¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Ajuste, esa mala palabra

¡Qué malo es el ajuste! 
A los que se ubican a la izquierda, en general, y a los que se autoproclaman "progresistas", en particular, la palabra "ajuste" les resulta insufrible.
"Ajuste" es una mala palabra. Las personas buenas no hacen ajuste. Eso lo hacen "los malos": "la derecha"; esos tipos sí que están obsesionados con hacer ajustes; tienen la "ideología del ajuste". Pero la gente que se preocupa por la justicia social, la gente buena, la que es de izquierda, al parecer, no hace nunca ajustes. Ellos están sólo para dar buenas noticias.

Sin embargo, el ajuste es lo que viene siempre después de la "fiesta". Después de haber repartido generosamente "servicios sociales" durante su primer gobierno, Perón tuvo que imponer austeridades en la primera mitad de los '50. Tras años de inflación al 25% anual y la pretensión de frenarla con los controles de precios de Gelbard (1973-74) que produjeran la ilusión de haberla dominado, las distorsiones llevaron a su corrección brutal mediante el "Rodrigazo", de infeliz memoria. La "plata dulce" de Martínez de Hoz culminó con la crisis del '81 y la carrera entre el dólar y las tasas de interés, que fuera el primer capítulo del final del "Proceso". El festival de gasto y empleo públicos de Alfonsín se financió con emisión monetaria a destajo, hasta estallar con la hiperinflación de 1989. La convertibilidad del 1 a 1 de Menem, en cambio, se financió con crédito externo; igual que Alfonsín, las reformas de fondo del Estado y de la economía no se llevaron a cabo, y la ilusión se volvió a quebrar en la aciaga cesasión de pagos de fines de 2001.
Las tarifas de los servicios públicos, pactadas con las concesionarias originalmente en los dólares del 1 a 1, fueron congeladas al morir la convertibilidad (enero de 2002), a la espera de una renegociación de los contratos. Esa renegociación no llegó con el gobierno provisional de Duhalde. Las tarifas de transporte también seguían reguladas y prácticamente congeladas.
Para cubrir la brecha entre costos y tarifas, se empezaron a aumentar los subsidios; cada vez más...

Y vino Kirchner. El Fisco se sostuvo sobre los famosos superávits gemelos, gracias a los inéditos precios de la soja en la primera década del siglo XXI. Esto permitió salir del pozo a los privados, y al gobierno nacional un margen de maniobra considerable, traducido en la fórmula del Frente para la Victoria: "dinero = poder".
Pero los contratos de servicios públicos tampoco fueron renegociados en esta administración. Las tarifas permanecieron casi sin variantes. Los subsidios empezaron a resultar insuficientes, pero todavía alcanzaban para evitar el colapso.
Y vino Cristina Fernández. La del congelamiento de tarifas ya parecía una política de Estado: ¿para qué asumir el costo político de un sinceramiento, si estábamos tan bien? La cuestión se sigue dilatando. Las tarifas baratas hacen que los usuarios instalen equipos de aire acondicionado en cada ambiente de la casa, regulen el calor de sus estufas abriendo las ventanas y se tomen el subte para ahorrarse caminar cuatro cuadras: el congelamiento de emergencia se convirtió en la financiación de la fiesta de consumo.
Pero el dinero ya no alcanzaba como antes. El gobierno pretende esquilar a los productores agropecuarios más allá de lo tolerable, y se produce la crisis del campo (2008). Fracasado el intento, echa mano de los fondos jubilatorios, estatiza el sistema y la Anses se convierte en una suerte de genio que concede deseos y presta a terceros a tasas negativas la plata de los pasivos, que tienen que hacer juicio para forzar al Estado a actualizarles los haberes. Cuando esto ya no alcanzó, se avalanzó el gobierno sobre las reservas del Banco Central, descapitalizando el país para solventar gastos corrientes; algo así como hipotecar la casa para pagar la cuenta del supermercado. No fue suficiente, porque las deudas con el exterior seguían allí para ser pagadas en divisas; entonces llegó el "cepo" cambiario, para evitar que se fugaran dólares; y se aceleró la fuga. Y, no contentos con esto, descapitalizado el Banco Central, sin dinero suficiente para financiar el gasto público creciente, se volvió a imprimir moneda sin control.

Todo esto, acompañado en los últimos diez años con medidas demagógicas y hasta disparatadas, y de una política económica cada vez más errática y arbitraria. Estatizaciones de ventajas improbables (YPF), cuando no decididamente deficitarias (Aerolíneas), o puramente propagandísticas (Fútbol para Todos); prohibiciones y regulaciones estrafalarias que entorpecen, cuando no anulan, el comercio exterior; falseamiento de estadísticas para sostener un relato en el que la inflación es de "sólo" el 10% anual. Un escenario macroeconómico, en definitiva, que desalentó y hasta espantó inversiones.

No hace falta haber ido a la escuela de Chicago para darse cuenta de que, si uno no ajusta, la que termina ajustando es la realidad. Pasó en cada uno de los episodios que fuimos reseñando de los gobiernos argentinos en los últimos 70 años. Nada puede hacernos pensar que no vaya a ocurrir de nuevo... De hecho, ya está ocurriendo.
Basta ser padre de familia para saber que, si uno gasta sistemáticamente más de lo que ingresa, llega un momento en que los recursos se agotan, incluido el crédito.

No se puede vivir en "fiesta" permanente: la cuenta se paga, más tarde o más temprano. No hay necesidad de ajustes allí donde hay racionalidad en la economía; nuestros vecinos latinoamericanos han aprendido esa lección, a partir de las sucesivas crisis de los '90. Es cuando se opta por la irresponsabilidad fiscal que las distorsiones terminan llevando al ajuste, del mismo modo que el agua desbordada tiende a desagotar en las zonas más bajas. Uno puede elegir entre tomar la iniciativa, realizar el ajuste y aprender de la lección, o simplemente dejar que sea la realidad la que ajuste las variables. El problema es que, mientras el primero es un ajuste controlable en su magnitud y efectos, el ajuste que hace la realidad siempre será más cruel e incontrolable: ¡cuántas vidas, por ejemplo, se habrían salvado en diciembre de 2001 si el gobierno de Menem hubiera optado por reformar el Estado, para no segur aumentando el gasto, mantener la financiación con crédito externo en niveles soportables y facilitar una salida ordenada de la convertibilidad.

