¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

miércoles, 30 de octubre de 2019

El fracaso de una oportunidad

No.
No somos traidores.
No causamos la derrota de Cambiemos.
No somos responsables del regreso del pero-kirchnerismo.

Quienes criticamos primero, nos fuimos después y apoyamos otras alternativas no fuimos “funcionales a los K”. Aunque Lavagna, Gómez Centurión y Espert no se hubieran presentado, el actual presidente electo, Fernández, igual hubiera ganado en primera vuelta. Y es que, en un escenario de polarización como la que se dio y con una campaña paroxística como la que tuvimos, en la que se llamó desesperadamente a evitar que “el mal” triunfe, es evidente que quienes siguieron apostando por terceras opciones lo hicieron porque, de otro modo, hubieran votado mayoritariamente en blanco.

Quizás haga falta, para quienes estarán en la oposición del próximo gobierno y cuando se haya terminado de asimilar el mal trago (llevamos dos meses y medio preparándonos para esto, después del resultado de las PASO), hacer un poco de examen de conciencia y aprender a ejercitar la humildad, que, como decía santa Teresa, es la verdad.
Para algunos parece más grave el reemplazo del #NoVuelvenMás por el #Volvimos, que los peligros institucionales que ello representa para la república. Les duele como si tuvieran que contemplar de locales la vuelta olímpica del contrario ¿Duele la patria o duele el orgullo?
Pensamos, ingenuos, que el kirchnerismo se había terminado en 2015. Que el peronismo tardaría en recuperarse, hasta encontrar otro líder a quien seguir. Creímos que al electorado le importan más los buenos modales que las penurias económicas, que prioriza la lucha contra el narcotráfico sobre el desempleo, que la obra pública es más valorada que la dádiva clientelista, que la corrupción del anterior gobierno era tan incontestable que opacaría todo otro cuestionamiento al gobierno actual.
Nada de eso fue así. Y aceptar la verdad puede ser, a veces, muy duro. Porque nos falta humildad, como decíamos, nos duele comprobarlo. Y, lo que es peor, muchos sangran por la herida, prefiriendo creer en cualquier teoría conspirativa o buscando responsables que expliquen por qué una reelección que estaba firmada hace un año naufragó en los últimos meses.

Pero, al final del día, el presidente Macri es el principal y único responsable de la vuelta del pero-kirchnerismo al poder. El país ha retrocedido un escalón en la escalera de la normalidad gracias a su falta de visión política y su impericia (por decir lo menos) en materia económica; y esto sin entrar a considerar la frivolidad y tibieza (también por decir lo menos) con que su gobierno manejó temas sensibles en materia de educación y de salud referentes a la vida y a la familia, que no hicieron más que continuar las políticas del anterior gobierno de Cristina Fernández, que seguirá seguramente el ahora futuro gobierno de Alberto Fernández.
Se ha malogrado la oportunidad de llevar a la Argentina al sendero que la convirtió en potencia hace 100 años.

Nos queda ver cómo se acomodan las piezas de la política que viene, que no será necesariamente como la última experiencia kirchnerista: basta apreciar como queda conformado el Congreso de la Nación, para darse cuenta de que el nuevo Fernández deberá negociar más que la antigua.
Nos queda aprender la lección: gobernar no es solo ganar elecciones y cortar cintas.
Nos queda seguir luchando, por nosotros y por nuestros hijos.

