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lunes, 14 de julio de 2014

Por dónde empezar: las instituciones

La pregunta, ahora, es: ¿por dónde empezar? Si tenemos que reconstruir el país después de la inundación kirchnerista, la primera cuestión es qué hay que levantar primero.

Al igual que en el caso de un edificio derruido, lo primero es reconstruir el armazón que sostuvo la estructura arrasada, aquello que debe volver a mantener todo en pie. Una reconstrucción que, además, mejore las técnicas, materiales y resistencia del anterior armazón, de manera tal que evite un nuevo colapso y resista la reiteración del fenómeno que destruyó la estructura.
En el caso de un país, el armazón son sus instituciones, su orden jurídico, especialmente el constitucional, sin el cual no podrá articular ninguna solución a sus problemas.

Los argentinos tenemos una especie de prejuicio por el cual estamos esperando al dirigente providencial que nos saque de la postración. Por herencia o por vicio, lo cierto es que no toleramos las soluciones a largo plazo; no podemos sufrir la espera que supone la lenta construcción de una estructura institucional que garantice la continuidad del progreso. Quizás por eso preferimos los liderazgos fuertes, y procuramos su prolongación aun antes de evaluar sus resultados.

Pero esto tiene que terminar. Si queremos realmente ser una potencia, si aspiramos a que la Argentina aproveche al máximo su potencial, hemos de aspirar a que la fortaleza no esté tanto en los liderazgos (la permanente búsqueda del "macho alfa") como en las instituciones.
La ley tiene que trascender a las personas. No al revés. Debemos dejar de pretender manipular las normas para ajustarlas al interés político del momento. Esto tiene que terminar aquí. No puede tolerarse más que se ponga entre paréntesis el respeto por la Constitución con la excusa de la eficacia política, la celeridad procesal o la justicia social. No.

La Constitución tiene que respetarse a rajatabla, en todos sus artículos. Debemos someternos al imperio de la ley, sin excusas. Hemos de "soportar" el equilibrio de poderes, la república, sin esperar más mesías salvadores.
Solo el respecto irrestricto por el orden jurídico, sin excepciones ni privilegios, nos dará la fortaleza institucional necesaria para acometer la enorme tarea de la reconstrucción de nuestra economía y de nuestro tejido social. Solamente con instituciones fuertes recuperaremos el crédito y la credibilidad que hemos perdido en el exterior; sólo así tendremos la autoridad moral necesaria para defender los intereses nacionales en el contexto internacional.

Convenzámonos de que no hay otra alternativa. Recuperemos el valor del compromiso que reside en el respeto por la ley.
Esto supondrá un paso inmenso y sin costo. En efecto, el respeto de la ley por parte de gobernantes y gobernados no le cuesta al país un centavo, no supone ninguna erogación, no requiere ningún trámite. Solo exige el esfuerzo personal de cada argentino por cumplir con las normas establecidas, por hacerlas cumplir, por reclamar de manera civilizada, por convivir respetando al otro.
En eso consiste la justicia, en ese respeto que lleva a dar a cada uno lo suyo, alejándonos de la desmesura, de la agresión, del atropello.

Así empezaremos a construir un país nuevo.

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