Pero para los "progres", populistas vergonzantes, amigos de fiestear con la plata ajena, "ajuste" es, decíamos, mala palabra. Y lo es porque pone en evidencia su propia incapacidad y desmanejo. Quienes, desde el pensamiento "de izquierda", demonizan el ajuste, actúan siempre como si el dinero creciera en la copa de los árboles, como si no tuviera ningún costo el gasto indefinido, como si nada tuvieran que ver sus excesos demagógicos con las correcciones brutales que después exige la realidad. Levantan, como decía un amigo de mi padre, altares a los principios... y cadalsos a las consecuencias.
Es por eso que el gobierno nacional no se hace cargo del producto de sus malas políticas. Cuando, en los primeros años del kirchnerismo, la energía empezó a escasear debido al aumento del consumo y la falta de incentivos para invertir en más generación al mismo ritmo, se le cortaba la electricidad a la industria para favorecer el consumo domiciliario. Como esto no alcanzó, se empezó a penar el consumo por la vía de "premiar" a quienes consumieran menos que el año anterior. Como tampoco alcanzó, se comenzó a importar energía. Como tampoco esto alcanzó, se empezó tibiamente a ajustar la tarifa domiciliaria de determinados sectores de la población. Y así siguiendo. Sólo que el costo político de cada ajuste (ajuste en los hechos, aunque se lo bautizara con eufemismos) cada vez era mayor, lo que amedrentaba a un gobierno más preocupado por las próximas elecciones que por asegurar una provisión de energía de manera sostenible para una economía, según decían, en permanente expansión. Lo cierto es que cada vez que había un golpe de calor (y esto, en Buenos Aires, es más frecuente año a año), había problemas con la electricidad.

Otra técnica del gobierno para sacarse de encima el costo político del ajuste (su única preocupación) fue la de tercerizarlo. El ejemplo más grosero fue el del subte, que, después de cuatro años de negarse a transferirlo, un día se decidió "tirárselo por la cabeza" a la Ciudad, sin transferirle las correspondientes partidas presupuestarias que lo subsidiaban, y que así se ahorraría el Estado nacional. Como la Ciudad no tenía fondos para "manotear" ni la máquina de fabricar billetes, nunca podría mantener los niveles del subsidio y tendría que ajustar. Encima estaba gobernada por satán (Macri) y la maldita derecha (el Pro): el truco "cerraba" por todos lados. La Ciudad de Buenos Aires tuvo que asumir el costo político de ajustar la tarifa del Subte y rebuscárselas para financiar lo más posible el subsidio; no obstante, en un año el boleto de Subte subió un 218%.
De paso, sirvió para distraer la atención del ajuste que sufrieron las tarifas de transporte automotor de pasajeros, que en mismo periodo, aún con subsidio, aumentaron más de un 108%, y un 483% el boleto sin subsidio.
Según consultoras privadas, entre 2001 y 2013 el nivel general de precios aumentó 6 veces, los alimentos 11 veces, el dólar oficial 5 veces y el paralelo 8 veces, los salarios privados y formales 9 veces y los informales más de 7 veces, lo mismo los combustibles, los alquileres y los medicamentos 3 veces, y las tarifas de servicios, apenas, 1,4 veces.
Decir que, con este panorama, las tarifas de transporte siguen atrasadas puede sonar obsceno u horroroso, parafraseando al ministro Kicillof. Pero la realidad sigue humillando los dogmas "progresistas": no se puede seguir la fiesta sin pagarla; no es cuestión de aplicar recetas capitalistas o liberales, es simplemente el resultado de la "ley de la gravedad". Ya le tocó al transporte ferroviario. Le está tocando ahora a la energía: un golpe de calor excepcionalmente prolongado deja al descubierto 10 años de falta de planificación estatal; resulta patético que el Ministro de... Planificación, en funciones desde 2003, sea el que chicanee a quienes le reclaman y busque culpables entre aquellos a quienes debió haber controlado en todo este tiempo.

Y mientras el gobierno nacional y popular busca la forma de "zafar" del ajuste (ya hablan de pasarles a la Ciudad y a la Provincia la distribución eléctrica: otra vez la tercerización), la "maldita derecha" organiza jóvenes que, sin pecheras, se suman en silencio al esfuerzo de muchos otros para paliar la crisis. Me dirán que es oportunismo; no lo sé; en cualquier caso, prefiero eso al cinismo.
Como decía un colega en Facebook: "¿Como son dos años más de esto? No logró imaginarme".

miércoles, 16 de octubre de 2013

¡Todos somos progresistas!

A veces cabe preguntarse qué es ser "progresista" en política. Esto es: ¿qué es lo que hace que un político, un partido o una ideología puedan ser calificados como "progresistas"?

