El fin del kirchnerismo no será
el fin de nada, sino el comienzo de una nueva etapa para nuestro país. De
nuestra clase dirigente dependerá que esa nueva etapa tenga un valor en sí
misma o se reduzca a un “pos kirchnerismo”: a un mantenimiento del estado de
cosas que nos dejarán los Kirchner o, a lo sumo, a un desarme de las
estructuras más escandalosas legadas por esta dinastía política.
El peligro consiste, pues, en
que, a partir del 11 de diciembre de 2015 sigamos refiriéndolo todo, por activa
o por pasiva, por la positiva o la negativa, al sistema de poder y la acción de
gobierno que encabezaron, durante más de 12 años, Néstor Kirchner y su esposa.
Sería una situación análoga a la que enfrentó, y resolvió mal, el antiperonismo
después del golpe de estado del 16 de septiembre de 1955. Salvadas las
distancias —ahora no habrá golpe, sino una simple sucesión de gobiernos
constitucionales—, a finales de 2015 también terminará un largo gobierno, que
tuvo en su mano una parte extraordinaria de los resortes del poder, que hizo de
ellos uso discrecional y en función, casi exclusivamente, de su conservación,
que ha transfigurado el perfil social y político de la Argentina, e instaurado
un régimen político ajeno al sistema institucional delineado en la Constitución
Nacional.
Entre 1955 y 1973, en la
Argentina se gobernó, primero, en función de destruir al peronismo y su legado
político, y luego, pretendiendo sustituirlo. El antiperonismo generó actitudes
tan sectarias como las del peor momento del peronismo, apuntaló o derrocó
gobiernos según percibiera su lejanía o cercanía con el peronismo, llegó a
cobrarse vidas humanas y, finalmente, sirvió de coartada a la locura
guerrillera entre los años ’60 y ’70. Nadie pensó en rescatar lo bueno, en
encontrar una fórmula superadora, en plantear otro proyecto de país. No. Se
trataba de arrasar con el peronismo, como los romanos arrasaron a su turno con
Cartago, o como los soviéticos pretendieron borrar durante años de la historia
reciente el solo recuerdo de Stalin. En el afán de renegar del peronismo, se lo
terminó potenciando, por la negativa: quienes habían formado parte del “pueblo
peronista” se resintieron notablemente, e incluso quienes habían vivido el
peronismo en su niñez criados por familias antiperonistas se “convirtieron” en
su juventud al peronismo, como reacción frente al ciego sectarismo
antiperonista.
¿Vamos a hacer lo mismo ahora?
No faltan antikirchneristas tan
recalcitrantes que desearían borrar de la memoria colectiva hasta el último
vestigio del recuerdo de los Kirchner cuando éstos abandonen el poder. Tampoco
faltan políticos de la oposición preocupados, al parecer, únicamente por
perseguir penalmente los latrocinios de la “década ganada”. Como si todos los
problemas del país pasaran por la sola detentación del poder por parte de la
Presidenta y sus funcionarios. Corremos, insisto, el peligro de reeditar la
barbarie de aquella época en la que el nombre de Perón no podía siquiera
pronunciarse en los medios masivos de comunicación.
Sí, ya sé: cuesta pensar hoy que
exista algo de rescatable en un ciclo que parece conducirnos al punto del que
partimos (el default de la deuda),
con un gobierno que ha hecho uso y abuso del poder, que ha perseguido
solapadamente a toda disidencia, que ha dilapidado los recursos del país en un
inmejorable contexto internacional, y que exige para sí mismo las
contemplaciones y derechos que niega expresamente a los demás. Ya escribí, en su momento, que nada tenía de “ganada” la década kirchnerista.
Pero el país no está mal,
solamente, por el accionar del kirchnerismo. Está mal por aquello que nadie en
nuestra clase dirigente solucionó —y ni siquiera vio que tenía que solucionar—,
está mal por aquello que el kirchnerismo “vendió” y la oposición “compró” sin
cuestionar durante los últimos 11 años, está mal por aquello que nadie quiere
cambiar porque supone que puede servir a su propio interés, está mal porque la
Argentina ha naturalizado, como se dice ahora, una serie de vicios en los que
se encuentra sumergida, como en aquella “matrix” de la película, sin percatarse
siquiera de que la están matando lentamente.
Entonces, ¿qué?
Como dije al principio, la etapa
que se iniciará en 2015 supondrá la oportunidad para iniciar algo más que un
simple “poskirchnerismo”. Tenemos que encarar todos los problemas de la
Argentina desde una perspectiva que no se agote en un “anti” nada. Tenemos que
proponer algo nuevo, verdaderamente nuevo, que vaya más allá de la referencia a
los Kirchner. Tenemos que superar, de una vez, la perenne retorsión sobre el
pasado, para escarmentar y volver a construir nuestro presente.
Mirar para adelante. Pensar la
Argentina de nuevo. Que el pasado no sea el tema del presente. Ofrecer a las
nuevas generaciones no una nueva venganza, sino un proyecto de país. Pero un proyecto
verdadero, no una suma de frases hechas, no una “idea fuerza”, no un eslogan.
Será la oportunidad para volver a
proyectar el país, para recuperar la senda, abandonada décadas atrás, de la
Argentina potencia, para escarmentar de los errores, capitalizar las
experiencias y empezar a construir, en lugar de destruir, de una bendita vez.
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