sociedad civil”) a quienes no están de acuerdo, cuestionan o exigen explicaciones acerca de posiciones oficiales frente a temas delicados y opinables.
Más allá de la discusión acerca de la carencia de fundamentos científicos de la tan mentada “perspectiva de género” (que, hasta el momento, no pasa de ser una superstición ideológica impuesta por determinados grupos de interés), resulta grave que un organismo oficial afirme que “la libertad de expresión tiene su límite en aquello que fuera discriminatorio, genere odio o violencia, por lo que bajo el argumento de la libertad de opinión no se puede manifestar, negar y/o impedir el ejercicio de los derechos humanos de las personas, y en particular ante estos mensajes de intolerancia, los derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes”. Dicho “en fácil”: “si no están de acuerdo con la ideología de género, son discriminadores que generan odio y violencia, y no tienen derecho a decir nada”.
¿Pensábamos que el delito de opinión era exclusivo de los regímenes totalitarios? No es así. También en democracia se puede silenciar la disidencia acusándola de criminal por “generar odio”. En otros lados, la disidencia es silenciada porque es contraria al pueblo, o a los intereses de la patria, o a la seguridad nacional, o al Corán. Aquí, porque cuestionar la ideología de género es, sin más explicaciones, “negar y/o impedir el ejercicio de los derechos humanos de las personas”.

Alexis de Tocqueville alertaba, en “La democracia en América”, acerca de los peligros de que aquélla fuera manipulada para que grupos de poder impusieran su voluntad al resto de forma tal que, finalmente, la democracia se convirtiera en un arma contra la libertad. Lo apreciamos a lo largo de la historia posterior, lo vemos hoy en fenómenos populistas que surgen de una elección democrática y terminan en regímenes hegemónicos que buscan aplastar las disidencias de un modo que en otro artículo calificábamos de peligrosa concepción del poder.

Habría, quizás, que recordarles al señor Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, al señor Ministro de Justicia y al señor Presidente de la Nación que la democracia sin libertad se pervierte. Si la libertad de expresión es sólo para aquellos que piensan de determinada manera. Si no tenemos libertad para expresar nuestras opiniones, por equivocadas que éstas puedan parecerles a algunos, la democracia se convierte en la coartada de la tiranía ideológica de quienes detentan el poder, y hablar de ella resultará una hipocresía, una burla cruel, porque habremos caído en la trampa del totalitarismo.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Iglesia y Estado, asunto separado

Resulta tragicómico ver los pañuelos naranjas de la campaña por la pretendida separación de la Iglesia y del Estado.

Trágico, porque ahora se ha convertido en una excusa para justificar todo tipo de agresiones y de injurias hacia la Iglesia católica en particular, y hacia la religión en general. Agresiones que, en algunos casos, resultan especialmente y hasta morbosamente violentas, haciendo temer un brote de intolerancia anticlerical como los que se han registrado en distintos lugares de Occidente durante los últimos doscientos años.
Cómico, porque en el caso de la Argentina la Iglesia y el Estado están separados de hecho desde tiempos de la primer presidencia de Roca (1880-1886), cuando un gobierno denostado por los progres de hoy dio los primeros pasos efectivos de separación de la administración civil respecto de la eclesiástica -especialmente a través de la creación del registro civil y del matrimonio civil- y de un modo traumático que dejó formalmente enemistada a la Santa Sede con el Estado argentino prácticamente hasta 1966. La jerarquía católica (que a ella se refieren siempre los medios cuando hablan de “la Iglesia”) tuvo una influencia fluctuante a lo largo de los años constitucionales respecto del gobierno nacional; fluctuante, como lo fue también la influencia de las Fuerzas Armadas, la masonería, el sindicalismo, el empresariado, la banca internacional, los Estados Unidos, la Unión Soviética o el “lobby gay”; influencia, por lo demás, siempre condicionada por las necesidades políticas coyunturales del gobierno civil o militar de turno.

Pero, contrariamente a lo que se pretende hacer creer, esta influencia fluctuante no ha sido ni determinante ni mayor que la de cualquiera de los otros grupos de interés citados. Así como no impidió la imposición obligatoria del matrimonio civil o de la laicidad de la educación pública en tiempos de Roca, tampoco impidió la progresiva secularización de la cultura a lo largo del siglo XX, ni la persecución abierta por el peronismo en 1955, ni la sucesiva introducción en la legislación nacional desde 1983 del divorcio vincular, la promoción estatal de métodos anticonceptivos artificiales, la imposición oficial de la ideología de género, el matrimonio de personas del mismo sexo, y la introducción del aborto en la agenda estatal. Tampoco impide el hecho de que la jerarquía católica argentina sea hoy señalada como abierta opositora al Gobierno por señalar la pobreza, como un problema aún pendiente de solución.

Entonces ¿qué se quiere decir cuando se dice que hay que separar Iglesia de Estado?
Creo que, si lo que se pretende es terminar con la asistencia del presupuesto nacional para la Iglesia Católica como institución, uno no podría estar más de acuerdo. Si bien es un tema opinable, el artículo 2do. de la Constitución Nacional no se refiere necesariamente al sostenimiento material del culto; sobre el tema hay bibliotecas escritas en un sentido u otro. La misma Conferencia Episcopal avanza en un acuerdo con el Estado Nacional para suprimir en un par de años los alrededor de 130 millones de pesos que constituyen la partida del presupuesto nacional con el que se solventa apenas el 6% de los gastos de la Iglesia Católica en la Argentina. El tema no es nuevo y se viene charlando desde las épocas en que el entonces cardenal Bergoglio presidía esa Conferencia.

Pero algo me dice que una partida que representa algo así como cinco milésimas del presupuesto nacional no es algo que desvele a los portadores del “pañuelo naranja”. A juzgar por sus manifestaciones, a veces virulentas (soy testigo de visu de sus escraches), el tema de la separación, para ellos, pasa por otro lado: concretamente, que la Iglesia no levante la voz para contradecir ninguna política que considere equivocada; menos aún si esa política está dictada a partir de dogmas “progres”, como la legalización del aborto o la imposición de la “perspectiva de género”, por citar dos casos recientes. En una palabra y como decía un post que andaba circulando en las redes, lo que se pretende de la Iglesia no es su tolerancia, que ya la tienen, sino su silencio: amablemente o no, se le pide a los católicos en particular, y a los cristianos en general, que vuelvan a las catacumbas.

Habría que analizar con lupa el presupuesto nacional y comparar los 130 millones que percibe la Iglesia Católica argentina con las partidas destinadas, por ejemplo, para las políticas de promoción de la agenda LGBT, para la repartija de anticonceptivos gratis, o para los viáticos de determinados funcionarias y funcionarios para asistir a encuentros internacionales donde se le “baja línea” al Gobierno acerca de lo que debe legislar en materia de aborto, anticoncepción, género y otras yerbas. No vaya a ser que lo que haya que separar del Estado, por su relevancia económica, sea a ciertos ideólogos.