Han pasado 16 años largos desde que me afilié a Recrear, el entonces partido fundado por Ricardo López Murphy. Experiencia malograda por egos e impericias políticas, y finalmente absorbida por la alianza con el entonces partido de Mauricio Macri (Compromiso para el Cambio); alianza (Propuesta Republicana) que más tarde se convirtió en partido (Pro).
A pesar de las discusiones internas, muchos ex Recrear seguimos en el Pro convencidos de que el camino al poder era el único que nos permitiría producir los cambios que el país necesitaba, en esos años de hegemonía “K” que cada vez nos interpelaban más respecto de nuestro papel en la política. Y nos bancamos las críticas de los que se fueron porque pensaron que quedarse sería traicionar sus principios, o porque no tenían lugar con los nuevos socios políticos, o porque simplemente se cansaron. Y postergamos proyectos personales que podrían ser exitosos en pos de la Argentina que soñábamos. Y perseveramos, y pusimos la cara con parientes, amigos y conocidos cuando oponerse al kirchnerismo del 54% no estaba bien visto, e hicimos campaña por gente que cada vez nos representaba menos -haciendo, a veces, cosas tan insólitas como inflar globos para regalar a los pibes-, y perdimos domingos enteros y extenuantes fiscalizando -a veces, como en el invierno de 2009 a expensas de nuestra salud-, y “tragamos sapos” con aliados que no nos convencían, y gastamos el tiempo y el dinero que no nos sobraba, y confiamos en que todo valdría la pena cuando se alcanzara el poder.
Queríamos cambiar la república, queríamos que se dejara de perseguir al que piensa distinto, queríamos que se dejara de castigar al que trabaja y produce, queríamos recuperar los valores que hicieron grande a la Argentina. Muchos sabíamos que Macri no era el candidato ideal, que le faltaba carisma, que carecía de convicciones profundas, que era un tecnócrata que despreciaba la política, pero apostábamos a que sus limitaciones no serían suficiente obstáculo para el cambio que el país necesitaba, a que con buenos cuadros (que no faltaban) en puestos de responsabilidad se suplirían esas falencias.
Y lo apoyamos.
Y lo votamos.
A pesar de las discusiones internas, muchos ex Recrear seguimos en el Pro convencidos de que el camino al poder era el único que nos permitiría producir los cambios que el país necesitaba, en esos años de hegemonía “K” que cada vez nos interpelaban más respecto de nuestro papel en la política. Y nos bancamos las críticas de los que se fueron porque pensaron que quedarse sería traicionar sus principios, o porque no tenían lugar con los nuevos socios políticos, o porque simplemente se cansaron. Y postergamos proyectos personales que podrían ser exitosos en pos de la Argentina que soñábamos. Y perseveramos, y pusimos la cara con parientes, amigos y conocidos cuando oponerse al kirchnerismo del 54% no estaba bien visto, e hicimos campaña por gente que cada vez nos representaba menos -haciendo, a veces, cosas tan insólitas como inflar globos para regalar a los pibes-, y perdimos domingos enteros y extenuantes fiscalizando -a veces, como en el invierno de 2009 a expensas de nuestra salud-, y “tragamos sapos” con aliados que no nos convencían, y gastamos el tiempo y el dinero que no nos sobraba, y confiamos en que todo valdría la pena cuando se alcanzara el poder.
Queríamos cambiar la república, queríamos que se dejara de perseguir al que piensa distinto, queríamos que se dejara de castigar al que trabaja y produce, queríamos recuperar los valores que hicieron grande a la Argentina. Muchos sabíamos que Macri no era el candidato ideal, que le faltaba carisma, que carecía de convicciones profundas, que era un tecnócrata que despreciaba la política, pero apostábamos a que sus limitaciones no serían suficiente obstáculo para el cambio que el país necesitaba, a que con buenos cuadros (que no faltaban) en puestos de responsabilidad se suplirían esas falencias.
Y lo apoyamos.
Y lo votamos.
...Y nos decepcionó.
Al principio fueron “chambonadas”, cosas fáciles de pasar, más útiles para la chicana fácil que para una crítica de fondo. Luego vinieron los ajustes, que sabíamos necesarios, pero que se hicieron mal. Y un Estado que no se reformó en ningún momento, y que siguió alimentando, con los impuestos de quienes trabajan y producen, a multitudes que ni siquiera responden políticamente al gobierno. Y un discurso que empezó a volverse monótono: la promesa del cambio que se volvió cada día más hueca y sospechosa.
