¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

lunes, 8 de febrero de 2021

Cuando haya pasado todo


Cuando haya pasado la pandemia. Cuando haya pasado el kirchnerismo. Cuando todo esto haya pasado, la Argentina se encontrará nuevamente ante la gran oportunidad de un recomienzo. Como en tantas otras oportunidades a lo largo de su historia. Y también, como entonces, cabrá el peligro de volver a malograr una oportunidad.

¿Sabremos aprovecharla? Depende.

En primer lugar y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, los argentinos tendremos que disponernos a cambiar paradigmas e idiosincrasias que nos han hecho decaer a lo largo de los últimos 90 años. No es fácil, pero tampoco imposible. Habrá que reconocer que somos ciegos y sordos, y luego querer salir de la situación en la que nos encontramos por ello.

Tomar conciencia de que estamos como estamos no por una conjura internacional o una conspiración de poderes, sino por nuestros propios vicios como sociedad: el ventajismo, que nos lleva a buscar el provecho propio a cualquier precio; la anomia, que nos hace pensar que las leyes son siempre para que las cumplan los otros; el cortoplacismo, que ha hipotecado a las generaciones futuras con los costos que conlleva buscar resultados inmediatos sin medir sus sustentabilidad; el prebendarismo, que nos hace incapaces de prosperar si no es a expensas del Estado (y, por lo tanto, a expensas del pueblo contribuyente); el complejo de superioridad, que nos lleva a exaltar como presente a una Argentina que ya no existe. Porque la Argentina educada, rica, genial, con valores, potente, líder en Latinoamérica, ya no es ni la de nuestros padres ni la de nuestros abuelos, sino que quedó empantanada hace casi un siglo, hundiéndose en un charcal de autocomplacencia.

Si queremos que el país cambie, deberemos cambiar nosotros. La fraternidad debe dejar de ser una palabra hueca, un eslogan, una coartada para intenciones inconfesables, y convertirse en una realidad entre los argentinos; el argentino que tenemos al lado, con sus virtudes y defectos, no es un enemigo, ni es alguien de quien debemos sacar provecho: es nuestro hermano y nuestro socio en la construcción de un futuro común. El respeto por el Estado de Derecho nos debe igualar a todos, en el entendimiento de que nadie, por bueno que sea, puede ponerse por encima de la ley; que ésta no debe ser la herramienta de los poderosos, sino el límite a su poder; que nuestra libertad, su ejercicio y su respeto, depende de un orden justo que la garantice. La Argentina debe retomar un proyecto común, un “sueño argentino” que inspire al más alto dirigente y hasta al último de los habitantes de este país, que aliente políticas de Estado, que sea la falsilla de largo plazo de todos proyecto particular. En ese marco, los argentinos debemos hacernos cargo, cada uno, de nuestro propio destino, de nuestro propio progreso, de la realización de nuestro propio proyecto, sin esperar que el gobierno de turno nos ayude, sin creernos con derecho a usar lo que es de todos para nuestro provecho particular, sino sintiéndonos responsables por hacer nuestro propio aporte al desarrollo del país que queremos. Solo así la Argentina podrá recomenzar; solo así, cuando haya pasado todo, podremos construir un futuro mejor.

Se suele decir que los pueblos tienen los gobernantes que merecen. Para tener mejores gobernantes, hemos de empezar por merecerlos. Esa será la verdadera revolución: la que empieza por cada uno.

¿Estamos dispuestos a iniciarla?

viernes, 29 de enero de 2021

A prepararse...

Decir que la crisis de la pandemia se llevará puesto al gobierno nacional ya se está convirtiendo en un secreto a voces. En épocas en que está de moda hablar de sustentabilidad, cada vez es más evidente que no resulta sustentable un gobierno que parece empeñado en su autodestrucción.

