La pregunta, ahora, es: ¿por dónde empezar? Si tenemos que reconstruir el país después de la inundación kirchnerista, la primera cuestión es qué hay que levantar primero.
Al igual que en el caso de un edificio derruido, lo primero es reconstruir el armazón que sostuvo la estructura arrasada, aquello que debe volver a mantener todo en pie. Una reconstrucción que, además, mejore las técnicas, materiales y resistencia del anterior armazón, de manera tal que evite un nuevo colapso y resista la reiteración del fenómeno que destruyó la estructura.
En el caso de un país, el armazón son sus instituciones, su orden jurídico, especialmente el constitucional, sin el cual no podrá articular ninguna solución a sus problemas.
Los argentinos tenemos una especie de prejuicio por el cual estamos esperando al dirigente providencial que nos saque de la postración. Por herencia o por vicio, lo cierto es que no toleramos las soluciones a largo plazo; no podemos sufrir la espera que supone la lenta construcción de una estructura institucional que garantice la continuidad del progreso. Quizás por eso preferimos los liderazgos fuertes, y procuramos su prolongación aun antes de evaluar sus resultados.
Pero esto tiene que terminar. Si queremos realmente ser una potencia, si aspiramos a que la Argentina aproveche al máximo su potencial, hemos de aspirar a que la fortaleza no esté tanto en los liderazgos (la permanente búsqueda del "macho alfa") como en las instituciones.
La ley tiene que trascender a las personas. No al revés. Debemos dejar de pretender manipular las normas para ajustarlas al interés político del momento. Esto tiene que terminar aquí. No puede tolerarse más que se ponga entre paréntesis el respeto por la Constitución con la excusa de la eficacia política, la celeridad procesal o la justicia social. No.
La Constitución tiene que respetarse a rajatabla, en todos sus artículos. Debemos someternos al imperio de la ley, sin excusas. Hemos de "soportar" el equilibrio de poderes, la república, sin esperar más mesías salvadores.
Solo el respecto irrestricto por el orden jurídico, sin excepciones ni privilegios, nos dará la fortaleza institucional necesaria para acometer la enorme tarea de la reconstrucción de nuestra economía y de nuestro tejido social. Solamente con instituciones fuertes recuperaremos el crédito y la credibilidad que hemos perdido en el exterior; sólo así tendremos la autoridad moral necesaria para defender los intereses nacionales en el contexto internacional.
Convenzámonos de que no hay otra alternativa. Recuperemos el valor del compromiso que reside en el respeto por la ley.
Esto supondrá un paso inmenso y sin costo. En efecto, el respeto de la ley por parte de gobernantes y gobernados no le cuesta al país un centavo, no supone ninguna erogación, no requiere ningún trámite. Solo exige el esfuerzo personal de cada argentino por cumplir con las normas establecidas, por hacerlas cumplir, por reclamar de manera civilizada, por convivir respetando al otro.
En eso consiste la justicia, en ese respeto que lleva a dar a cada uno lo suyo, alejándonos de la desmesura, de la agresión, del atropello.
Así empezaremos a construir un país nuevo.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
lunes, 14 de julio de 2014
viernes, 4 de julio de 2014
El día después
El fin del kirchnerismo no será
el fin de nada, sino el comienzo de una nueva etapa para nuestro país. De
nuestra clase dirigente dependerá que esa nueva etapa tenga un valor en sí
misma o se reduzca a un “pos kirchnerismo”: a un mantenimiento del estado de
cosas que nos dejarán los Kirchner o, a lo sumo, a un desarme de las
estructuras más escandalosas legadas por esta dinastía política.
El peligro consiste, pues, en
que, a partir del 11 de diciembre de 2015 sigamos refiriéndolo todo, por activa
o por pasiva, por la positiva o la negativa, al sistema de poder y la acción de
gobierno que encabezaron, durante más de 12 años, Néstor Kirchner y su esposa.
Sería una situación análoga a la que enfrentó, y resolvió mal, el antiperonismo
después del golpe de estado del 16 de septiembre de 1955. Salvadas las
distancias —ahora no habrá golpe, sino una simple sucesión de gobiernos
constitucionales—, a finales de 2015 también terminará un largo gobierno, que
tuvo en su mano una parte extraordinaria de los resortes del poder, que hizo de
ellos uso discrecional y en función, casi exclusivamente, de su conservación,
que ha transfigurado el perfil social y político de la Argentina, e instaurado
un régimen político ajeno al sistema institucional delineado en la Constitución
Nacional.