viernes, 5 de julio de 2019

Volver a empezar

Han pasado 16 años largos desde que me afilié a Recrear, el entonces partido fundado por Ricardo López Murphy. Experiencia malograda por egos e impericias políticas, y finalmente absorbida por la alianza con el entonces partido de Mauricio Macri (Compromiso para el Cambio); alianza (Propuesta Republicana) que más tarde se convirtió en partido (Pro).
A pesar de las discusiones internas, muchos ex Recrear seguimos en el Pro convencidos de que el camino al poder era el único que nos permitiría producir los cambios que el país necesitaba, en esos años de hegemonía “K” que cada vez nos interpelaban más respecto de nuestro papel en la política. Y nos bancamos las críticas de los que se fueron porque pensaron que quedarse sería traicionar sus principios, o porque no tenían lugar con los nuevos socios políticos, o porque simplemente se cansaron. Y postergamos proyectos personales que podrían ser exitosos en pos de la Argentina que soñábamos. Y perseveramos, y pusimos la cara con parientes, amigos y conocidos cuando oponerse al kirchnerismo del 54% no estaba bien visto, e hicimos campaña por gente que cada vez nos representaba menos -haciendo, a veces, cosas tan insólitas como inflar globos para regalar a los pibes-, y perdimos domingos enteros y extenuantes fiscalizando -a veces, como en el invierno de 2009 a expensas de nuestra salud-, y “tragamos sapos” con aliados que no nos convencían, y gastamos el tiempo y el dinero que no nos sobraba, y confiamos en que todo valdría la pena cuando se alcanzara el poder.
Queríamos cambiar la república, queríamos que se dejara de perseguir al que piensa distinto, queríamos que se dejara de castigar al que trabaja y produce, queríamos recuperar los valores que hicieron grande a la Argentina. Muchos sabíamos que Macri no era el candidato ideal, que le faltaba carisma, que carecía de convicciones profundas, que era un tecnócrata que despreciaba la política, pero apostábamos a que sus limitaciones no serían suficiente obstáculo para el cambio que el país necesitaba, a que con buenos cuadros (que no faltaban) en puestos de responsabilidad se suplirían esas falencias.
Y lo apoyamos.
Y lo votamos.

...Y nos decepcionó.

Al principio fueron “chambonadas”, cosas fáciles de pasar, más útiles para la chicana fácil que para una crítica de fondo. Luego vinieron los ajustes, que sabíamos necesarios, pero que se hicieron mal. Y un Estado que no se reformó en ningún momento, y que siguió alimentando, con los impuestos de quienes trabajan y producen, a multitudes que ni siquiera responden políticamente al gobierno. Y un discurso que empezó a volverse monótono: la promesa del cambio que se volvió cada día más hueca y sospechosa.
Pero en 2018 la cosa fue peor. No solo porque la gestión económica se quedó sin respuestas frente a la crisis. Fundamentalmente, porque el gobierno abrió frentes que no debía, en cuestiones que no eran prioritarias y contrariando sin razón promesas de campaña.

Me refiero, obviamente, al debate sobre la legalización del aborto, abierto por un presidente que se había declarado pro vida, fogoneado por lo más radicalizado de la oposición, y en contra de lo que la mayoría de los votantes del Pro pensábamos.
Pero no habría sido más que un error -aunque peor que un crimen, parafraseando a Fouché-, si la actitud del gobierno se hubiera quedado en una simple pasividad neutral frente a la campaña que entonces se desató. Lamentablemente, fueron muchos los funcionarios y legisladores oficialistas, votados por nosotros, los que se sumaron activamente a la cruzada a favor del aborto; al punto que vimos al entonces Ministro de Salud repetir consignas “verdes” abiertamente contradictorias con las estadísticas oficiales de su propio ministerio. A ello se le agrega la insistencia del Presidente en afirmar que no vetaría una eventual ley que sería contraria a sus convicciones; cuando cualquier lector del Boletín Oficial sabe que se ha empecinado en vetar normas muchísimo menos graves ya cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Y también se le agregan los vehementes rumores acerca de presiones oficiales para dar vuelta la votación, que venía siendo contraria al aborto, en Diputados la madrugada del 14 de junio de 2018, cuando la iniciativa consiguió media sanción gracias al repentino cambio de postura de algunos legisladores.