Ya no es sólo el mal manejo de la crisis sanitaria del Covid, con un confinamiento que, anunciado como un modo de preparar mejor al sistema de salud para el pico de la pandemia, sólo consiguió retrasar el problema sanitario, sin siquiera disminuirlo; y, al contrario, agravando, de paso, el problema económico. A lo que debe agregarse ahora el uso político de la vacunación, en un contexto donde nadie en el mundo puede siquiera garantizar su efectividad, con la consiguiente incertidumbre acerca de cómo se enfrentará la segunda ola de contagios, que ya está causando estragos en países más preparados y serios que el nuestro.

A todo esto se suma la falta de un plan de salida: para cualquier observador independiente resulta claro que el gobierno no tiene idea de cuándo ni cómo salir del atolladero en el que ha metido al país: una recesión sin precedentes por la velocidad en que se produjo, al ritmo del aislamiento social obligatorio más largo del mundo y la degradación social que promete a las generaciones futuras la falta de escolaridad presencial durante un año. Pero también esta falta de ideas claras lleva al gobierno a moverse en forma espasmódica, emparchando, con la consiguiente generación de desconfianza y la huida de inversiones nacionales y extranjeras.

Estos manotazos se realizan, además, a costa de la palabra del propio Presidente, que hace ahora lo que prometió siempre que no haría. Como a nadie le gusta que le mientan, ni que lo manipulen, ni que lo traicionen, el gobierno se va quedando, no ya sin apoyos, sin la más mínima comprensión de los distintos sectores de la economía y de la oposición. Y este aislamiento lo perjudica aún más en su propio frente interno, en el que el kirchnerismo confirma, día a día, las presunciones más pesimistas de cuando asumieron los Fernández: el Presidente no gobierna, la agenda la impone la Vicepresidenta, y esta agenda nada tiene que ver con las necesidades del país, sino con las de Cristina Kirchner; contraste de agendas que se ve magnificado por la pandemia, al punto de parecernos que el kirchnerismo no es consciente de la gravedad del iceberg con el que chocó el Titanic en el que viajan.

No es la primera vez que el kirchnerismo genera desconcierto y desconfianza, tampoco la primera vez que se ufana de su aislamiento político, de su autoritarismo y de su anacrónica visión de la economía. El problema ahora es que, por primera vez en su historia, el kirchnerismo no tendrá fondos para disimular su impericia.

Por ello, mientras en el gobierno siguen buscando a quién echarle la culpa de sus males, los argentinos de bien tenemos que prepararnos para el día después...

jueves, 8 de octubre de 2020

¡Dejen de robar con Francisco (otra vez)!

 Hace ya siete años, publicaba en este mismo blog un artículo señalando cómo la ignorancia y el oportunismo llevaban a manipular lo que el Papa dice o hace, ya sea para detractarlo o para “colgarse de su sotana”. Volví sobre ese tema cuando se generó el escándalo del rosario que le regaló Francisco a Milagro Sala, y también señalé en otra oportunidad que esas manipulaciones son la explicación de por qué el primer papa argentino aún no ha hecho una visita pastoral a su país de origen (y empiezo a creer que, probablemente, no la haga nunca).

Es notorio cómo con el tiempo, lejos corregirse, no ha hecho más que agravarse la tendencia. Y no me refiero sólo a los que “chapean” su amistad o relación con el papa como una garantía de sus propias opiniones políticas. Aunque esto último ya es bastante cuestionable: cualquiera tiene amigos que no piensan como uno, pero los verdaderos amigos no utilizan la amistad como peldaño para darse autoridad.

