Es notable cómo la progresía nacional parece restregarse las manos con el destape del bochornoso caso de las torturas de la CIA en la base de Guantánamo. Tanto más cuanto que el escándalo salpica (si no sumerge) al ex presidente G. W. Bush, catalizador de los odios progresistas, y de los votos norteamericanos, durante los 8 años de su presidencia en la primera década del siglo.
La satisfacción "progre" viene porque el asunto desnuda la brutalidad de que es capaz el "Imperio" en su afán por consolidar su poder y dominación. Confirma todos los prejuicios respecto de los Estados Unidos en general, y de la administración republicana en particular. Es un "¿vieron que teníamos razón?" orientado a mostrar lo malo que es el mundo capitalista y, de paso, lo bueno que es enfrentarlo, contradecirlo, desafiarlo y despreciarlo; en este caso, en nombre de los derechos humanos. Al punto que no faltará quien se justifique las atrocidades de grupos extremistas o terroristas con el argumento de que los poderosos del norte fueron los que empezaron, o que "ellos también son terroristas".
Es evidente que un escándalo de esta magnitud, que no sorprende sino que confirma las sospechas que ya se tenían, deberá ser objeto de una investigación profunda y de un castigo ejemplar. Pero, si bien no es santo de mi devoción, estoy de acuerdo con Thomas Friedman cuando dice, bien que con cierta arrogancia, que Estados Unidos sigue siendo mejor que quienes los quieren destruir.
-¿Por qué, Tulián? -dirá el lector- ¿Ahora sos "pro yanqui"?
En realidad, el caso debería preocupar a los fanáticos de la izquierda empeñados en mostrar que el "eje del mal" pasa por Washington, porque el hecho mismo de que una comisión del Congreso de los Estados Unidos haya desnudado las miserias de su propio servicio de inteligencia habla mejor de los norteamericanos que de quienes los impugnan.
Cuesta pensar, en efecto, que algún órgano de La Habana se decida, no ya a denunciar, sino tan solo a investigar las violaciones a los derechos humanos en el resto de la isla, fuera de Guantánamo, que vienen siendo denunciadas por centenares de miles de cubanos exiliados desde hace más de 50 años. Del mismo modo que es inimaginable la existencia de alguna voluntad investigadora en Pekín para descubrir la verdad acerca de las persecuciones políticas y religiosas, las represiones brutales de manifestaciones democráticas o la estricta censura a la que está sometido el pueblo chino.
Y es que la denuncia de violaciones a los derechos humanos sólo es posible en regímenes republicanos y democráticos -realmente democráticos-, donde las libertades son respetadas y los poderes del gobierno se contrapesan, limitan y controlan unos a los otros. No en sociedades donde se instituye el totalitarismo, aunque sea en nombre de la justicia social -generalmente es así: los totalitarismos están convencidos de su propia "bondad"-, no con gobiernos que descalifican y buscan acallar o perseguir a las voces críticas, señalándolas como traidoras a la patria.
¿Por qué será que los mismos que levantan el dedo para acusar a los Estados Unidos por los crímenes que su propio gobierno está denunciando, son maestros en inventar excusas o minimizar los delitos de los populismos locales, tan afectos a disfrazar la verdad y trasladar las responsabilidades a los demás?
Así como es loable que una persona reconozca su propio error y pida perdón, también lo es que un gobierno se haga cargo de las maldades de sus agentes, no para excusarlos ni para ocultarlas, sino para proceder a hacer justicia y castigar condignamente. Esto en Cuba no se consigue... ¿Y en la Argentina?

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