Luego de esta campaña, en la que nos jugamos por defender la vida humana frente a quienes consideran que tienen derecho a decidir quién debe nacer y quién no, vino la ofensiva de la llamada “educación sexual integral”, que no es más que el adoctrinamiento compulsivo en ideología de género en las escuelas. Para que se entienda: como el aborto encontró una inesperada resistencia en la sociedad, sus impulsores pretenden que se lo enseñe como verdad de fe a las generaciones futuras. En un país donde el progresismo oficial se escandaliza de la educación religiosa en las escuelas, ese mismo progresismo rompe lanzas para imponer la enseñanza obligatoria de una superstición acientífica, la “perspectiva de género” que viene imponiéndose en el hemisferio norte a fuerza de prohibiciones legales, violaciones a la libertad de conciencias y cárcel para quienes se resistan. Y todo esto en un país, la Argentina, donde el déficit en comprensión de textos entre los egresados de la escuela secundaria es mayor y más alarmante, por sus consecuencias, que la tasa de embarazo adolescente.
A todo ello debe agregarse que el gobierno ni siquiera ha sido imparcial en todas estas cuestiones, a pesar de querer aparentar lo contrario. La candidatura del doctor Alfredo Vítolo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue bajada por presión de los grupos abortistas; pero la candidatura de una partirdaria del aborto y el adoctrinamiento en ideología de género de alto perfil, como la doctora Marisa Graham, para ser Defensora de Niños, Niñas y Adolescentes de la Nación fue sostenida y votada a mano alzada a pesar de la oposición de los grupos pro vida y de la protesta de legisladores propios y de la oposición.

Íbamos a cambiar el país...
Lo único que tenemos para ofrecer, después de cuatro años de gobierno, es “nosotros o Cristina”.
A pesar de todo, la falta de alternativas y la obstinación del kirchnerismo en recordarnos su peor legado llevarán a la reelección del gobierno nacional.
Pero las decisiones equivocadas tienen consecuencias, y es probable que esto se refleje en la próxima composición del Congreso.

Valió la pena luchar para rescatar a la Argentina del kirchnerismo.
Pero la República es para el hombre, y no al revés. Tenemos un gobierno que actúa como si la defensa de la vida humana y de la familia fuesen una moneda de cambio, que patrocina el adoctrinamiento en ideología de género a los chicos en las escuelas, promueve la agenda del feminismo radical sin dar la cara, y permite que se estigmatice (cuando no se persiga) a los que levantamos la voz para disentir: homofóbicos, chupacirios, antiderechos, medievales, machistas, heteropatriarcales, y un largo etcétera.
Son cosas con las que no se juega, y en esto Cambiemos no ha sido diferente del kirchnerismo. Se está hipotecando humanamente a las futuras generaciones con políticas que harán más infelices a nuestros hijos y nietos: tendremos República para un pueblo al que se le habrá enseñado a ser un hato de egoístas al que se pueda manejar con pan y circo, porque habremos destruido la familia, que es el principio de su cohesión.

La lucha, hoy, pasa por otro lado.
Por eso me desafilié del Pro.
A veces hay que volver a empezar.

domingo, 17 de marzo de 2019

¿Habla el silencio?

El siguiente es el texto de una carta de lectores que acabo de remitir al diario La Nación.

Leí con suma atención el artículo titulado “Habla el silencio” de F. Sández en la columna “Manuscrito” de la edición de ayer de La Nación.
Me llamó la atención que la autora (quizás por falta de espacio) se haya referido a “la figura femenina de yeso expuesta en la biblioteca del Centro Cultural Conti, con la boca tapada al estilo de quienes reclaman la legalización del aborto” sin aclarar, como puede comprobar cualquiera que haya seguido la historia en las redes, que se trataba de una imagen de la Virgen María, más exactamente una imagen popular de la Virgen de la Medalla Milagrosa, de esas que se consiguen en cualquier santería, “intervenida artísticamente” para permitirnos -en palabras de Picasso, citadas por la autora del artículo- comprender la verdad.
Imagino, después de leerla, que la autora celebraría del mismo modo el arte y condenaría a sus cuestionadores comparándolos con el nazismo (como lo hace en el artículo) si la “figura femenina” fuera, por ejemplo, la de la propia autora o la de alguien querido por ella (su madre o su abuela, digamos) o, por lo menos, respetada (¿Simone de Beauvoir estaría bien?), intervenida artísticamente con un pañuelo celeste que diga: “Salvemos las dos vidas”. También imagino que estaría absolutamente de acuerdo con que tal expresión artística estuviera expuesta en un local financiado con sus impuestos, aunque ella no coincidiera con la posición política de la autora o autor de la obra.
Supongo, también, que la autora no es de la clase de personas que impugna la indignación ajena por las obras artísticas provocativas, al tiempo que se escandaliza de quienes, en nuestro afán de permitir comprender la verdad, mostramos las imágenes reales (y crudas, por supuesto) de abortos provocados. Allí también habla el silencio.

lunes, 26 de noviembre de 2018

La trampa del totalitarismo

Con motivo del debate acerca de la ideología de género, el pasado 12 de octubre la Secretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación se sintió en la obligación de publicar el siguiente...