Peor que esto es que resulta que el oficialismo kirchnerista repetidamente echa mano de lo que el Papa dice (o creen que dice, o le hacen decir) para justificar su política económica estatista, pauperizante y generadora de clientelismo. No es novedad: el peronismo, desde su mismo inicio, buscó apropiarse de postulados de la doctrina social de la Iglesia. Doctrina social que no es de este o de aquel papa, sino de toda la Iglesia. Un magisterio que repetidamente ha señalado de sí mismo que no pretende dar soluciones concretas a los problemas políticos y sociales, sino señalar cuáles son para un cristiano las exigencias de coherencia con su fe a la hora de actuar libremente para resolver tales problemas. Es cierto que la jerarquía católica local creyó, en un principio, ver en el peronismo un movimiento que podía defender orgánicamente esos principios, en un mundo que debería salir de la sangrienta crisis que se cerraba con el fin de la segunda guerra mundial. Pero esto duró poco: el peronismo fue progresivamente revelando sus pulsiones totalitarias, al punto de enfrentarse con la misma Iglesia en 1954. Lo cual no impidió que, con el tiempo, volviese a haber clérigos peronistas, pero la “bandera” de la doctrina social de la Iglesia ya no sería la coartada del peronismo, que fue boyando del intervencionismo totalitario del “primer Perón”, a un liberalismo oportunista con Menem, para degenerar en un socialismo trucho con los Kirchner. 

Haciendo un paréntesis, me viene a la memoria una anécdota en punto a esta manipulación peronista. Recuerdo el encuentro de san Juan Pablo II con los trabajadores argentinos en el Mercado Central de Buenos Aires el 10 de abril de 1987, en el marco de su viaje apostólico a la Argentina. Como es lógico, estaba repleto de sindicalistas y el discurso fue lógicamente referido a la cuestión social, reiterando conceptos que han sido comunes en el Magisterio desde León XIII hasta hoy. Para la mayoría de los asistentes, que no frecuenta la lectura de documentos magisteriales, esa música era inédita, y no faltó el grito de “¡viva el papa peronista!” con que alguno de la concurrencia saludó algún pasaje del discurso del Santo Padre.

Hoy se repite la historia, con la agravante de que al papa argentino se le conoce un pasado de simpatía con el peronismo. Además, la insistencia de su propio magisterio en la prioridad de la atención a los pobres ha despertado esos viejos cuestionamientos de cierta derecha liberal a la doctrina social de la Iglesia. Para muchos liberales, hablar de pobres produce el mismo efecto que hablar de ajuste para un kirchnerista: resulta una mala palabra que dispara el prejuicio obturando cualquier discusión posterior. Es lógico: sentirnos interpelados nos pone siempre a la defensiva; por lo menos si no tenemos un mínimo de humildad para cuestionar nuestras propias posturas a partir de esa interpelación.

Este fenómeno tuvo una manifestación reciente cuando medios de los que uno esperaría más seriedad relacionaron la glosa del Papa respecto de la parábola de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (Mt 20,1-16), y su acostumbrado tuit correspondiente, con la crítica a la meritocracia hecha por el presidente Fernández. Muchos periodistas y anticlericales varios quisieron ver una premeditada coincidencia entre la lectura del Evangelio prevista para el 25º domingo del tiempo ordinario y la impugnación presidencial. Esta interpretación forzada (uno hablaba de la meritocracia en la sociedad civil, el otro de la gratuidad de la salvación de Dios) solo habla de la ignorancia, cuando no de la mala fe, de quienes la realizan.

Algunos parecen seguir creyendo que al Papa, que tiene sobre sus hombros el peso del gobierno de la Iglesia universal (con problemas que exceden el ánimo y el entendimiento de los dirigentes y periodistas locales), le sobra el tiempo como para ocuparse de meter baza en la política nacional: proyectos, orientaciones políticas, candidatos, ideas y frases se le atribuyen al Sumo Pontífice sin mayor fundamento, sea para capitalizar un pretendido apoyo, sea para denostarlo. No importa que se trate de frases, en el mejor de los casos, sacadas de contexto. Tampoco importa que nunca tales afirmaciones vayan acompañadas de una confirmación del Vaticano.

Sería interesante saber si los que lo critican por sus supuestas posiciones políticas han leído alguno de sus documentos magisteriales, especialmente los referidos al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, o se ha puesto a compararlos con análogos documentos de los papas anteriores ¿Realmente creen que el Papa le “tira centros” a la política del kirchnerismo, o simplemente buscan chicanear a Francisco para justificar su propia oposición al magisterio de la Iglesia en temas en los que les pica la conciencia?