Si vamos al Diccionario de la Real Academia Española, el progresista es aquel que, en materia política, sostiene "ideas avanzadas, y con la actitud que esto entraña". La definición parece no aportar mucho, aunque sí una punta para descifrar lo que, en el habla política de todos los días, denominamos "progresista". Los que se autodenominan "progresistas" lo hacen por considerar que sus ideas son avanzadas, y actúan en consecuencia. En política, suele relacionarse el concepto de "progresismo" con el de "revolución": aquél sería una versión atenuada o moderada de ésta. Tiene lógica: "revolucionario" suele ser un superlativo de "avanzado". En ambos casos, se habla de lo nuevo, lo que viene, lo próximo, lo que está adelante, el progreso, el avance; por contraposición a lo reaccionario, lo viejo, lo que que hay, lo pasado, lo que está superado, lo retrógrado, el statu quo. Lo contrario del "progresismo" es, desde esta perspectiva, el "conservadurismo".
Con esta dialéctica "progresismo - conservadurismo", paralela a la de "revolución - reacción" se asocia, por lo general y simétricamente, la de "izquierda - derecha". Con estas simplificaciones, se llegó a decir, por ejemplo en 1991, que el régimen de la Unión Soviética (comunista) era conservador y de derecha, mientras que quienes lo enfrentaban pidiendo una apertura al capitalismo occidental (sinónimo, para muchos, del "sistema" o estado de cosas imperante) eran revolucionarios. O también que ahí, como en China, la revolución socialista se había "derechizado", al burocratizarse.
De cualquier modo, el recurso excesivo a estas dicotomías no pasa de ser, insisto, una simplificación, un reduccionismo que pretende explicar fenómenos más complejos que un partido de fútbol con dos equipos enfrentados. Un ejemplo de este simplismo es el artículo que escribió Roberto Gargarella el pasado 19 de agosto en La Nación, titulado "De la izquierda posible a la derecha real", contestado por el menos difundido artículo de Agustín Laje en La Prensa Popular: "En torno a la derecha y la izquierda (respuesta a Gargarella)".

No obstante, parece instalado un paradigma, que se trasluce en el citado artículo de Gargarella: el progresismo representa lo políticamente correcto. Esto es, ser "progresista" significa estar "del lado de los buenos" en política. De ahí la necesidad de apropiarse del calificativo, de mostrarse más "progresista" que los demás, verdaderamente "progresista". El paradigma así impuesto, y esto es un fenómeno universal, ha llevado al pensador español Juan Manuel de Prada a hablar de una verdadera "Matrix progre": un sistema en el que estamos inmersos y del que difícilmente podemos salir y tomar distancia para criticarlo sin peligro de ser estigmatizados y perseguidos como réprobos. Otra vez la dicotomía simplificadora de razonamientos, combinando las categorías a que antes aludíamos, sale en auxilio de quienes no quieren quedar intelectualmente off side: el que no es "progresista", es "de derecha"; y, como ser "progresista" es ser "bueno", ser "de derecha" es ser malo.
Y punto. No hace falta más discusión. No es necesaria otra reflexión. Cualquiera que "saque los pies del plato" de la "matrix progre", siquiera para ser original, es descalificado, perseguido, escrachado o, en el mejor de los casos, condenado al ostracismo.
De esta descalificación simplista de la derecha se ha burlado Rolando Hanglin en sus artículos en La Nación, recopilados en el libro "Un hombre de derecha", subtitulado, justamente, "Pensamientos incorrectos".

Ahora bien, lo peor no es que se haya instalado el paradigma, sino que nadie sepa o se anime a escaparse de la "matrix progre".
Uno de los fines de este blog, justamente, es ese: cuestionar lo establecido como políticamente correcto, reflexionar acerca de las inconsistencias y contradicciones del "progresismo", patear el tablero y animarse a decir "No, yo no soy progre, ni encuentro por qué debiera serlo".

Este conformismo, esta imposibilidad de salir de la "matrix progre" hace que algunos candidatos de partidos (o "espacios", como gusta decirse) que son sindicados como "de derecha" por los autotitulados "progresistas", se esfuerzan en ponerse también ellos este último título, a decir que ellos son los verdaderos progresistas, y que son los otros los reaccionarios. Reivindican la etiqueta para sí, no cuestionan el paradigma. Sienten vergüenza de que se pueda considerar que son "de derecha", parecen la encarnación de aquel chiste de Groucho Marx: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros".
Claro que se enfrentan a un problema: los votantes, muy probablemente, estén esperando de ellos otra cosa, una diferenciación y no una mimetización, una propuesta distinta y no sólo un discurso diferenciado, alguien que les ofrezca salir de la "matrix" y no una forma de permanecer más cómodos en ella.

Pero, para eso, para dejar de discutir por los adjetivos y hacerlo por los sustantivos, hace falta algo que anda escaseando en la política actual: ideas.

jueves, 1 de agosto de 2013

¡Dejen de robar con Francisco!

Desde que fue elegido Papa, Francisco ha despertado el fervor religioso de la inmensa mayoría de los argentinos. Es lógico. La excepcionalidad de un papa argentino supera cualquier otro motivo de orgullo que hayamos podido tener. Incluso más allá de las creencias religiosas de cada uno.
Si esto es así "en abstracto" (el Papa es argentino), "en concreto" se encuentra potenciado por la personalidad del Santo Padre.
Pero, al mismo tiempo, este último aspecto resulta el más contradictorio para Francisco: antes de ser papa, no sólo era el cardenal primado de la Argentina, también era un prelado de alto perfil político, al cual Néstor Kirchner llegó a señalar como "líder de la oposición", sólo porque no tenía pelos en la lengua para señalar aquellas cosas de las que la administración K debería avergonzarse: la pobreza, la corrupción, el clientelismo político, la desprotección de la institución familiar y de la vida humana. Fue esta contradicción la que dejó en off side al kirchner-cristinismo el 13 de marzo, con una catarata de declaraciones y gestos que dieron cuenta de un "panquecazo" general del oficialismo en apenas una semana: se pasó de la acusación de colaboracionismo con los crímenes de la dictadura al beso y regalo de la Presidenta.

Lo cierto es que, a partir de su elección, ser "hincha del Papa" se convirtió en un tópico argentino: ¡todos estamos con Francisco! No hay persona que lo haya conocido (me incluyo) que no haya alardeado con que alguna vez lo saludó, se fotografió, se lo cruzó en el subte, le sirvió un vaso de gaseosa o fue a una Misa celebrada por él. Y son muchos los que, habiendo despotricado contra él o contra la Iglesia, hoy esconden de manera vergonzante sus críticas y se apuran a ir a Roma para sacarse una foto dándole la mano.
Antes de que me acusen de mal pensado, trataré de pasar por alto las intenciones y de no juzgar de oportunistas a los que "se suben ahora al papamovil" y se confiesan muy creyentes, pese a que en sus vidas de todos los días actúan como agnósticos prácticos.
Pero no deja de llamar la atención esta nueva contradicción, que me mueve a pedirles a todos (periodistas, políticos, celebrities) que se dejen de "robar" con Francisco.