Entre 1955 y 1973, en la
Argentina se gobernó, primero, en función de destruir al peronismo y su legado
político, y luego, pretendiendo sustituirlo. El antiperonismo generó actitudes
tan sectarias como las del peor momento del peronismo, apuntaló o derrocó
gobiernos según percibiera su lejanía o cercanía con el peronismo, llegó a
cobrarse vidas humanas y, finalmente, sirvió de coartada a la locura
guerrillera entre los años ’60 y ’70. Nadie pensó en rescatar lo bueno, en
encontrar una fórmula superadora, en plantear otro proyecto de país. No. Se
trataba de arrasar con el peronismo, como los romanos arrasaron a su turno con
Cartago, o como los soviéticos pretendieron borrar durante años de la historia
reciente el solo recuerdo de Stalin. En el afán de renegar del peronismo, se lo
terminó potenciando, por la negativa: quienes habían formado parte del “pueblo
peronista” se resintieron notablemente, e incluso quienes habían vivido el
peronismo en su niñez criados por familias antiperonistas se “convirtieron” en
su juventud al peronismo, como reacción frente al ciego sectarismo
antiperonista.
¿Vamos a hacer lo mismo ahora?
No faltan antikirchneristas tan
recalcitrantes que desearían borrar de la memoria colectiva hasta el último
vestigio del recuerdo de los Kirchner cuando éstos abandonen el poder. Tampoco
faltan políticos de la oposición preocupados, al parecer, únicamente por
perseguir penalmente los latrocinios de la “década ganada”. Como si todos los
problemas del país pasaran por la sola detentación del poder por parte de la
Presidenta y sus funcionarios. Corremos, insisto, el peligro de reeditar la
barbarie de aquella época en la que el nombre de Perón no podía siquiera
pronunciarse en los medios masivos de comunicación.
Sí, ya sé: cuesta pensar hoy que
exista algo de rescatable en un ciclo que parece conducirnos al punto del que
partimos (el default de la deuda),
con un gobierno que ha hecho uso y abuso del poder, que ha perseguido
solapadamente a toda disidencia, que ha dilapidado los recursos del país en un
inmejorable contexto internacional, y que exige para sí mismo las
contemplaciones y derechos que niega expresamente a los demás. Ya escribí, en su momento, que nada tenía de “ganada” la década kirchnerista.
Pero el país no está mal,
solamente, por el accionar del kirchnerismo. Está mal por aquello que nadie en
nuestra clase dirigente solucionó —y ni siquiera vio que tenía que solucionar—,
está mal por aquello que el kirchnerismo “vendió” y la oposición “compró” sin
cuestionar durante los últimos 11 años, está mal por aquello que nadie quiere
cambiar porque supone que puede servir a su propio interés, está mal porque la
Argentina ha naturalizado, como se dice ahora, una serie de vicios en los que
se encuentra sumergida, como en aquella “matrix” de la película, sin percatarse
siquiera de que la están matando lentamente.
Entonces, ¿qué?
Como dije al principio, la etapa
que se iniciará en 2015 supondrá la oportunidad para iniciar algo más que un
simple “poskirchnerismo”. Tenemos que encarar todos los problemas de la
Argentina desde una perspectiva que no se agote en un “anti” nada. Tenemos que
proponer algo nuevo, verdaderamente nuevo, que vaya más allá de la referencia a
los Kirchner. Tenemos que superar, de una vez, la perenne retorsión sobre el
pasado, para escarmentar y volver a construir nuestro presente.
Mirar para adelante. Pensar la
Argentina de nuevo. Que el pasado no sea el tema del presente. Ofrecer a las
nuevas generaciones no una nueva venganza, sino un proyecto de país. Pero un proyecto
verdadero, no una suma de frases hechas, no una “idea fuerza”, no un eslogan.
Será la oportunidad para volver a
proyectar el país, para recuperar la senda, abandonada décadas atrás, de la
Argentina potencia, para escarmentar de los errores, capitalizar las
experiencias y empezar a construir, en lugar de destruir, de una bendita vez.
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