Pero en 2018 la cosa fue peor. No solo porque la gestión económica se quedó sin respuestas frente a la crisis. Fundamentalmente, porque el gobierno abrió frentes que no debía, en cuestiones que no eran prioritarias y contrariando sin razón promesas de campaña.
Me refiero, obviamente, al debate sobre la legalización del aborto, abierto por un presidente que se había declarado pro vida, fogoneado por lo más radicalizado de la oposición, y en contra de lo que la mayoría de los votantes del Pro pensábamos.
Pero no habría sido más que un error -aunque peor que un crimen, parafraseando a Fouché-, si la actitud del gobierno se hubiera quedado en una simple pasividad neutral frente a la campaña que entonces se desató. Lamentablemente, fueron muchos los funcionarios y legisladores oficialistas, votados por nosotros, los que se sumaron activamente a la cruzada a favor del aborto; al punto que vimos al entonces Ministro de Salud repetir consignas “verdes” abiertamente contradictorias con las estadísticas oficiales de su propio ministerio. A ello se le agrega la insistencia del Presidente en afirmar que no vetaría una eventual ley que sería contraria a sus convicciones; cuando cualquier lector del Boletín Oficial sabe que se ha empecinado en vetar normas muchísimo menos graves ya cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Y también se le agregan los vehementes rumores acerca de presiones oficiales para dar vuelta la votación, que venía siendo contraria al aborto, en Diputados la madrugada del 14 de junio de 2018, cuando la iniciativa consiguió media sanción gracias al repentino cambio de postura de algunos legisladores.
Luego de esta campaña, en la que nos jugamos por defender la vida humana frente a quienes consideran que tienen derecho a decidir quién debe nacer y quién no, vino la ofensiva de la llamada “educación sexual integral”, que no es más que el adoctrinamiento compulsivo en ideología de género en las escuelas. Para que se entienda: como el aborto encontró una inesperada resistencia en la sociedad, sus impulsores pretenden que se lo enseñe como verdad de fe a las generaciones futuras. En un país donde el progresismo oficial se escandaliza de la educación religiosa en las escuelas, ese mismo progresismo rompe lanzas para imponer la enseñanza obligatoria de una superstición acientífica, la “perspectiva de género” que viene imponiéndose en el hemisferio norte a fuerza de prohibiciones legales, violaciones a la libertad de conciencias y cárcel para quienes se resistan. Y todo esto en un país, la Argentina, donde el déficit en comprensión de textos entre los egresados de la escuela secundaria es mayor y más alarmante, por sus consecuencias, que la tasa de embarazo adolescente.
Pero en 2018 la cosa fue peor. No solo porque la gestión económica se quedó sin respuestas frente a la crisis. Fundamentalmente, porque el gobierno abrió frentes que no debía, en cuestiones que no eran prioritarias y contrariando sin razón promesas de campaña.
Me refiero, obviamente, al debate sobre la legalización del aborto, abierto por un presidente que se había declarado pro vida, fogoneado por lo más radicalizado de la oposición, y en contra de lo que la mayoría de los votantes del Pro pensábamos.
Pero no habría sido más que un error -aunque peor que un crimen, parafraseando a Fouché-, si la actitud del gobierno se hubiera quedado en una simple pasividad neutral frente a la campaña que entonces se desató. Lamentablemente, fueron muchos los funcionarios y legisladores oficialistas, votados por nosotros, los que se sumaron activamente a la cruzada a favor del aborto; al punto que vimos al entonces Ministro de Salud repetir consignas “verdes” abiertamente contradictorias con las estadísticas oficiales de su propio ministerio. A ello se le agrega la insistencia del Presidente en afirmar que no vetaría una eventual ley que sería contraria a sus convicciones; cuando cualquier lector del Boletín Oficial sabe que se ha empecinado en vetar normas muchísimo menos graves ya cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Y también se le agregan los vehementes rumores acerca de presiones oficiales para dar vuelta la votación, que venía siendo contraria al aborto, en Diputados la madrugada del 14 de junio de 2018, cuando la iniciativa consiguió media sanción gracias al repentino cambio de postura de algunos legisladores.