También resultaría interesante conocer de tanto dirigente que disfruta invocando la autoridad del Papa, su posición respecto a temas tan espinosos como el aborto o la ideología de género ¿Hasta dónde llegará su adhesión al Pontífice? ¿Alguno se hará cargo de su responsabilidad en el crecimiento de la pobreza y de la cultura del descarte que denuncia Francisco en todo el mundo? Por lo pronto, ya sabemos de un Presidente que le dio gracias al Papa cuando la reestructuración de la deuda (¿alguien explicó por qué?), para después afirmar que impulsará la legalización del aborto.

¡Son muchos los que siguen robando con Francisco!

miércoles, 29 de abril de 2020

Desde el encierro

Buenos Aires vacía por la cuarentena
La pandemia del covid-19 nos tiene a todos encerrados... ¿A todos...? No, en realidad, pero sí a muchos. Y nuestras sociedades se encuentran prácticamente paralizadas por la situación, independientemente de la situación de encierro que cada uno particularmente tenga que vivir.

Las razones para ser pesimistas se multiplican, y se potencian por la depresión que nos produce estar forzosamente inactivos por un tiempo que nadie es capaz de predecir cuánto durará exactamente. La sensación de que los gobernantes improvisan, de que se nos oculta información, y de que lo que viene, más allá de si nos contagiamos o no del virus, será un futuro ominoso por la crisis que para las distintas economías supone esta pandemia, fácilmente pueden conducir a cualquiera al desaliento.
El problema no sólo es local: en distintos países de ambos hemisferios existe la misma sensación. No se hicieron los manuales para gobernar en esta situación, por lo que nuestras dirigencias recurren al método de prueba y error, y es lógico. Lo que sí indigna es que muchas penurias e incertidumbres de hoy se hubieran ahorrado, por lo menos en nuestro país, de no haber existido décadas de mala praxis en los sucesivos gobiernos: errores no forzados que nos llevan a pensar que la crisis sanitaria y económica nos golpeará más duramente a causa, no ya de la improvisación, sino de la ineptitud y de la mala fe.

Efectivamente, sobran los motivos para quejarse, para protestar, para denunciar, para impugnar; y la responsabilidad cívica impondrá en muchos casos que así se haga, para evitar, especialmente, que la pandemia se convierta en la coartada del totalitarismo.
Pero también hay que tener presente que, precisamente por todas las razones enumeradas (y por muchas otras que cada uno podría sumar), el parón de la cuarentena debería ser ocasión para pensar, proyectar y prepararnos adecuadamente para el futuro: muchas familias padecerán, y ya padecen, los efectos económicos de esta pandemia como nunca antes; nuestro país necesitará, como nunca, de dirigentes que estén a la altura del desafío que supondrá reconstruirlo, como todo el mundo, en el orden social, institucional y económico después de un fenómeno sólo comparable a una guerra.
Quizás sea, por eso, muy importante no sólo batir las cacerolas cuando haga falta, sino aprovechar el ocio forzado para sentarse a organizar serenamente el futuro, que tendrá sus propias luchas y soluciones.

miércoles, 30 de octubre de 2019

El fracaso de una oportunidad

No.
No somos traidores.
No causamos la derrota de Cambiemos.
No somos responsables del regreso del pero-kirchnerismo.

Quienes criticamos primero, nos fuimos después y apoyamos otras alternativas no fuimos “funcionales a los K”. Aunque Lavagna, Gómez Centurión y Espert no se hubieran presentado, el actual presidente electo, Fernández, igual hubiera ganado en primera vuelta. Y es que, en un escenario de polarización como la que se dio y con una campaña paroxística como la que tuvimos, en la que se llamó desesperadamente a evitar que “el mal” triunfe, es evidente que quienes siguieron apostando por terceras opciones lo hicieron porque, de otro modo, hubieran votado mayoritariamente en blanco.