Es notable -le comentaba a un amigo recientemente- cómo son muy pocos los que, llenándose la boca en los medios hablando del Papa, han leído algo de cuanto ha escrito y dicho desde que fue elegido. Y, cuando lo hacen, tienden a aplicárselo al otro (a los sacerdotes pedófilos, a los obispos que dan escándalo, a los corruptos, a los ricos, etc.), pero nunca se lo aplican a sí mismos.
Un par de ejemplos. El primero fue el encuentro con los representantes de los medios de comunicación, tres días después de ser elegido. Basta leer las reseñas periodísticas sobre el encuentro para ver que los medios hicieron hincapié en que "calificó de 'imprescindibles' a los medios" o en que abogó por "una Iglesia pobre y para los pobres". Pero casi no repararon en el "tirón de orejas" a los periodistas, cuando, haciendo referencia "a quienes han sabido observar y presentar estos acontecimientos de la historia de la Iglesia, teniendo en cuenta la justa perspectiva desde la que han de ser leídos, la de la fe", les dijo que, "aunque es ciertamente una institución también humana, histórica, con todo lo que ello comporta, la Iglesia no es de naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el Pueblo de Dios... Únicamente desde esta perspectiva se puede dar plenamente razón de lo que hace la Iglesia Católica"; perspectiva generalmente ausente del análisis mediático, que tiende a ver a la Iglesia desde un punto de vista puramente temporal,... y para criticarla.

El segundo ejemplo es la conferencia de prensa del Santo Padre durante el vuelo de regreso a Roma, tras la Jornada Mundial de la Juventud, donde Francisco afirmó, preguntado sobre el "lobby gay", que, "si una persona es gay, busca al Señor y tiene buenas intenciones, ¿quién soy yo para juzgarla?". No faltaron titulares del estilo: "'¿Quién soy yo para juzgar a un gay?', dijo el Papa" u "Otro gesto impactante del Papa: '¿Quién soy yo para juzgar a los gays?'" leyeron la afirmación como un guiño al colectivo homosexual o el comienzo de un cambio de posición de la Iglesia frente al tema. Más allá de las traducciones libres y lecturas ligeras y descontectualizadas (que no faltaron), ninguno se tomó el trabajo de leer el Catecismo al que el propio Santo Padre se remitió inmediatamente después y en la misma respuesta; allí se lee (n. 2358) que "un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta". Esto es, el "gesto impactante" no era más que poner por obra lo que viene diciendo el Catecismo desde hace 20 años. Más: la Iglesia, a pesar de que algunos católicos individualmente no lo hayan vivido así muchas veces, siempre ha seguido en ésta como en todas las materias morales aquel principio que san Agustín resumía diciendo que “hay que odiar el error y amar a los que yerran”.

Ni siquiera se ha salvado el Papa de la manipulación política de su imagen. Es interesante, al respecto, el análisis de Jorge Fernández Díaz en La Nación.com acerca del afiche que apareció en estos días en Buenos Aires.

Claro que la Providencia divina se sirve hasta de estas frivolidades mediáticas para el bien de los hombres. Pero sería bueno que reflexionáramos acerca de la incoherencia que supone ponderar, alabar sacarse fotos con el Papa, y tenerlo como "fetiche" de los canales de noticias, mientras seguimos viviendo de espaldas a lo que el Santo Padre, Vicario de Cristo, enseña con sus palabras y obras. Quisiera saber cómo van a votar los candidatos que se embanderan como "hinchas del Papa" cuando se plantee un proyecto sobre el aborto.
Dejémonos de "robar" con Francisco... y empecemos, mejor, a "armar lío".

martes, 30 de julio de 2013

Hablemos de Colón

Monumento a Colón desmontado
La reciente polémica por la pretensión del gobierno nacional de apropiarse del monumento a Colón, situado en la plaza homónima a espaldas de la Casa Rosada, a pesar de ser patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires, ha vuelto a poner sobre la mesa, lateral y chicaneramente, la discusión alrededor de la figura de Cristóbal Colón y el valor histórico del descubrimiento de América.
La acusación hacia Colón es la de haber sido el iniciador del "genocidio indígena" en América.

Placa del monolito de homenaje al Cacique Francisco TuliánAclaro que quien esto escribe es orgulloso descendiente de pueblos originarios de la Argentina (los Tulián somos de origen comechingón), así como también de criollos viejos e inmigrantes gallegos y vascos. Argentino "hasta la maceta", americano orgulloso y sin ánimos de irme de la patria a la que quiero con locura (y le consta a quienes me conocen).

Dicho esto, debo decir que la acusación hacia Colón no sólo es injusta, sino, además, poco consecuente y, en algunos casos, bastante hipócrita.

Injusta porque Colón tuvo la audacia de proponer viajar a las indias navegando hacia el occidente. Audacia no intentada hasta entonces, no porque se pensara (como nos decían en la primaria) que la tierra fuera plana; la verdad es que, particularmente desde Eratóstenes (siglo III a. C.) y Claudio Ptolomeo (siglo I d. C.) ya no existía ningún cosmógrafo serio que no supiera que la tierra era redonda. La audacia consistía en que, de acuerdo justamente con los cálculos de Eratóstenes (que había calculado el tamaño de la tierra con un ínfimo porcentaje de error), no era posible para la época un viaje como el que Colón proponía y se animó a hacer, así lo entendió el Consejo al que desoyó Isabel de Castilla quien, también llevada de cierta audacia, terminó financiando el proyecto.
Probablemente sí se pueda acusar a Colón de ambicioso, a juzgar por las condiciones políticas y económicas de las Capitulaciones de Santa Fe, por las que se lo hacía almirante, virrey y acreedor al 10% del producto neto de las mercaderías comerciadas o descubiertas en la expedición, cuyos gastos sólo soportaría en un octavo.
Lo cierto es que, por fortuna para él y la Corona, entre Europa y Asia, allende el Atlántico, se encontraba un continente que no había sido registrado en la cartografía de entonces y que, cuenta la historia, Colón murió sin saber que no eran las Indias.
Tras su tercer viaje a América, fue encarcelado acusado de mal gobierno (entre otras cosas, por su maltrato a los indios, considerados por la reina Isabel tan súbditos suyos como los españoles) y remitido a España donde, si bien fue liberado, terminó perdiendo cuanto había ganado en prestigio y poder.
Si bien existen pruebas de viajes anteriores de europeos y asiáticos al Nuevo Mundo, hasta los viajes de Colón puede decirse con justicia que ni el Viejo Mundo sabía de la existencia de América, ni ésta de aquél. Fue Colón quien inauguró una historia verdaderamente universal, bien que, probablemente, sin proponérselo.