Es interesante analizar el discurso del posteo oficial, porque es botón de muestra de la prosa “progre” con la que se busca confundir y manipular a las personas.
Y es que nadie niega los compromisos que el Estado pueda haber contraído o la legitimidad de que quienes gobiernan impulsen las políticas que consideren mejores para la población; esto, aun cuando tales políticas pudieran estar equivocadas, por más que respondan a buenas intenciones y serios compromisos internacionales.
El problema viene cuando se le niega al público legitimación para oponerse a tales políticas, cuando se descalifica mediante la minusvaloración (“grupos religiosos y organizaciones de la sociedad civil”) a quienes no están de acuerdo, cuestionan o exigen explicaciones acerca de posiciones oficiales frente a temas delicados y opinables.
Más allá de la discusión acerca de la carencia de fundamentos científicos de la tan mentada “perspectiva de género” (que, hasta el momento, no pasa de ser una superstición ideológica impuesta por determinados grupos de interés), resulta grave que un organismo oficial afirme que “la libertad de expresión tiene su límite en aquello que fuera discriminatorio, genere odio o violencia, por lo que bajo el argumento de la libertad de opinión no se puede manifestar, negar y/o impedir el ejercicio de los derechos humanos de las personas, y en particular ante estos mensajes de intolerancia, los derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes”. Dicho “en fácil”: “si no están de acuerdo con la ideología de género, son discriminadores que generan odio y violencia, y no tienen derecho a decir nada”.
¿Pensábamos que el delito de opinión era exclusivo de los regímenes totalitarios? No es así. También en democracia se puede silenciar la disidencia acusándola de criminal por “generar odio”. En otros lados, la disidencia es silenciada porque es contraria al pueblo, o a los intereses de la patria, o a la seguridad nacional, o al Corán. Aquí, porque cuestionar la ideología de género es, sin más explicaciones, “negar y/o impedir el ejercicio de los derechos humanos de las personas”.

Alexis de Tocqueville alertaba, en “La democracia en América”, acerca de los peligros de que aquélla fuera manipulada para que grupos de poder impusieran su voluntad al resto de forma tal que, finalmente, la democracia se convirtiera en un arma contra la libertad. Lo apreciamos a lo largo de la historia posterior, lo vemos hoy en fenómenos populistas que surgen de una elección democrática y terminan en regímenes hegemónicos que buscan aplastar las disidencias de un modo que en otro artículo calificábamos de peligrosa concepción del poder.

Habría, quizás, que recordarles al señor Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural, al señor Ministro de Justicia y al señor Presidente de la Nación que la democracia sin libertad se pervierte. Si la libertad de expresión es sólo para aquellos que piensan de determinada manera. Si no tenemos libertad para expresar nuestras opiniones, por equivocadas que éstas puedan parecerles a algunos, la democracia se convierte en la coartada de la tiranía ideológica de quienes detentan el poder, y hablar de ella resultará una hipocresía, una burla cruel, porque habremos caído en la trampa del totalitarismo.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Iglesia y Estado, asunto separado

Resulta tragicómico ver los pañuelos naranjas de la campaña por la pretendida separación de la Iglesia y del Estado.