Quizás haga falta, para quienes estarán en la oposición del próximo gobierno y cuando se haya terminado de asimilar el mal trago (llevamos dos meses y medio preparándonos para esto, después del resultado de las PASO), hacer un poco de examen de conciencia y aprender a ejercitar la humildad, que, como decía santa Teresa, es la verdad.
Para algunos parece más grave el reemplazo del #NoVuelvenMás por el #Volvimos, que los peligros institucionales que ello representa para la república. Les duele como si tuvieran que contemplar de locales la vuelta olímpica del contrario ¿Duele la patria o duele el orgullo?
Pensamos, ingenuos, que el kirchnerismo se había terminado en 2015. Que el peronismo tardaría en recuperarse, hasta encontrar otro líder a quien seguir. Creímos que al electorado le importan más los buenos modales que las penurias económicas, que prioriza la lucha contra el narcotráfico sobre el desempleo, que la obra pública es más valorada que la dádiva clientelista, que la corrupción del anterior gobierno era tan incontestable que opacaría todo otro cuestionamiento al gobierno actual.
Nada de eso fue así. Y aceptar la verdad puede ser, a veces, muy duro. Porque nos falta humildad, como decíamos, nos duele comprobarlo. Y, lo que es peor, muchos sangran por la herida, prefiriendo creer en cualquier teoría conspirativa o buscando responsables que expliquen por qué una reelección que estaba firmada hace un año naufragó en los últimos meses.

Pero, al final del día, el presidente Macri es el principal y único responsable de la vuelta del pero-kirchnerismo al poder. El país ha retrocedido un escalón en la escalera de la normalidad gracias a su falta de visión política y su impericia (por decir lo menos) en materia económica; y esto sin entrar a considerar la frivolidad y tibieza (también por decir lo menos) con que su gobierno manejó temas sensibles en materia de educación y de salud referentes a la vida y a la familia, que no hicieron más que continuar las políticas del anterior gobierno de Cristina Fernández, que seguirá seguramente el ahora futuro gobierno de Alberto Fernández.
Se ha malogrado la oportunidad de llevar a la Argentina al sendero que la convirtió en potencia hace 100 años.

Nos queda ver cómo se acomodan las piezas de la política que viene, que no será necesariamente como la última experiencia kirchnerista: basta apreciar como queda conformado el Congreso de la Nación, para darse cuenta de que el nuevo Fernández deberá negociar más que la antigua.
Nos queda aprender la lección: gobernar no es solo ganar elecciones y cortar cintas.
Nos queda seguir luchando, por nosotros y por nuestros hijos.

viernes, 5 de julio de 2019

Volver a empezar

Han pasado 16 años largos desde que me afilié a Recrear, el entonces partido fundado por Ricardo López Murphy. Experiencia malograda por egos e impericias políticas, y finalmente absorbida por la alianza con el entonces partido de Mauricio Macri (Compromiso para el Cambio); alianza (Propuesta Republicana) que más tarde se convirtió en partido (Pro).
A pesar de las discusiones internas, muchos ex Recrear seguimos en el Pro convencidos de que el camino al poder era el único que nos permitiría producir los cambios que el país necesitaba, en esos años de hegemonía “K” que cada vez nos interpelaban más respecto de nuestro papel en la política. Y nos bancamos las críticas de los que se fueron porque pensaron que quedarse sería traicionar sus principios, o porque no tenían lugar con los nuevos socios políticos, o porque simplemente se cansaron. Y postergamos proyectos personales que podrían ser exitosos en pos de la Argentina que soñábamos. Y perseveramos, y pusimos la cara con parientes, amigos y conocidos cuando oponerse al kirchnerismo del 54% no estaba bien visto, e hicimos campaña por gente que cada vez nos representaba menos -haciendo, a veces, cosas tan insólitas como inflar globos para regalar a los pibes-, y perdimos domingos enteros y extenuantes fiscalizando -a veces, como en el invierno de 2009 a expensas de nuestra salud-, y “tragamos sapos” con aliados que no nos convencían, y gastamos el tiempo y el dinero que no nos sobraba, y confiamos en que todo valdría la pena cuando se alcanzara el poder.
Queríamos cambiar la república, queríamos que se dejara de perseguir al que piensa distinto, queríamos que se dejara de castigar al que trabaja y produce, queríamos recuperar los valores que hicieron grande a la Argentina. Muchos sabíamos que Macri no era el candidato ideal, que le faltaba carisma, que carecía de convicciones profundas, que era un tecnócrata que despreciaba la política, pero apostábamos a que sus limitaciones no serían suficiente obstáculo para el cambio que el país necesitaba, a que con buenos cuadros (que no faltaban) en puestos de responsabilidad se suplirían esas falencias.
Y lo apoyamos.
Y lo votamos.