Pero, además, la acusación a Colón es poco consecuente. Quienes la realizan, en su inmensa mayoría, tienen apellidos europeos, hablan perfecto español y viven en América; son hijos, nietos o biznietos, o, por lo menos, descendientes de inmigrantes más o menos antiguos, llegados a estas tierras en busca de mejor fortuna... ¡gracias a Colón! Ninguno, que yo sepa, se planteó volver a la España, la Italia o la Polonia de sus antepasados, ni se ha puesto a aprender el quichua para adoptarlo como lengua oficial.
La falta de consecuencia también se extiende a los medios para expresar la protesta, que no omiten la utilización de Internet, la televisión o la radio, todas ellas productos de la "detestable" civilización occidental que el "perverso" Colón trajo a estas costas.
Efectivamente, hacer una ucronía que imagine lo que, después de más de 500 años, podría haber pasado en América si no hubiera venido Colón es un ejercicio más que inútil. Nos es imposible pensar el mundo sin América y a ésta sin el mundo.
Y es esa realidad la que permitió, justamente, el descubrimiento de Colón.

Finalmente, el dedo acusador contra Colón no carece de cierta hipocresía. Ésta es el vicio de aparentar lo que no se es. Actualmente se extiende el concepto a la "moral de doble estándar", como se suele denominar.
En efecto, los "vengadores" del indigenismo, especialmente si son de izquierda, no juzgan con el mismo furor a muchos tiranos y criminales contemporáneos (o tiranos criminales, algunos aún vivos y merodeando). Tampoco se escandalizan de masacres ocurridas, no 500 años atrás, sino en los siglos XX y XXI, sólo porque quienes las perpetraron lo hacían "en defensa del pueblo", aunque fuera el mismo pueblo su víctima.
Habría que recordarles que, mientras hay que estudiar muchos, opinables y antiguos documentos para saber qué pasó con Colón y con los conquistadores que vinieron después, las tragedias de los últimos cien años están infinitamente más y mejor documentadas.
Y, sin embargo, muchos promotores del odio (como el "Che") tienen hasta su propio merchandising.
Mientras que a Colón...

miércoles, 29 de mayo de 2013

10 años K

Recuerdo cuando, cercano al partido de Gustavo Beliz, me enteré de que iban a acompañar a Néstor Kirchner en su candidatura presidencial para las elecciones de 2003. En ese momento decidí alejarme del "belicismo". Conocía profesionalmente algunos de los manejos del entonces gobernador de Santa Cruz en su provincia y pensaba que no era un candidato potable; ni imaginaba que lo que conocía era, apenas, "la punta del iceberg". El tiempo confirmó que mis recelos eran fundados.

En 2003, ya afiliado a Recrear, fiscalicé en las elecciones de abril para la candidatura de Ricardo López Murphy. Cuando se iba a la segunda vuelta, defendí -así: defendí- mi postura abstencionista respecto de la elección entre Kirchner y Menem, afirmando que eran lo mismo y que no podíamos esperar nada distinto de ninguno de ellos. Si me encuestaban, decía que votaba en blanco. Ya sabemos lo que pasó después. El tiempo demostró que me equivoqué.

Los analistas suelen hacer una serie de distinciones al momento de analizar la "Década Ganada". Aún los que se manifiestan más críticos le reconocen méritos. Concretamente, rescatan el crecimiento de la economía en los primeros años del ciclo, la reconstrucción del poder presidencial tras el fracaso del gobierno de la Alianza, y la promoción de leyes "progresistas", como las del "matrimonio igualitario" y la de "identidad de género"; según la posición más o menos "progre" del analista, pueden incluirse en el rescate, también y por ejemplo, la defensa de los derechos humanos y la estatización de las AFJP.
Me permito afirmar que no hay nada -nada- que rescatar de los últimos 10 años.

Podemos entrar en el análisis fino de cada logro" kirchnerista. Podemos decir, por ejemplo, que la mayor parte de los que ponderan el crecimiento económico no deducen la inflación ni tienen en cuenta cuánto del "crecimiento" es, en realidad, "recuperación" de la caída profunda de la crisis del 2001. Podemos señalar que la defensa de los derechos humanos es oportunista. Podemos cuestionar, si vamos más a fondo, las consecuencias sociales que pueden tener en el largo plazo las leyes "progresistas".
Pero, más allá de todo eso, lo que descalifica a esta década es la finalidad, el rumbo institucional buscado ab initio por el kirchnerismo y cada día más expreso. De la concentración de poder hiperpresidencialista, pasamos a la descalificación de los opositores, a la persecución más o menos desembozada, y a la modificación dramática de nuestra forma de Estado, de uno democrático hacia uno autoritario.
Así las cosas, cualquier iniciativa del gobierno nacional -tanto en su fase kirchnerista como en la cristinista- no puede considerarse positiva, atendiendo a la perspectiva que dan estos 10 años y que demuestran una única motivación para todos los actos de gobierno: el mantenimiento del poder.