Luego de esta campaña, en la que nos jugamos por defender la vida humana frente a quienes consideran que tienen derecho a decidir quién debe nacer y quién no, vino la ofensiva de la llamada “educación sexual integral”, que no es más que el adoctrinamiento compulsivo en ideología de género en las escuelas. Para que se entienda: como el aborto encontró una inesperada resistencia en la sociedad, sus impulsores pretenden que se lo enseñe como verdad de fe a las generaciones futuras. En un país donde el progresismo oficial se escandaliza de la educación religiosa en las escuelas, ese mismo progresismo rompe lanzas para imponer la enseñanza obligatoria de una superstición acientífica, la “perspectiva de género” que viene imponiéndose en el hemisferio norte a fuerza de prohibiciones legales, violaciones a la libertad de conciencias y cárcel para quienes se resistan. Y todo esto en un país, la Argentina, donde el déficit en comprensión de textos entre los egresados de la escuela secundaria es mayor y más alarmante, por sus consecuencias, que la tasa de embarazo adolescente.
A todo ello debe agregarse que el gobierno ni siquiera ha sido imparcial en todas estas cuestiones, a pesar de querer aparentar lo contrario. La candidatura del doctor Alfredo Vítolo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue bajada por presión de los grupos abortistas; pero la candidatura de una partirdaria del aborto y el adoctrinamiento en ideología de género de alto perfil, como la doctora Marisa Graham, para ser Defensora de Niños, Niñas y Adolescentes de la Nación fue sostenida y votada a mano alzada a pesar de la oposición de los grupos pro vida y de la protesta de legisladores propios y de la oposición.
Íbamos a cambiar el país...
Lo único que tenemos para ofrecer, después de cuatro años de gobierno, es “nosotros o Cristina”.
A pesar de todo, la falta de alternativas y la obstinación del kirchnerismo en recordarnos su peor legado llevarán a la reelección del gobierno nacional.
Pero las decisiones equivocadas tienen consecuencias, y es probable que esto se refleje en la próxima composición del Congreso.
Valió la pena luchar para rescatar a la Argentina del kirchnerismo.
Pero la República es para el hombre, y no al revés. Tenemos un gobierno que actúa como si la defensa de la vida humana y de la familia fuesen una moneda de cambio, que patrocina el adoctrinamiento en ideología de género a los chicos en las escuelas, promueve la agenda del feminismo radical sin dar la cara, y permite que se estigmatice (cuando no se persiga) a los que levantamos la voz para disentir: homofóbicos, chupacirios, antiderechos, medievales, machistas, heteropatriarcales, y un largo etcétera.
Son cosas con las que no se juega, y en esto Cambiemos no ha sido diferente del kirchnerismo. Se está hipotecando humanamente a las futuras generaciones con políticas que harán más infelices a nuestros hijos y nietos: tendremos República para un pueblo al que se le habrá enseñado a ser un hato de egoístas al que se pueda manejar con pan y circo, porque habremos destruido la familia, que es el principio de su cohesión.
La lucha, hoy, pasa por otro lado.
Por eso me desafilié del Pro.
A veces hay que volver a empezar.
Íbamos a cambiar el país...
Lo único que tenemos para ofrecer, después de cuatro años de gobierno, es “nosotros o Cristina”.
A pesar de todo, la falta de alternativas y la obstinación del kirchnerismo en recordarnos su peor legado llevarán a la reelección del gobierno nacional.
Pero las decisiones equivocadas tienen consecuencias, y es probable que esto se refleje en la próxima composición del Congreso.
Valió la pena luchar para rescatar a la Argentina del kirchnerismo.
Pero la República es para el hombre, y no al revés. Tenemos un gobierno que actúa como si la defensa de la vida humana y de la familia fuesen una moneda de cambio, que patrocina el adoctrinamiento en ideología de género a los chicos en las escuelas, promueve la agenda del feminismo radical sin dar la cara, y permite que se estigmatice (cuando no se persiga) a los que levantamos la voz para disentir: homofóbicos, chupacirios, antiderechos, medievales, machistas, heteropatriarcales, y un largo etcétera.
Son cosas con las que no se juega, y en esto Cambiemos no ha sido diferente del kirchnerismo. Se está hipotecando humanamente a las futuras generaciones con políticas que harán más infelices a nuestros hijos y nietos: tendremos República para un pueblo al que se le habrá enseñado a ser un hato de egoístas al que se pueda manejar con pan y circo, porque habremos destruido la familia, que es el principio de su cohesión.
La lucha, hoy, pasa por otro lado.
Por eso me desafilié del Pro.
A veces hay que volver a empezar.

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