...Y nos decepcionó.

Al principio fueron “chambonadas”, cosas fáciles de pasar, más útiles para la chicana fácil que para una crítica de fondo. Luego vinieron los ajustes, que sabíamos necesarios, pero que se hicieron mal. Y un Estado que no se reformó en ningún momento, y que siguió alimentando, con los impuestos de quienes trabajan y producen, a multitudes que ni siquiera responden políticamente al gobierno. Y un discurso que empezó a volverse monótono: la promesa del cambio que se volvió cada día más hueca y sospechosa.
Pero en 2018 la cosa fue peor. No solo porque la gestión económica se quedó sin respuestas frente a la crisis. Fundamentalmente, porque el gobierno abrió frentes que no debía, en cuestiones que no eran prioritarias y contrariando sin razón promesas de campaña.

Me refiero, obviamente, al debate sobre la legalización del aborto, abierto por un presidente que se había declarado pro vida, fogoneado por lo más radicalizado de la oposición, y en contra de lo que la mayoría de los votantes del Pro pensábamos.
Pero no habría sido más que un error -aunque peor que un crimen, parafraseando a Fouché-, si la actitud del gobierno se hubiera quedado en una simple pasividad neutral frente a la campaña que entonces se desató. Lamentablemente, fueron muchos los funcionarios y legisladores oficialistas, votados por nosotros, los que se sumaron activamente a la cruzada a favor del aborto; al punto que vimos al entonces Ministro de Salud repetir consignas “verdes” abiertamente contradictorias con las estadísticas oficiales de su propio ministerio. A ello se le agrega la insistencia del Presidente en afirmar que no vetaría una eventual ley que sería contraria a sus convicciones; cuando cualquier lector del Boletín Oficial sabe que se ha empecinado en vetar normas muchísimo menos graves ya cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad. Y también se le agregan los vehementes rumores acerca de presiones oficiales para dar vuelta la votación, que venía siendo contraria al aborto, en Diputados la madrugada del 14 de junio de 2018, cuando la iniciativa consiguió media sanción gracias al repentino cambio de postura de algunos legisladores.

Luego de esta campaña, en la que nos jugamos por defender la vida humana frente a quienes consideran que tienen derecho a decidir quién debe nacer y quién no, vino la ofensiva de la llamada “educación sexual integral”, que no es más que el adoctrinamiento compulsivo en ideología de género en las escuelas. Para que se entienda: como el aborto encontró una inesperada resistencia en la sociedad, sus impulsores pretenden que se lo enseñe como verdad de fe a las generaciones futuras. En un país donde el progresismo oficial se escandaliza de la educación religiosa en las escuelas, ese mismo progresismo rompe lanzas para imponer la enseñanza obligatoria de una superstición acientífica, la “perspectiva de género” que viene imponiéndose en el hemisferio norte a fuerza de prohibiciones legales, violaciones a la libertad de conciencias y cárcel para quienes se resistan. Y todo esto en un país, la Argentina, donde el déficit en comprensión de textos entre los egresados de la escuela secundaria es mayor y más alarmante, por sus consecuencias, que la tasa de embarazo adolescente.
A todo ello debe agregarse que el gobierno ni siquiera ha sido imparcial en todas estas cuestiones, a pesar de querer aparentar lo contrario. La candidatura del doctor Alfredo Vítolo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fue bajada por presión de los grupos abortistas; pero la candidatura de una partirdaria del aborto y el adoctrinamiento en ideología de género de alto perfil, como la doctora Marisa Graham, para ser Defensora de Niños, Niñas y Adolescentes de la Nación fue sostenida y votada a mano alzada a pesar de la oposición de los grupos pro vida y de la protesta de legisladores propios y de la oposición.