Pero no ha habido una reconstrucción institucional -todo lo contrario-, ni un programa económico consistente -sólo existe una suma de "parches" de corto plazo-, ni siquiera realizaciones importantes a nivel de infraestructura -especialmente necesarias en materia energética y de transporte-.
Mientras sigamos ponderando las "cosas buenas" del gobierno "K" para rendir culto a la corrección política, el kirchner-cristinismo seguirá burlándose de nosotros, homologadores más o menos voluntarios de 10 años de destrucción de la república, de desmantelamiento del Estado, de mantenimiento de las desigualdades sociales, de fomento de la división y el odio entre los argentinos.

viernes, 12 de abril de 2013

#18A: Más que un cacerolazo

Para el jueves 18 de abril están convocando a un cacerolazo "internacional". Yo mismo me sumé a la convocatoria.

Pero no es suficiente.

Probablemente, la convocatoria supere, incluso, la del 8 de noviembre pasado, que hiciera enmudecer al gobierno nacional, tanto por el número de personas como por la generalización geográfica.

Pero, aun así, no sería suficiente.

La coyuntura hace especialmente necesaria la participación de la mayor cantidad de ciudadanos posible, porque, casi con seguridad, el día anterior se aprobarán leyes en el Congreso de la Nación que están orientadas a modificar dramáticamente nuestro sistema republicano, ya bastante desvirtuado, para convertirlo en una virtual "dictadura democrática", donde el gobierno nacional podrá atropellar el derecho de los particulares de la manera más impune y sin el contapeso de la división de poderes. Es necesario que la protesta se concentre especialmente en el cuestionamiento de la virtual destrucción de nuestro Poder Judicial, inspirada únicamente en las necesidades políticas circunstanciales del Poder Ejecutivo Nacional.

Sin embargo, esto es sólo una parte del problema.

Ante nuestros ojos se desmorona la república. De esto ya hablamos en otros artículos anteriores. Alguna vez, en 2011 y ante un grupo de militantes de mi partido, señalé mi temor de que la victoria de Cristina Fernández de Kirchner fuera el punto de partida de una escalada autoritaria que deberíamos enfrentar en los años por venir y cuyas consecuencias eran imprevisibles. La propia Presidenta confirmó esos temores al arengar a sus partidarios, en un acto que debía ser para todos los argentinos (era el Bicentenario de la Creación de la Bandera Nacional), con aquella frase: "¡Vamos por todo!". La enumeración de atropellos al sistema republicano antes y después de esa frase no hay tiempo de listarla aquí; pero las restricciones cambiarias de carácter casi soviético, la ofensiva descarada contra los medios independientes y la libertad de expresión en general, y la pretensión de acabar con el Poder Judicial como contrapeso dentro del sistema republicano, entre muchos otros hechos de mayor o menor envergadura, nos han ido mostrando a lo largo del último año en qué consiste aquel "¡Vamos por todo!". Quienes llegaron al poder en el gobierno nacional no están dispuestos a dialogar democráticamente con quienes no piensan como ellos (algunos de sus voceros, expresamente, han dado a entender que no tienen por qué hacerlo), no buscan sino concentrar y conservar el poder a cualquier precio y, si no se les pone un freno, luego de "ir por todo", vendrán por nosotros: por nuestra propiedad, por nuestra libertad, por nuestra dignidad, por nuestras vidas... Y no importará, siquiera, de qué lado estemos parados (es elocuente, en este sentido, el episodio con el periodista Juan Miceli): nos "llevarán puestos" si nos ponemos enfrente, o si ellos nos consideran el más mínimo obstáculo para su proyecto de poder.

Y, todavía, esto no es lo peor.

Lo grave, lo verdaderamente grave, es que la oposición no ha sabido articular una alternativa. En eso, me hago cargo, tenemos responsabilidad todos los que militamos en los partidos políticos del espectro "no K". Trágico será si el #18A no hace reaccionar a los dirigentes de la oposición para generar una propuesta programática y electoral seria y competitiva, capaz de vencer al cristi-kirchnerismo, no sólo en 2013, sino en 2015. Sería patético que las masas que se movilizarán, sin duda, el #18A en todo el país quedan en sólo eso: masa sin líderes ni dirección. Serán inútiles las diatribas, los cruces y los discursos ingeniosos contra las pretensiones hegemónicas del gobierno nacional, si no se encara seriamente el proyecto de enfrentarlo y derrotarlo definitivamente. La orfandad del pueblo que no comparte la "revolución de cartulina" que impulsa el gobierno nacional -pueblo que es, a no dudarlo, más que el 54% que votó a Cristina Fernández en 2011- será, entonces, objeto de burla por parte de quienes detentan el poder para seguir acumulándolo a expensas de ese mismo pueblo, de quienes piensan seguir, cuando se hayan apagado los ecos de las cacerolas, su marcha triunfal hacia la imposición de un cesarismo del que será muy difícil volver.
¿Será mucho pedir generosidad y apertura de criterio a los dirigentes de la oposición? ¿Es posible que no se den cuenta de que enfrentan no a un partido, ni a un gobierno, sino a un sistema perverso de acumulación de poder a expensas del sistema republicano; un sistema que no fue pensado para preservar los privilegios de las oligarquías, sino para proteger los derechos del pueblo llano? ¿No ven que son "ellos o nosotros", y que ese "nosotros" incluye no sólo al "pueblo opositor", sino a todo el pueblo argentino? ¿Seguirán más preocupados de "no salir en la foto" con este o con aquel, que en encontrar las soluciones de largo plazo que vuelvan a convertir a la Argentina en un país normal?

Me duele la patria. Me duele el sufrimiento de tantos argentinos que se encuentran impotentes frente al Estado, sea por la inacción de éste o por sus atropellos. Me duelen las víctimas de un sistema que se olvidó de las personas. Me duele el papel lamentable de esta Argentina prepotente, arbitraria, veleidosa y vengativa, que el gobierno le muestra al mundo, para vergüenza de las generaciones por venir.