Trágico, porque ahora se ha convertido en una excusa para justificar todo tipo de agresiones y de injurias hacia la Iglesia católica en particular, y hacia la religión en general. Agresiones que, en algunos casos, resultan especialmente y hasta morbosamente violentas, haciendo temer un brote de intolerancia anticlerical como los que se han registrado en distintos lugares de Occidente durante los últimos doscientos años.
Cómico, porque en el caso de la Argentina la Iglesia y el Estado están separados de hecho desde tiempos de la primer presidencia de Roca (1880-1886), cuando un gobierno denostado por los progres de hoy dio los primeros pasos efectivos de separación de la administración civil respecto de la eclesiástica -especialmente a través de la creación del registro civil y del matrimonio civil- y de un modo traumático que dejó formalmente enemistada a la Santa Sede con el Estado argentino prácticamente hasta 1966. La jerarquía católica (que a ella se refieren siempre los medios cuando hablan de “la Iglesia”) tuvo una influencia fluctuante a lo largo de los años constitucionales respecto del gobierno nacional; fluctuante, como lo fue también la influencia de las Fuerzas Armadas, la masonería, el sindicalismo, el empresariado, la banca internacional, los Estados Unidos, la Unión Soviética o el “lobby gay”; influencia, por lo demás, siempre condicionada por las necesidades políticas coyunturales del gobierno civil o militar de turno.

Pero, contrariamente a lo que se pretende hacer creer, esta influencia fluctuante no ha sido ni determinante ni mayor que la de cualquiera de los otros grupos de interés citados. Así como no impidió la imposición obligatoria del matrimonio civil o de la laicidad de la educación pública en tiempos de Roca, tampoco impidió la progresiva secularización de la cultura a lo largo del siglo XX, ni la persecución abierta por el peronismo en 1955, ni la sucesiva introducción en la legislación nacional desde 1983 del divorcio vincular, la promoción estatal de métodos anticonceptivos artificiales, la imposición oficial de la ideología de género, el matrimonio de personas del mismo sexo, y la introducción del aborto en la agenda estatal. Tampoco impide el hecho de que la jerarquía católica argentina sea hoy señalada como abierta opositora al Gobierno por señalar la pobreza, como un problema aún pendiente de solución.

Entonces ¿qué se quiere decir cuando se dice que hay que separar Iglesia de Estado?
Creo que, si lo que se pretende es terminar con la asistencia del presupuesto nacional para la Iglesia Católica como institución, uno no podría estar más de acuerdo. Si bien es un tema opinable, el artículo 2do. de la Constitución Nacional no se refiere necesariamente al sostenimiento material del culto; sobre el tema hay bibliotecas escritas en un sentido u otro. La misma Conferencia Episcopal avanza en un acuerdo con el Estado Nacional para suprimir en un par de años los alrededor de 130 millones de pesos que constituyen la partida del presupuesto nacional con el que se solventa apenas el 6% de los gastos de la Iglesia Católica en la Argentina. El tema no es nuevo y se viene charlando desde las épocas en que el entonces cardenal Bergoglio presidía esa Conferencia.

Pero algo me dice que una partida que representa algo así como cinco milésimas del presupuesto nacional no es algo que desvele a los portadores del “pañuelo naranja”. A juzgar por sus manifestaciones, a veces virulentas (soy testigo de visu de sus escraches), el tema de la separación, para ellos, pasa por otro lado: concretamente, que la Iglesia no levante la voz para contradecir ninguna política que considere equivocada; menos aún si esa política está dictada a partir de dogmas “progres”, como la legalización del aborto o la imposición de la “perspectiva de género”, por citar dos casos recientes. En una palabra y como decía un post que andaba circulando en las redes, lo que se pretende de la Iglesia no es su tolerancia, que ya la tienen, sino su silencio: amablemente o no, se le pide a los católicos en particular, y a los cristianos en general, que vuelvan a las catacumbas.