Íbamos a cambiar el país...
Lo único que tenemos para ofrecer, después de cuatro años de gobierno, es “nosotros o Cristina”.
A pesar de todo, la falta de alternativas y la obstinación del kirchnerismo en recordarnos su peor legado llevarán a la reelección del gobierno nacional.
Pero las decisiones equivocadas tienen consecuencias, y es probable que esto se refleje en la próxima composición del Congreso.

Valió la pena luchar para rescatar a la Argentina del kirchnerismo.
Pero la República es para el hombre, y no al revés. Tenemos un gobierno que actúa como si la defensa de la vida humana y de la familia fuesen una moneda de cambio, que patrocina el adoctrinamiento en ideología de género a los chicos en las escuelas, promueve la agenda del feminismo radical sin dar la cara, y permite que se estigmatice (cuando no se persiga) a los que levantamos la voz para disentir: homofóbicos, chupacirios, antiderechos, medievales, machistas, heteropatriarcales, y un largo etcétera.
Son cosas con las que no se juega, y en esto Cambiemos no ha sido diferente del kirchnerismo. Se está hipotecando humanamente a las futuras generaciones con políticas que harán más infelices a nuestros hijos y nietos: tendremos República para un pueblo al que se le habrá enseñado a ser un hato de egoístas al que se pueda manejar con pan y circo, porque habremos destruido la familia, que es el principio de su cohesión.

La lucha, hoy, pasa por otro lado.
Por eso me desafilié del Pro.
A veces hay que volver a empezar.

domingo, 17 de marzo de 2019

¿Habla el silencio?

El siguiente es el texto de una carta de lectores que acabo de remitir al diario La Nación.

Leí con suma atención el artículo titulado “Habla el silencio” de F. Sández en la columna “Manuscrito” de la edición de ayer de La Nación.
Me llamó la atención que la autora (quizás por falta de espacio) se haya referido a “la figura femenina de yeso expuesta en la biblioteca del Centro Cultural Conti, con la boca tapada al estilo de quienes reclaman la legalización del aborto” sin aclarar, como puede comprobar cualquiera que haya seguido la historia en las redes, que se trataba de una imagen de la Virgen María, más exactamente una imagen popular de la Virgen de la Medalla Milagrosa, de esas que se consiguen en cualquier santería, “intervenida artísticamente” para permitirnos -en palabras de Picasso, citadas por la autora del artículo- comprender la verdad.
Imagino, después de leerla, que la autora celebraría del mismo modo el arte y condenaría a sus cuestionadores comparándolos con el nazismo (como lo hace en el artículo) si la “figura femenina” fuera, por ejemplo, la de la propia autora o la de alguien querido por ella (su madre o su abuela, digamos) o, por lo menos, respetada (¿Simone de Beauvoir estaría bien?), intervenida artísticamente con un pañuelo celeste que diga: “Salvemos las dos vidas”. También imagino que estaría absolutamente de acuerdo con que tal expresión artística estuviera expuesta en un local financiado con sus impuestos, aunque ella no coincidiera con la posición política de la autora o autor de la obra.
Supongo, también, que la autora no es de la clase de personas que impugna la indignación ajena por las obras artísticas provocativas, al tiempo que se escandaliza de quienes, en nuestro afán de permitir comprender la verdad, mostramos las imágenes reales (y crudas, por supuesto) de abortos provocados. Allí también habla el silencio.