¡Hagamos algo, no sólo protestar!
Exijamos un programa alternativo de gobierno, que restablezca la plena vigencia de las instituciones de la república, que garantice la propiedad privada y las reglas del juego justas e iguales para todos que atraigan las inversiones necesarias para reconstruir el país (en primer lugar, las inversiones de nuestro propio pueblo), que respete la libertad de sus habitantes, que privilegie la verdad sobre el "relato", que proteja la vida de todos y todas, sin distinción y sin discriminación de ninguna especie.
¿Alguien se hace eco?
¿Alguien tomará nota?
¿Alguien se animará a hacerlo?
Que cuente conmigo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Una lección de humildad

Los fieles de la Arquidiócesis de Buenos Aires perdimos un obispo, y ganamos un Papa. Francisco. Resulta, todavía, difícil de creer.

Alguna vez, un querido amigo, ya fallecido, hijo de una romana y que pasaba las fiestas y los inviernos junto a su nonna en Roma, me contaba que el romano medio católico se siente con derecho a criticar al Papa por cualquier cosa, como quien critica a un obispo cualquiera; al fin y al cabo, el Papa es el Obispo de Roma.
El comentario, en cierto modo, me escandalizó. Si un católico, por elemental deber de caridad, debería callar cuando no pueda alabar a su obispo (o a un obispo cualquiera y siguiendo el ejemplo de los buenos hijos de Noé), con mayor razón debería respetar y venerar a la persona del Papa, Vicario de Cristo en la tierra. Así lo aprendí en mi casa y así es la enseñanza de veinte siglos en la Iglesia; veinte siglos en los que no han faltado papas con vidas personales cuestionables desde el punto de vista moral. Lo curioso es que ni siquiera esos papas "de mala vida" cambiaron una coma de la doctrina de Cristo para autojustificar sus conductas (al contrario de los políticos modernos, tan propensos a buscar que las leyes homologuen sus vicios); pero eso es para un análisis teológico en otro momento... en otro blog.

La anécdota viene al caso porque Francisco no es un papa más para nosotros. Fue el Arzobispo de Buenos Aires hasta ayer. Sujeto, como tal, a la mirada crítica de propios y ajenos. Conozco no pocos católicos que no se han privado de criticarlo por razones políticas o religiosas, generalmente con argumentos bastante injustos. No niego que personalmente he tenido mis reservas respecto de actitudes puntuales o de puntos de vista; pero jamás lo escuché enseñar algo que pudiera interpretarse como una herejía, ni mucho menos; y cualquiera puede dar fe de que, cuando se lo atacó en mi presencia, lo defendí, aún en cuestiones opinables, por justicia y por ser mi obispo. Y es público su compromiso por la defensa de la vida, la dignidad humana y la familia en momentos en que defenderlos era exponerse a la crítica despiadada de la "progresía", cuando no al escarnio.
Y ahora el Arzobispo se convirtió en el Papa. Y es de fe que no fue ocurrencia de un puñado de cardenales, sino del Espíritu Santo que los inspiró.
Y el Papa es, como decía santa Catalina de Siena (que no se privó de decirle al papa de su tiempo las cosas en la cara), el "dulce Cristo en la tierra".

Podríamos, como los vecinos de Nazareth dijeron del Señor: "¿no es este aquel que...?". O, la gran argentina: "¿qué va a ser importante, si fue vecino mío?".
Creo que para los argentinos, el papado de Francisco será una lección de humildad. Por un lado, porque muchos católicos que se animaron a hablar mal de él deberán ahora reconocer y venerar en él al Vicario de Cristo. Por otro lado, porque el papa argentino, como todos los papas, ya no pertencece a la patria que lo vio nacer, sino a la Iglesia Universal, a la que se entregó al aceptar el ministerio de Pedro.

Queda rezar por él, para que el Señor lo conserve, lo llene de vida, lo haga feliz en la tierra, y no lo entregue en manos de sus enemigos.

lunes, 4 de marzo de 2013

¿Hacia dónde vamos?

El discurso de apertura de la Presidenta Cristina Fernández ante la Asamblea Legislativa el pasado 1.º de marzo no puede menos que inquietar a todos aquellos a los que nos preocupa el país. Si consigue llevar adelante sus proyectos de "democratización" del Poder Judicial y éstos surten el efecto buscado (concretamente, si consiguen evitar que el Poder Judicial obstaculice en cualquier forma o medida las políticas del Poder Ejecutivo), estaremos yendo hacia una dictadura, como bien me comentaba un allegado esta mañana.

Una dictadura, porque el concepto mismo de república se asienta en la división de poderes que sirven de contrapeso, y la Presidenta apunta, justamente, a diluir tales contrapesos para concentrar el poder en sus propias manos.
Una dictadura, porque tal proceder parte del presupuesto de que tenemos una líder (una fuhrer, una duce, una caudilla), única garante de una revolución en marcha destinada a transformar a la Argentina, y cuyo designio no puede ser contradicho, justamente en nombre mismo de la revolución.
Una dictadura, porque toda disidecia, en tal esquema, es una traición a la revolución y, consecuentemente, a la Patria. Y las traiciones deben ser perseguidas y castigadas ejemplarmente.
Una dictadura que, en fin, no se autoasumirá jamás como tal (nunca lo hacen), sino que se ira imponiendo progresivamente, para que, como en el cuento de la rana en la olla caliente, nadie pueda reaccionar hasta que sea demasiado tarde. Basta con que la Presidenta encuentre o invente a "su Medvedev" para alternar el poder entre 2015 y 2019 y así garantizar (y garantizarse) el "modelo"

De esto ya hablamos en un artículo anterior.

Herramientas jurídicas para oponerse existen, y seguirán existiendo mientras, como le dijo el campesino a Federico el Grande, "haya jueces en Berlín". Pero, ¿cuánto tiempo resistirán los pocos jueces probos que van quedando?
Por otro lado, la propia torpeza del Gobierno, tantas veces probada (y, especialmente, a lo largo del año pasado) puede ser el origen de su propio fracaso en la iniciativa dictatorial; así lo demuestra, por ejemplo, la penosa y tragicómica secuela del tan mentado "7D", que terminara en la nada. Sin embargo, de nada sirve que los dictadores sean torpes, si no existe una oposición en condiciones de hacerles frente y ofrecer una iniciativa al electorado.