Habría que analizar con lupa el presupuesto nacional y comparar los 130 millones que percibe la Iglesia Católica argentina con las partidas destinadas, por ejemplo, para las políticas de promoción de la agenda LGBT, para la repartija de anticonceptivos gratis, o para los viáticos de determinados funcionarias y funcionarios para asistir a encuentros internacionales donde se le “baja línea” al Gobierno acerca de lo que debe legislar en materia de aborto, anticoncepción, género y otras yerbas. No vaya a ser que lo que haya que separar del Estado, por su relevancia económica, sea a ciertos ideólogos.

jueves, 11 de octubre de 2018

El desafío de ir más allá de lo urgente


En este año, quienes apoyamos activamente el acceso de Cambiemos al poder en 2015 hemos tenido sentimientos encontrados.
Por un lado, la convicción de que este gobierno al que apoyamos tiene la oportunidad histórica de marcar la diferencia y producir el cambio republicano que la Argentina necesita.
Por el otro, la sensación de que falta en nuestros gobernantes la conciencia cabal de los problemas sociales y culturales que afectan al país, o la convicción necesaria para enfrentarlos definitivamente.

Sin duda, es muy positivo que, con aciertos y errores, la administración económica y política haya encarado con mayor realismo y rigor técnico problemas estructurales del Estado que hasta 2015 sólo habían recibido respuestas políticas, oportunistas o demagógicas que, lejos de solucionarlos, los fueron profundizando. Así, son elogiables los avances en transparencia, apertura al mundo, eficiencia estatal, etc. También es positivo que se procure respetar la división de poderes, abandonar los discursos de confrontación, reemplazar el clientelismo político por una acción estatal decidida a solucionar los problemas que lo generan, y encarar sin miedo ni prejuicios los desafíos que supone una mejora en la seguridad de los ciudadanos.
Sin embargo y quizás por estas mismas expectativas, resulta desconcertante ver cómo el gobierno, después de casi tres años, mantiene estructuras que nos han llevado a una nueva crisis económica; lo que puede resumirse en la insistencia en exprimir al sector privado activo para subsidiar a amplios sectores improductivos, sin planes concretos para revertir la situación. Y si estos problemas, que son de origen fundamentalmente económico, son graves, más trágico resulta, a largo plazo, el mantenimiento de políticas sociales y educativas que atentan directa o indirectamente contra la vida humana y la integridad de las familias argentinas: entre ellas, la insólita e innecesaria apertura del debate en torno a la legalización del aborto, y la promoción de prejuicios ideológicos a través de planes educativos totalitarios, como resulta de un detenido análisis de los proyectos de reforma de la “educación sexual integral” que se plantean tanto a nivel nacional como local.

No resulta coherente que un gobierno que aspira a la reconciliación de los argentinos le haya dado cabida a una causa, como la del aborto, que no sólo surgió de un electorado distinto del que le dio el voto a Cambiemos, sino que, además, desde un inicio se planteó en términos divisivos: basta consultar en Internet noticias anteriores a febrero de este año para darse cuenta de que la minoría que entonces militaba con el pañuelo verde procedía del feminismo más radical e intolerante; basta comparar en los discursos de los legisladores la cantidad de descalificaciones de uno y otro lado para darse cuenta de que el abortismo no sólo no quiso dialogar, sino que tampoco respetó la legitimidad de la posición contraria, lo que ha llevado a generar una nueva y lamentable grieta entre los argentinos.
Tampoco es coherente que un gobierno que se propone expresamente hablar con la verdad, y que quiere hacer de la calidad educativa una bandera, haga suyas causas de minorías que buscan imponer su forma de pensar en forma totalitaria a través de los planes de estudio. La denominada “perspectiva de género”, que hoy se quiere imponer en el ámbito educativo, recibe en todo el mundo cuestionamientos intelectuales y científicos serios, que lamentablemente no son tenidos en cuenta por la mayoría de nuestros legisladores, sin importar el partido al que pertenezcan, comprometiendo seriamente la formación humana de nuestras generaciones futuras.

No quiero con esto parecer pesimista, pero sí tomar una distancia que dé perspectiva para observar la realidad del país sin prejuicios ideológicos y sin ingenuidades. No estamos mal solamente por haber sido gobernados durante 12 años por lo que ahora, escándalo de los cuadernos mediante, se demuestra que fue una asociación ilícita que vació al país. Tampoco estamos mal solamente porque desde mediados del siglo pasado estamos más enfocados en dilapidar nuestros recursos económicos y humanos que en progresar como nación. Estamos mal porque no asumimos, cada uno, nuestra propia responsabilidad en todo el problema; estamos mal porque, preocupados por nuestro bienestar del hoy y ahora, nos hemos desinteresado de los grandes temas que afectan no solo nuestro presente, sino también nuestro futuro.
Sin embargo, tenemos un país que lo tiene todo. Sólo nos hace falta un poco de humildad para comprender que los argentinos somos parte del problema, y la determinación necesaria como para convertirnos en la solución.
Existe un campo enorme de trabajo por delante, para hacer de la Argentina una potencia. Y aunque parezca que los problemas de cuenta corriente del país y la discusión del presupuesto de 2019 son lo más importante, esos son solo la punta del iceberg del desafío. Por debajo de la superficie existen cuestiones que requieren una atención más estratégica.

Creo que hace falta defender la vida como el primer derecho del ser humano, sin concesiones: no sólo la vida naciente, también la niñez vulnerable, también la vejez digna, también la salud y la seguridad de todos los ciudadanos.
Creo que hace falta defender la libertad como el fundamento de la república, en todos los ámbitos de la vida ciudadana, para evitar el regreso del autoritarismo y toda pretensión totalitaria.
Creo que la familia es la célula básica de la sociedad, y promover su fortalecimiento es contribuir a la fortaleza de la patria. Las familias fuertes nos ayudarán a vencer el individualismo, a superar los resentimientos, y a fortalecer los vínculos sociales de nuestra Argentina.
Creo que la iniciativa privada es el primer motor de la economía, y de su dinamismo depende el progreso de nuestro país. Toda política económica tiene que apuntar a fomentar esa iniciativa, que es la que ha hecho grandes a los países más poderosos de la tierra.

Entre los avances políticos del cambio iniciado en 2015 debe estar el del disenso constructivo, abandonar definitivamente el fanatismo oficialista, para aprender a aportar y a aceptar miradas distintas de la oficial, sin dejar de apoyar un cambio que, para la Argentina, sigue siendo positivo.
Hacen falta espacios, dentro y fuera del oficialismo, para organizar y brindar recursos de conocimiento para la participación ciudadana de todos los argentinos, y así movilizar iniciativas que cristalicen en proyectos concretos que defiendan la vida, la libertad, la familia y la iniciativa privada.
El desafío es grande, pero será posible enfrentarlo con el compromiso de todos.

viernes, 17 de agosto de 2018

El día después

Terminó una batalla, de una guerra que será larga.
Reconozco que, como muchos, por momentos dudé del éxito de la causa pro vida frente al proyecto de ley denominado de “Interrupción Voluntaria del Embarazo”.
Enfrentar a los dogmas progresistas nunca es fácil: su principal fortaleza es la debilidad humana. Sus postulados siempre son complacientes con nuestro egoísmo más profundo y con las perturbaciones de nuestra conciencia. Eso explica su éxito y el fenómeno moderno de la “Matrix progre”.
Pero, además, y quizás justamente por lo anterior, teníamos enfrente a los medios masivos de comunicación. Se cuentan con los dedos de las manos los periodistas pro vida que se animaron a dar la cara; y algunos, como Amalia Granata, pagaron con sus empleos semejante atrevimiento. Será cuestión de ver qué consecuencias futuras tendrá para ellos haber levantado la voz a favor de la vida y en contra del aborto. La mayoría de los periodistas adhirió sin la menor crítica a la legalización del aborto, cuando no a la abierta militancia; los más serios, en el mejor de los casos, bajaron el perfil; y no pocos periodistas críticos del aborto prefirieron mostrar equidistancia.
A ellos hubo que agregar a la farándula, cuya frivolidad hacía previsible la adhesión masiva a la causa abortista, aunque también con sus honrosas y valientes excepciones. En ese sentido, la entrega de los premios Martín Fierro fue un muestrario de la militancia artística.
También habría que computar en el haber del abortismo los intereses en juego y las presiones internacionales, de las que la solicitada de Amnesty en el NYT fue solo la manifestación más gruesa.