Un electorado que debe despertar del anestesiamiento en el que se encuentra. La política ya no puede ser cosa dejada al arbitrio de profesionales, cuando lo que está en juego es la institucionalidad misma de la nación, esto es, la vida, la libertad y la propiedad de cada uno de los habitantes de este bendito país.
No bastará con oponerse, con salir a manifestarse, con gritar, en cuanta oportunidad nos toque, que no vamos a entregar la patria de nuestros hijos a los tiranos. Hay que organizarse políticamente, hay que ofrecer una alternativa orgánica, hay que buscar o gestar al líder de una oposición dispuesto a hacer frente, en nombre de la república, a la dictadura. Hay que dejar de lado la política de "paladar negro" ("Fulano es nuestro límite", "no podemos acompañar a los de tal orientación política",...); es un lujo que sólo puede darse la extrema izquierda, que carece, en realidad, de relevancia electoral.

Los tiempos que siguen ya no distinguirán entre capital e interior, ni entre derecha e izquierda, ni entre clases, ni entre capital y trabajo. La única opción, cada vez más, es entre república y dictadura. Si no hacemos un esfuerzo para unirnos en la defensa de las banderas de la república, el final será de gestapos, gulags, comisarios políticos, delaciones y desaparecidos, por mucho que la palabra "democracia" sea repetida en boca de quienes llevan adelante esta "revolución".
No podemos permitirnos ser ingenuos.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Ideología del escrache

Cuando HIJOS llamaba a escrachar a tal o cual persona, considerada "genocida" por haber participado de la represión ilegal en los '70 (o por haber servido un café en alguna oficina pública durante la época del "Proceso", lo mismo da), quienes se escandalizaron eran "sectores de la derecha solidarizados con Videla".
Cuando las abortistas escrachan templos católicos con pintadas inusualmente agresivas contra la Iglesia y su postura pro vida, los que repudian tales actos son descalificados como "partidarios de la censura y contrarios a la libertad de expresión".
Cuando Hebe de Bonafini realizó un "juicio público" (escrache) a periodistas considerados opositores por criticar las políticas del Gobierno nacional, los que cuestionaron tal proceder eran "esbirros de Magnetto".
Cuando la señora Presidenta escrachó denunciando públicamente datos impositivos de un particular que había osado cuestionar las políticas públicas que lo afectaban, aquellos que criticaron el proceder presidencial fueron catalogados como "gorilas representantes de las corporaciones afectadas por las políticas nacionales y populares".
Ahora los escrachados son el Vicepresidente Boudou y el Viceministro de Economía Kicillof. Ahora sí, se trata de prácticas deleznables para el Gobierno nacional (con la Presidenta a la cabeza) y todos sus defensores. Ahora queda en evidencia, al parecer, el "doble estándar" moral del kirchnerismo.

El escrache es una práctica nazi-fascista (literalmente), demostración de prejuicio y cobardía de parte de quienes lo practican. Prejuicio, por cuanto descalifica de manera inapelable y a priori a quien se encuentra "en la vereda de enfrente". Cobardía, porque siempre requiere del anonimato de la masa para practicarse.
El escrache es injustificable tanto contra Videla como contra Kicillof, tanto contra la Iglesia como contra el Vicepresidente.
Si no lo entendemos así, entonces carecemos de autoridad moral para exigir justicia, rectitud y buena fe de parte de los demás.

Cabe preguntarse cuánto de esta ideología del escrache tiene su origen en la crispación promovida desde el propio Gobierno que ahora se escandaliza del monstruo que él mismo alimentó cuando le fue funcional.

lunes, 28 de enero de 2013

"El Cromagnon de Brasil"

El incendio de la discoteca Kiss en Brasil llama inmediatamente al recuerdo del incendio de Cromagnon, en Buenos Aires, aquél fatídico 30 de diciembre de 2004, que costó 194 vidas y cuyas repercusiones llegan hasta estos días, ya que hace poco recayó la condena definitiva sobre quienes fueron considerados penalmente responsables del desastre.
Los paralelos son inevitables: el incendio en una disco repleta, la gran cantidad de muertos por asfixia, la irresponsabilidad de la pirotecnia en un lugar cerrado, la precariedad en la habilitación del local...
Pero, quizás el más doloroso de los paralelos sea la reacción oficial de los respectivos gobiernos nacionales. Baste recordar, de acuerdo con un diario de tendencia oficialista, que el entonces Presidente Kirchner (junto con su mujer, la actual Presidenta) no abandonó sus vacaciones en El Calafate: así daba cuenta Página/12 de la cautela con que se mantuvo Kirchner lejos del horror.
Dilma Rousseff, en cambio, fue sorprendida por la noticia esta vez en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y la Unión Europea, en Santiago de Chile. "Es una tragedia para todos nosotros. No voy a continuar en la reunión por razones muy claras. Frente a lo ocurrido, quien necesita de mí hoy es el pueblo brasileño, y es ahí donde tengo que estar", dijo y abandonó inmediatamente la cumbre para ir a Santa María, una ciudad de menos de 300 mil habitantes en el estado de Rio Grande do Sul, para unirse al llanto de los familiares de las víctimas. No sabemos si calculó los costos políticos, tampoco si midió cuánto le sumaría electoralmente, menos podemos decir si sus lágrimas son sinceras o no. Pero es evidente que el gesto contrasta fuertemente con aquella mezquindad de que hicieran gala los Kirchner hace poco más de ocho años; mezquindad que, por cierto, les resultó efectiva para despegarse del entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad, que había sido oportunamente apadrinado por ellos, cuyos propios errores políticos lo condujeron, meses después, a la destitución a causa de la tragedia.
No es un secreto que no comulgo ideológicamente con Dilma Rousseff, ni mucho menos. Pero - honor a quien honor merece - su gesto resulta propio de una estadista compenetrada con los problemas de su pueblo, más allá del cálculo político y la preocupación por conservar el poder.