Ahora queda mucho por hacer, en adelante.
Se acusó al sector pro vida de no tener propuestas. Lo cual no sólo es falso ahora, sino que siempre lo fue. Son innumerables las iniciativas, laicas o confesionales, que promueven desde hace tiempo la contención de las embarazadas en situación vulnerable (léase: madres en situación de abortar). Puede nombrarse a Grávida, por ejemplo, o a muchas de las agrupaciones que forman Unidad Provida, ya que ninguna de ellas es un “sello de goma” creado para la ocasión.
Pero también lo han sido los proyectos legislativos en orden a prevenir abortos, lamentablemente relegados, cuando no condicionados por los propios legisladores impulsores del aborto. Esta es la ocasión, y así lo adelantaron algunos legisladores, de impulsar con más vigor esas iniciativas, cuya implementación (por mucho que le pese al progresismo) vaciaría de contenido muchos de los alegatos “verdes”.
En efecto, proteger y contener a las chicas violadas, a las adolescentes presionadas a abortar por sus familiares (o por sus mismos abusadores), a las jóvenes que por distintas razones se sienten desbordadas por la realidad de un embarazo no deseado, siempre y en todos lados ha demostrado ser más positivo que promover la eliminación de vidas humanas en gestación; esto, por decir de una manera elegante que optar por la vida siempre es mejor que por la muerte. También es lógico que una educación sexual que se enfoque en ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a fortalecer su autoestima y madurar en su afectividad, ayudaría más a evitar embarazos no deseados que el puro fomento de la anticoncepción.
También es cierto que, alejando un poco el ángulo de visión para tomar perspectiva, procurar una sociedad menos individualista y egoísta llevará a una mayor sensibilidad por la vida ajena, dentro o fuera del útero materno: no sólo importa la vida del niño por nacer, sino también la del ya nacido, la del ya crecido, la del adulto y la del anciano, en cualquier situación de necesidad.
Son desafíos que deben espolearnos para seguir adelante en la lucha por defender la vida.

También quedan muchas lecciones por aprender. Quienes defendemos la vida hemos sido ingenuos al dar por descontado que determinadas cosas son, o deberían ser, evidentes. La desinformación, cuando no la lisa y llana manipulación ideológica, ha sido el arma para confundir en todo momento el debate, aún por parte de personas de las que, por su formación académica, cabía esperar algo más. Resulta patético, por poner sólo un ejemplo de mi propia profesión, ver a una jurista como Aída Kemelmajer de Carlucci afirmar dogmáticamente que “mientras que el feto va creciendo van aumentando sus derechos y se van reduciendo los derechos de la mujer”, y que “el embrión no tiene un derecho absoluto a la superviviencia”; y esto contradiciendo -sin más explicación y solo porque no van con su postura- pronunciamientos de sendas academias nacionales de derecho y de medicina.
En adelante y aunque sea más engorroso, habrá que explicar no sólo que 2 + 2 son 4, también habrá que tomarse el trabajo de demostrar por qué. La pirotecnia conceptual que se ha desplegado para defender el aborto en las exposiciones realizadas tanto en las audiencias públicas como en las sesiones del Congreso de la Nación durante los últimos meses nos muestra que, cuando se quiere, se encuentran argumentos, aunque sean aparentes, para fundar cualquier cosa, por aberrante que sea.
También tenemos que aprender la cruda lección que da la política: el interés es más fuerte que las convicciones. Entre los legisladores, tanto los cambios repentinos de voto a último momento, como el vuelco de indecisos para uno u otro lado, no se explican tanto porque repentinamente hayan tenido una clarificación de ideas que los decidieran, como por el movimiento de prebendas, favores y dinero, o por la especulación electoral frente a sus gobiernos o a sus electorados. Es lamentable, pero, para un diputado o senador, una movilización de micros resulta más persuasiva que un discurso académico.
Finalmente, la lección que hemos de tener bien aprendida es que los intereses en juego detrás de la legalización del aborto no sólo no han desaparecido, sino que garantizan una guerra continuada, sin reglas ni cuartel.

De que no bajemos los brazos, de que sigamos empeñados en impulsar las causas que nadie impulsa, de que hayamos aprendido el día después lo que esta batalla nos deja, dependerán muchas vidas.